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Todos los días, los judíos varones agradecen a Dios no haber nacido mujeres. ¿Hay, pues, una incompatibilidad total entre el tantrismo y el judaísmo? La respuesta a esta pregunta es menos evidente de lo que parece, aunque sea cierto que los judíos integristas no se pondrán mañana a practicar ritos sexuales del tipo tántrico.

Y sin embargo... Un día, después de una charla consagrada al tantra, un amigo judío ortodoxo, director de un colegio hebreo, me dijo: «Un cabalista no hablaría de otro modo». Fue el comienzo de intercambios de perspectivas respecto de la Cábala, primero con él, luego con otros judíos «cabalizantes». A propósito de la palabra Cábala, que por lo demás debería escribirse Kabbalah, significa «lo que es recibido», dicho de otra forma, la Tradición recibida del Uno y de los Maestros, como en el tantra. En Israel, kabbala es (también) la propina que se da al chófer del taxi...

Ahora bien, penetrando un poco en esta tradición, se descubren en ella mucho más que algunos puntos comunes con la tradición tántrica: de hecho, los temas esenciales del tantra están presentes en ella, incluso su visión de la sexualidad.

Primer punto común. La Cábala, lo mismo que el tantra, no es un libro sagrado como la Biblia, los Evangelios, el Corán o los Vedas, sino más bien un tesoro de enseñanzas secretas del antiguo Israel, transmitido oralmente de maestro a discípulo. Otro punto común: al igual que el tantra, cuyo nombre y cuyos conceptos emergieron hacia el siglo VI, mientras que su culto es milenario, el pensamiento de la Cábala se expresó en el siglo XII, pero su mística se remonta a las más antiguas corrientes judías.

En cuanto a lo esencial, el principio básico de la Cabala es: «Lo que está aquí abajo es como lo que está en el Cielo», lo cual equivale, grosso modo, al «Todo lo que está aquí está en otra parte» del tantra. Pero para avanzar un poco más hay que referirse al menos a un libro, el Zohar, o Libro del Esplendor Radiante, de Moshé (Moisés) de León (1250-1305), que seguía las enseñanzas de Simeón ben Yohai, el gran maestro del siglo II. Aunque esto ha sido discutido, sin embargo es cierto que Moshé de León se basaba en la antigua transmisión oral judía. En la época de su publicación, el Zohar no fue apreciado en su justo valor, aunque esta obra marcaría los quinientos años siguientes. El cabalismo ha influido también en los hasidistas («piadosos» en hebreo) hasta nuestra época. Entre las grandes figuras modernas del hasidismo, citemos a Martin Buber, Marc Chagall, Elie Wiesel y los filósofos Heschel y Le vinas. Sin olvidar a Gershwin y su Porgy and Bess.

Para el hasidista como para el tántrico, «todo objeto creado, por humilde que sea, como una piedra o cosas más insignificantes todavía, da testimonio de Dios y tiene un alma». Esta idea de que el universo entero, hasta el núcleo del átomo, está impregnada de conciencia —no se concibe un alma inconsciente— es esencial en el tantra.

Más sorprendente aún por parte de la mística judía, y por tanto inserta en la dependencia de una religión patriarcal, es la importancia otorgada, tanto en la Cábala como en el Zohar, a la Shekinā, el aspecto femenino de la divinidad. Dios es a la vez varón y hembra, unidos indisolublemente: ¿Shiva y Shakti? La Shekinā es la «presencia divina», el «velo de lo desconocido», la «Madre de los orígenes», el «espacio materno». Para la Cábala, cada mujer representa la Shekinā y está directamente protegida por ella, tal como pasa con la Shakti del tantra.

Y cuando la Cábala dice que el hombre no está completo sino unido a su Shekinā, no se trata de una simple metáfora. El Zohar (I, 55b) dice: «El Santo —su nombre sea bendito— no elige domicilio allí donde el varón y la hembra no están unidos». Y en III, 81a: «Cuando el hombre en perfecta santidad realiza este Uno, está en ese Uno. ¿Y cuándo el hombre es Uno? Cuando el hombre y la mujer están unidos sexualmente (siwurga).... ¡Ven y ve! Desde el instante en que el ser humano, en tanto varón y hembra, está unido, cuidando que los pensamientos sean santos, es perfecto y sin mancha, y es llamado Uno. El hombre debe hacer de tal suerte que la mujer goce en el momento en que ella forma con él una voluntad única, y los dos deben conservar sus espíritus bajo esta unión». Se trata de una unión sexual concreta donde se encuentra lo esencial del maithuna tántrico: la sacralización del sexo en tanto medio de acceso a las realidades últimas del universo.

Louis Rebcke escribe: «Desde el momento en que se realiza la unión del creyente y de su amante, se restablece también la unidad del alma a partir de las dos mitades perdidas, es decir, el hombre y la mujer. Según

la tradición judía, esta reunificación debe tener lugar para restablecer el orden divino original en la creación. Para el amante de la Shekinā, y para el que busca en general, esta plenitud es el consuelo en este mundo triste y violento... El cabalista encuentra así la clave para un nuevo comienzo, y aprende que el que busca siguiendo fielmente el camino de Dios encontrará al fin la morada de su amante adorada» (en Prāna, 1982/83, p. 89).

