2.1 Identifying Adaptation: A Critique of the Long Differences Approach
8.1.2 Adaptations on the Extensive Margin
El discurso zapatista se inscribe en los llamados nuevos movi- mientos sociales que, a su vez, retoman la antigua tradición de la iz- quierda autonomista. En términos muy generales se podría decir que, desde su perspectiva, el capitalismo, el Estado y sus instituciones son inseparables; el sistema de partidos y los sindicatos tradicionales son parte de dicha institucionalidad. Cierto. Se organizan, entonces, a ima- gen y semejanza del Estado, esto es, de manera centralizada, nacional, jerárquica, descendente. Cierto también. De allí se continuarían ciertos rasgos específicos de los partidos: su alto grado de institucionalización que los hace fuertemente burocráticos y la tendencia a estar más preocu- pados por su propia reproducción y el mantenimiento de su poder que por la defensa de los intereses socioeconómicos que dicen representar.
Estos rasgos los hacen poco democráticos en sus dinámicas in- ternas porque en lugar de propiciar el diálogo y la diversidad, tratan de lograr unidad y homogeneidad interna y externamente para alcan- zar posiciones hegemónicas, es decir, que buscan un poder con legiti- midad y también con capacidad coercitiva. Son pues un embrión del artefacto estatal que pretenden controlar: vanguardistas y, a la vez, disciplinarios (Gun, 2004). Desde este planteo inicial ya aparecen dos grandes asuntos: el poder y la toma del poder del Estado, que están presentes en la lucha política moderna, y que el autonomismo recha- za. Por oposición al poder como dominio, proponen la idea del poder como creación –“poder hacer”, potencia según John Holloway– que puede y debe desarrollarse al margen del Estado y sus instituciones, para construir una nueva socialidad.
En el discurso zapatista, el anticapitalismo se presenta como anti- neoliberalismo, desde la Primera Declaración de la Selva Lacandona, de 1994. Más tarde, en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona (La
Sexta), del año 2005, se afirma que “la globalización neoliberal es una
guerra de conquista de todo el mundo, una guerra mundial, una guerra que hace el capitalismo para dominar mundialmente”. Ya en el Coloquio Aubry, refrenda su carácter de “movimiento antisistémico”, y se propo- ne enfrentar y derrotar el capitalismo “en su núcleo central, es decir, en la propiedad privada de los medios de producción” (CA1,2007: 1).
Por su parte, el antiestatismo se presentó inicialmente como opo- sición al “sistema de partido de Estado”, asimilando lo estatal con lo partidario. La crítica al sistema de partidos se centraba en el PRI, aun- que ya se esbozaba un rechazo más general. Desde los primeros textos zapatistas se percibe una contraposición entre la forma de organización partidaria, siempre sospechosa de “claudicación” (Tercera), y los movi- mientos y organizaciones de la sociedad civil. Tal contraposición alcanzó su máxima expresión en La Sexta. Allí, los partidos se presentan como organizaciones que tratan de “hacer acuerdos arriba para imponer abajo” y “levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quie- nes los hacen”, con actos “de templete donde unos pocos hablan y todos los demás escuchan”. ¡Cierto! En contraposición, en el mismo docu- mento, el movimiento zapatista se presenta a sí mismo como un movi- miento social que pretende luchar “por los pueblos indios de México, pero ya no solo por ellos, sino que por todos los explotados y desposeí- dos... sin intermediarios ni mediaciones... (con) un programa claramen- te de izquierda o sea anticapitalista o sea antineoliberal... (para) recons- truir otra forma de hacer política, una que otra vuelta tenga el espíritu de servir a los demás... con honestidad, que cumpla la palabra”. Esta nueva forma de la política se caracterizaría por el “respeto recíproco a la autonomía e independencia de organizaciones, a sus formas de lucha, a su modo de organizarse, a sus procesos internos de toma de decisiones, a sus representaciones legítimas, a sus aspiraciones y demandas.” (La
Sexta, 2005) ¿Cierto?3
Si bien el antipartidismo como tal se fue profundizando en el discurso zapatista, se puede decir que estuvo presente desde los inicios.
