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Agent Based Computational Economics

In document Computation in Economics (Page 47-52)

3.2 Classical Behavioural Economics Computable Foundations

Theorem 31 Recursion Theorem Let T be a Turing Machine that computes a function:

6. Agent Based Computational Economics

Aunque evidentemente no deban ser éstos los únicos conflictos merecedores de la atención de los analistas, son suficientes para ofrecer elementos de reflexión que permiten trazar un perfil ajusta- do de la respuesta de la comunidad internacional y de los gobiernos nacionales más sobresalientes. Lo que pone de manifiesto la mane- ra de enfocar la actuación ante los desastres naturales y la violencia organizada es, por encima de cualquier otra consideración, que las respuestas siguen resultando inadecuadas.

En primer lugar, se constata que la agenda internacional de segu- ridad sigue dominada por el discurso liderado por la actual admi- nistración estadounidense en torno a la “guerra contra el terror”; de tal modo que cualquier otro enfoque alternativo aparece, en el mejor de los casos, como marginal y en una posición notoriamente menor en cuanto a sus posibilidades a corto plazo de reemplazar a la primera. Guiados por ese modelo, en el período analizado se hizo

más aguda la percepción de que sus promotores comienzan a perci- bir en parte los resultados adversos de sus postulados ideológicos, pero están atrapados en un discurso y una práctica política que no les deja espacio para la rectificación, en la medida en que interpre- tan que todo cambio equivaldría a una derrota sin paliativos. Su visión, esencialmente unilateralista y militarista, les lleva a concen- trar su atención apenas en el terrorismo internacional y la prolifera- ción de armas de destrucción masiva —amenazas reales, pero no las únicas que se deben contemplar—, relegando al olvido (o incluso negando su existencia) a otras no menos preocupantes como las representadas por el incremento de las desigualdades, de la exclu- sión, del deterioro medioambiental o las pandemias que cercenan incesantemente vidas humanas en muchos lugares del planeta.

En segundo lugar, a ese olvido se añade el que la estrategia domi- nante tampoco soluciona los problemas en los que está concentra- da —sea la proliferación de armas nucleares en Corea del Norte o —mañana— en Irán; o el peligro que representa una Al Qaeda que sigue mostrando una alta capacidad operativa en diversos escena- rios, empezando por Iraq y continuando por ciudades como Lon- dres (7 de julio de 2005). En resumen, lo ocurrido no ha servido para que los líderes de este enfoque reactivo y condenado al fracaso recon- sideren sus planteamientos a favor de una seguridad humana y una estabilidad estructural que deberían ser los pilares básicos de un para- digma que sustituya al heredado de la guerra fría.

En tercer lugar, la concentración del esfuerzo en esa dirección está provocando efectos negativos tan determinantes como la ins- trumentalización de la política de cooperación al desarrollo, e igual- mente de la acción humanitaria, retrocediendo a las primeras etapas de la guerra fría, cuando apenas eran consideradas como meros apéndices secundarios de una política exterior y de seguridad empe- ñada en asegurarse aliados y socios en la confrontación contra los adversarios (antes la Unión Soviética y quienes cuestionan hoy el modo de actuar de la única superpotencia mundial existente en su insostenible “guerra contra el terror”). En esa línea, y sin que nunca hayan llegado a materializarse los “dividendos de la paz” de los que se hablaba a principios de la década pasada, nos situamos ante un panorama en el que el gasto militar mundial vuelve a alcanzar los niveles de la guerra fría (con una previsión de 1,03 billones de dóla-

res, de los que Estados Unidos absorbe prácticamente la mitad). Por el contrario, como ya se constató con total crudeza en la ya citada Conferencia de Revisión de los Objetivos de Desarrollo del Mile- nio, la comunidad de donantes sigue muy lejos de atender a los compromisos adquiridos, y así se entiende que los volúmenes de ayuda al desarrollo apenas remontan más allá de un magro 0,25% del PIB de los países miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE.

No puede extrañar que éste sea el panorama de un tiempo en el que se sigue a la búsqueda de un modelo alternativo al que dominó la guerra fría. Estados Unidos comprueba, sin por ello reaccionar, que el camino emprendido tras el 11-S ya está mostrando sus limi- taciones y sus consecuencias contraproducentes, entre las que no son menores las violaciones y recortes del marco de derechos que definen a los Estados democráticos y sin que, por otro lado, su segu- ridad sea hoy mayor que antes de dicha fecha. La Unión Europea, por su parte, atraviesa uno de sus peores momentos, en medio de la parálisis general de su proceso de construcción institucional, sin una política exterior y de seguridad propiamente comunitaria y, por tan- to, incapacitada para liderar una estrategia distinta a la que emana de Washington. Aunque sus propuestas en este terreno vayan en la línea de potenciar el multilateralismo y sus capacidades, para con- tribuir decisivamente a la mejora de los niveles de seguridad y bien- estar de quienes la rodean (en su afán por convertir en realidad su lema de llegar a ser “una potencia civil con capacidades militares al servicio de la prevención de los conflictos y la gestión de crisis”), pocos elementos reales han podido añadirse en estos últimos dos años a esta sentida aspiración.

Por lo demás, China continúa quemando etapas en su ascenso a la categoría de potencia emergente y, siguiendo en cierta forma el modelo que antes ya ensayó Japón, comienza a utilizar su potencial económico en el terreno de la ayuda al desarrollo, para ganarse alia- dos y para garantizar, a día de hoy, el suministro de todas aquellas materias primas que le permitan alcanzar esa posición. Rusia, por su parte, no deja de insistir en su propia interpretación de lo que sig- nifica el modelo democrático y de economía de mercado, lo que supone una creciente preocupación para los territorios más inme- diatos de su órbita, sin que en el terreno internacional parezca estar

dispuesto a liderar ningún intento de enfocar la construcción de la paz, la prevención de los conflictos violentos, la cooperación al des- arrollo o la acción humanitaria por vías distintas a las que ha apren- dido en su historia más reciente.

En definitiva, mientras la ONU sigue maniatada para llevar a cabo su propia reforma, y aumenta su marginación, no se percibe en el horizonte ninguna señal de los actores más relevantes —con Estados Unidos a la cabeza— para modificar sustancialmente las bases del modelo vigente de gestión de los asuntos mundiales. Fina- lizado 2006, puede afirmarse que el paradigma de la seguridad humana no ha desaparecido, como tampoco lo ha hecho el que apuesta por un enfoque preventivo que trate de adelantarse al esta- llido de la violencia, o el que entiende que la seguridad propia depende siempre en última instancia de la seguridad de los demás. En todo caso, el año terminó sin que estos planteamientos lograsen arrinconar a los que apuestan por la respuesta reactiva, unilateral y militarista.

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