CHAPTER 10: DESIGN PRINCIPLES FOR MODERN CRISIS INFORMA-
10.4 Additional Design Principles for Modern CIMS
1
Eran tres en el círculo: Zalman el vidriero, Meyer el eunuco e Isaac Amshinover. Su centro de reunión era la casa de estudios Radzyminer, donde se encontraban diariamente para contarse historias. Siendo lo que el Talmud llama un loco temporal, Meyer asistía sólo dos semanas al mes, pues las otras dos se las pasaba delirando. En las noches de luna llena solía recorrer la casa de estudios de arriba abajo, frotándose las manos y murmurando entre dientes. Encogía los hombros de tal forma que, pese a ser alto, parecía un jorobado. Su descarnado rostro era tan terso, o quizá más, que el de una mujer. Tenía la barbilla prominente, la frente amplia y la nariz aguileña. Los ojos eran de erudito y se rumoreaba que sabían el Talmud de memoria. Cuando no estaba perturbado,
aderezaba su charla con proverbios hasídicos y citas de libros doctos. Había conocido al rabino de Kotsk y lo recordaba perfectamente.
Invierno y verano solía ponerse una gabardina de alpaca que le llegaba a los tobillos, un par de babuchas con medias blancas y dos casquetes, uno delante y otro detrás de la cabeza, coronados por un sombrero de seda. Pese a ser viejo, tenía patillas largas y rectas, y una cabellera negra. Parece ser que durante sus períodos críticos no comía, pero la otra mitad del mes se alimentaba con las gachas de avena y el caldo de pollo que unas mujeres piadosas le llevaban a la casa de estudios. Dormía en el oscuro rincón que un profesor le brindaba en su casa.
Siendo fin de mes una noche sin luna, Meyer el eunuco estaba cuerdo. Abrió una tabaquera de hueso y sacó una pizca de tabaco mezclado con éter y alcohol. Luego les ofreció un poquito a Zalman el vidriero y a Isaac Amshinover, aunque éstos tuvieran sus propias tabaqueras. Se hallaba Meyer tan absorto en sus pensamientos que apenas escuchó lo que Zalman decía. Frunció el ceño y con los dedos pulgar e índice tiró de su imberbe mentón.
La cabellera de Isaac Amshinover no había encanecido del todo. Aún podían verse unas cuantas zonas rojizas en sus cejas, patillas y barba. Reb Isaac padecía de tracoma y usaba gafas ahumadas. Se apoyaba en un bastón que antes había pertenecido al rabino Chazkele de Kuzmir. Reb Isaac aseguraba que le habían ofrecido una cuantiosa suma por el bastón, pero ¿a quién se le ocurriría vender un báculo que hubiera estado en manos de un rabino tan santo? Reb Isaac se ganaba la vida con él. Las mujeres con embarazos difíciles se lo pedían prestado; era también útil para curar niños con escarlatina, tos ferina y falso crup; y era conocida su eficacia para exorcizar dybbuks, detener el hipo y localizar tesoros bajo tierra.
Isaac no soltaba el bastón ni para rezar, pero los sábados y feriados lo guardaba bajo llave en el facistol. Aquella vez lo tenía bien asegurado entre sus velludas manos, surcadas por venas azules. Reb Isaac tenía el corazón débil, los pulmones enfermos y los riñones defectuosos. Los Hasidim afirmaban que de no ser por el bastón de Reb Chazkele, ya se habría muerto.
Zalman el vidriero, un hombre alto y de anchas espaldas, tenía una barba abundante de color pimienta y unas cejas tan pobladas que parecían cepillos. Sus ochenta años no le impedían beberse dos vasos de vodka al día. Su desayuno consistía en una cebolla, un nabo, una barra de pan de kilo y una jarra de agua. Su mujer, inválida de nacimiento, era medio muda y no podía accionar brazos ni piernas. En sus años mozos, él solía transportarla hasta los baños públicos en una carretilla.
recibía una pensión de doce rublos al mes del mayor de sus hijos, un hombre acaudalado. Él y su mujer vivían en un cuartito con un balcón al que se llegaba por una escala. Zalman cocinaba solo y alimentaba a su mujer como a un crío. Incluso evacuaba los orinales.
