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21 Para Roberto y Clemencia de Flandes, véase ibid., págs., 247-9, Los nombres de los caballeros de la Francia del norte que estaban en el ejército cruzado se encuentran en la lista de Alberto de Aix (II, 22-3, págs. 315-16).

12 Fulquerio de Chartres, I, vii, págs, 163-8; Carta privilegio de Cle­ mencia, condesa de Flandes, en Hagenmeyer, op. cit., págs. 142-3.

Chimarra, más al sur de ios puertos dispuestos para el desembarque, se halló con el camino cerrado por una escuadra bizantina. Hubo una ligera batalla naval, referida con detalle en la historia de Ana Com­ neno, pues su héroe, Mariano Mavrocatacalon, el hijo del almirante, era amigo suyo. A pesar de la proeza de un sacerdote latino, cuya belicosa falta de respeto hacia su hábito escandalizó a los bizantinos, el barco brabanzón fue abordado y capturado, y el conde y sus hombres fueron desembarcados en Dirraquio23. El grupo flamenco na puso evidentemente ninguna dificultad para el juramento de fide­ lidad a Alejo. El conde Roberto fue uno de los príncipes que ins­ taron a Raimundo a jurar24.

Roberto de Normandía y Esteban de Blois prolongaron su estan­ cia en el sur de Italia hasta la primavera. Su falta de entusiasmo se contagió a sus seguidores, muchos de los cuales iniciaron el retorno hacia sus casas. Finalmente, el ejército pasó a Brindisi, y el 5 de abril se preparó para embarcar. Por desgracia, el primer barco en zarpar zozobró y se hundió, perdiéndose unos cuatrocientos pasaje­ ros, con sus caballos y mulos y muchas cajas de dinero. El descubri­ miento político de que los cadáveres arrojados a la costa estaban mi­ lagrosamente marcados con cruces en la espalda, aunque edificaba a los fieles, no impidió que gente mucho más timorata abandonara la expedición. Pero el grueso del ejército embarcó felizmente y, después de un agitado viaje de cuatro días, desembarcó en Dirraquio. Las autoridades bizantinas los recibieron bien y les pusieron una escolta para llevarlos por la Vía Ignada hasta Constantinopla. Aparte de un percance cuando el ejército cruzaba un río en el Pindó, en el que una súbita crecida arrastró a varios peregrinos, el viaje se desarrolló apaciblemente. Después de una parada de cuatro días ante las mu­ rallas de Tesalónica, llegaron a Constantinopla a principios de mayo. Se preparó un campamento para el ejército extramuros de la ciudad; y se permitía que gtupos de cinco o seis a la vez entraran cada día

33 Fulquerio de Chartres, toc. cit,, pág. 168; Ana Comneno, Atexiada, X ,

viii, 2-10, vol. II, págs. 215-20. Maricq, «Un ‘Comte de Brabant’ et des ‘Bra­ bançons’ dans deux textes byzantins», en Bulletin de la Classe des Lettres, de la Real Academia de Bélgica, vol. X X X IV , págs. 463 y sigs., ha identificado acertadamente fó Κόμης ΠρεβΙντζας’ de Ana con Balduino II, conde de Alost, reemplazando así la primitiva indicación de Grégoire, de que era Ri­ cardo del Principado («Notes sur Anne Comnène», en Byzantion, vol. I I I , pá­ ginas 312-13, que contiene también un interesante examen de la palabra τζαγγρ'/, mencionada aquí por Ana), La teoría de Ducange, de que 'Κομη; Πρεβεντζας*

es Raimundo de Tolosa, que era también marqués de Provenza, teoría que sigue Mrs. Buckler en su obra Anna Comnena, pág. 465, es imposible, ya que Ana llama siempre a Raimundo «Isangeles», y además porque sus movimientos nos son muy conocidos.

en la ciudad para admirar sus bellezas y orar en sus santuarios. Los ejércitos cruzados anteriores habían sido todos trasladados por enton­ ces al otro lado del Bosforo; y estos rezagados no encontraron nin­ gún descontento que pudiera perjudicar sus relaciones con los bizan­ tinos. Estaban sorprendidos con sincera admiración de la belleza y esplendor de la ciudad; disfrutaban del descanso y comodidad que les proporcionaba. Estaban agradecidos al Emperador por un reparto de dinero, vestidos de seda, comida y caballos. Sus jefes prestaron en seguida el juramento de fidelidad al Emperador y fueron recom­ pensados con obsequios espléndidos. Esteban de Blois, escribiendo al mes siguiente a su esposa, con la que mantenía una concienzuda correspondencia, estaba extasiado por el recibimiento del Empera­ dor. Permaneció durante diez días en palacio, donde el Emperador le trató con afecto paternal, dándole muchos buenos consejos y so­ berbios regalos y brindándose a educar a su hijo más pequeño. Este­ ban se impresionó sobre todo por la generosidad del Emperador hacia todas las categorías de los componentes del ejército de los cru­ zados y por su pródiga y eficaz organización en los suministros para las tropas ya en el campo. «Vuestro padre, amor mío — escribía alu­ diendo a Guillermo el Conquistador— , hacía muchos y grandes re­ galos, pero no era casi nada en comparación con este hombre.»

