Este capítulo final será una odisea al interior de todos los males de nuestra sociedad. No tengo intención de acabar este libro catalogando todos los problemas que hemos creado como resultado de permitir que nuestros egos sean la fuerza dominante del mundo.
Eso no quiere decir que no reconozca que tenemos muchos proble- mas que han surgido de nuestra preocupación por satisfacer a nuestro ego. Tampoco soy ciego ante el hecho de que nuestros egos individua- les han interactuado de formas que han producido guerra, delincuen- cia, adicción, pobreza, injusticias sociales y tiranías.
Hemos creado un ego mundial que refleja, a nivel global, la misma carencia de profundidad y riqueza que existe en nuestras vidas. A lo largo de todo este libro he expuesto razones para dominar el ego per- sonal y sugerencias de cómo hacerlo. Exactamente lo mismo puede hacerse con respecto al mundo. Abrigo la esperanza de que a usted le resulte tan obvio como a mí que el ego colectivo se beneficiará cuando dejemos atrás nuestros egos individuales.
Usted, como ser individual, tiene una búsqueda espiritual que em- prender. Esa búsqueda implica llegar a conocer su naturaleza superior e invitarla a que le muestre el camino de su yo espiritual en la vida coti- diana. Esto significa negar las exigencias de su ego si esas exigencias entran en contradicción con su yo superior.
Nuestro mundo es un colectivo de seres individuales a los que su amorosa esencia divina insta a seguir la búsqueda espiritual indivi- dual y colectivamente. El mundo se convertirá en un entorno pacífico, satisfecho, cooperador, amoroso, sincero, tolerante y puro, cuando los seres individuales que componen la conciencia colectiva dominen su ego. Lo mismo que ocurre en el microcosmos, ocurre en el macrocos- mos. El todo se comporta de la misma forma que las partes indivi- duales.
Muchas personas con las que hablo me dicen que se sienten impo- 307
tentes para modificar el mundo. Creen que, dada la envergadura de los problemas globales, sus esfuerzos serán insignificantes.
Lo que no ven es que ese mundo se transformará precisamente me- diante un cambio en la conciencia individual. Todos los problemas con que nos enfrentamos dentro de un grupo reflejan los que tenemos a escala individual.
El mundo se encuentra con un déficit espiritual que refleja nuestra necesidad de emprender de modo consciente la senda de la búsqueda espiritual. La solución de los problemas individuales y mundiales es la superación del déficit espiritual. Cuando usted realiza el cambio de conciencia y se permite ser un agente de la conciencia superior, está contribuyendo a la transformación del mundo.
Usted no está separado de las otras almas que habitan el planeta. Comparte la misma energía que fluye por las almas de Ruanda y Pakis- tán, por ejemplo. Usted es la bombilla y Dios la electricidad. Fluye a tra- vés de usted con tanta seguridad como lo hace a través de todos los seres vivos. Cuando usted toma la decisión de escoger la guía de su yo supe- rior antes que la que le ofrece su falso yo, se ha conectado con su energía divina interior. Cuando rige su vida según los principios del yo superior, está contribuyendo a la transformación del mundo entero.
Los cambios físicos que tendrán lugar en el mundo sucederán de forma automática, del mismo modo que tendrán lugar en su cuerpo cuando se vuelva hacia su yo espiritual. Esto resulta inevitable, El ego se desvanece ante la brillante luz divina. Usted se encuentra con que está comportándose más pacífica y amorosamente. Lo mismo sucederá a escala mundial.
Usted tiene que fortalecer su voluntad de seguir su senda espiritual cuando el ego le llame estúpido por creer que podría llegar a existir un mundo sin guerra. Si el ego puede convencerle, se convertirá en parte del conjunto de falsedades del ego. Las personas que elijan hacer caso a la propaganda del ego construirán más bombas y fabricarán más armas.
En la actualidad hay unos seis mil millones de personas en el pla- neta. Alrededor de unos tres millones están en guerra o conflictos que los hacen matarse y torturarse los unos a los otros. ¡Pero eso significa que existen cinco mil novecientos noventa y siete millones que no es- tán en guerra! Esto es una estadística esperanzadora que nuestros egos no quieren que consideremos.
Por el contrario, el ego colectivo lucha para mantener a la pobla- ción con los nervios de punta mediante recordatorios destinados a ha-
cer que consideren al mundo en términos de «nosotros contra ellos». Este punto de vista del ego no sólo refuerza la demente escalada de las formas de matarnos los unos a los otros, sino que además es responsa- ble de la mayoría de nuestros problemas sociales.
