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Administration and planning 2 Information retrieval

Patricia Layzell Ward

1. Administration and planning 2 Information retrieval

Fueron los frailes, por su parte, quienes se encargaron de formular el ideal intelectual y espiritual en la cambiante Europa de los siglos XI, XII y XIII, y lo hicieron considerando la nueva realidad social y económica, unas veces yendo contra la Iglesia, otras contra el Estado, contra los judíos, contra los mercaderes, contra el dinero y las más de las veces

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Ibíd., p. 25.

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Lester K. Little, op. cit., p. 42.

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favoreciendo la difusión entre el pueblo de las virtudes y comportamientos esperados para sostener el antiguo régimen. Y cuando me refiero aquí a los frailes, aludo a los primeros integrantes de las agrupaciones de profesores y estudiantes, a aquellos estudiosos ya diestros en la lectura del latín, que contaban con la suficiente legitimidad ante los jerarcas eclesiásticos como para fundar monasterios allí donde llegaban a establecerse40.

Con la aparición y entrada en funcionamiento de la moneda acuñada y la acumulación en los monasterios de los más grandes tesoros41, la moralidad cristiana que promulgaba por la dignidad de la pobreza y la caridad empezó a resultar obsoleta y cuestionable. Más aún, debido a que la Iglesia se encontraba ocupada lidiando con las deudas adquiridas y con las futuras, en razón de su intención de continuar un estilo de vida matizado por el “profundo interés por la comodidad”42. Circunstancia que resulta muy relevante, si

recordamos que las primeras dos universidades que surgieron en Europa vinieron a proveer un buen número de egresados formados en derecho y administración – debidamente titulados y reconocidos por el papado–, que vino a hacerle frente a tales predicamentos y zozobras.

El historiador José Luis Romero ubica los cambios introducidos en la cotidianidad de la vida de los hombres occidentales a partir del siglo XI, en razón de lo que denominó «la transformación de la mentalidad burguesa»: los hombres se volcaron a las ciudades haciendo del mundo urbano el escenario creador de cultura por excelencia, adquirieron libertades protegidas por normas que les permitían la acumulación de riquezas, lograron el acceso a la nobleza sin necesidad de vérselas con la herencia, lo que posibilitó que los ideales de gloria y fortuna se difundieran entre los nuevos habitantes de las ciudades. “Sobre la base de la estabilidad mortecina, del carácter pasivo del mundo rural, el mundo urbano se convierte en el polo creador, en el centro de los cambios y transformaciones”43. 40 Ibíd., p. 18. 41 Ibíd. 42

Lester K. Little, op. cit., p. 111.

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Así entonces, las transformaciones resultaron avasalladoras; las ciudades y sus deleites se daban a conocer en los pueblos y caseríos; para los tradicionales habitantes de los campos y para sus hijos, el mundo urbano resultaba ser un escenario más prometedor, interesante y atrayente que los lugares de origen, mucho más que las casas de los ancestros y que las costumbres y prácticas transmitidas de generación en generación. En las ciudades había un mundo nuevo y un tipo de conocimiento extraño y poderoso, uno que se leía en latín y se recitaba casi en secreto en recintos cerrados, que permitía a sus practicantes «cambiar su estilo de vida», sin tener que herirse las manos, sin hacerse cargo del taller o del sembrado familiar.

Según Little, entre el año 1000 y 1300, Europa experimentó una verdadera explosión demográfica, particularmente urbana, que trajo como consecuencia el aumento de los intercambios económicos, y con ellos, los males del mundo citadino a la moral: la prostitución y la delincuencia44 se expandían entre los ríos de anónimos.

Las ciudades recién fortalecidas y repletas de errantes, comerciantes, hijos de campesinos, frailes, aristócratas y burgueses, fueron testigo de un nuevo tipo de relaciones que parecían confusas, pues no se distinguía quién era quién o cuál era la ascendencia de unos y otros; un nuevo des-orden social que parecía ir muy rápido, pues se modificaba permanentemente por cuenta de las nuevas adquisiciones; y en el que por tanto, las ciudades parecían ser “las plataformas giratorias de la circulación de hombres cargados de ideas, así como de mercaderías, eran los lugares de intercambio, los mercados y los puntos de reunión del comercio internacional”45.

