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De las cosas que hizo Villagra después que despobló la Concepción y llegó a Santiago

Después de llegado Villagra a la ciudad de Santiago, juntó los de el cabildo y les pidió le rescibiesen como lo habían hecho las demás ciudades de el reino. Respondiéronle que Pedro de Valdivia había nombrado a Francisco de Aguirre por su sucesor y no a él; y que por este respeto en cumplimiento de lo que el rey mandaba, no había lugar a rescebirle. Volvióles a decir con algunos que le ayudaban y eran hombres principales sustentando su porte, que después de haber hecho Valdivia el testamento por donde nombraba a Francisco de Aguirre, hizo otro en que anulaba aquél, y que de ello daría fe su secretario Cárdenas, que era el escribano ante quien se hizo, en el cual nombraba a Francisco de Villagra en el

gobierno de el reino, y que este testamento Valdivia lo había llevado consigo en un cofre pequeño, en donde tenía sus escrituras, y que a esta causa no parecía. Algunos hombres de ropa larga decían que aunque el nombrado fuese Aguirre, no había lugar cumplirlo, por cuanto estaba fuera de el reino y Villagra rescebido en la mayor parte de él. Anduvieron en estas pláticas algunos días, hasta que le pidieron parecer de letrados, y para determinallo se juntaron el licenciado de las Peñas natural de Salamanca, y el licenciado Altamirano, natural de Huete, a los cuales encomendaron determinasen este negocio. Villagra en cabildo, tratando de lo que convenía a su rescebimiento, estando en ello acudieron sus amigos armados a la puerta de el ayuntamiento con palabras bravas y fieros que hacían; poniéndoles temor lo rescibieron contra su voluntad y por fuerza como hombre poderoso.

En este tiempo, Francisco de Aguirre, como tuvo nueva de la muerte de Valdivia, partió de los Juries, y en llegando a Coquimbo envió a los del cabildo de Santiago, que pues él era legítimo gobernador y sucesor en el gobierno por nombramiento de Valdivia, lo rescibiesen por gobernador, llamándose señoría. Villagra, porque no se le metiese en Santiago, envió al camino quince soldados amigos suyos que estuviesen en guarnición corriendo los valles y rompiendo los caminos, poniendo espías en la parte que les pareciese para que no pudiesen pasar cartas sin que las tomasen y se las enviasen; y si alguna gente viniese de Coquimbo, a quien llaman también la Serena, le diesen aviso. Francisco de Aguirre, teniendo plática de esta prevención, puso ansí mesmo otra guarnición cerca de donde la tenía puesta Villagra, con la misma orden. Villagra se hallaba en aquel tiempo con doscientos hombres bien aderezados, que a muchos de ellos había hecho amigos con esperanza que les daría de comer, que es dalles indios de repartimiento, en la ciudad de Valdivia; porque el gobernador Valdivia no había repartido aquella ciudad, donde había para todo; y como el interés atrae así las voluntades, los tuvo a todos por su parte. Aunque en Santiago, Aguirre tenía principales amigos, estaba tan apoderado Villagra de todo, que no le podían favorecer más de con el deseo.

Andando todos revueltos y desasosegados con aquella manera de discordia, trataron los de el cabildo con Villagra y oficiales de el rey, que para quitar de sí una confusión tan grande, que los dos letrados arriba nombrados, pues en el reino no había otros bien informados de la causa, diesen parecer cuál de los dos, Villagra o Aguirre, era legítimo gobernador; y que este parecer aprobarían por apartarse de tomar las armas, cosa tan dañosa para todo el reino; y que los pareceres se enviasen a la audiencia de los Reyes, para que en ella, vistos por aquellos señores, proveyesen lo que más conviniese al servicio de su magestad. Tratado con ellos en su acuerdo el licenciado Altamirano, dijo que por servir al rey y por la paz de el reino, él daría su parecer. El licenciado Peñas dijo que no daría parecer alguno si no se lo pagaban, y que en tal caso él lo estudiaría; y porque hubiese efeto, le dieron luego en oro cuatro mill pesos, que son casi seis mill ducados; y para el efeto los mandaron meter en un navío, que estaba surto en el puerto, y que se hiciese en ellos a la vela dentro en el golfo, porque no dijesen que estaban oprimidos. Estos caballeros letrados dieron de parecer que Villagra debía gobernar y no Aguirre, por razones que para ello dieron, al dicho de hombres discretos no bastantes, pues era cierto que Aguirre tenía por el título de el testamento de Valdivia mejor derecho. Con este parecer volvió el navío al puerto y traído a la ciudad de Santiago, después de haberlo visto en su ayuntamiento, quedaron de guardallo hasta que de la audiencia de los Reyes viniese proveído lo mejor. Ya descansando algún tanto los unos y los otros, retiraron las guarniciones que tenían puestas. En el mismo navío enviaron a informar a la audiencia de los Reyes de el estado de Chile, pidiendo que su alteza proveyese.