No estoy sugiriendo que hagamos caso omiso de los problemas de las personas sin techo, hambrientas, enfermas y demás. Lo que sí sugiero es que nuestro ego colectivo nos ha convencido de que estos problemas no tienen solución. La verdad es que hemos avanzado de manera notable a pesar del ego, merced a la consideración y el amor de los que están motivados por su yo espiritual.
De todas las personas del planeta, el 99,9 por 100 tiene un lugar al que acudir cada noche. Puede que no todos tengan una casa lujosa, pero en general hemos ingeniado una manera de alojar a todas las per- sonas del planeta, menos un pequeño porcentaje. Muchos de nosotros trabajamos cada día para conseguir que el ciento por ciento tenga techo. No obstante, el cuadro que nos presenta el ego es de unas condiciones rampantes de desesperación, y una conciencia colectiva basada en el miedo. También esto es verdad por lo que respecta al hambre.
Estamos dando pasos de gigante en la ayuda de aquellos que viven al borde de la inanición. Eso sucede debido al esfuerzo de personas ins- piradas por su yo espiritual, no por el pesimismo del ego. Es obvio que una sola persona que muera de malnutrición es una cantidad excesiva, y nosotros podemos hacer algo que garantice que vivamos en un mun- do donde ese tipo de realidades no se den, y lo haremos. Pero esto no se logrará mediante la visión pesimista del ego, que nos sugiere que so- mos mejores que esas personas que viven en la pobreza. Si la totalidad del mundo se apartara de pronto de la idea de que somos seres aislados y escuchara la verdad de nuestro yo espiritual, no cabría posibilidad ninguna de que alguien muriera de hambre.
Decir que un mundo semejante es imposible es escuchar al ego, que trabaja colectiva así como individualmente, para convencernos de que estamos separados los unos de los otros.
COMPRENSIÓNDELEGOMUNDIAL
El ego mundial es uña extensión del ego personal. Nos conducirá como grupo al mismo pantano de nuestros egos personales, sólo que en escala mucho más grande y observable. El ego mundial no existe en el
sentido físico porque se trata de una idea. No es lo que somos como pueblo sino lo que creemos que somos como colectivo. Vuelva a repa- sar las características del ego que he expuesto en el capítulo séptimo, y sencillamente aplique esas cualidades a la totalidad del mundo.
El ego del mundo es nuestro falso yo, y ésta constituye la principal característica que necesitamos reconocer. Queremos creer que somos nuestros cuerpos físicos y que los territorios que ocupamos son tan im- portantes que estamos dispuestos a matarnos los unos a los otros con el fin de mantener esas líneas fronterizas.
Nos hemos convencido de que nuestras verdaderas identidades pro- vienen de nuestros antepasados, tradiciones, historias, así como del color y forma de nuestros cuerpos. Hemos perdido de vista nuestras ver- daderas identidades debido a las etiquetas que nuestros egos nos han asignado.
Nuestros egos se han combinado en una falsa percepción mundial de nosotros mismos, basada en una incapacidad para conocer nuestra verdadera naturaleza espiritual. A pesar de que todos nuestros dirigen- tes espirituales nos han recordado nuestra naturaleza espiritual y nos imploraron e incluso ordenaron amarnos los unos a los otros, el ego del mundo ha ganado esta batalla y producido enemistades ancestrales e incontables horrores en la larga historia de la humanidad.
Como consecuencia de escuchar al falso yo y hacer caso omiso del espíritu, la humanidad ha vivido en un perpetuo conflicto que ha crea- do sociedades regidas por la conciencia primitiva. Como pueblo, somos capaces de crear sociedades gobernadas por la conciencia divina que to- dos compartimos. Todos somos criaturas del mismo Dios, que se mani- fiestan en una forma física con atributos identificables.
Podemos trabajar individualmente en nuestros egos y hallar la ver- dad de nuestro yo superior. Luego ampliaremos ese yo espiritual al ex- terior, y la humanidad ya no será gobernada por los bajos instintos y la inteligencia primitiva, seremos regidos por el sagrado espíritu que se encuentra dentro de todos nosotros. Si eso le parece una tarea imposi- ble, es porque ha vuelto a caer en la trampa del ego. El ego no quiere que crea en una posibilidad semejante, porque significaría su abo- lición.