Un tipo de relación, que acaso nos deja entrever las señales de la erosión causada por el goce de las mercancías, y que desestabilizó fundamentalmente a los desposeídos, a aquellos que no eran aristócratas o burgueses, que si bien podían ostentar algunos bienes y confundirse con los nobles en las calles, pronto se veían más desfalcados que antes. ¿Un cierto capitalismo medieval?

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Lester K. Little, op. cit., p. 42.

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1.4 Las profesiones para el mercado: la diversificación

de carreras y la élite de los burócratas

Es preciso preguntarse cuál pudo ser el lugar de las universidades y, en particular, de los saberes de los que se ocupaban, en medio de los cambios e intercambios. Tanta gente de tan diversa procedencia conviviendo en las aglutinadas ciudades, pudo alentar la ilusión de la igualdad de opciones, y esto, lo sabemos bien, no es algo que busque promover un régimen o doctrina que se sustenta en la forma de vida aristócrata. Si bien los señores siempre requieren un buen número de vasallos, no parece ser muy deseable que coman en la misma mesa.

Las agremiaciones en torno al quehacer intelectual que fundamentaron las universidades sirvieron oportunamente al propósito de señalar las diferencias entre unos y otros: “Bien se comprende que personajes que habían llegado a ser tan eminentes [se refiere el autor a los doctores en leyes, entre los muchos otros doctores que se formaron en las universidades] no aceptan ya el riesgo de que se los confunda con trabajadores”46.

Desde las propias universidades y por vía de profesores y estudiantes, se estableció que su oficio no era uno más entre los otros, en las plazas, las calles y las tabernas, se pregonaban las ventajas de la carrera universitaria, pero muy especialmente, los beneficios de convertirse en un titulado, y con mayor razón, en un doctor.

Como ya había señalado, en medio de la algarabía junto a las especias y demás artilugios que hacían florecer a Europa, llegaron los manuscritos de las grandes obras filosóficas que, provenientes de la cultura greco-árabe, aportaron al Occidente cristiano los fundamentos para el establecimiento de los planes de estudio en las universidades recién formadas. No sobra recordar aquí que la obra filosófica griega migró primero a Oriente, –ya que fue bien poco lo que se ocupó el imperio romano de tales asuntos–, y en los primeros siglos de la era cristiana retornó a Europa, en algunos casos interpretada, parafraseada, en otros traducida y en otros copiada. Como lo destaca Koyré: “El mundo árabe se siente y se dice heredero y continuador del mundo helénico […] Es por lo que ha podido desempeñar frente a la barbarie latina, el eminente papel de

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educadora que ha tenido”47. Así también, junto a los textos que sustentarían el

platonismo y el aristotelismo, llegaron las nociones relativas a los asuntos comerciales y financieros, que ampliarían el panorama europeo: “y con las obras llegan las palabras mismas: cifra, cero, álgebra, que los árabes ofrecen a los cristianos en el mismo momento en que les dan el vocabulario del comercio: aduana, bazar, fondouk o fundacco (almacén de tejidos), gabela, cheque, etc.”48

Como dijimos antes, con el comercio y los múltiples intercambios, se hizo necesario el derecho como profesión49, pues tanto el Estado como la Iglesia requerían estudiosos de confianza, capaces de tratar los asuntos judiciales de los gobiernos; así como también, los administradores, quienes apoyados en el heptateuchon, lograron sustentar y justificar para todos, incluida ahora sí, la gran masa, una particular apreciación del dinero, de modo que situaron y definieron –convenientemente, vale la pena decir– la usura y la avaricia, como atentados contra la moralidad cristiana50.

Era pensando en los intereses de los jerarcas que se proponían y difundían las definiciones sobre lo bueno y lo malo, con relación a la acumulación de dinero contante y sonante, que por lo demás aparecían ahora sustentadas en la autoridad filosófica, y ya no solo la eclesiástica; lo cual generó más allá de la promulgación de normas y regulaciones formales, la propagación de distinciones con fuerte asiento en la que podríamos denominar, la «mentalidad del pueblo»51.

De repente, los buenos comerciantes, y en particular los comerciantes judíos, empezaron a ser señalados y denigrados por aquellos a quienes habían prestado sus servicios, más precisamente aún por parte de los representantes de la Iglesia. Así, bien pronto se

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Alexandre Koyré, Estudios de historia del pensamiento científico, Siglo XXI editores, España, 1977, p. 19.

