La raza30 y la etnia envuelven un discurso que tiene que ver con el origen o trasmisión de la
esencia a través de las generaciones. De acuerdo con Wade (1997), el debate de raza y etnicidad se ha dado, sobre todo, fuera de Latinoamérica. Por otro lado, Van den Berghe (1987) afirma que la importancia de la etnicidad está íntimamente ligada con la desigualdad en la distribución del poder y la riqueza (p. 242). La estructura social, afirma, está concebida como una multitud binaria de relaciones de dependencia y dominación. Por lo tanto, la etnicidad está anclada a las relaciones de poder. Sin embargo, la cultura no define los límites de la etnia: “es imposible separar en el Perú la cultura del indígena de la cultura del mestizo” (Wade, 2000, p. 75). Las diferencias étnicas han marcado el sistema de dominación y, así, el proceso de urbanización ha sido asumido para liderar la cultura. Según esta lógica, la urbanización es un indicador de modernidad y de estatus.
En su estudio sobre las desigualdades en algunas provincias del Perú, Maritza Paredes encontró que eran los mismos habitantes de la sierra los que utilizaban términos cargados de significados peyorativos para así categorizarse entre ellos (Thorp et al., 2011, p. 241)31. En la
sierra norte, es común el término “indio” o “chuto” para hacer referencia a quien no tiene educación y que viste con vestimentas tradicionales –ojotas, pantalón de bayeta, poncho–; además de otras características como el lenguaje, el color de piel y hasta la comida. En el sur,
30 Según Wade (1997), algunos biólogos, científicos y antropólogos han concluido que, biológicamente, la raza
no existe, pero sí las variaciones genéticas. El termino “raza” es una construcción social. La idea de raza es eso: una idea (p. 15).
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en Huancabamba por ejemplo, las personas poseen rasgos físicos diferentes a las del norte. Algunos de los habitantes de Huancabamba poseen rasgos físicos –ojos verdes, tez clara– que son muy diferentes a los rasgos físicos de quienes habitan en una comunidad del Cusco. Más adelante, en mi visita hecha entre julio y setiembre 2012,también pude comprobar que un insulto común entre los habitantes de la zona urbana hacia los que viven en caseríos de Huancabamba era llamarlos “patojo” o “chuncho de la selva”, que quiere decir “indio”.
Para el habitante urbano de Huancabamba es común definirse como descendiente de españoles. En una entrevista con la antropóloga Josefa Ramírez, fundadora de la asociación de mujeres IAMAMC, ella reafirmó que entre los habitantes de Huancabamba había arraigado un “fuerte racismo o alienación de la sociedad”, y lo atribuyó a la historia de la conquista. Para Ramírez, la historia del paso de los españoles por la provincia de Huancabamba era una historia de violación y violencia:
Los españoles llegaron por el norte de Piura buscando llegar a Cajamarca y en el camino se encontraron con Huancabamba. Gonzalo Pizarro llegó al caserío de “Segundo Hicajas” y encontró ahí un Ayawasi (casa de las mujeres). Gonzalo Pizarro fue recibido como un dios y el jefe de la casta le entregó sus mujeres. Hubo una gran bacanal. Los huancabambinos cuentan que de ahí vino el mestizaje y el mejoramiento de la raza (Comunicación personal, agosto de 2013).
Lo cierto es que, durante mi trabajo de campo en la provincia de Huancabamba, no recogí ningún testimonio en el que los habitantes evocaran su pasado histórico. Por otro lado, al entrevistar a los habitantes de la zona urbanizada de Huancabamba, ellos manifestaron una preocupación por el avance económico de su provincia. Culpaban a los campesinos por no estar de acuerdo con sus ideas de desarrollo, como la minería. Ninguno de ellos utilizó los términos “indígena” o “chuto” para referirse a quienes viven en caseríos, pero sí “campesino” o “gente del campo”. Solo cuando entraban en confianza, los denominaban “patojos”, un término más despectivo. Cuestiones como la vestimenta, el lugar en donde vivían y, sobre todo, el trabajo eran particularidades que determinaban su estatus e identidad, y también las diferencias entre los que vivían en el centro y los que provenían de comunidades aledañas.
