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En el apartado anterior se ha mostrado un breve panorama de algunos de los intentos formales por poner a la semiótica en una dimensión de frontera entre las ciencias de la vida, la información y la comunicación, lo cual ha generado un escenario que presenta sus propias interrogantes sobre los alcances de una pro- puesta de estas dimensiones. Sin embargo, lo cierto es que este diálogo no ha sido sencillo y no puede considerarse en ningún momento una empresa conclui- da, dado que ha hecho emerger serios cuestionamientos sobre los límites del pun- to de vista semiótico y de la semiótica misma, discusiones que se han dado sobre todo en el ámbito de la biosemiótica, un ámbito en el cual se exploran los alcan- ces de la mirada semiótica en el campo de la biología. Es precisamente en este nuevo campo en donde Darío Martinelli (2010) plantea una fuerte crítica a los intentos por extender la mirada semiótica, dado que ésta ha pasado de ser un pun- to de vista a ser una mirada omnicomprensiva. Esta crítica resulta central para toda reflexión sobre los alcances que la semiótica pudiera tener más allá de las fronteras de la antroposemiosis, dado que cuestiona los fundamentos de la bio- semiótica y las formas en que ésta ha sido conceptualizada.

Por ejemplo, para Kalevi Kull, “la biosemiótica puede ser definida como la ciencia de los signos en los sistemas vivos. Una característica distintiva y prin- cipal de la semiótica biológica consiste en el entendimiento de que en lo vivo, las entidades no interactúan como cuerpos mecánicos, sino como mensajes, como las piezas de un texto” (Kull en Martinelli, 2010: 29). Tomando como base esta con- ceptualización de la biosemiótica, Martinelli (2010) considera que si la naturale- za puede ser leída como un texto y además tiene significado y debe ser interpre-

tada, la biosemiótica sería entonces la ciencia de casi “todo”. Desde su punto de vista, es precisamente a partir de este tipo de argumentos que es urgente plantear los peligros de incluir demasiado en una propuesta teórica o de esperar que ésta resuelva algunas de las preguntas centrales que cada una de las ciencias tiene en su propia agenda de investigación como es el caso de la Biología. La semiótica no lo es todo y tampoco lo podrá ser en el futuro, lo cual plantea problemas a los proyectos transdisciplinarios y, sobre todo, a la idea misma de la integración conceptual. La pregunta es entonces por los alcances y la validez de la semiótica más allá de las fronteras seguras de lo social y la cultura, una pregunta que cobra nuevas dimensiones en las discusiones sobre la fundamentación de la biosemióti- ca y la zoosemiótica y sobre la cual vale la pena hacer un breve recorrido sobre algunos de los argumentos y críticas centrales partiendo de lo que Hoffmeyer llama la “semiótización de la naturaleza”.

En este sentido, para Hoffmeyer (1997) el punto a reconocer es que las ciencias de la vida del siglo veinte han sido caracterizadas por dos grandes ten- dencias. La primera tendencia es la reducción molecular y genética. La segunda, menos notada pero a la larga igual de importante que la primera, es la semiotiza-

ción de la naturaleza, la cual considera que la semiosis es una propiedad emer-

gente en nuestro universo que aparece con la primera forma de vida cerca de cuatro billones de años atrás. La primera manifestación de esta tendencia es el trabajo del alemán Jakob von Uexkül a través de la propuesta y desarrollo del concepto de umwelt, el cual se refiere a los mundos fenoménicos de los organis- mos, es decir, los mundos alrededor de los animales y ellos mismos percibiéndo- los. Posteriormente Konrad Lorenz, inspirado por el trabajo de Uexkül junto con el naciente campo de la etología, da el siguiente paso en la semiotización de la naturaleza; sin embargo, es Thomas A. Sebeok el primero en observar y hacer notar que la etología no es más que un caso especial de diacronía semiótica y propuso en 1963 el término zoosemiótica para describir un primer campo de in- tersección entre el reino animal y la semiótica. De acuerdo con lo anterior, sería posible suponer que la biosemiótica es precisamente el derivado posterior de la semiotización de la naturaleza, sin embargo, esta no es una idea compartida.