Ya el 15 de mayo de 1994, en la recta final del proceso electoral de ese año, el EZLN emitió un comunicado verdaderamente ofensivo para el Partido de la Revolución Democrática (PRD), en el que afirmaba que “el PRD tiende a repetir en su seno aquellos vicios que envenenaron desde su nacimiento al partido en el poder” preguntándose: “¿Cuál es la
diferencia entre el PRD, el PAN y el PRI? ¿No ofrecen el mismo proyecto
económico? ¿No practican la misma democracia interna?” (EZLN, 1994:237-238). En este mismo tenor, en enero de 1995, después de la derrota electoral del cardenismo, los zapatistas denunciaban sí “un frau- de gigantesco”, pero sin dejar de golpear al PRD al señalar una supuesta “claudicación”. Ya entonces, su conclusión era que “las elecciones no son, en las condiciones actuales, el camino del cambio democrático”, por lo que llamaban a un Movimiento de Liberación Nacional para la “instauración de un gobierno de transición, un nuevo constituyente, una nueva carta magna y la destrucción del sistema de partido de Esta- do” (Tercera Declaración).
Asimismo, la Quinta Declaración, de julio de 1998, mencionaba la existencia de “gentes y personas buenas que, en los partidos políticos, levantaron la voz y fuerza organizada en contra de la mentira”. No obs- tante, en la Convocatoria final para una Consulta Nacional sobre la ley indígena se apelaba, por una parte, “a las organizaciones políticas y so- ciales independientes” (lo que excluía de hecho a los partidos) y, por otra, “a los diputados y senadores de la República de todos los partidos políticos con registro y a los congresistas independientes”, colocándolos a todos en una misma categoría. Esta asimilación de la diversidad parti- daria en un mismo grupo llegó a su más clara expresión en La Sexta, emitida en la coyuntura electoral de 2006, donde se afirmaba que: “El neoliberalismo cambió a la clase política de México, o sea a los políticos, porque los hizo como que son empleados de una tienda, que tienen que hacer todo posible (sic) por vender todo y bien barato... los políticos mexicanos lo (sic) quieren vender PEMEX o sea el petróleo que es de los mexicanos, y la única diferencia es que unos dicen que se vende todo y otros dicen que se vende una parte... Y los partidos políticos electorales nada más no defienden, sino que primero que nadie son los que se po- nen al servicio de los extranjeros... se encargan de engañarnos... Todos los partidos políticos electorales que hay ahorita, no nomás uno... puras robaderas y transas... Y todavía quieren que otra vuelta votamos (sic) por ellos... no tienen Patria, solo cuentas bancarias”. ¿Cierto? Como corola-
rio, La Sexta convoca “a las organizaciones políticas y sociales de izquier- da que no tengan registro, y a las personas que se reivindiquen de iz- quierda que no pertenezcan a los partidos políticos con registro” a sumarse a su campaña y mantenerse al margen del proceso electoral.
En este caso, la crítica al eje capitalismo/Estado/instituciones/ partidos deriva en un franco antipartidismo y antielectoralismo, que produce desconfianza. En primer lugar, por el tono mismo del discurso. El zapatismo transita de un lenguaje político sencillo y contundente
(Primera y Segunda Declaraciones) a un estilo poético-indígena de alto
impacto en la clase media que, dicho sea de paso, no tiene grandes com- petencias para juzgar su autenticidad (Tercera, Cuarta y Quinta Declara-
ciones), para concluir en La Sexta, con una impostación de “sencillez-
ingenuidad indígena” por completo increíble y basada principalmente en la mala construcción gramatical del español y en una suerte de tra- ducción de lo que un ladino entiende que entendería un indígena sobre sus lecciones de materialismo histórico, aplicadas a la coyuntura políti- ca. Por ejemplo, cuando se lee “el capitalismo quiere decir que hay unos pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio, o que encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente, sino que esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos... que quiere decir que como que (sic) exprimen a los trabajadores y les sacan todo lo que pueden de ganancias... al mundo, o sea al planeta Tierra, también se le dice que es el ‘globo terráqueo’ y por eso se dice ‘globalización’ o sea todo el mundo”, resulta de una afectación no solo increíble sino incluso ofensiva. ¿Qué está diciendo esta voz “indígena” trucada? ¿Qué identi- dad se desea esgrimir y por qué? ¿No se pretende, también aquí, la representación de un sujeto ausente que legitimaría el discurso enuncia- do, tal como se le imputa a los partidos políticos?
