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Como se detallará en este texto, el sitio ha sido abierto al público desde hace dos décadas para lo cual fue necesario el establecimiento de un plan de acción que permitiera mantener en equilibrio las exploraciones arqueológicas, las acciones de conservación y la visita turística.

Los avances logrados en la zona arqueológica son muy destacables y merecen ser analizados para que puedan servir como un ejemplo de buenas prácticas de gestión, a partir de una visión compartida por profesionales de diferentes disciplinas que han planteado el manejo cuidadoso y sustentable del sitio como método de acción.

El Perú está conformado esquemáticamente por tres grandes regiones geográficas: la zona costera o “Chala”, los Andes y la selva amazónica. Como es lógico suponer, cada una de ellas presenta diferentes rasgos en su orografía, hidrografía, clima, flora y fauna, las cuales condicionan las diversas manifestaciones sociales que se han generado en ellas desde hace milenios. Las múltiples maneras de entender y manejar los recursos del contexto, permitieron a los antiguos pobladores de estas regiones alcanzar un alto desarrollo cultural y complejidad social, que se evidencian en las variadas ciudades y poblados que han sido identificados gracias al número cada vez más creciente de investigaciones arqueológicas.

El caso de la costa Norte del Perú es muy especial debido a la severidad de su medio físico, a pesar de la cual florecieron destacadas urbes cuya importancia pervive y se manifiesta en ciudades

contemporáneas como Salaverry, Trujillo, Chiclayo, Lambayeque y Piura, por sólo mencionar a las más desarrolladas.

Figura 3. Mapa del norte del Perú

(Instituto Nacional de Cultura, 1999: P01)

región corresponde a la de una zona cálida, y su relación con el mar haría suponer que constituye un área tropical con gran variedad de plantas y animales, la realidad es que se trata de un impresionante desierto en el que prácticamente no existen temporadas de lluvia. Esto se debe, en primer lugar, al aislamiento que provocan las altas montañas andinas ubicadas al oriente, las cuales evitan el flujo de corrientes de viento húmedo. En segundo término, la presencia de la llamada Corriente

Peruana o Corriente de Humbolt origina cotidianamente

un intenso movimiento de aire helado proveniente del Sur, cuya intensidad y temperatura condiciona fuertemente el crecimiento de material vegetal.

Paradójicamente, de manera recurrente pero irregular, se presenta la alteración climática producida por el choque de corrientes cálidas del viento y el mar, que desequilibra dramáticamente las condiciones atmosféricas. A pesar de que este fenómeno conocido con el nombre de El Niño, afecta a muchas otras regiones del planeta, para el caso de la costa peruana ha resultado históricamente catastrófico.

Como si estas limitaciones climatológicas no fueran suficientes, la región se ubica en una placa tectónica de gran actividad, que hace que los terremotos sean frecuentes.

Debido a la ausencia de lluvias, la única fuente de abastecimiento de agua proviene de los ríos que fluyen entre los Andes y el Océano Pacífico, en cuyas desembocaduras existe una serie de cuencas abiertas o “valles”, que además de poseer importantes niveles de humedad, contiene fértiles tierras producto del acarreo de nutrientes desde la cordillera andina.

Las diversas culturas que se fueron asentando en la región, lógicamente buscaron ubicarse en estas cuencas abiertas, e implementaron extraordinarias técnicas de acondicionamiento de los recursos fluviales mediante canalizaciones, represas y terrazas. Estos sistemas de “ingeniería hidráulica” alcanzaron tal grado de eficiencia, que permitieron el abasto de agua no sólo durante el momento de auge de las culturas prehispánicas, sino que aún en la época colonial y republicana, orientaron las decisiones de planificación agrícola, industrial y urbana. Todavía hoy en día siguen siendo fuentes destacadas de subsistencia y desarrollo de las comunidades locales.

La zona arqueológica de las Huacas de Moche se ubica al sur del río del mismo nombre, en la región conocida antiguamente como Valle de Santa Catalina o

Valle del Chimor, en los 8° 08’ de latitud Sur y 78° 59’ de

longitud Oeste, a 20 metros sobre el nivel del mar. Se trata de un sitio que evidencia una ocupación urbana constante que se remonta a varias décadas antes de la era cristiana, en cuyo centro geográfico, económico y cultural se encuentra actualmente la ciudad de Trujillo, importante enclave colonial y actual capital de la Región de La Libertad.