Para Martinelli (2010), la historia de la biosemiótica es una historia llena de luchas entre los semiólogos y los académicos de otros campos debido funda- mentalmente a la actitud conservadora de las ciencias biológicas tradicionales, las cuales han sido típicamente hostiles a los cambios teóricos y metodológicos en su propio campo, pero también a la posición, por momentos arrogante, de los biosemiólogos quienes se encuentran firmemente convencidos de la superioridad indiscutible de la semiótica sobre otras disciplinas. Este doble discurso ha lleva- do a considerar a la semiótica precisamente como esa mirada omnicomprensiva. Por ejemplo,

[…] Konrad Lorenz fue definitivamente inspirado por el trabajo de Uexküll y ciertamente a la etología se le puede atribuir el tener una naturaleza semiótica íntima (siendo sus principales ramas la comu- nicación animal y la sociobiología). Sin embargo, llevar esa cone- xión tan lejos como para argumentar como Sebeok lo hizo, que la etología es difícilmente algo más que un caso especial de «semióti- ca diacrónica», es un poco reduccionista para un campo que no úni- camente puede también tener fácilmente un acercamiento diacróni- co sino que, más importante, centra su investigación en temas que no son de interés semiótico en lo absoluto (Martinelli, 2010 p. 30).

Por otro lado, el mismo Martinelli (2010) apunta la diferencia que existe entre el uso de conceptos que normalmente se asocian al campo semiótico y el uso de teorías semióticas propiamente, dado que es posible encontrar, mucho antes del nacimiento de la biosemiótica, conceptos en el campo de la biología relacionados de alguna manera con el campo semiótico como el de reconoci- miento, mensaje, señalización, etc. Sin embargo, argumenta Martinelli, más que un interés por la semiótica, en realidad los biólogos han estado mucho más in- teresados en la teoría de la información, un paradigma basado en las matemáticas y el cual presupone que las entidades pueden ser medidas objetivamente, una posición que evidentemente no podría ser aceptada por la biosemiótica. Según Hoffmeyer (1997) una ruptura mayor de nuestro entendimiento del carácter se- miótico de la vida fue el establecimiento en 1953 del modelo del ADN y el sub- siguiente desciframiento del código genético. Hasta este punto, el entendimiento

semiótico de la naturaleza había estado preocupado básicamente por los procesos comunicativos entre los organismos, procesos a los que Sebeok denominó exo-

semióticos (fuera de los organismos vivos), pero ahora es claro que el proceso

semiótico era también prevaleciente al nivel bioquímico (endosemiótico). Sin embargo, debido a la inclinación reduccionista del campo de la biología, éste aún no ha incorporado la terminología semiótica, así, en lugar de hablar de procesos sígnicos, los bioquímicos prefieren hablar de intercambio de información, to- mando como base la teoría matemática de la información, para la cual la infor- mación es una entidad objetivamente existente y medible, una propiedad por así decirlo, de un determinado objeto. El supuesto detrás de la idea de la información biológica parece ser que es de la misma clase que la de la información “matemá- tica”, es decir, que la información es algo que puede ser movido o transportado. Pero la información desde el punto de vista biosemiótico es muy diferente que desde el punto de vista de la física. Mientras que la información para los físicos no tiene conexión con los valores, la relevancia o el propósito, para la biose- miótica la información biológica siempre tiene un propósito en el sistema, nada menos que promover la supervivencia. Esto es lo que lleva a Martinelli (2010) a preguntarse, ¿por qué los biólogos deberían usar una terminología como esta?, ¿qué es lo que la semiótica permite observar más allá de las fronteras propias de un paradigma específico?

La crítica que realiza Martinelli (2010) al campo de la biosemiótica en realidad podríamos extenderla al campo de la semiótica en general. Desde su punto de vista “la biosemiótica parece tratar con todo tipo de cosas y de todos los tamaños: desde lo infinitamente pequeño (ADN) hasta lo infinitamente grande (el cosmos). Y todo lo que se ubica en medio: células, moléculas, plantas, animales, ecosistemas, la luz, la virtualidad, o lo que se nombre. Todo parece posible. ¿Por qué? […] Ahora bien, ¿hay algo de lo que un académico pueda hablar que no sea sobre la vida?” (p. 34). En realidad parece que es muy difícil encontrar algo que no sea sobre la vida, pero para el autor, este es precisamente el punto en el que es posible, argumenta, que cuando algo es sobre todo, resulta que se convierte en algo sobre nada. Ese sería el caso de la biosemiótica. ¿Cuál es entonces la ventaja de la semiótica? ¿Cuál es la ventaja de la biosemiótica y su capacidad de agrupar

temas de muy diversa índole? Para Martinelli (2010), estas complicaciones que parecen únicamente conceptuales, se extienden rápidamente para cubrir las di- mensiones institucionales de la construcción de conocimiento en cada campo. ¿Cuáles son, entonces, las consecuencias para la semiótica, en general, de la emergencia de estos ámbitos de construcción transdisciplinar? ¿Son realmente campos transdisciplinares los que nombramos con la convergencia de la semióti- ca y la biología, la información, la cognición, la comunicación o la vida misma? ¿Es esto sano para una disciplina?