Siempre según Louis Rebcke, el verdadero cabalista es un amante que no abandona jamás a la Shekinā, tal como está representada en la creación por la mujer. «Sin dudar, se acerca a ella, escucha las palabras de amor y de sabiduría que ella le dirige detrás del velo. Estas palabras le confieren la visión interna y el saber interior, llamado derash en la Cábala.» ¿No es el velo la Shakti concreta que oculta a la Shakti cósmica? ¿No interpreta ella aquí, ante el varón, el papel de iniciadora, como en el rito tántrico? Esto significa también que el cabalista, como el tántrico, siempre está en relación con la mujer, exterior e interior.

En una traducción del Zohar hecha por Jean de N. Pauly, p. 55, está escrito: «Por eso la Escritura dice: "Él los bendijo y les dio el nombre de Adán". De modo que la Escritura no dice: "El lo bendijo y le dio el nombre de Adán", porque Dios solo bendice cuando el macho y la hembra están unidos. El macho solo no merece ni siquiera el nombre de hombre en tanto no esté unido a la hembra». El empleo mismo de las palabras «macho» y «hembra» indica bien que se trata de una relación basada en el sexo.

Julius Evola, en su Métaphyisique du sexe, p. 311, después de haber citado el Zohar, evoca la existencia de una magia sexual secreta en el cabalismo. Habla de la secta de los sabatinos, en relación con las doctrinas de Jacob Franck, que va mucho más lejos y afirma que la fuerza mística del Mesías, que él considera como un símbolo, ha sido colocada en la mujer. Franck, citado por Evola, enseñaba así: «Os digo que todos los hebreos se encuentran en un gran infortunio porque esperan la venida del Salvador y no la de la Mujer». Y otro tanto se podría decir de la humanidad del siglo XX...

Mircea Eliade, en su Historia de las Religiones, (ed. orig. p. 354), observa que «varios comentarios rabínicos dan a entender que el mismo Adán fue concebido como andrógino. El "nacimiento de Eva" sólo habría sido, en definitiva, la escisión del andrógino primordial en dos seres, macho y hembra. "Adán y Eva estaban de espaldas, unidos por los hombros; entonces Dios los separó con un golpe de hacha o cortándolos en dos." Otros son de la opinión de que el primer hombre (Adán) era hombre del lado derecho y mujer del lado izquierdo, pero que Dios lo dividió en dos mitades.» (Bereshit rabba. I, 1, fol. 6, col. 2, etc.)

Todo esto es evidentemente simbólico y se lo encuentra, además de en el viejo mito del andrógino — Ardhanarī en el tantra—, en la etimología latina de la palabra sexo, derivado de sectus, seccionar. Así el lado izquierdo es femenino y el lado derecho masculino.

Habría que establecer también un paralelo entre los sefirots del Zohar y las energías sutiles del tantra, pero eso nos llevaría mucho más allá del marco, forzosamente limitado, de este libro.

No es necesario decir —pero es mejor decirlo— que no se trata, al citar lo anterior, de «recuperar» la Cabala para incluirla en el tantra, sino más bien de demostrar que el judaísmo, aunque patriarcal en apariencia, lo es mucho menos cuando se echa una ojeada a su tradición esotérica oral, transmitida probablemente desde hace miles de años.

El esoterismo judío converge así con el tantra y la filosofía india del samkhya en la constitución del ser humano, hecho de un alma y varías «envolturas» (que es la traducción exacta del sánscrito koshas), y de cuatro «vientos» que le dan su forma. En el tantra, como en el esoterismo judío, esos «vientos» son las fuerzas sutiles (vayu en sánscrito) que reúnen y animan el cuerpo denso, formado por los mismos cuatro elementos que en el tantra: la tierra, el agua, el aire y el fuego. Es verdad que el tantra y el samkhya añaden ākasha (el «vacío dinámico»), pero esto no es desconocido para el esoterismo judío, que dice: «Así, por un misterio de los más secretos, el Infinito golpeó, con el sonido del Verbo, el vacío...», donde también se encuentra el Sonido de los orígenes.

Otro elemento no ario en la India y que se encuentra en el esoterismo judío es la reencarnación, actualmente tema de moda en los Estados Unidos. Cito otra vez a Jean de Pauly: «Pues Judá, como las otras tribus, conoció ese misterio: sabía que, cuando el alma no ha cumplido su misión en la Tierra, es desarraigada y trasplantada de nuevo a la tierra, así como está escrito: "Y el hombre vuelve a la tierra" {Job, XXXIV, 15). Pero las almas que han cumplido su misión durante su morada en la Tierra tienen una mejor suerte, pues permanecen cerca del Santo, bendito sea. Tal es el sentido de las palabras de la Escritura: "Prefiero la suerte de los muertos a la de los hombres que viven todavía" (Ecc. IV, 2). ¡Feliz es el alma que no está obligada a regresar a este mundo para pagar las faltas cometidas por el hombre al que animaba!» (I. 187b, 188a).

rechazarla. Para el tántrico, lo esencial es el instante presente, saberse parte integrante del proceso que es la emergencia permanente del mundo manifiesto, incluido él mismo. Reencarnación o no, lo que cuenta, para mí, es hacer lo que conviene, aquí y ahora, vivir lo más plenamente posible mi condición de ser humano y cumplir mi tarea. En lo que a mí concierne, por el momento es escribir este libro. ¡Luego veremos!.

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