La sospecha sobre los “modos” echa sombra inevitablemente so- bre los contenidos del mensaje. Tan poco convincente como el pretendi- do lenguaje indígena es esta aparente confusión entre unos partidos y otros, igualándolos, del todo insostenible en el contexto de una contien- da electoral fuertemente polarizada en términos sociales y políticos. Dicha “confusión” increíble sugiere de nuevo la “aplicación de lecciones”, en particular de aquella que sostiene que cualquier transformación política no revolucionaria es por completo irrelevante.
de la experiencia de los municipios autónomos y las Juntas de Buen Gobierno, que parecería lateral a las instituciones del Estado. Por su parte, se le imputa a los partidos la ambición de poder como domina- ción, en el sentido clásico de apropiarse del aparato estatal. Sin embar- go, más allá de lo declarado explícitamente, ¿cómo entender esta prédi- ca antipartidaria y antielectoral, precisamente en medio de elecciones, más que como una intención de incidir en ellas, es decir, en la disputa por el control del Estado?
Cada una de las Declaraciones ocurrió en medio de procesos elec- torales. Las dos primeras aparecieron en 1994, cuando Cuauhtémoc Cárdenas contendía por la Presidencia de México, después del éxito elec- toral de 1988 que le fuera arrebatado mediante un escandaloso fraude. En ese contexto, el zapatismo solo fue capaz de preguntarse: “¿Cuál es la diferencia entre el PRD, el PAN y el PRI? ¿Qué democracia, libertad y justicia nos ofrece el PRD?”, descalificándolo sin más. En la Tercera De-
claración, de enero de 1995, inmediatamente después de las elecciones,
se pronuncaba criticándolas, clausurándolas como opción de transfor- mación y, a la vez, echando la sombra de una “claudicación” por parte de los partidos de oposición. En 1996 y 1998 aparecieron la Cuarta y la
Quinta Declaración respectivamente, de escaso impacto, pero durante el
proceso electoral del 2000, que le dio el triunfo a la derecha panista, el zapatismo guardó un larguísimo y sorprendente silencio. Sin embargo, recuperó la voz y la voluntad protagónica nada menos que con La Sexta, en 2005, en paralelo con la campaña electoral que presentaba como posible ganador a otro candidato del PRD, para centrarse explícitamen- te en su descalificación. Desde entonces, y a pesar de los gravísimos acontecimientos que afectan a México, ha guardado silencio.
¿Cómo entender esta “focalización” del zapatismo en el ataque a los candidatos de la izquierda partidaria? Ciertamente no como prescin- dencia con respecto al eje Estado/gobierno/partidos ni mucho menos con respecto a lo electoral; no como abstención del poder-dominio sino como el intento de influir en él sin hacerlo explícitamente. En las co- yunturas mencionadas, su estrategia parece haberse orientado a “reven- tar” la posibilidad de elección de un candidato de la izquierda partida- ria. Ello indicaría que, en el mejor de los casos, el zapatismo asumió que un gobierno de este sector sería más peligroso para el movimiento anti- sistémico que uno de la derecha, que la izquierda institucional partida- ria y la posibilidad de un reformismo legitimado electoralmente serían
menos deseables que el continuismo de las elites neoliberales. Probable- mente expresaba también el temor de que una izquierda institucional pudiera “desviar” las luchas de resistencia en una dirección reformista, arrebatándole un posible liderazgo.
En síntesis, no se trató de la prescindencia del poder-dominación sino del claro intento de socavar un proyecto institucional que se perfi- laba como competencia y, en este sentido como una amenaza, para el control del espectro político de la izquierda, fuertemente reorientada, para esas fechas, en la dirección del lopezobradorismo. ¿Mandar obede- ciendo?