A continuación, expongo algunos testimonios de mujeres que viven en Huancabamba y que hacen referencia al “otro” de diferentes maneras. El siguiente testimonio es de una mujer de 25 años a la que llamaré Rosa. Rosa es madre de tres hijos y, en el momento de la entrevista, trabajaba vendiendo mazamorras en la plaza central. Su testimonio mostraba preocupación y descontento hacia el alcalde y hacia la gente que trabajaba en el campo:
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Hay gente ignorante que piensa que la minería va a contaminar y no se ponen a pensar el fondo de las cosas (…) Yo estuve en Bombamarca, donde está la minera Yanacocha. Y, ¿para qué?, está bien implementado: postas, hospitales, trabajo; la gente no se muere de hambre allá. Aquí no hay entrada. Las personas que tratan de meter ideas que no son las personas del campo, porque las de la ciudad están todas de acuerdo (Comunicación personal, 20 de julio de 2012).
Cuando se le preguntó acerca de las campañas de esterilización masiva, Rosa contó que a su madre la operaron voluntariamente. Incluso afirmó que ella misma se acercó al centro de salud para que la liguen, pero le dijeron que aún era muy joven. Afirmó que su madre estaba “normal” y “tranquila” después de la operación y que creía que, a partir de las denuncias, los doctores ya no se arriesgaban a operar por miedo. Incluso preguntó si era costosa una operación de ligadura. Ella no usaba ningún método anticonceptivo, ya que, según su experiencia, usar métodos anticonceptivos daba dolor de cabeza. Además, dijo que ella planificó a sus hijos, dejando en claro que conoce lo que son los métodos anticonceptivos.
Por lo tanto, Rosa no se identificó con las mujeres que trabajaban en el campo, a pesar de que su madre sí trabajaba en el campo y fue parte de las campañas de esterilización. Consideró como ignorantes a quienes no quieren ver la posibilidad de progreso que representa el ingreso de la minería. Además, no mostró descontento respecto de las campañas de AQV, sino interés por seguir este procedimiento. Rosa dejó en claro su estatus al explicar que ella trabajaba junto con su marido en la plaza y no en el campo. Aunque sus padres sí trabajaban en el campo, ella consideraba que había subido de estatus.
¿Qué pasa con los empleos urbanos? La siguiente entrevista fue realizada el 18 de setiembre de 2012 a una mujer joven que trabajaba en la Municipalidad de Huancabamba como extensionista de campo en el Sistema Integral de la Gestión de Residuos Sólidos (SIGRES). Ella afirmó sentirse orgullosa de su trabajo y de su lugar de origen: Huancabamba. Explicó minuciosamente la obra que realizaba con el fin de que Huancabamba se mantenga limpia: “el alcalde actual ha ganado (la alcaldía) por el medio ambiente, por el campesinado”. En otra entrevista, realizada el 20 de julio de 2012, una mujer comerciante me explicó su trabajo, que consistía en informar a las mujeres, de caserío en caserío, acerca de los beneficios del reciclaje. Afirmó que mucha de la “gente del campo en un primer momento se opone y duda, pero cuando ven los beneficios aceptan seguir los procesos que la municipalidad ordena para el reciclaje”. Ella se oponía a la minería porque, según su experiencia, “en Cajamarca me encontré con pena a niños abandonados en la calle y me pregunto: ¿dónde está el dinero de la minería?”.