La solución espiritual para los principales problemas con que se en- frenta el mundo es llevar a posiciones de poder a esas personas que no están motivadas e impulsadas por su ego, sino que ven el bien colecti- vo como objetivo principal. Necesitamos dirigentes que no manifies-
ten tendencias dictadas por la conciencia primitiva como el odio, la envi- dia, la codicia, la sed de sangre y la intolerancia, sino que estén basadas en el amor, la tolerancia, la veracidad y la pureza. Dichos dirigentes es- tán emergiendo y continuarán emergiendo a medida que consigamos su- perar nuestros egos personales y conocer el verdadero espíritu de Dios. El ego del mundo quedará obsoleto al hacernos nosotros conscientes de nuestro yo espiritual.
Su yo espiritual está esperando compartir con usted y con el resto del mundo el conocimiento de que somos todos de la misma esencia eterna, una extensión de Dios. En ese conocimiento está ausente la creencia de que somos miembros de una tribu dispuestos a matar por las diferencias físicas.
La noción de que estamos aislados los unos de los otros es de la que se alimenta el ego mundial. Es una extensión de todos los egos indivi- duales que están en conflicto los unos con los otros, que libran batallas para demostrar lo separados que están unos de otros. En verdad, nin- guno de nosotros está separado de Dios. Ninguno de nosotros está separado de los demás. El hecho de vivir en un planeta redondo simbo- liza la imposibilidad de tomar la decisión de estar a un lado u otro.
Todos compartimos el mismo oxígeno, bebemos de la misma agua, caminamos y vivimos sobre el mismo suelo. Y tanto si nos gusta admi- tirlo como si no, todos compartimos íntimamente el continuo cambio de átomos y moléculas de los demás. La única constante del mundo fí- sico es el cambio. Todo lo que se manifiesta en forma material está cambiando en todo momento. Esta constante mutación de los átomos significa que no existe separación en el sentido científico cuántico ni en ningún otro. Su yo espiritu está aguardando a que tome la decisión de hacerle conocer esta verdad a su ego.
Su ego quiere separarle, y lo mismo quiere el ego del mundo. Mien- tras el ego mundial crea de una forma tan terminante en la separación, habrá conflictos para mitigar esa presión que ejerce el ego. Las naciones estado continuará bajo la dominación del ego del mundo. El nacionalis- mo representa el egoísmo o egocentrismo de una nación, y prevalecerá mientras se tome al ego como verdad.
Cuando avancemos hacia la unidad crearemos un mundo regido por el yo superior, que nos ve a todos como habitantes del mismo reino. Entonces no se servirá a ningún interés en especial; no se construirán fortalezas en las fronteras; no se creará ninguna arma nuclear, y no ha- brá ni pasaportes ni aduanas, ni siquiera cambio de divisas. Sabremos
que no somos esas fronteras a las que nos aferramos para mimar al ego mundial y fomentar las ideas por las que miles de millones de personas han muerto innecesariamente.
Al sustituir el miedo por el amor y permitir que aparezca nuestro yo espiritual, la necesidad de separación desaparecerá de manera gra- dual. Está sucediendo ahora mismo, a pesar de los esfuerzos que reali- zan muchas personas movidas por su ego para mantener los símbolos de la separación, los cuales están desvaneciéndose de forma gradual. El trabajo del espíritu es sutil y paciente.
No existe nada más poderoso que una idea cuya hora ha llegado, y la muerte del ego del mundo hace mucho que tendría que haberse hecho realidad. Ya basta de enviar a los jóvenes a morir para conservar antiguas fronteras. Ya basta de asesinar a nuestros hermanos cuyas cos- tumbres son diferentes, pero que están conectados con nosotros en el mundo del yo espiritual. El movimiento hacia el yo espiritual hará que la seductora voz del ego mundial resulte menos atractiva.
Ya no podemos permitirnos esa separación que el ego del mundo nos implora que aceptemos. Las armas que existen hoy en día, si se las usa, matarán incluso a aquellos que las usen. Todos compartimos el mismo entorno, respiramos el mismo aire. Contaminarlo con radiac- tividad equivale a disparar armas contra nosotros mismos, que es pre - cisamente lo que hacemos cuando disparamos un arma contra cual- quier otra persona. Cuando Jesús dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», estaba implorándonos que nos diéramos cuenta de que todos somos uno. Su yo espiritual lo sabe... y también lo sabe el alma del colectivo mundial.
La parte falsa, el ego, insiste en que no sólo estamos separados sino en que somos especiales. Con este credo de lo especial, el ego intenta convencernos de que estamos más favorecidos que otros, y de que esta condición de especiales se alimenta si seguimos a un maestro espi- ritual, nuestro pasaje hacia el paraíso. Este dios de lo especial odia a determinadas personas y ama a otras, dependiendo de sus sistemas de creencias. El ego usa este tipo de pensamiento para controlarnos.