Por eso, esta focalización en el ataque al PRD y a la figura de Andrés Manuel López Obrador, no concluyó después del proceso elec- toral, opaco y sesgado, ni siquiera después de las jornadas de resistencia y la celebración de las multitudinarias concentraciones de la Conven- ción Nacional Democrática en el Zócalo de la Ciudad de México. En diciembre de 2007, en el contexto del Coloquio Aubry, que duró cuatro días, el subcomandante Marcos realizó siete intervenciones fuertemente calificadoras y descalificadoras. Tal vez lo más significativo de ellas fue el hecho de delimitar el campo de la izquierda afirmando que “la llamada izquierda institucional no es de izquierda” (CA1, 2007: 8), identidad exclusiva de las fuerzas antisistémicas, como el zapatismo y organizacio- nes afines. Cabe señalar que esta voluntad de desbrozar la izquierda ver- dadera de la que no lo es corresponde a una muy antigua tradición dentro del espectro de la autoasignada izquierda.
De las siete intervenciones que realizó Marcos, en cuatro de ellas se dedicó a descalificar a López Obrador, a quien acusó de soberbio (CA3, 2007: 1), de utilizar la consigna “primero los pobres” como “coar- tada” (CA1, 2007: 8), de estar aliado con un finquero chiapaneco de la ultraderecha reaccionaria (CA4, 2007: 2) y de liderar un movimiento que quiere “un mundo con pistas de hielo, playas artificiales, segundos pisos y el glamour del primer mundo “ (CA3, 2007: 4), en cuyas filas se encuentran “nuestros perseguidores, nuestros verdugos, nuestros asesi- nos” (CA4, 2007: 3), “las ‘camisas pardas’ del lopezobradorismo… (cu- yos) mandos medios (son) cretinos y cagatintas” (CA7, 2007: 2). Las intervenciones descalificadoras no se limitaron al lopezobradorismo sino que se extendieron a otros personajes y ámbitos:
“torre de cristal y sus penthouses” adonde no puede acceder “la realidad hasta que acredite estudios de posgrado y un currículo tan abultado como la billetera” (CA1, 2007: 5,6);
2. ciertas “autodenominadas” feministas, cuyo feminismo “viene de arriba, del centro a la periferia”, que fueron a las comunidades “a mandar” y que luego volvieron a sus metrópolis a escribir artículos y a viajar “con los gastos pagados al extranjero (porque) cada quien se consigue las vacaciones como puede” (CA2, 2007: 2);
3. cierto tipo de falsos aliados como el “usurero político, ideológi- co, científico, moral, periodístico… (para quienes el zapatismo es) una posibilidad de ganancia a corto, mediano o largo plazo” (CA4, 2007: 3).
4. incluso a algunos de los escasos presentes en el coloquio se los tacha de soberbios (CA3: 1).
5. también arremete contra ciertas prácticas como la opción elec- toral, porque se supondría que “solo es necesario tachar una bole- ta electoral y ¡zaz!, el país se transforma” (CA1, 2007: 6); o la movilización callejera porque “la historia no se transforma a partir de plazas llenas o muchedumbres indignadas” (CA1, 2007:9). Todo esto en cuatro días.
Esta postura calificadora desacredita un amplio espectro político: la izquierda “moderna” institucional, los que creen en el voto o la movi- lización callejera, la mayor parte de la “comunidad científica”, las orga- nizaciones sociales cuyo enfoque no coincide con el zapatista (como las mencionadas feministas) o incluso los sospechosos de obtener alguna ganancia por su apoyo al movimiento. Se crea así un gran agregado de
ellos-oponentes y se reduce considerablemente el grupo del nosotros, el
colectivo del que se forma parte.