Capítulo XIX

De las cosas que hizo Villagra después de ido el navío a los reyes, y de lo que se proveyó

Cuando Villagra vido alguna manera de quietud entre sus amigos y enemigos por el parecer que los dos letrados habían dado, quedando que aquello se guardase, trató de enviar un hombre por su parte que hiciese sus negocios e informase a los oidores cuánto convenía al bien de el reino que lo gobernase él, y fué un amigo suyo, oficial del rey, llamado Arnao Cegarra, natural de Sevilla. Con tres mill pesos que le dió le envió en el navío que estaba de partida para los Reyes; y en el entre tanto, con la gente que tenía, quiso dar socorro a las ciudades Imperial y Valdivia, porque la ciudad Rica, como tuvo nueva de la pérdida de Villagra, se retiró a la Imperial, despoblando aquella ciudad; y para mejor hacer esta jornada, a muchos de los que con él habían de ir, que estaban sirviendo a otros en la ciudad de Santiago, los casó con algunas huérfanas y les dió indios. Usando de una cautela diabólica, como antes lo debía tener pensado, hizo una exclamación diciendo que los repartimientos que daba y había dado en sí, fuese ninguna la data para que la persona que en nombre del rey viniese a el gobierno lo pudiese repartir y dar como le pareciese; diciendo que compelido de necesidad lo había hecho para poder sustentar el reino, lo cual de otra manera a su parecer era imposible; aunque después andando el tiempo se arrepintió, porque don García de Mendoza, estando en el gobierno de Chile, por esta exclamación que había hecho Villagra, lo repartió y dió como él quiso y se han quedado con ello y quedarán para siempre conforme a la orden que se tiene en Indias. Y para más grangear las voluntades a los que consigo había de llevar, abrió la caja del rey y sacó de ella diez y seis mill pesos: éstos repartió entre los soldados que mas necesidad tenían, aderezándose para este efeto.

Año de 1555 años por el mes de enero salió de la ciudad de Santiago con ciento y sesenta hombres camino de la Imperial con gran cuidado, como por tierra tan poblada y de guerra. Llegó a la ciudad sin que supiesen de él ni él de ellos, si estaban poblados o no, hasta que entraron por las puertas. Fué grande el alegría que rescibieron cuando fueron vistos y se presentaron en la plaza. Luego dieron aviso a la ciudad de Valdivia cómo habían llegado allí, y envió Villagra por su teniente al licenciado Altamirano con algunos soldados que había dado indios en ella.

Después de haber agradecido a Pedro de Villagra el trabajo que había tenido y regocijádose con juegos de cañas, que a ninguno pareció bien, salió descansando pocos días con número de cien hombres, se fué al asiento que había tenido la ciudad de Angol, haciendo por aquellos llanos la guerra, quitando a los indios las simenteras hasta que llegó el otoño, que como esperaba nuevas de el Pirú, envió seis soldados que llegasen a los términos de Santiago y le trajesen nueva de lo que había; y en el entre tanto andaba hollando aquella comarca sin hacer fruto alguno, a causa de estar los indios tan vitoriosos y soberbios que toda cosa despreciaban. Vinieron los mensajeros sin nueva alguna más de que todo estaba como lo había dejado. Viendo que entraba el invierno y que no hacía allí efeto alguno, se fué a Santiago con sesenta sodados, sus amigos.

Llegado a los Poromacaes, ques una provincia en mitad de el camino, supo que el mensajero que había enviado a los Reyes era venido, y que aquellos señores mandaban por

el bien de el reino, y porque ansí convenía por evitar pasiones entre sus vasallos, que Villagra y Aguirre, ambos capitanes, licenciasen luego la gente que tenían y se fuesen a sus casas, y no se ocupasen más en tener gente alguna a su cargo ni hiciesen retención de cargo alguno en sí, y que daban por ningunos los nombramientos hechos por los cabildos y por su gobernador Valdivia, y que los alcaldes ordinarios cada uno en su jurisdicción administrase justicia. Luego que Villagra lo supo, mandó quitar el estandarte, y a los que iban con él les dijo que él había de obedecer lo que su rey mandaba; que les rogaba cada uno se fuese a donde quisiese; quedándose con sus criados, se fué a Santiago. Francisco de Aguirre, cuando supo que le querían notificar la provisión, respondió al que la traía antes que se la notificase, que fuese a notificarla a Francisco de Villagra y no a él, aunque después la obedeció y hizo lo mismo que Villagra.