Esta urbe prehispánica se edificó en una plataforma territorial de pendiente suave en la que los depósitos aluviales varían entre los 25 y los 50 metros de profundidad, lo que permite un adecuado drenaje natural hacia el mar y una alta fertilidad en las tierras de cultivo. El río Moche adquiere su mayor afluencia en los meses del verano, es decir, entre diciembre y marzo, a consecuencia de las lluvias que se presentan en los

Andes. El resto del año, el nivel fluvial desciende hasta perderse por completo en invierno.

Figura 4. Vista de una rampa de la Huaca de la Luna y al fondo el Cerro Blanco

El clima del valle alcanza una temperatura media en invierno de 14 °C, con una humedad relativa media mensual de 86%. En verano la temperatura media alcanza los 27 °C y la humedad relativa es de 81%. Como se expuso anteriormente, las lluvias son prácticamente inexistentes y si algún verano llega a llover, la precipitación máxima no supera los 18.6 mm. Existe una afluencia constante de vientos desde el SSE con una velocidad de 11 a 12 m/seg. Sin embargo, cuando se presenta el fenómeno de El Niño todos estos parámetros se alteran y el nivel de la lluvia puede alcanzar los 500 mm o más. (Hoyle, 1999: 15)

En la región crecen vegetales mayores como el

sauce, la acacia, la guayaba, el higo, el níspero, la guanábana, la lúcuma, el algarrobo y el laurel, así como una gran diversidad de carrizos y cañas, materiales básicos para la construcción. La agricultura permite el crecimiento permanente de maíz, frijol, camote, yuca, lechuga, espárrago, cebolla, col, tomate, alfalfa, aji, pimentón, entre muchas otras especies.

3. UBICACIÓN TEMPORAL

Aunque hay autores (Uceda, 1996:6) que opinan que la inexistencia de la escritura entre las culturas andinas fue la principal causa del desconocimiento de sus civilizaciones prehispánicas, otro factor determinante de este hecho ha sido el poco interés que despertaba su estudio hasta no hace muchos años. (Rosas, 1998:3) Como sucede en muchas otras latitudes, la población en general no se preocupa por el conocimiento de su historia más que en la medida en que éste le aporte beneficios materiales.

Así, una gran parte de las excavaciones que se han realizado y se efectúan todavía ahora en este país sudamericano, son producto del saqueo de tumbas que llevan a cabo los buscadores de tesoros conocidos como

huaqueros. Esta falta de estudios sistemáticos se

agudiza en la zona Norte del Perú debido a la dificultad que representa la identificación y valoración de los conjuntos construidos con tierra, predominantes en esas latitudes que, con el paso del tiempo, han perdido una parte importante de sus características históricas y estéticas. Mientras que existe una abundancia relativa de investigaciones y trabajos de difusión acerca de las zonas arqueológicas realizadas en piedra por la cultura

incaica como por ejemplo Ollantaytambo, Cuzco o Machu Picchu, las excavaciones en la costa Norte del Perú se encuentran apenas en proceso.

No fue sino hasta finales del siglo veinte cuando comienza a generarse cierto interés científico por determinar las particularidades de las culturas de la localidad a partir de sus restos materiales. Desde aquel momento se puso de manifiesto la limitación que representaba la escasez de referencias escritas durante la época colonial, acerca de las imponentes estructuras de adobe que conformaban estas ciudades. Una parte importante de los textos estaba enfocada a su caracterización como fuente de saqueo de ofrendas, y los rasgos funcionales o estéticos de los edificios prehispánicos no eran prioritarios para los conquistadores. Durante la colonia se establecían compañías similares a las mineras, que tenían como único fin la extracción de las piezas de metales preciosos que formaban parte de los entierros prehispánicos localizados en los núcleos de esta arquitectura.

Entre 1898 y 1899 el arqueólogo alemán Max Uhle realizó importantes estudios en el Valle del Moche excavando con notable rigor científico series de tumbas. Estos trabajos en los que se reveló la superposición estratigráfica de vestigios, lo llevó a definir su posible correspondencia con ubicaciones temporales, y de este modo, propuso la existencia de tres civilizaciones sucesivas: la Inca, de una época más reciente, la Chimú y una cultura más antigua a la que llamó Proto-chimú de la cual no se contaba con mucha información. No fue sino hasta finales de los años veinte cuando se pudo contar con elementos suficientes para identificar a esta

civilización que fue entonces llamada Mochica por el investigador Julio Tello, tras haber identificado un número importante de elementos que diferenciaban sus vestigios de los correspondientes a los Inca y los Chimú.