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Jacques Le Goff, op. cit., p. 34.

49 “La profesión -professio-, entendida como dedicación intelectual y docente, y no excluido su

sentido de servicio, constituyó firme atadura entre la universidad y la sociedad de entonces”. Alfonso Borrero Cabal, op. cit., p. 110.

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Lester K. Little, op. cit., p. 56.

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Hago esta distinción tomando como referencia la noción de «mentalidad de la época» que propone José Luis Romero, con la intención de puntualizar que tales definiciones morales estaban dirigidas de forma específica al vulgo, a la masa que conformaba el pueblo, y que como hemos visto, eran distintas de las que se aplicaban para los integrantes de la aristocracia, del clero y los principados.

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pasaba de reconocer los beneficios del dinero, en tanto facilitaba el cambio de servicios entre extraños y la compra de artículos (siglo XI y XII), a hablar de este como si se tratase de algo repudiable (siglo XIII y XIV). El dinero era entonces tanto para el pueblo como para la élite, a la vez, buscado y despreciado52.

Así mismo, la vida urbana empezó a ser descalificada, a los moradores errantes se los tildaba de parásitos, los mercaderes, especialmente los de Oriente, eran condenados por la Iglesia, se difundió a modo de exigencia moral que los frailes debían renunciar a la riqueza para acoger la mendicidad religiosa53. De este modo, se instauró una clara diferenciación entre el clero de las altas esferas que acaparaban las riquezas conformado además del papado por los obispos, los monjes y los oratores54–, y las órdenes de los frailes mendicantes, quienes rechazaban abiertamente el interés por la comodidad, a la vez que señalaban a los integrantes de la curia como voluntariamente débiles55.

Al margen de tales señalamientos y mientras se arraigaban las pugnas entre unos y otros, las universidades en tanto instituciones con poderosos benefactores continuaron su fortalecimiento. Ya fuese por cuenta de la consecución paulatina de modestos terrenos –unas veces prestados por la Iglesia y otras veces propios–, por la exigencia de autonomía frente a los poderes, por la definición de estructuras directivas y administrativas o por el propio ejercicio de la función de enseñanza de las artes liberales, el caso es que bien pronto las universidades consiguieron hacerse de un considerable prestigio, lo que les dio amplio reconocimiento y les permitió mantener su dignidad a pesar de las disputas en torno al dinero.

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Ibíd., p. 54. Esta doble adscripción nos evoca la inadecuación misma del objeto, a la que nos referiremos en el capítulo cuarto, a propósito del objeto a.

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Ibíd., p. 62.

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Los oratores recitaban salmos y oraciones, a cambio de dinero contante y sonante, de modo que su oficio, como dijimos antes, garantizaba las más considerables donaciones al papado y al clero en general, tanto de monedas acuñadas, como de tierras y propiedades. Ibíd., p. 93.

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El volcamiento hacia las ciudades hizo que la moralidad cristiana y sus monasterios resultaran insuficientes respecto de la nueva realidad social, política y económica56; en las propias universidades se denunciaba la doble moral de la Iglesia, al tiempo que paulatinamente los estudiantes y los profesores iban asumiendo las ventajas de hacer parte de la “Ciudad de los filósofos”57

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Tales cambios, unidos al tráfico constante entre Europa y Oriente –que no se detuvo a pesar del señalamiento a los impíos acumuladores de riqueza–, continuó permitiendo la llegada de estudiosos y peregrinos que buscaban acceder a los privilegios de las nuevas instituciones, que hasta ese momento continuaban siendo gratuitas y albergaban a todos aquellos que deseaban congregarse para estudiar las artes liberales. Esto facilitó y ahondó, a mi modo de ver, la diferenciación entre el medio monástico, que se reservaba para la formación de religiosos, y las universidades, que empezaron a expandirse de manera exponencial en la medida en que estaban abiertas a todo el mundo, incluso a aquellos que se formarían como laicos58.

Así entonces, las universidades se convirtieron no solo en el marco para la labor intelectual de los frailes, sino de todos los demás. Eran la gran novedad, las escuelas de ciudad que acercaban al vulgo y convertían a maestros y estudiantes, en protagonistas de la naciente vida urbana, rompiendo en apariencia con el monopolio de los monasterios, a pesar de que empezaron a funcionar en sus terrenos, y, lo que resulta más interesante, se dedicaron a formar en su mayoría a quienes defenderían los intereses de la propia Iglesia. “Un clero secular en expansión, junto a las burocracias profesionales de reciente desarrollo de los gobiernos episcopales, reales y, sobre todo, pontificios, absorbían esta élite de personas especialmente preparadas”59.

