Diversas investigaciones han puesto de manifiesto que la mayoría de las personas, del 80 -
90% de la población general, tienen pensamientos intrusos (o intrusiones), con una
frecuencia e intensidad variable (Luciano, 2007).
Según Clark y Rhyno (2005), los pensamientos intrusos o intrusiones pueden experimentarse como instrucciones, imágenes o impulsos y se caracterizan fundamentalmente por aparecer en la conciencia de forma repentina e involuntaria, ser repetitivos y/o recurrentes, ser desagradables (de ahí su asociación con un estado afectivo negativo), atribuirse a un origen interno, interferir en la actividad cognitiva y/o conductual, en parte porque capturan los recursos atencionales conscientes con facilidad, pueden ser difíciles de controlar, y sus contenidos son a menudo inaceptables por referirse a aspectos que van en contra del sistema de creencias o valores de la persona q ue los experimenta (lo que, junto con el estado afectivo negativo al que se asocian, generan un alto nivel de egodistonía).
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18 En la vida cotidiana los pensamientos intrusos están principalmente referidos a temas como la comida y el trabajo, y en la mayoría de las ocasiones estos desaparecen por sí solos ocasionando al individuo sólo una mínima perturbación (Luciano, 2007).
En otras ocasiones las intrusiones se van haciendo cada vez más frecuentes, intensas, desagradables y llegan a “apoderarse” del flujo de conciencia, resultando muy difíciles de controlar (Luciano, 2007).
En la literatura varios autores destacan que la presencia de pensamientos intrusos es un aspecto clave en algunas alteraciones psicopatológicas, como por ejemplo: en las fobias (Muris, Merkelbach & Horselenberg, 1996); el trastorno por estrés postraumático, el trastorno de ansiedad generalizada (Luciano, 2007), el insomnio (Harvey, 2003), la depresión (Wenzlaff, Wegner & Roper, 1988) y fundamentalmente, el trastorno obsesivo-compulsivo (Luciano, 2007).
1.4.1 Control de las intrusiones: Aceptación vs. Supresión.
Wenzlaff y Wegner (2000) señalan que frecuentemente tanto las poblaciones clínicas como las no clínicas intentan ejercer algún tipo de control mental sobre sus intrusiones, siendo la supresión de pensamientos la estrategia generalmente empleada para lograr este objetivo. La Asociación Psiquiátrica Americana (APA, 2002, citado en Luciano, 2007) define la supresión de pensamientos como un mecanismo de defensa o regulación medi ante el cual: “el individuo se enfrenta a conflictos emocionales y amenazas de origen interno o externo evitando intencionadamente pensar en problemas, deseos, sentimientos o experiencias que le producen malestar” (p. 9).
La función de este mecanismo psicológico consiste en alejar y apartar de la mente de forma “consciente” o “voluntaria” todos aquellos contenidos mentales como los pensamientos e imágenes, que resultan para el individuo desagradables e inoportunos (Luciano, 2007).
Las investigaciones en cuanto al estudio de la supresión de pensamientos han sido múltiples. Varios estudios llevados a cabo hace algunas décadas aportaron evidencia, aunque de forma indirecta, de que la supresión de pensamientos no es una estrategia adecuada para manejar aquellos pensamientos que producen malestar o resultan inoportunos. Polivy y Herman
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19 (1985) indicaron que el intento de evitar pensamientos sobre comida mientras se realiza una dieta provoca que los pensamientos relacionados con alimentos se tornen con el paso del tiempo más frecuentes e intensos. Esto parecía sugerir que la supresión puede producir un aumento en la frecuencia e intensidad de los pensamientos y emociones que se desean evitar.
Con el objetivo de conocer las consecuencias de la supresión de pensamientos Wegner, Schneider, Carter y White (1987) realizaron una investigación en la que plantean como hipótesis que la supresión de un pensamiento es una tarea difícil de realizar y que algunos pensamientos tras ser suprimidos, vuelven posteriormente a la conciencia con mayor intensidad. Estas hipótesis fueron exploradas directamente a través de dos experimentos, obteniendo como conclusiones de los mismos que la supresión conduce a las personas a mantener en la conciencia el pensamiento que se desea evitar. Además, cuando los individuos son liberados de la tarea de supresión y se les pide expresar el pensamiento, lo hacen en un grado acelerado, mencionándolo más frecuentemente que si se les hubiera pedido que simplemente los expresaran desde el principio. Los resultados de Wegner y colaboradores daban cuenta de numerosas situaciones de la vida cotidiana, en las que los arduos intentos de supresión de una determinada idea o imagen, producen el efecto opuesto que se pretendía.
