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Addendum: Educational Program Visitor Impacts 37

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VI. Addendum: Educational Program Visitor Impacts 37

El fin de siglo se nos viene elástico y crepitante, como un mismo rostro del terror difuso o palmario, una gomina atroz con que atusarnos las canas del milenio.

En primer lugar la goma (uno), el humilde preservativo, tan denostado por otros métodos anticonceptivos más sofisti- cados, marcado desde su nacimiento no tanto como medio de evitar el embarazo cuanto de evitar diversos contagios. De re-

pente, el final del siglo se nos aparece aprisionado en esta fun- da transparente de látex, atónito y temeroso porque se ha le- vantado una vírica maldición que nos atenaza las caricias, es la tristeza por tanto camino andado que la angustia y la descon- fianza van a echar por tierra, ¿cómo vinieron los rutilantes pa- dres de la revolución sexual a morir en tan amedrentados cau- chos? Cubramos nuestras carnes de cenizas, disciplinemos los encuentros fugaces, moremos en la fidelidad y la rutina, a Cu- pido le han confiscado sus flechas porque no las esterilizaba después de traspasar a cada nuevo enamorado.

Y, sin embargo, más vale cubiertos de cenizas que salpica- dos de sangre, que tal es la perspectiva que la otra goma, la goma-2, ofrece. La bomba, el atentado, la combustión nuclear última y amenazante... todos son síntomas de la misma trama. El ser humano quiso ser sujeto histórico, amoroso, dichoso... Ahora, entre hedor a pólvora impronunciable, descubre que únicamente es «rehén», pieza de pactos, carne masacrable, peón que se juega sin contar en absoluto su opinión. Y no

comprende nada, porque en el terror no hay nada razonable,

nada que justificar, sólo lo mortífero erigiéndose en ley, sólo los cuerpos cercenados, esa indefinible inquietud de la impo- tencia, porque mañana cualquiera de nosotros puede ser el elegido, y no importa qué leyenda se coloque en la lápida.

Decididamente algo habrá que hacer para que el siglo, como la vida, no acabe mal. Por ejemplo: entre la goma uno y 2, elegir la de borrar. O la gomina con la que desde Valenti-

no a los postmodernos se juega a la estética y la seducción. O

las gominolas de fresa. O la goma de saltar, con la que jugaba de niña cuando ignoraba que existieran la uno y la dos.

HIPERREAL

Lo inventaron los surrealistas. Ya desde sus comienzos a este siglo le fue muy difícil encontrar la línea exacta de lo real. O se quedaba por debajo, buceando las penumbras del in-

consciente, la escritura automática, las visiones del sueño...; o superaba el aproximativo tapiz de lo cotidiano. Por la algo- ritmia de las palabras y la creación, fabricar objetos más per- fectos y sugerencias que la realidad fue un logro de la estética de las vanguardias.

Se conoce que habíamos cogido la costumbre. Tras el arte, la máquina. La era científico-técnica quiso demostrar de igual forma que también ella podía superar lo real. El mundo queda- ba así reducido a la chapuza de un demiurgo apresurado.

Cuenta Umberto Eco en Apostillas al nombre de la rosa

su asombro al descubrir cómo la mayor parte de museos del oeste americano presentan multitud de copias de los objetos artísticos y arqueológicos del viejo continente; pero no minu- ciosas reproducciones ¡pobres antiguallas deterioradas! , sino reconstrucciones mejoradas. Así, se puede observar: la Venus de Milo con los dos brazos, La última cena de Leonar- do en tres dimensiones y con brillantes colores... La copia su- pera el original y en última instancia no importa si ese original no existe, si no ha existido jamás.

Reproducimos reproducciones. Los mitos y sucesos cine- matográficos se entremezclan en un continuo con los docu- mentos históricos filmados, imposible distinguir el hecho de su versión novelada.