Aquella noche estaba hablando de los años que viviera en Radoshitz, cuando iba de pueblo en pueblo con un tablón cargado de planchas de vidrio a la espalda.
-¿Hay acaso heladas de verdad hoy en día? -inquirió-. Yo no daría ni dos kopeks por lo que ahora llaman una helada. Creen que el invierno llega cuando hay hielo en el Vístula. En mis tiempos, el frío comenzaba justo después de la Fiesta de los Tabernáculos, y para Pascua aún podíamos cruzar el río a pie. Hacía tanto frío que los troncos de los robles se partían. Los lobos solían deslizarse de noche hasta Radoshitz y llevarse los pollos. Los ojos les brillaban como velas y sus aullidos te ponían los pelos de punta. Una vez cayó una granizada de piedras enormes, como huevos de gansa. Rompieron las tejas de los techos y parte del granizo fue a dar en las ollas, atravesando las
chimeneas. Recuerdo que durante una tormenta cayeron peces y animalitos vivos del cielo: los podías ver arrastrándose por los canalones.
-¿Cómo es posible que haya peces en el cielo?
-Las nubes se alimentan de los ríos, ¿sí o no? En un poblado próximo a Radoshitz cayó una serpiente. La mató la misma caída, pero antes de morir logró arrastrarse hasta un pozo. Los aldeanos tenían miedo de tocarla, y el cadáver, al descomponerse, despedía un hedor insoportable. -El Midrash Talpioth menciona varios casos similares -interrumpió Meyer el eunuco.
-¿Para qué necesito el Midrash Talpioth? Lo he visto todo con mis propios ojos. Actualmente no quedan muchos salteadores de caminos, pero en mi época invadían bosques enteros y vivían en las cuevas. Mi padre recordaba haber visto al rey de todos ellos: el célebre bandido Dobosh. Todos le temían a muerte, pero él era sólo una figura decorativa; el poder soberano emanaba de su madre. Ella tenía noventa años y era el cerebro de la banda: les indicaba dónde y cómo robar, el modo de esconder el botín y deshacerse luego de él, ect., etc. Y por si esto fuera poco, también era una bruja muy temida por todos. Le bastaba con ver a alguien y mascullar unas cuantas palabras para que la persona cayera ardiendo de fiebre. Tal vez no sepan lo que sucedió entre ella y el rabino Leib Saras. Ella aún era en aquel entonces joven y lozana: una ramera impúdica. Bueno, al rabino le gustaba deambular por los bosques y sumergirse en un estanque antes de recitar sus oraciones. Una mañana alzó la mirada y vio de pie ante él a la Dobosh, desnuda y con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Al exclamar el rabino el Santo Nombre, un torbellino se apoderó de ella, lanzándola a la copa de un árbol. “Rabino, cásate conmigo -le gritó desde la rama donde se hallaba sentada-, y juntos seremos los amos del mundo.”
-¡Qué hembra tan descarada! -dijo Isaac Amshinover.
-La historia no figura en la Comunidad de los Hasidim -observó Meyer el eunuco.
