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6.4 Case study cities

6.4.1 Administrative structures

Reflexión bíblica Lectura, o guión para el que dirige Del Evangelio según San Juan. 14,20-23; 15,9. Dijo Jesús a los apóstoles: Aquel día compren- derán que yo estoy en mi Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré, y me manifestaré a él... Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada en él... Como el Padre me amó, yo también les he amado a ustedes. Per- manezcan en mi amor. - Palabra del Señor.

El amor de Cristo hacia nosotros es tan fuerte que nada ni nadie, en el cielo, en la tierra o en el abismo es capaz de arrancarnos de él (Romanos 8,35-39). “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres”, dijo Él mismo a Santa Margarita María. El amor le torturó toda la vida, así como le colmó de alegrías indecibles. Prescindamos del amor eterno de Dios, y miremos al Hombre Jesús, con un corazón como el nuestro, con nuestros mismos sentimientos.

Emplea expresiones tiernas, hondas: “Pequeñito rebaño”, “hijitos”, “amigos”... (Lucas 12,32; Juan 13,33; 15,15)

Tiene gestos viriles, al mismo tiempo que de extrema deli- cadeza. A Juan y Andrés los cautiva con su mirada, y ellos se atreven a autoinvitarse: “Maestro, dónde te alojas... -Ven- gan y vean”... “Mirando fijamente al joven, lo amó”... A Juan, “a quien tanto amaba”, le acepta la confianza de recostar la cabeza en su pecho. Suscita, para gozarse con ella, la triple protesta de Pedro: “Señor, tú sabes que yo te quiero”... (Juan 1,38; Marcos 10,21; Juan 13,23; 21,17)

Llamado por Lacordaire “el primer caballero del mundo”, ¡hay que ver la elegancia, finura y limpieza con que ama a la mujer!... A la viuda de Naim le dice conmovido: “¡No llores!”. Acepta en sus pies los besos, las lágrimas y el perfume de la pecadora, lo mismo que hará con la amiga de Betania. Lla- ma con cariño por su propio nombre a la de Magdala ―¡Ma- ría!― que no le suelta los pies... (Lucas 7,13; 7,38; Juan 12,3; 20,16)

Los niños, con ese radar que tienen para avistar el cora- zón que les ama, se le echan encima, y Jesús los abraza, los bendice y se los devuelve a sus felices mamás... (Marcos 10,16)

Ante la tumba del amigo llora amargamente, y arranca a sus enemigos esta confesión inestimable: “¡Miren cómo lo amaba!”... (Juan 11,36)

Y el que nos amó siempre así a todos, al final lleva su amor hasta el extremo, cuando se queda con nosotros per- sonalmente en la Eucaristía hasta el final de los tiempos (Juan 13,1)

Hablo al Señor Todos

¡Amador nuestro, Cristo Jesús!

Igual que amabas en los tiempos del Evangelio, así ahora nos amas a todos, a santos y a pecadores, y a todos nos conoces por nuestro nombre propio...

A mí también me preguntas, como a Pedro: “¿Me amas?”. Y Tú sabes la sinceridad de mi respuesta:

“Sí, Señor; a pesar de mis pecados, de mis limitaciones y miserias,

a pesar de todo, Tú sabes que yo te quiero”.

¿Cómo no voy a querer yo al que así me ama a mí?...

Contemplación afectiva Alternando con el que dirige Porque eres el Corazón que más ha amado a los hombres.

- ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me buscaste siempre con inmenso amor. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque te llamas y eres mi amigo verdadero. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me amas y me miras tan tiernamente. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me amas a pesar de tanta miseria mía. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me invitas ―“ven y verás”― a estar contigo. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me amaste y me amas con ardiente amor juvenil. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me amaste hasta morir por mí en la cruz. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque te me das en la Comunión con amor inefable. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque me conoces y me amas personal y concretamente a mí.

- ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero! Porque me esperas con ilusión en tu Cielo.

- ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Porque quiero corresponder a tu amor inmenso y eterno. - ¡Señor, Tú sabes que yo te quiero!

Todos Señor Jesús, como de labios de Pedro quieres oír de los míos: “¡Tú sabes que yo te quiero!”. Sabes que te amo de verdad. A pesar de todos los pesares, sabes que es así. Yo te quiero con toda el alma, y quiero serte fiel, cumpliendo siempre tu voluntad, a lo largo de todos los días de mi vida.

Madre María, la gran amante de Jesús, pues los dos co- razones no eran más que un solo y ardiente corazón. Ensé-

ñame el amor a Jesús; hazme amarle más y más, para que yo sepa satisfacer aquel ardiente deseo suyo: “¡Permanez- can en mi amor!”. En este amor viviré y moriré, para amar después como un serafín por toda la eternidad.

En mi vida Autoexamen

“¿Quién no amará a semejante Amador?”, preguntaba un himno litúrgico de la fiesta del Sagrado Corazón. El amor exi- ge reciprocidad. ¿Le amo yo apreciativamente, es decir, más que a nada ni nadie, porque como Jesús no hay?... ¿Le amo afectivamente, o sea, le doy el cariño, el afecto, la ternura del corazón?... ¿Le amo efectivamente, porque esos afectos me llevan a hacer siempre y en todo la voluntad suya, cum- pliendo todo lo que Él quiere de mí, sin engañarme yo con falsas apreciaciones, sabiendo que obras son amores, y no buenas razones?...

Preces

Iluminados con la Palabra de Dios, descubrimos un Jesús Salvador que es todo amor para con nosotros sus hermanos. Le protestamos ahora nuestros sentimientos más sinceros, y le decimos:

Queremos permanecer en tu amor.

Que la Iglesia, con la fuerza del Espíritu ame a todos los hombres por igual, como el divino Maestro,

- y haga llegar los beneficios de la salvación a los más ne- cesitados.

Para que nadie sufra injustamente por las desigualdades sociales, causa del odio entre los pueblos,

- te pedimos, Señor, que los responsables de las naciones no busquen su propio interés sino el bienestar de sus enco- mendados.

Cuando viniste al mundo, Señor Jesús, nos manifestaste el amor de un Dios y Padre nuestro que nos ama;

- que todos nuestros hermanos que sufren descubran ese amor infinito que los envuelve y abran sus corazones a la es- peranza que no confunde.

Antes de separarnos de Ti, Señor Jesús, después de esta Hora que hemos pasado contigo,

- danos a todos tu bendición, que permanezca siempre con nosotros, y concede el descanso eterno a nuestros que- ridos difuntos.

Padre nuestro.

Señor Sacramentado, horno encendido del amor de todo un Dios. Aquí queremos permanecer contigo cuanto nos sea dado. Aquí no tendremos nunca el frío que congela al mun- do. Aquí nos iremos abrasando cada vez más en un acto de amor a Aquel que nos amó, se entregó y se quedó aquí por nosotros. Así sea.

Recuerdo y testimonio... 1. Santa Rosa de Lima, después de comulgar, tenía el rostro tan radiante que dejaba a uno deslumbrado, a la vez que salía de su boca tal calor que quemaba la mano del que se le quería acercar.

2. En un Hospital de Incurables en Francia, regido por las