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En una entrevista realizada a una mujer estudiante, al preguntarle acerca de las campañas de AQV, la mujer contó que conocía casos cercanos, como el de su tía:
Mi tía tenía cinco hijos. A ella la animaban bonito, la enamoraron bonito. Ella quedó mal, no podía alcanzar peso. En Chiclayo le dijeron que era consecuencia de la ligadura. Anda ahora en silla de ruedas (…) Ahora se ha mejorado pero han gastado mucho dinero. Se ha separado de su marido (Comunicación personal, 14 de setiembre de 2012).
La trabajadora de la municipalidad, por su parte, se sentía identificada con los habitantes de Huancabamba y pensaba que su trabajo ayudaba a su provincia y a sus habitantes. Sin embargo, parecía identificar al campesino como “los otros: gente del campo”, ya que daba a entender que ella sabía más o tenía más conocimientos que las mujeres del campo. El poseer estudios, según la mujer, elevaba su estatus étnico y la diferenciaba del resto de la población que vivía en los caseríos.
Asimismo, la siguiente entrevistada deja muy en claro su estatus. Sonia32 es una
obstetra del centro de salud de Huancabamba que participó como enfermera durante las campañas de AQV. Ella reafirmó durante toda la entrevista que no se identificaba con las mujeres de los caseríos:
Las personas rurales, sus pensamientos son muy volubles. No mantienen una decisión definitiva, son muy volubles, cambian mucho de parecer. Puede que exista caso de AQV sin consentimiento, pero se debe de ver caso por caso. Las mujeres que denunciaron lo hicieron (…) porque había grupos (ONG) ofertando indemnizarlas. Ellas utilizaban esa palabra (Comunicación personal, setiembre de 2012).
Sonia resaltó su educación y experiencia durante toda la entrevista. Ella es huancabambina, aunque hace distinciones entre “los otros” y ella. “La mujer del campo es voluble”, comenta. Es decir, la mujer del campo no sabe, es ignorante, no conoce. Sonia no se sentía identificada con las mujeres que fueron esterilizadas. Incluso afirmó que no sentía empatía por ellas, sino, por el contrario, desprecio o lástima. Cuando le pregunté si estaba al tanto del alto porcentaje de mujeres esterilizadas que registraba Huancabamba, su respuesta fue evasiva:
No conozco la estadística. Pero la zona rural tiene una alta tasa de paridad, tienen más de cuatro hijos (...) En mi zona identifiqué a un grupo de paridad grande. Ese era mi grupo identificado para recibir consejería y ser operada. Con más de cuatro hijos se les consideraba riesgo quirúrgico (Comunicación personal, setiembre de 2012).
Cuando se le preguntó acerca de la población en la actualidad, de los cambios, afirmó que la comunidad había cambiado: “Acuden a que se les informe de un método anticonceptivo. La generación ha cambiado. Ya no tiene tantos hijos”.
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Asimismo, cuando se le preguntó acerca de las denuncias por esterilizaciones sin consentimiento y si estaba de acuerdo con las denuncias, afirmó:
No creo que las denuncias sean ciertas. En el caso de las ligaduras, lo que escuché es que, si una mujer denunciaba, recibía un bono. Ellas no dicen qué organizaciones eran. Cambian su posición (Comunicación personal, setiembre de 2012).
Por lo tanto, para la obstetra, las mujeres del campo, como ella las denominó, no poseían control sobre los métodos anticonceptivos. Incluso estaba de acuerdo con que el programa de esterilización regrese, “porque las mujeres son volubles y no saben”. ¿En qué momento la obstetra deja de reconocerse como parte de la comunidad y se ve a sí misma con más poder que el resto de mujeres campesinas? En líneas generales, hay otra cuestión interesante: debido a la discriminación y a una historia de opresión en el Perú, la forma en que los peruanos hablan acerca de su identidad y, en particular, del tipo de etnia, casi nunca es directa (Thorp et al., 2011, p. 33). En ese sentido, la obstetra se desvinculaba de la mujer campesina, pero nunca utilizaba un nombre peyorativo para calificarla, sino que la categorizaba como “mujeres del campo volubles”, que puede entenderse como “ignorantes”.