Cuando usted se centra y encuentra su propio espacio silencioso, interior, espiritual, conoce la amorosa esencia divina que no hace dis- criminaciones. Usted sabe que la condición de especial no es algo conferido a unos y no a otros. Sabe que es absurdo creer que un bebé musulmán se quemará en el infierno por no tener creencias budistas o cristianas. Sabe que los aborígenes australianos son iguales a los
reyes. Su yo espiritual se lo dice, y lo mismo hace toda nuestra litera- tura espiritual.
El mensaje que su ego le transmite de que es especial, resuena y se intensifica en el mundo colectivo. El ego mundial quiere que resulte fá- cil hacer caso omiso de los que tienen menos. De este modo, las socie- dades menos industrializadas que no están tan alfabetizadas pueden ser vistas como «ellos», lo cual el ego interpreta como menos favorecidos. Puede considerárselos como no elegidos de Dios. Eso hace posible pa- sarlos por alto o usar nuestras armas superiores para eliminarlos. Así se hace posible que la gente contemple en la televisión los bombardeos y se diga a sí misma que las víctimas están recibiendo lo que se merecen.
Pero el yo espiritual sabe que «no matarás» no tiene ninguna cláu- sula excluyente. Cuando matamos campesinos al derrocar a un dicta- dor, el yo espiritual sabe que estamos violando nuestros más elevados mandamientos al convertir a algunas personas en prescindibles.
En verdad, nadie es especial. Todos somos iguales y todos com- partimos el mismo espíritu. Si creemos que alguien es especial, sig- nifica que alguna otra persona no lo es. El ego del mundo trabajará con gran ahínco para mantener con vida esta idea de lo especial, por - que le permite llevar a cabo el tipo de acción que perpetúa su propia existencia.
Nos apartaremos de esa posición al seguir el camino de nuestra bús- queda espiritual. Cuando conozcamos la amorosa esencia divina, sere- mos incapaces de ver a los otros como no especiales o a nosotros mismos como especiales. Esto representará una victoria del altruismo sobre el egoísmo en todas sus formas y en la totalidad del mundo.
Tom Brown describe esta actitud en un maravilloso texto extraído de su estimulante libro The Quest (La búsqueda):
El hombre que vive en la pequeña isla del yo, no vive más que una pequeña parte de lo que constituye la existencia. El hombre debe dejar atrás las barreras, las prisiones del ego y el pensamiento, y alcanzar al Creador. Debe construirse un puente sobre todas las islas, todos los círculos. Cada mundo debe ser comprendido, y por último fundido en una unicidad absoluta y pura. Entonces podrá no haber ni dimensiones interiores ni exteriores, ninguna separación del yo, sólo una pura uni - dad en la que el hombre sea todas las cosas a la vez. En esta fusión de mundos el hombre conocerá todas las cosas y vivirá los más profundos significados de la vida... Entonces, y sólo entonces, podrá el hombre as- pirar al contacto con Dios.
A medida que viaje por la senda de la búsqueda espiritual, podrá ayudar a disipar el absurdo de lo especial que con tanta asiduidad fo- menta el ego. Verá el final de este tipo de pensamiento en su vida, y también a escala mundial.
En la escena del mundo, en el momento presente de la historia, ve- mos que se desarrollan enormes conflictos sólo para aplacar a la parte del ego que se sintió ofendida. Cuando usted se ofende, es el egocéntri- co ego quien se siente herido e insiste en demostrar lo especial e im- portante que usted es. Lo mismo sucede a nivel colectivo. Este ego colectivo trabaja a escala mundial y también en nuestras ciudades.
El ego del mundo se ofende con facilidad. Cuando el ego se ofende, necesita tomar venganza. Necesita tomar represalias para demostrar su importancia y calidad de especial ante cualquier cosa que perciba como causa de la ofensa. Así pues, cuando su nación, dominada por el ego, se siente ofendida por las palabras de un intolerante tirano, zanja el agra- vio mediante la agresión y el asesinato.
Así también están nuestras ciudades llenas de jóvenes que confían tanto en su ego que están dispuestos a matar de forma arbitraria a aque- llos que no obran de acuerdo con sus criterios. Están convencidos de que son especiales y tienen derecho a cualquier cosa que demuestre que son especiales. Si no lo obtienen, se ofenden y causan alborotos, muti- lan, matan y saquean.
Esto representa una gigantesca carencia de conciencia espiritual. Ne- cesitamos volver a colocar a Dios en la conciencia de estos jóvenes, reem- plazar el déficit por la conciencia superior. Entonces estos problemas