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3.5. Conclusion

5.2.5. Adaptive algorithm

El primer aggiornamento del liberalismo del que queremos dar cuenta es el abandono en manos del mercado de la búsqueda por alcanzar el pleno empleo. En el período de entreguerras y de postguerra, la política económica buscó llegar a igualar la oferta y la demanda de empleo. Esta situación de “pleno empleo” implica que todas las personas en edad laboral se encuentran empleadas. En un estadio en el que la tasa de desempleo desciende a niveles mínimos, el bienestar de la sociedad es máximo. La riqueza del país aumenta y se distribuye entre todos los trabajadores.

El debate en la teoría económica estriba en fijar los medios para alcanzar el “pleno empleo”. El keynesianismo propone, tal como hemos afirmado, que el Estado tiene que intervenir para aumentar la actividad económica gestionando la demanda de productos y servicios y, por tanto, manteniendo alta la demanda de empleo para producirlos. El neoliberalismo, por el contrario, supone que el libre juego de oferta y demanda lleva a garantizar una situación de “pleno empleo”. La ley del mercado garantiza el equilibrio entre empleadores que demandan la fuerza que ofertan los trabajadores.

La inflación registrada en la década de 1970 brinda al neoliberalismo la oportunidad para

68 Esta norma, bajo el título “VI Régimen de equilibrio fiscal con equidad”, sostenía: “cuando los recursos

presupuestarios estimados no fueren suficientes para atender a la totalidad de los créditos presupuestarios previstos, se reducirán proporcionalmente los créditos correspondientes a la totalidad del Sector Público Nacional” (Ley 25.453, Promulgada: 30/7/2001, República Argentina).

desprestigiar las políticas impulsadas por el keynesianismo. El “pleno empleo” debía perder el lugar de “objetivo directo” de la política económica, y resignarse al papel de “subproducto” de una economía sana. La “salud” de la economía se caracteriza tan solo por la estabilidad de los precios y la reducción de la inflación. Apoyar la creación de empleo desde el Estado ocasiona inflación, ya que se crea una oferta irreal. Habría más trabajadores empleados que los que el mercado podría asumir por sí solo. Eso daría ocasión para que los trabajadores solicitaran aumentos salariales empujando el alza de los precios. El Estado, por tanto, no debería intervenir aun a pesar del costo social de ese comportamiento. En un contexto de desempleo más alto, los trabajadores empleados dejarían de pugnar por mejores salarios, ya que siempre habría un desempleado deseoso de incorporarse al mercado laboral por un “precio” menor. La disminución del dinero circulante en la economía enfriaría la demanda y los precios se estabilizarían.

En todo caso, para el neoliberalismo, no existe el desempleo involuntario. Es decir que la situación que hemos descripto no se produciría si el mercado laboral se regulase solo por la ley de la oferta y la demanda. El desempleo voluntario acontece cuando el accionar de sindicatos codiciosos y políticos populistas, corrompiendo al libre mercado, aumentan artificialmente los salarios. Nótese que, en un escenario de retirada estatal, la acción gremial asume la posición abandonada. Por ello, el neoliberalismo, al negar las tesis del keynesianismo, hace extensiva la crítica a los sindicatos. Estas organizaciones de trabajadores, al establecer condiciones homogéneas de contratación, impiden que la tasa de desempleo cumpla su función estabilizadora. En última instancia, la sindicación de los trabajadores funciona en el mercado como una regulación estatal. De ahí que las políticas neoliberales propugnen la “desregulación” cualquiera sea el origen de la misma. Al quitarle seguridad a los contratos laborales o descentralizar las negociaciones de contratación de los sindicatos a cada trabajador, el mercado de trabajo adquiriría la movilidad necesaria para evitar alzas irreales de los salarios y mejoras innecesarias de las condiciones laborales. En última instancia, una negociación libre entre empleado y empleador debería ser soberana en el “libre mercado”.

Sanear la economía de ineficiencia sindical desregulando el mercado laboral tendría como resultado el aumento de la riqueza. La teoría del “derrame” compensa el shock con esperanza. Si la riqueza creada se concentra en pocas manos, en el mediano plazo se derramará forzosamente. Los ricos, por muy pocos que sean, buscarán gastar su dinero y, para hacerlo, demandarán productos elaborados por los trabajadores. Cuanto más deseen gastar, porque más han acumulado, más trabajadores recibirán ese derrame. En el corto plazo, ha de considerarse que se produce un shock

inevitable para recuperar la salud económica.

En síntesis, el falso diagnóstico sobre el origen laboral de los procesos inflacionarios redunda en un abandono de las personas por parte del Estado. Aprobada legalmente la desregulación, los empleadores adquieren la capacidad de convertir a sus empleados en un gasto corriente. Las grandes corporaciones se benefician directamente de las nuevas reglas de juego inmunizándose, en parte, de las fluctuaciones del mercado. El volumen de sus operaciones económicas les permite asumir el precio de la renovación y capacitación permanente de personal tercerizado y temporal. Las pequeñas empresas, incapaces de asumir dicho costo, se muestran más apegadas a fórmulas de contratación estables, cuando no a la precarización a través del trabajo no registrado. Incapaces de encontrar alternativas, las nuevas generaciones de trabajadores se adaptan a un mercado inestable donde solo los paranoicos subsisten.69