Sólo los nostálgicos y los economistas —y los pobres , y los políticos (de estos últimos ya no sabría asegurarlo yo), creen en la realidad. Todos los demás sobrevivimos en su ex- ceso. Vattimo, metafísico de moda, reniega «débilmente» de ella, y Baudrillard (apunten ustedes los nombres en su agenda fin de siglo) dio en el clavo cuando, refiriéndose a América y al hiperrealismo, afirmaba «Disneylandia existe para que crea- mos que el resto del mundo es real».

INFORMACIÓN

Se conjetura que no queda lejos la fecha en que la historia no podrá ser escrita por exceso de datos.

BORGES La información como exceso, abultamiento plenipoten- ciario, asfixia y bloqueo. La acumulación de la información haciendo estallar los vientres repletos de las memorias termi- nales; generando a su vez códigos, fichas de estrategias y me- todologías para encontrar un determinado dato, y así en un crescendo hasta el infinito.

En el otro extremo de la privacidad absoluta del saber (su clausura en las bibliotecas de los monasterios), se halla su ocultamiento a fuerza de su manifestación total. Que todo se vea, que todo se sepa, que todo puede ser constatado... es lo que se ha dado en llamar la «obscenidad» de la producción. Irónica ley entrópica que, al multiplicar los mensajes los torna ineficaces, perdidos en el «ruido» de la comunicación. La sa- turación es el nombre de nuestro tiempo; el colapso, la misma fatalidad que nos espera en nuestro destino público y privado. Porque, parafraseando de nuevo a Borges, esta época pasará a la historia, si es que ella es todavía posible, como aquella en que los hombres pensaban que entre el momento de acostarse y el de levantarse ocurrían infinidad de cosas que era imper- donable ignorar.

La mentira de la información consiste en introducirnos en esta carrera delirante. Se dice que a usted se le informa para que elija, a continuación usted comprende que debe informar- se para que no le engañen. Debe informarse para «estar en el ajo», para que otros no se le adelanten, para hacer la pequeña o la gran política de las tristes mafias de la cotidianeidad.

El saber se convierte en acumulación de datos, y nosotros en hormiguitas trabajadoras para una glotona y descomunal abeja reina. Antaño, lo que nadie debía ignorar, te lo decía Dios, o estaba en el fondo de tu corazón, y así hay que reco- nocer que todo resultaba más sosegado. A los sesenta años

comprendías que lo único que uno no debía haber olvidado eran las cuatro cosas que cualquier humano ha sabido con la edad. Era un digno ? lúcido pago a la fatiga de los años. Ver envejecer los ordenadores cada dos años y ser arrinconados por la nueva genera;ión, no nos alegra ni por la ironía de su condena acelerada. Las máquinas saben lo que nuestra torpe agenda confunde. Se instalan en el interior de la pantalla que a nosotros nos ata a] frente. A la vez que encanecemos, ellas se renuevan sin cesar. Nada puede detenerse, todo debe que- dar registrado. Porque otros, los que saben, los que no han perdido, ni por la jaqueca ni por la acidez, un minuto de infor- mación nos sonríen despectivamente. Mientras descubrimos con terror que empezamos a olvidar, que ni siquiera consegui- mos recordar por quz el olvido era tan peligroso...

JOVEN

No está tan claro. El mito de la juventud dorada comien- za a caer. Posiblemente ellos ni siquiera han reparado, ¡son demasiado jóvenes!

No hace mucho —iba yo a participar en una mesa redon- da en París— una amiga, afincada en esa ciudad desde hace años, me sugirió: «vístete de forma que aparentes más edad, lo juvenil no está de moda, eso quedó con mayo del 68...». De ese estupor nace un poco la reflexión de este artículo.

Estamos acostumbrados a que el estilo joven sea un impe- rativo categórico de la época. Pero acaso, matizando, pode- mos descubrir alguna que otra incongruencia.

La verdadera hegemonía de la juventud tiene lugar, efec- tivamente, en los sesenta. Ser maldito, rebelde, revoluciona- rio, contracultural, rockero o místico, otorga entonces una au- reola incontrovertible; y ello porque la sociedad, los gobier- nos, están llenos de señores un poco obesos, de traje gris, que desconfían. Los conceptos carismáticos surgen precisamente en la resistencia.

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