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D. ADDITIONAL INFORMATION

Hombre de profunda vida interior, Fabro vivió esta absorbente actividad exterior desde Dios: de él se puede decir, como de su maestro en el espíritu –san Ignacio– que fue «un contemplativo en la acción» (cf. Monumenta Nadal, IV, 651).

Hombre, además, pacífico en su exterior y que sembraba a su alrededor la paz, era un luchador en su interior.

Ambos rasgos se manifiestan en su Memorial. Veámoslo por separado.

Y primero, su oración: una de las palabras que más se leen en su Memorial es «deseos»: es un «varón de deseos» (cf. Dn 9,23, según la Vulgata). Con razón los primeros editores titularon la obra «Memorial de algunos buenos deseos y buenos pensamientos del Padre Maestro Pedro Fabro».

Además, uno de los principales encantos del Memorial es ver cómo todas las circunstancias de la vida (apostolado, viajes, preocupaciones, amistades… y aun negligencias) se transforman para Fabro en materia de oración.

Fabro saca partido incluso de sus distracciones en la oración: un día –nos dice– «diciendo el oficio y arreglando el reloj, me vino al pensamiento pedir a Dios gracia con que me arreglase y ordenase para orar bien, porque a él le es más fácil ordenarme a mí, que a mí ordenar o arreglar con mis manos cualquier cosa material. De aquí tomé ocasión de reprenderme a mí mismo porque hasta ahora frecuentemente, cuando debía estar atento y arreglado y ordenado en mis oraciones y buenas meditaciones, me distraía a tocar, o a ver, o arreglar alguna otra cosa sin necesidad, a pesar de que todo mi cuidado por entonces debía ser arreglarme y componerme para hacer bien la obra que tenía entre manos, o en mi lengua, o en mi pensamiento…» (Memorial, n. 249).

Otra característica notable del Memorial es ser un diálogo casi continuo no solo con Dios (la Trinidad, y Jesucristo, de un modo especial), sino también con la Virgen, los santos y los ángeles; realmente Fabro podía decir –junto con san Pablo– que «somos ciudadanos del cielo» (cf. Flp 3,20).

Pasemos ya al segundo rasgo de la vida interior de Fabro: su espíritu de lucha.

Su lucha comienza muy temprano, y lo lleva, en París –en el año 1530–, a ponerse en las manos expertas de san Ignacio, quien le dio a entender «…las tentaciones y escrúpulos que me tenían tanto tiempo aprisionado, sin saber entender ni encontrar el camino para poder hallar reposo. Los escrúpulos –continúa diciéndonos– eran sobre el temor de no haber en mucho tiempo confesado bien mis pecados (…) Las tentaciones que entonces sentía eran sobre malas y feas imaginaciones de las cosas carnales, por sugestión del espíritu de fornicación, el cual ya entonces –en París– no conocía por espíritu, sino por letras y doctrina» (Memorial, n. 9).

Es una lucha que dura hasta el final de su vida: en enero de 1546, último año de su vida –y última anotación en su Memorial– advierte que en esos días «se renovaban mis defectos (…) Conocí además en estos días, con la experiencia de mis tentaciones, que tengo necesidad de mucha gracia…» (Memorial, n. 443).

Es una lucha interior que no cede en desmedro de su protagonista, sino más bien en su alabanza: la gracia que él nos dice que necesitaba, y «mucha…», le fue concedida abundantemente. Como él nos lo advierte de sí mismo, «casi nunca has tenido notable tentación, en la cual no hayas sido consolado no solamente con el claro conocimiento, mas también por vía del espíritu contrario a las tristezas, o temores, o desánimos, o aficiones de prosperidad desordenada, dándote nuestro Señor tan claro conocimiento y tan verdadero sentimiento para remedio del espíritu de fornicación y medios para la pureza y limpieza de la carne y del espíritu…» (Memorial, n. 30).

El Memorial de Fabro es un testimonio, de la primera página hasta la última, de la verdad de aquella regla de discreción ignaciana, según la cual «el enemigo de natura humana, rodeando mira en torno… y por donde nos halla más flacos y necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos» (EE 327). Pero también de aquella frase paulina: «mi fuerza –la del Señor– se muestra perfecta en la flaqueza –de Fabro–» (cf. 2 Cor 12,9).

* * *

En ambos rasgos –el de la oración y el de la lucha espiritual– se manifiesta el discípulo eximio, formado en la escuela de los Ejercicios Espirituales (recordemos la controversia, que ya pertenece a la historia, entre «unionistas» y «eleccionistas»), y el maestro consumado en el arte de darlos: después de la muerte de Fabro –en febrero de 1555– san Ignacio dijo de él que, «de los que conocía en la Compañía, el primer lugar en darlos –los Ejercicios– tuvo el P. Fabro…» (Memorial del P. Cámara, n. 226, en Fontes

Narrativi, 1, 658).

Muchos otros rasgos se advierten en Fabro a través de su Memorial; dejamos al lector atento el gusto de descubrirlos por sí mismo.

3. EL TEXTO

No ha llegado hasta nosotros –o, mejor, aún no ha sido encontrado, pero no debemos desesperar de hallarlo alguna vez, perdido en algún archivo– el texto original del

Memorial del beato Fabro, sino diversas copias manuscritas, de diversa longitud y en dos

lenguas: castellano y latín.

Los autores que en diversas lenguas modernas han publicado hasta el presente el

Memorial del beato Fabro han usado, ya una, ya otra «copia», y en más de un caso han

usado más de una.

Nosotros hemos preferido atenernos –en cuanto al contenido y al sentido– a las dos copias publicadas críticamente por Monumenta Historica Societatis Iesu, una latina – más completa– y la otra castellana –incompleta, con solo los ciento ochenta primeros números aproximadamente–. La copia latina es la más completa de todas las existentes, y tiene detalles que nos hacen pensar que es más «original» que otras –original propiamente dicho no es ninguna, como ya hemos visto antes–: por ejemplo, siendo escrita en latín, tiene algunas frases escritas en castellano (cf. Memorial, nn. 237, 315…, 412). Ahora bien, sabemos que el beato Fabro podía hablar y escribir en castellano –su lengua materna era francés saboyano–; pero, sea en sus cartas, sea en sus predicaciones, lo mezclaba con el latín cuando quería ser más exacto, o cuando la frase le brotaba del corazón. Por eso hemos pensado que el original del Memorial –obra más del corazón– pudo ser latino, una de cuyas copias sería el texto publicado por Monumenta Historica

4. LA TRADUCCIÓN

La traducción castellana que ofrecemos tiene como base la edición realizada por J. M. Vélez, mejorada y publicada por J. M. March (Casulleras, Barcelona, 1922).

En ella los editores han transcrito la copia antigua castellana, y han traducido del latín los restantes números –que son la mayoría– (ambas copias, la castellana y la latina, son las editadas, como hemos dicho precedentemente, por Monumenta Historica

Societatis Iesu).

Esta edición –la primera castellana– tiene muchas deficiencias; pero, por otra parte, no valía la pena intentar una traducción enteramente nueva. Hemos optado por corregir la versión de Vélez March donde hemos notado errores o falta de precisión con respecto al texto latino antes mencionado. También hemos procurado aligerar el texto, tanto de la antigua copia castellana de Monumenta como de la traducción. En algunos casos, hemos traducido nuevamente frases enteras.

En los casos en que el latín resultaba oscuro, hemos recurrido a la edición francesa de M. de Certeau (Desclée, París 1960).