Algunas de las consecuencias institucionales que se pueden observar en estos espacios de integración conceptual y las cuales tienen también repercusio- nes en los procesos contemporáneos de producción de conocimiento, son parte de lo que Claus Emmeche (2011) retoma para plantear las problemáticas que enfren- ta la biosemiótica en su propio proceso de institucionalización, el cual incluye desde la lucha por la obtención de fondos para la investigación hasta la lucha por el reconocimiento académico como un campo “científico”. Sin embargo, parece recomendable antes de mover la discusión hacia estas dimensiones, preguntarse por las consecuencias de los cruces disciplinares y los alcances de la integración conceptual. La semiótica se ha puesto al centro, pero sigue muy lejos de ser un campo institucionalmente reconocido. ¿Qué es entonces la semiótica? ¿Es úni- camente un punto de vista o es un campo propio de estudio? ¿Es un nivel de for- malización al que toda ciencia debe aspirar? ¿Es una herramienta metodológica? Como se puede observar, el catálogo de preguntas puede extenderse casi indefi- nidamente, pero todos los cuestionamientos nacen del movimiento casi natural que la llevó a las fronteras de la construcción e integración epistemológica. En este punto, vale la pena recuperar un argumento con el que Emmeche (2011) resume la discusión, pues desde su punto de vista,

[…] Hay poca duda de que parte de la peculiaridad de la biosemiótica como un campo de investigación es que parece ser permanentemente “parasitaria” de otros dos campos: de la biología por los casos empíri- cos y de la semiótica por las herramientas conceptuales. Además, uno puede observar una gran variedad de estilos teóricos que sus colabora- dores traen al campo, los cuales provienen tanto de las ciencias natura-

les (biología evolutiva y molecular, ecología, bioquímica, embriología, etología, robótica, ciencias computacionales) como de las humanidades (psicología, lingüística, semiótica, antropología, filosofía) y cada una con diferentes énfasis; ya sea en acercamientos experimentales más o menos rígidos con la finalidad de generar nuevo conocimiento validado […] o con énfasis en estilos interpretativos y de razonamiento más fle- xibles que tienen la finalidad de expandir el entendimiento a través de narrativas teóricas comprehensivas o continuando críticamente con las preguntas y cuestionamientos al conocimiento establecido […] Por lo tanto, podemos preguntarnos, ¿es realmente la biosemiótica un único campo de investigación? (p. 371-372).

Tomando como base el argumento de Emmeche es posible extender las mismas preguntas hacia todos los campos con los que la semiótica ha tenido con- tacto: con el teatro, el cine, la literatura, la música, la poesía, la pintura, las tradi- ciones, el folclore, los mitos, la publicidad, el arte, la química, la física, las cien- cias cognitivas, las ciencias de la información, la cibernética, la inteligencia arti- ficial, etc. Es decir, es un argumento que se puede extender hacia cualquier pro- grama de investigación semiótico, pues en el centro parece subsistir la idea de que la semiótica es en sí misma una mirada incompleta, dado que siempre necesi- ta algo que objetive su mirada. No deja de ser entonces una lógica general, aquel proyecto que planteara C. S. Peirce más de un siglo atrás. ¿Cuál es entonces la cualidad conceptual propia de la semiótica? ¿Es la semiosis el centro de reflexión conceptual de la semiótica sin importar su ámbito de emergencia?

Ahora bien, hasta este punto se han retomado algunos cuestionamientos sobre la dimensión conceptual de la semiótica tomando como base las discusio- nes desarrolladas en el campo de la biosemiótica, sin embargo, vale la pena dete- nerse por un momento a pensar en lo que estas propuestas implican para el esta- blecimiento de límites para la reflexión semiótica y lo que suponen para la se- miosis como objeto central de la reflexión semiótica. Sobre esto se centran las siguientes líneas.

3. Repensando los umbrales de la semiótica

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