De hecho, en el discurso zapatista el nosotros solo se enuncia en relación a “los zapatistas del EZLN” (Sexta), o La Otra Campaña (CA3, 2007: 4), sin extenderse siquiera a “todo el espectro del movimiento antisistémico en México” (CA6, 2007: 4). Junto a ese nosotros muy bien delimitado, se construye la figura de los “compañeros” que abarca a “pue- blos, organizaciones, grupos, colectivos e individuos de todo el espectro de la oposición anticapitalista” (CA5, 2007: 3). Con ellos se pretende conformar un movimiento amplio “con objetivos claros, diáfanos, defi- nitivos y definitorios: la transformación radical y profunda de nuestro país, es decir la destrucción del sistema capitalista... No nos interesan
los parches ni las reformas” (CA5, 2007: 3). Tal vez por ello mismo, “no somos muchos, muchas, es cierto. Pero somos” (CA5, 2007: 3).
Hay también un ustedes, referido a los interlocutores no indíge- nas, que a pesar de su condición dialogante, no escapan a cierto tono admonitorio: “(A ustedes) No les pedimos humildad (aunque creo que a más de uno no le vendría mal recibir un taller sobre el tema), sino honestidad. La mirada de ustedes, científicos sociales, intelectuales, teó- ricos, analistas, artistas es una ventana para que otros, otras, nos mi- ren...” (CA6, 2007: 4).
De la agregación del ellos, la separación de ustedes y la reducción a un nosotros bastante restrictivo se desprende el aislamiento al que se hace referencia insistentemente en diciembre de 2007, durante el Coloquio Aubry. “No somos muchos”... “Cuando, como ahora, somos agredidos,
no hay ni una línea, ni un pronunciamiento, ni una señal de protesta”
(CA3, 2007:5). “Nuestras comunidades están siendo agredidas... Pero es la primera vez desde aquella madrugada de enero de 1994 que la
respuesta social, nacional e internacional, ha sido insignificante o nula... Es
la primera vez que las agresiones provienen descaradamente de gobier- nos de supuesta izquierda... Es también la primera vez que hemos encon-
trado cerrados, a Flor y Canto, los espacios” (CA7, 2007: 2).
El tono general es recriminatorio, poco reflexivo sobre las propias responsabilidades políticas vinculadas con ese aislamiento y... pedagógi- co. En la reivindicación que hace Marcos de la figura de Aubry sorpren- den afirmaciones como la siguiente: “(Aubry) Nos miraba como si los pueblos indios fueran un severo maestro o tutor. Como si... la historia pudiera voltearse de cabeza en cualquier momento... y fueran los indí- genas los evangelizadores, los maestros, y frente a ellos no valieran los doctorados en el extranjero” (CA6, 2007: 3). Se realiza una suerte de inversión, un “voltearse de cabeza”, por el cual no se reivindica que los pueblos indígenas puedan enseñar (además de aprender), sino el hecho supuestamente deseable de convertirlos en un “severo maestro” y “evan- gelizador”. ¿O será Marcos quien pretende ocupar ese lugar ocupando la palabra?
Tratando de sintetizar, nos encontramos frente a un discurso po- lítico que:
1. Proviene de un pequeño grupo (el zapatismo y el movimiento antisistémico) con objetivos claros, diáfanos, definitivos y definitorios
2. Se define como resistencia antisistémica y anticapitalista, a di- ferencia de la oposición, que solo ambiciona acceder al gobierno para realizar una política reformista.
3. Considera todo el espectro de la política institucional como parte de un mismo bloque, sin distinciones, ya que se mantiene dentro de los límites del capitalismo.
4. Asume que, para alcanzar una transformación política, el refor- mismo puede ser más peligroso que las opciones abiertamente sistémicas.
5. Se reconoce aislado y responsabiliza de su aislamiento a la falsa izquierda.
6. Adopta un tono calificador-pedagógico.
Todos estos elementos estarían señalando un deslizamiento del zapatismo (que fue modelo de formas de organización y prácticas políti- cas novedosas y alternativas) hacia una reproducción de la postura clási- ca de las izquierdas “puras”, de elite, poco representativas, fuertemente “principistas” y escasamente políticas, con un agravante: Si aquellas iz- quierdas consideraron como sujeto político principal a una clase obrera poco desarrollada en la mayor parte de las sociedades latinoamericanas, el zapatismo se estructura en torno al sujeto indígena, de enorme rele-