-La Comunidad de los Hasidim no contiene todo. En una ocasión yo mismo me topé con un brujo. Sucedió en un bosque, a la salida de una de las aldeas próximas a Radoshitz. Hacía un día muy despejado y yo andaba transportando vidrio como siempre. La noche anterior había dormido en un granero, pero los sábados tenía por costumbre volver siempre a casa. Caminaba absorto en mis pensamientos cuando de pronto vi a un hombre diminuto, más pequeño incluso que mi brazo. Lo miré y no logré explicarme qué podría ser. Vestía como un gran señor, con chaqueta verde, sombrero de pluma y botas rojas. En la mano llevaba un morral de caza hecho de piel. Creo que también tenía un rifle, al estilo de los que usan los niños en la festividad de Omer. Sólo atiné a detenerme, embobado. Monstruo o gnomo, no entendía por qué andaba solo. Me detuve para cederle el paso, pero él también se detuvo. Cuando reanudé mi marcha, él se colocó a mi lado. Me pregunté cómo podría seguir mis pasos con esas piernitas tan cortas. En fin, era clarísimo que se trataba de un demonio. Yo recité el Escucha, oh Israel y el Shaddai, destruye a Satanás, pero no sirvió de nada. Riéndose, me apuntó con su rifle. Vi la cosa tan negra que le arrojé la primera piedra que encontré. Soltó una carcajada que me puso la piel de gallina y me sacó la lengua. ¿Sabéis qué larga era? ¡Le llegaba al ombligo!
-¿Te hizo daño? -No, se fue corriendo.
-¿Llevabas algún amuleto encima?
-Tenía un bolso colgado al cuello, con un diente de lobo y un talismán bendecido por el santo rabino de Kozhenitz: lo llevaba conmigo desde niño.
-Bueno, esas cosas ayudan.
-¿Qué te hizo creer que era un brujo? -preguntó Meyer el eunuco-. Pudo haber sido un geniecillo o un demonio burlón.
-Luego me enteré de su historia. Su padre, un rico terrateniente, le dejó su feudo, pero el chico comenzó a interesarse por la hechicería. Aprendió a disminuir y aumentar de tamaño y podía transformarse en gato, perro o cualquier otra cosa. Vivía con un viejo sirviente, más sordo que una tapia, que le cocinaba. Tenía más dinero del que podía gastar. Fue la muerte de su esposa lo que lo indujo a la magia. A veces utilizaba su ciencia para ayudar a otras personas, pero no era lo usual. Prefería burlarse de los aldeanos, amedrentándolos.
-¿Qué fue de él? -preguntó Isaac Amshinover.
-No lo sé. Aún vivía cuando dejé Radoshitz. Ya sabéis lo que ocurre con este tipo de gente: al final terminan por caer en un pozo sin fondo.
2
Cuando Zalman el vidriero acabó de hablar se produjo un silencio. Isaac Amshinover sacó entonces su pipa y después de encenderla preguntó:
-¿Qué tiene de raro un hechicero no judío? Los hubo hasta en Egipto. ¿No compitieron los magos egipcios con Moisés? Pero yo sé de uno judío. Quizá no fuera un hechicero después de todo, pero tenía trato con los espíritus del mal. Su suegro era un conocido mío: Mordecai Liskover, un hombre muy rico además de culto. Tenía cinco hijos y una hija llamada Pesha a quien quería con locura. Todos sus hijos hicieron buenos matrimonios. La mitad del pueblo les pertenecía. Tenía un molino de agua que funcionaba permanentemente y al que acudían aldeanos desde muy lejos a hacer cola con sus carretillas. Creían que la harina que se molía allí era bendita. Mordecai quería encontrarle a Pesha el mejor marido del mundo: era la menor de todos sus hijos y él la favoreció con una cuantiosa dote y la promesa de mantenerlos, a ella y a su esposo, toda la vida. De modo que se dirigió a una yeshiva y pidió al director que le presentase al alumno más brillante. “Ahí lo tiene -le dijo el director señalando a un muchacho de escasa estatura-. Se llama Zeinvele. Puede que parezca pequeño, pero es más inteligente que todos los sabios de Polonia juntos.” ¿Qué más se puede pedir? El muchacho era huérfano y el pueblo lo mantenía. Fue conducido a casa de Reb Mordecai, donde lo vistieron como a un rey y le hicieron firmar el contrato matrimonial. Luego lo instalaron en una posada, porque está prohibido que un hombre viva en casa de su novia. Se alimentaba de pichones y mazapán. Cuando iba a la casa de estudios, los demás muchachos trataban de enredarlo en conversaciones eruditas, pero Zeinvele era más bien reservado: el tipo de persona que valora las palabras como el oro. Sin embargo, cuando hablaba valía la pena escucharlo. Me parece estar viéndolo de pie en la casa de estudios, recitando de memoria una página completa de los Comentarios, pequeño, pálido e imberbe, Reb Mordecai le dio ropa un poco grande con la esperanza de que creciera. La gabardina le arrastraba por el suelo y en realidad no creció un solo centímetro, pero eso ya es otro cuento. Cuando discutía sobre materias doctas bajaba la voz, y nunca se pronunciaba sobre temas mundanos, limitándose a responder sí o no cuando le
preguntaban algo, o simplemente movía la cabeza. Solía sentarse solo, en algún rincón apartado en la casa de estudios. Sus compañeros se quejaban de ese aislamiento. Oraba de pie, mirando por la ventana, y no volvía la cabeza hasta haber acabado. La ventana daba a la calle Sinagoga y permitía ver el cementerio.