Algunos investigadores han tratado de especificar las condiciones que deben darse para que o bien la supresión resulte exitosa y efectiva o bien surjan efectos indeseados o paradójicos. Las dos teorías que se exponen en el siguiente epígrafe discuten los mecanismos cognitivos y motivacionales implicados en la supresión.
1.4.2 Modelos explicativos de los efectos paradójicos del control del pensamiento. ¿Cómo opera la Supresión?
El modelo de los procesos irónicos.
La teoría de los procesos irónicos postula que los efectos paradójicos del control mental no son producto de la casualidad, y que los intentos de influir en los estados mentales requieren la puesta en marcha de procesos conscientes, así como de procesos inconscientes que detectan los fallos en el control mental. Esto significa que cuando los esfuerzos conscientes
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20 por ejercer cierto control son perturbados de alguna forma, el proceso de monitorización inconsciente producirá el estado mental opuesto al deseado (Wegner, 1997).
Según Wegner (1997), las personas en ocasiones tienen serias dificultades para controlar su actividad mental, viendo frustrada su habilidad para pensar o sentir lo que desean y descubren así que sus esfuerzos por controlar no sólo fallan, sino que producen efectos diametralmente opuestos a los pretendidos.
La teoría de los procesos irónicos establece que ante cualquier intento de supresión mental,
se ponen simultáneamente en funcionamiento dos procesos antagónicos con
particularidades muy diferentes: por un lado, un proceso intencional operante, que funciona mediante la búsqueda consciente de distractores que permiten la supresión de las intrusiones, manteniendo el pensamiento no deseado alejado de la mente, con una alta cuota de esfuerzo y una cantidad relativamente grande de recursos cognoscitivos para su correcto funcionamiento, lo que explicaría la dificultad de intentar suprimir un pensamiento determinado (Luciano, 2007).
El segundo sería un proceso de monitorización automático, el cual es un proceso de monitoreo inconsciente en busca de la intrusión para, una vez que la encuentre, rebotarla a la consciencia, demandando pocos recursos cognoscitivos. Durante los intentos de supresión, este proceso tiene como tarea comprobar que el elemento a suprimir no ha aparecido en la mente. De modo que, si el proceso de monitorización detecta una intrusión del pensamiento no deseado, el proceso operante vuelve a iniciar de nuevo la búsqueda de distractores con los que alejar las intrusiones de la mente (Wegner, 1997).
El modelo motivacional.
Además de los procesos irónicos hay otros mecanismos que intervienen en la generación del efecto rebote. Denzler, Förster, Liberman y Rozenman (2010) exponen que la idea básica del modelo motivacional es que las personas infieren de las instrucciones de supresión, de las dificultades que experimentan para lograrlas y de los fallos en el proceso, que en cierta medida están motivados a pensar en el material suprimido y esa es la causa del rebote. Los autores toman como marco de referencia la teoría de la auto-percepción de Bem (1972, citado en Luciano, 2007), según la cual los individuos hacen i nferencias de sus motivaciones;
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21 y las teorías de la sobrejustificación (Nisbett & Valins, 1972, citado en Luciano, 2007) y del compromiso en la actividad (Higgins, Trope & Kwon, 1999), en las que se plantea que la motivación por algo puede acrecentar o disminuir en función de a qué se atribuye nuestra conducta.
Igualmente se toma como referencia la teoría de campo formulada por Lewin (1951, citado en Luciano 2007), quien planteó que la necesidad crea un estado de tensión, que sólo es reducido cuando la necesidad es satisfecha. En relación a la supresión, ésta crea la necesidad en el individuo de expresar el constructo suprimido, por tanto, si se permite al individuo expresar lo suprimido, se reducirá la necesidad y al mismo tiempo disminuirá la accesibilidad del constructo en cuestión.
1.4.3 Estrategias de supresión y afrontamiento de pensamientos intrusos.
Luciano y Algarabel (2006) exponen como estrategias de supresión de pensamientos:
Distracción (cognitiva: buscar imágenes positivas que sustituyan las intrusiones; conductual: realizar alguna actividad en lugar de pensar) .
Control Social (preguntar a los amigos si tienen pensamientos similares) . Preocupación (centrarse en otras preocupaciones).
Castigo (críticas o castigos por tener esos pensamientos) .
Revaloración (poner en duda la importancia del pensamiento en cuestión) .
Del mismo modo Berry, May, Andrade y Kavanagh (2010) mencionan como estrategias de afrontamiento: resolución de problemas; búsqueda de apoyo social; huida-evitación; distracción; reevaluación o reestructuración cognitiva; rumiación; desesperación o abandono; aislamiento social; regulación afectiva; búsqueda de información; negociación; confrontación y oposición y afrontamiento mediante la participación en rituales públicos o privados.