De ahí que entre los años 1050 y 1300 se consolidara un nuevo grupo social: la burocracia, conformada por los cientos de doctores que década tras década recibían las titulaciones universitarias; su funcionamiento se congregó principalmente en Roma al

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Ibíd., P. 34.

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Como llamó San Alberto Magno a la Universidad de París en el siglo XIII. Alfonso Borrero Cabal, op. cit., p. 109.

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Jacques Le Goff, op.cit., p.11.

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servicio del pontificado y el principado. Una de las principales características de la burocracia era que resultaba cada vez más costoso mantenerla, pues los honorarios exigidos, que debían ser pagados en moneda y en tierras, empezaban a equipararse a los emolumentos que recibían los aristócratas en razón de sus derechos de nacimiento.

Visto en esta perspectiva, no resulta muy difícil suponer cuáles eran las aspiraciones más inmediatas y explícitas de quienes acudían a las universidades: “los estudiantes generalmente asistían a las escuelas para conseguir la preparación requerida para una carrera, como sacerdote, profesor, notario, abogado o administrador”60. En palabras más

contemporáneas: educación para el trabajo; específicamente, formación universitaria que servía como peldaño para aspirar a los cargos burocráticos, que ya en ese entonces tenían asignadas remuneraciones considerables.

Ante tal posibilidad de ascenso social, poco pudieron hacer los llamados prerrenacentistas, Petrarca, Maquiavelo, Nicolás de Cusa o Cesalpino, quienes intentaron promover, especialmente en Italia y Francia, la creación de academias destinadas a redescubrir la Antigüedad clásica en contra de la escolástica medieval; en parte, cansados del tecnicismo y también movidos por ideales que en su momento fueron calificados como “una caída y un retroceso”61. Si bien lograron sustentar el «humanismo

medieval», sus estudios no contaban con el beneplácito de la Iglesia, y por ende sus estudiantes no podían esperar la titulación papal ni aspirar a los cargos que sí tendrían sus coetáneos universitarios. De ahí que las modalidades educativas que promovieron, sustentadas en el renacimiento de los viejos temas neoplatónicos62, no hayan logrado la misma dignidad que la universitaria.

Hemos de destacar entonces que los propósitos de la formación universitaria recientemente nacida obedecían mayoritariamente a las demandas de la Iglesia: a sus necesidades administrativas, y no precisamente en términos de pensadores, sino de titulados que pudiesen hacer frente a las vicisitudes del manejo monacal y a la vez, al

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Ibíd., p. 216.

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Alexandre Koyré, op. cit., p. 11.

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traspaso de los saberes académicos para la formación de más personal; los recién titulados serían los maestros de los siguientes estudiantes.

Es preciso destacar que las universidades y sus universitarios transformaron la cotidianidad de las ciudades. Acerca de París, por ejemplo, en el siglo XIV escribían: “Es para unos la ciudad faro, la fuente de todo goce intelectual, y para otros, el antro del diablo, en el que se mezclan la perversidad de los espíritus entregados a la depravación filosófica y las torpezas de una vida licenciosa de juego, vino y mujeres”63.

La institucionalidad universitaria surgió de la mano de los intereses de quienes estaban a cargo del gobierno político –económico y espiritual–, se convirtió en la engendradora de los hombres que requería el amo de turno, para sostener el poder y para legitimar las transacciones y las regulaciones morales, tanto del pueblo, como de la aristocracia. Los profesores, egresados y estudiantes de las universidades se transforman en una nueva estirpe, capaz de intervenir en las decisiones monárquicas, en tanto se les atribuye el saber de las artes liberales y de las nacientes profesiones. Los títulos que entrega el papado64 y que representan nobleza y dignidad son repartidos por igual a los nuevos ricos, a los poseedores de tierras y a los egresados de las universidades, de modo que la titularidad viene a servir como representante de un cierto poder derivado de la acumulación de dinero, de tierras o de conocimientos.

1.5 Pugnas por la nobleza y gratuidad de la educación

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