Eí ejército pasó quince días en Constantinopla antes de ser trans­ portado al Asia. Incluso el paso del Bosforo le gustó a Esteban, que había oído decir que el estrecho era peligroso; pero no lo encontró más que el Marne o el Sena. Marcharon a lo largo del golfo de Ni­ comedia, pasaron la ciudad del mismo nombre y se unieron a los principales ejércitos cruzados, que estaban empezando ya a poner sitio a N icea25.

Alejo pudo al fin respirar. Mucho había deseado obtener merce­ narios de Occidente. En lugar de ello, se habían enviado enormes ejércitos, cada cual con su propio jefe. Ningún gobierno se preocu­ pa, efectivamente, de procurar que grandes masas de fuerzas aliadas independientes invadan su territorio, sobre todo si son de un nivel de civilización más bajo. Hay que darles de comer; hay que impedir el pillaje. El verdadero volumen de los ejércitos cruzados sólo puede calcularse por conjeturas. Las cifras medievales siempre son exage­ radas; pero los hombres reclutados por Pedro el Ermitaño, inclu­ yendo sus muchos no combatientes, no andarían muy lejos de los

“ Fulquerio de Chartres, II, viii, págs. 168-76; carta de Esteban de Blois a su mujer, en Hagenmeyer, op. cit., págs. 138-40. Esta carta fue escrita desde Nicea. Una carta anterior, escrita desde Constantinopla, en la que describe el viaje hasta allí, y a la que Esteban hace referencia en esta otra, desgraciada­ mente se ha perdido.

veinte mil. Los principales ejércitos cruzados, los de Raimundo, de Godofredo y de otros franceses del norte, tendrían muy a gusto cada uno más de diez mil; y había otros grupos menores. Pero en total debieron entrar en el Imperio, procedentes de Occidente, entre el verano de 1096 y la primavera de 1097, de sesenta a cien mil per­ sonas 26. En conjunto, los preparativos del Emperador para tratar con ellos habían tenido éxito. Ninguno de los cruzados había sufrido falta de alimento durante su paso por los Balcanes. Las únicas in­ cursiones que se habían realizado para conseguir comida fueron las de Gualterio Sans-Avoir, en Belgrado, y de Pedro, en Bela Palanka, ambas en circunstancias excepcionales, y la de Bohemundo, en Cas- toria, cuando pasaba en medio del invierno por un camino intransi­ table. Pillajes sin importancia y uno o dos ataques caprichosos a ciudades habían sido imposibles de impedir, ya que Alejo disponía de un ejército insuficiente para las circunstancias. Pero sus escuadro­ nes pechenegos, con su ciega e incondicional obediencia a sus órde­ nes, aunque hayan tenido que ser muy molestos para los cruzados, habían demostrado ser una fuerza política muy eficaz, y sus enviados especiales trataban generalmente con tacto a los príncipes occiden­ tales. El éxito creciente de los métodos del Emperador se pone de manifiesto por el paso tranquilo del último de los ejércitos, com­ puesto por franceses del norte, que no eran gente disciplinada y que iban al mando de jefes débiles e incompetentes.

En Constantinopla, Alejo había obtenido un juramento de fideli­ dad de todos los príncipes, menos de Raimundo, con quien había concluido un pacto privado. No se hacía ilusiones sobre el valor prác­ tico del juramento ni sobre la lealtad de los hombres que lo habían prestado. Pero, en última instancia, le daba una ventaja jurídica que podría resultar importante. El efecto no fue fácil de conseguir, pues, aunque los jefes más prudentes, como Bohemundo, y los observado­ res inteligentes, como Fulquerio de Chartres, comprendían la nece­ sidad de cooperar con Bízancío, a los caballeros menores, a los oficiales y a la tropa el juramento les parecía una humillación e in­ cluso un abuso de confianza27. Habían sido prevenidos contra los bizantinos por el frío recibimiento que les había dispensado la gente del país, a los que ellos creían que iban a salvar. Constantinopla, esa ciudad enorme y espléndida, con toda su riqueza, su población tra­ jinante de mercaderes y artesanos, sus nobles cortesanos con sus uniformes, sus grandes damas, ricamente ataviadas, con sus cortejos de eunucos y esclavos, provocó en ellos contento mezclado con un

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