Antes que estas cosas sucedieran, tuvo Villagra una diligencia por donde vino después a ser gobernador; y fué que hizo una probanza como él la quiso ordenar, y con cartas de los cabildos envió a España a un hidalgo llamado Gaspar Orense, natural de Burgos, en que le pedían por gobernador, que lo negociase con el rey don Felipe, y para su costo le dió seis mill pesos en oro que gastase. Con este recaudo navegó la vuelta a España, y diciéndole mal el viaje se ahogó a vista de Arenas Gordas, que es cerca de Sanlúcar; algunas cartas salieron a tierra; y como la pérdida fué grande, y el armada llevaba gran cantidad de plata y oro, acudieron allí algunos mercaderes, y entre otras muchas cartas que salieron a tierra mojadas y perdidas, hallaron aquéllas: éstas fueron a manos de un deudo de Villagra, hermano de su mujer, clérigo de misa, llamado licenciado Agustín de Cisneros, el cual procuró favores de algunos grandes, y fué a negociar con su majestad, que estaba en Inglaterra, la gobernación; de manera que abrió la puerta para que adelante cuatro años el rey se la diese por aquí vino a ser gobernador, como adelante se dirá. Pues volviendo a la provisión que de el Audiencia de los Reyes se trajo a Chile, presentada en la ciudad de Santiago la llevaron a la de Valdivia. Los que en ella estaban se holgaron con el buen proveimiento a causa que tenían a Villagra por hombre mohino, y que se le hacían mal las cosas de guerra.

Capítulo XX

De las cosas que acaecieron en este tiempo en la ciudad Imperial y ciudad de Valdivia

Como tuvieron nueva los naturales de todo el reino de la pérdida de Villagra y despoblada de la Concepción, en general se alzaron todos; y como eran tantos los que había en los términos de la Imperial, Pedro de Villagra tuvo temor no viniesen a ponelle cerco por respeto de el mucho bastimento que había en el campo, aunque en aquella coyuntura se halló con buenos soldados y caballos, mas todo era nada si los indios con ánimo de hombres, como habían hecho lo demás, quisieran hacer aquella jornada: y por creballes esta voluntad entendió era necesario hacelles la guerra en sus casas, porque no tuviesen tiempo de venir a las de la ciudad. Anímabale mucho para poderse sustentar ver se llegaba el invierno, y para ponelles temor y dalles a entender que no sólo tenía ánimo para sustentar el pueblo, mas aún para destruillos, salió de la ciudad no para hacer parada, sino correr la tierra, quemándoles las casas con la comida que dentro en ellas tenían, y a los indios que

tomaban los alanceaban: tan encarnizados andaban que a ninguno perdonaban la vida. En este tiempo tenían unos perros valientes cebados en indios-¡cosa de grande crueldad!-que los despedazaban bravamente: hacíales la guerra la más cruel que se había hecho. De esta manera desbarató algunos fuertes que los indios hicieron para defenderse, entrándolos por fuerza, peleando; de tal manera los mataban, que viendo su destruición andaban huyendo, que no sabían en dónde se meter ni qué hacer: y una vez que se metieron en una isla que había dentro de una laguna, repartimiento de Pedro de Olmos de Aguilera, vecino de la Imperial, tomándola para su reparo, entró Pedro de Villagra en ella con muchos indios que llevaba por amigos y perros, los cuales mataron tantos indios, que con los abogados pasaron de mill personas a lo que después se supo; que parecía su pretensión era destruillos, y que no quedase indio vivo para estar ellos seguros. Por la orden dicha les hizo la guerra aquel verano; y el invierno, retirado a la ciudad, salían con cuadrillas y les hacía el daño posible, andando fuera diez días más o menos, como la suerte se le ofrecía hasta que llegó el verano. Los indios, como les habían quemado sus casas y los bastimentos que tenían, y ellos andaban en borracheras y banquetes, después de haber gastado lo que quedádoles había, cuando vino el tiempo de la simentera no tuvieron qué sembrar, y si algo tenían no osaban de temor que los tomarían labrando la tierra. Juntóseles otro gran mal con éste, que entrando la primavera les dió en general una enfermedad de pestilencia que ellos llamaban chavalongo, que en nuestra lengua quiere decir dolor de cabeza, que en dándoles los derribaba, y como los tomaba sin casas y sin bastimentos, murieron tantos millares que quedó despoblada la mayor parte de la provincia; que donde había un millón de indios no quedaron seis mil: tantos fueron los muertos que no parecía por todos aquellos campos persona alguna, y en repartimiento que había más de doce mill indios no quedaron treinta. Vínoles otro mal allende de éste, que los que escapaban que eran pocos, teniendo algunas fuerzas, como no tenían qué comer, se comían los unos a los otros, ¡cosa de grande admiración!, que la madre mataba al hijo y se lo comía, y el hermano al hermano; y algunos hacían tasajos y les daban un hervor en algunas ollas con agua de arrayhan, y después puestos al sol y secos los comían, y decían hallarse bien de aquella manera. Andaban los indios en aquel tiempo tan cebados en carne humana, que traían la color del rostro tan amarilla, que por ella eran luego conocidos. Algunos indios de junto a la ciudad y a la costa de la mar, con el pescado y marisco se sustentaron, aunque no dejó de alcanzalles parte; y otros que tenían amistad en la ciudad con los cristianos y servicio, con la limosna que les daban, pidiéndolo ellos por amor de Dios, con una cruz en las manos que la necesidad y el tiempo les dió a entender que les convenía ansí-se sustentaban y vivieron muchos.