Josefa Ramírez sostiene que las mujeres que fueron esterilizadas en Huancabamba guardan un estigma, un trauma que no es comprendido por toda la población de Huancabamba, ni tampoco por ellas mismas, y que esto causaba confusión dentro de las mujeres que fueron esterilizadas.
Cuando nos encontrábamos en proceso de un proyecto de empoderamiento con las mujeres de Huancabamba acerca de derechos sexuales y reproductivos, nos encontramos con mujeres que se negaban a ser parte del proyecto porque decían estar por Keiko Fujimori y afirmaban estar a favor de la esterilización que se les había practicado. Decían que Fujimori nos hizo un favor, porque si no, nos llenaríamos de hijos (Sonia, comunicación personal, setiembre de 2012).
Pues existía la percepción, por parte de las mujeres que no fueron esterilizadas, de que las mujeres que pasaron por este procedimiento tuvieron suerte de que se les practique esta operación gratuitamente:
“Las campañas de ligadura deben de volver porque no queremos tener más hijos y porque son gratuitas. El ingeniero Fujimori les ha hecho un favor a esas mujeres esterilizadas”(Mujer madre, comunicación personal, 14 de setiembre de 2012). Por lo tanto, la percepción que una mujer huancabambina tiene de su identidad y del papel de su etnicidad cambia según el grupo con el que se relacione. Algunas de las mujeres que no habían sido esterilizadas lamentaban el haberse perdido estas campañas. Otras hasta deseaban que vuelvan y, por supuesto, no se sentían identificadas con las mujeres
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esterilizadas, a pesar de pertenecer a su misma comunidad. Ellas consideraban a las mujeres esterilizadas, no víctimas, sino mujeres que no apreciaban “el bien que se les ha hecho”.
Cleofe, por su parte, afirmó que fue esterilizada sin su consentimiento. Cleofe se identificó como una mujer del campo:
Porque la gente del campo, lo repito constantemente, somos inocentes, tímidos, que algo nos podían hacer las autoridades. Aquí no hacen justicia, por lo que la vida del campesino no les interesa (Comunicación personal, 2012).
A pesar de ser de mujeres que pertenecen a la misma provincia, todos estos testimonios no necesariamente comparten un mismo vínculo. Por el contrario, constatan que, en el caso de estas mujeres, su identidad étnica y su estatus cambian según su lugar de residencia, su nivel de educación o dependiendo de si ocupan puestos de trabajo importantes para su comunidad. Maritza Paredes (2011) sostiene que las identidades de los grupos responden, en parte, a las percepciones que la gente tiene sobre su pertenencia a un grupo particular y sobre su identificación con el mismo. Esto se puede ver claramente en la categorización que hacen entre ellos mismos: el habitante de la zona urbana cataloga como ignorante al campesino.
Este es, probablemente, uno de los motivos más significativos por el que las esterilizaciones se llevaron a cabo en mayor número en las zonas de caseríos. No es únicamente porque estaban menos informados, sino porque tanto la identidad étnica como el estatus étnico fueron factores relevantes. En los testimonios, los habitantes que vivían en el centro de Huancabamba categorizaban a los habitantes de caseríos como personas ignorantes, sin educación y con un bajo poder adquisitivo. Por lo tanto, en la comunidad de Huancabamba había una necesidad de negar, suprimir o cambiar de identidad hasta crear diferencias claras de categorización.
Ciertamente, las diferencias económicas sirven como medidores del estatus étnico y son evidencia de las desigualdades latentes entre los habitantes del campo y de la ciudad. Pero ¿existe una diferenciación entre género y estatus étnico? ¿Qué posición de poder tienen las mujeres dentro de sus relaciones familiares? El proceso migratorio también está relacionado con las desigualdades de género.
3.5. Campañas de AQV