Bueno, pues resulta que el mundo no le interesaba, pero el pueblo le tenía respeto. ¿Y cómo no tenérselo? Era el futuro yerno de Reb Mordecai. Pero entonces sucedió algo extraño. Una noche entró un chico en la casa de estudios con el rostro más blanco que el papel. “¿Qué ha pasado? -le preguntaron los demás-. ¿Quién te ha asustado?” Al principio el muchacho se negó a hablar. Luego cogió a tres de sus amigos y, tras hacerles jurar estricta reserva, les contó lo siguiente: Caminando por el patio de la sinagoga había visto a Zeinvele de pie cerca del asilo de pobres, haciendo extraños gestos con las manos. Sabía que Zeinvele nunca estudiaba de noche, pero ¿qué andaba haciendo entonces por esa zona? Nadie ignoraba que el asilo era un lugar peligroso; la tabla donde se lavaban los cadáveres quedaba apoyada a su puerta. Dos pasillos conducían hasta ella: uno desde las afueras del pueblo y otro desde el cementerio. El chico pensó que quizá Zeinvele, al ser forastero, se había extraviado, y le gritó: “Zeinvele, ¿qué haces aquí?” En cuanto hubo dicho esto, Zeinvele comenzó a encogerse más y más hasta convertirse en una bocanada de humo. Y finalmente incluso el humo desapareció. Lo asombroso del asunto es que el muchacho no se murió del susto. “¿Estás seguro de que no se te ha caído alguna borla de las prendas litúrgicas? -le preguntaron sus compañeros-. ¿No falta ninguna letra en tu mezuzah?” Todos se dieron cuenta de que había sido un espíritu maligno disfrazado de Zeinvele. El incidente se mantuvo en secreto, pero el pueblo se hubiera ahorrado muchos problemas de no haber sido así.
La boda fue muy sonada. Mandaron traer varios músicos de Lublin y a Yukele el animador, desde la remota Kovle. Pero Zeinvele no participó con sus compañeros en la tradicional discusión de la Torá, ni sirvió los canapés y las bebidas. Se limitó a presidir la mesa con aire ausente. Tenía las cejas tan pobladas que resultaba difícil saber si dormía o meditaba. Había incluso quienes creían que era sordo. Pero todo pasa de prisa, y Zeinvele se vio pronto casado e instalado en casa de su suegro. Solía sentarse en la casa de estudios a leer el Tratado sobre las Abluciones que recomiendan a los hombres recién casados. Pero Pesha no tardó en protestar por la extraña actitud de su joven marido. Pese a que él se acercaba a su lecho cuando ella volvía del baño ritual, actuaba con más frialdad que un témpano de hielo. Una mañana muy temprano Pesha se dirigió al dormitorio de su madre a toda prisa. “¿Qué ha pasado, hija?” Pues bien, según Pesha, la noche anterior, después del baño ritual, Zeinvele se había acostado con ella; pero cuando miró hacia la cama del joven,
supuestamente vacía, se dio cuenta de que había un segundo Zeinvele tendido en ella. Le entró tal miedo que se deslizó bajo el plumón y se negó a salir. En cuanto amaneció, Zeinvele se fue a estudiar. “Hija, te estás imaginando cosas raras”, le dijo su madre. Pero Pesha le juró solemnemente que estaba diciendo la verdad. “Madre, estoy aterrada”, exclamó. Su ansiedad era tal que se
desmayó.