En la ciudad de Valdivia se alzaron ansí mismo los naturales de ella; hízoles la guerra el licenciado Altamirano un año que la tuvo a su cargo, desbaratándoles muchos bucaranes, haciendo en ellos gran castigo. Estos indios, por respeto de tener montes en sus términos donde se recogían, no hubo tantas muertes como en la ciudad Imperial, aunque en ellos hubo la pestilencia que en los demás. Quedó Altamirano, por la buena orden que tuvo en las cosas de guerra, reputado por buen capitán para podelle encargar cosas grandes.

Estando la guerra de estas ciudades en este paso, llegó la provisión de el Audiencia de los Reyes a quien el reino de Chile estaba en aquel tiempo sujeto, en que mandaba los alcaldes administrasen justicia cada uno en su jurisdicción, y que ponían la tierra en aquel ser y punto que estaba cuando Valdivia murió. Con este proveimiento los alcaldes tomaron toda cosa a su cargo. Sucedió una cosa en aquel tiempo que por ser notable la quiero escrebir. Cuando se alzaron los indios de la ciudad de Valdivia tomaron una mujer negra de un vecino llamado Esteban de Guevara; esta negra llevaron a la ribera de un río y la ataron

de pies y manos; tendida a lo largo le echaban cántaros de agua encima y con arena le fregaban con toda el aspereza a ellos posible, creyendo que la color que tenía no era natural, sino compuesta; y desque vieron que no podían quitalle aquella color negra, la mataron, desollándola como gente tan cruel; y el pellejo lleno de paja traían por la provincia. Todo lo dicho acaeció en estas ciudades dichas año de 1556 años, que después acá ha hecho y hace grande lástima ver aquellos hermosos campos fértiles y frutíferos, despoblados. ¡Plega a Dios sea servido que en su santísimo nombre y servicio se pueblen de cristianos dando gracias a su Criador!

Capítulo XXI

De lo que acaeció en la ciudad de Santiago después que Villagra dejó el cargo de capitán general

Entendido por los vecinos de la Concepción que los señores de la Audiencia de los Reyes mandaban volviesen a poblar aquella ciudad, y que las justicias de la ciudad de Santiago les diesen todo el favor y auxilio necesario, viéndose por casas ajenas, acordándose que en las suyas eran servidos y estaban sin necesidad, para ponello en efeto se comenzaron aderezar y con ellos algunos soldados que quisieron ir en su compañía a los cuales les ayudaron con dineros, porque yendo más gente, más efeto tendría su jornada. Los oficiales de el rey que en Santiago residían les prestaron ocho mill pesos obligándose por ellos al rey. Con esta ayuda y con lo que ellos pudieron juntar, se hallaron setenta hombres bien aderezados, y para mejor efeto, llevaron un navío con las cosas pesadas de su servicio y bastimentos.

Puestos en camino a la ligera, llegaron a la Concepción y reconocieron sitio en donde hacer un fuerte pareciéndoles estaba a propósito un lugar alto que señoreaba el pueblo y eran casas de un vecino llamado Diego Díaz; lo repararon luego, y en él todos juntos residían. Los indios de la comarca les salieron a dar la paz y servilles de todo lo que les mandaban hasta tiempo de dos meses. En este tiempo, reconocido el número de gente que

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