Después de varios años de análisis e interpretación de materiales cerámicos, Rafael Larco, arqueólogo especializado en el estudio de la costa norteña, planteó una cronología hipotética, en la que identificó el establecimiento o influencia de muchas más culturas a las que fechó bajo el siguiente orden: primero los Paiján, los Cupisniques, los Chavín, los Salinar, los

Gallinazo, los Moche, los Huari, los Chimú y finalmente

los Inca.

Muchas de las hipótesis de Larco fueron siendo corroboradas a través de trabajos posteriores, pero el conocimiento acerca de la arquitectura y el urbanismo

Moche y Chimú, que parecían haber tenido un desarrollo

nativo en el valle, seguía siendo muy limitado. Era evidente que se trataba de sociedades teocráticas en las que los líderes-sacerdotes-guerreros ocupaban un papel fundamental en la organización social, pero debido a la falta de exploraciones arqueológicas en la periferia de los centros ceremoniales, se suponía que estos se encontraban aislados, bajo la idea de que sólo eran visitados esporádicamente como lugares de peregrinaje. Fue hasta los años setenta cuando los trabajos de un grupo de arqueólogos norteamericanos modificaron esta interpretación, al excavar importantes zonas habitacionales en torno a los palacios y templos de los núcleos urbanos. (Uceda, 1996:8)

Las investigaciones más recientes sobre la evolución de la región han sido trabajadas con la

colaboración de universidades peruanas y estadounidenses, mediante el análisis comparativo de una serie de documentos administrativos del siglo XVI, de datos etnohistóricos del siglo XVII y sobre todo, de excavaciones arqueológicas. Estos trabajos indican que la construcción de la ciudad que hoy conocemos como

Huacas de Moche se pudo haber iniciado aproximadamente en el primer siglo de nuestra era y que declinó hacia el siglo noveno, momento en el que se inicia el desarrollo de la civilización Chimú, cuya ciudad capital, llamada Chan Chan, se encontraba a pocos kilómetros al norte. (Silva, 1996:128)

Figura 5. Imponente perfil de la Huaca del Sol todavía inexplorada

La estructura urbana de la metrópoli está íntimamente asociada a dos hitos naturales, el Cerro Blanco y el Río Moche. Entre ellos se fue desarrollando paulatinamente una urbe en la que destacan por su

altura y volumen dos enormes plataformas llamadas respectivamente Huaca del Sol y Huaca de la Luna.

La primera que es comparativamente mayor, ha sido poco explorada. A partir de las estructuras interiores, que están a la vista como consecuencia de las alteraciones que sufrió el edificio durante los diversos saqueos de la época virreinal, se ha planteado la hipótesis de que se trata de un espacio habitacional destinado a la élite gobernante. Es un edificio masivo realizado a partir un sistema de mampostería compuesto por millones de adobes asentados con barro crudo.

En cambio, la Huaca de la Luna es una estructura formada por dos superposiciones de edificios que sirvieron como templos. El más antiguo estuvo ocupado desde la fundación de la ciudad en el siglo primero de nuestra era y siguió en uso hasta aproximadamente el año 600 d.C. El segundo funcionó hasta mediados del siglo noveno.

La extensa explanada que se encuentra entre las huacas fue el emplazamiento del núcleo urbano conformado por viviendas agrupadas en manzanas dispuestas ortogonalmente y separadas por callejones y plazas de diversas dimensiones que servían como espacios de transición, interrelación social y probablemente intercambio de productos.

Aunque el sitio era conocido desde la época virreinal y fue motivo de diversos procesos de saqueo en busca de tesoros, los estudios sistemáticos de sus componentes así como el registro de su arquitectura corresponden a fechas muy recientes.

El año de 1991 se considera el inicio del denominado Proyecto de Investigación y Conservación

de las Huacas del Sol y de la Luna, cuya gestión quedó a

cargo de la Universidad Nacional de Trujillo. Tuvo como fuente de financiamiento los recursos propios y los provenientes de fondos públicos de la Municipalidad Provincial de Trujillo, del Gobierno Regional de La Libertad y del Gobierno Central.

Sin embargo, ante la dimensión e importancia de los hallazgos arqueológicos y la creciente necesidad de apoyo económico, once años después de tomó la decisión de conformar una organización eminentemente civil a la que se llamó Patronato Huacas del Valle de

Moche, cuyo objetivo fue el de gestionar y administrar

fondos privados provenientes de diferentes fuentes de origen nacional e internacional.

Figura 6. Relieves policromados del “dios degollador”, una de las deidades recurrentemente representadas en

las ciudades moche