¿Cuánto tiempo pueden permanecer ocultas estas cosas? En realidad había dos Zeinveles, y todo el mundo se dio cuenta. Algunos escépticos -pues los había en Grabovitz como en todas partes- trataban de quitarle importancia al asunto; ya conocéis las explicaciones que suelen dar: es una alucinación, una fantasía, una tendencia mórbida. Pero sentían tanto miedo como el que más. Zeinvele podía estar durmiendo en su habitación, bajo llave, pero a la vez paseando por el patio de la sinagoga o por el mercado. A veces se aparecía en la antecámara de la casa de estudios y
permanecía inmóvil junto a la palangana hasta que alguien descubría que era sólo el falso Zeinvele. Cuando esto sucedía, él se evaporaba, desintegrándose como una telaraña.
Durante un tiempo nadie le contó nada a Zeinvele. Es posible que ni él mismo supiera lo que pasaba, pero su esposa Pesha no quiso guardar silencio por más tiempo. Anunció que no volvería a dormir en el mismo aposento que él. Tendrían que contratar a un vigilante. Su suegro pensó que Zeinvele podría alarmarse y negarlo todo y optó por enfrentarlo a los hechos, pero el joven se mantuvo tieso como una estatua y no abrió la boca. Reb Mordecai lo llevó a ver al rabino de Turisk, quien cubrió íntegramente el cuerpo de Zeinvele con talismanes. Pero cuando el muchacho volvió a casa, nada había cambiado. De noche, su suegra echaba llave al dormitorio por fuera y atrancaba la puerta con una pesada silla, pero Zeinvele seguía deambulando. Al verlo, los perro gruñían y los
caballos se encabritaban aterrados. Las mujeres no se atrevían a salir de noche sin ponerse dos delantales, uno delante y otro detrás. Una tarde, una joven aldeana se dirigió al baño ritual, y cuando la asistenta acabó de lavarla en la antesala, pasó al cuarto de baño propiamente dicho. Mientras bajaba la escalera vio chapotear a alguien en el agua. La vela arrojaba una luz tan mortecina en la habitación que no le permitía ver quién era. Cuando se acercó y descubrió que era Zeinvele, dio un alarido y se desmayó. De no haber sido por la proximidad de la asistenta, se hubiera ahogado. El verdadero Zeinvele se encontraba a la sazón en la casa de estudios. Yo mismo estaba ahí y lo vi. Pero resultaba realmente imposible distinguir al Zeinvele real de su fantasma. Los muchachos de la aldea comenzaron a decir que Zeinvele visitaba el baño ritual para espiar a las mujeres desnudas. Pesha declaró que no quería seguir viviendo con él. De haber tenido él padres, lo hubieran enviado de vuelta a su casa; pero ¿adónde se puede mandar a un huérfano? Su suegro lo llevó a ver al rabino y le dio cien florines para que se divorciara de Pesha. Yo fui uno de los testigos en el trámite de divorcio. Pesha no paraba de llorar, mientras Zeinvele permanecía impasible en el banquillo, como si el asunto no le incumbiera. Parecía estar durmiendo. El rabino miraba a la pared para asegurarse de que Zeinvele proyectaba una sombra, pues ya sabéis que los demonios no la tienen. Concluido el divorcio, Reb Mordecai embarcó a Zeinvele en un coche de alquiler rumbo a