1. INTRODUCTION
4.4. AMPL
Considera el pensamiento como una extensión de la visión que nos permite ver más cosas del mundo, y la creatividad como la aptitud para expandir esa visión más allá de los límites convencionales.
Cuando percibimos un objeto, nuestros ojos transmiten sólo una porción o perfil de él a nuestro cerebro, dejando que la mente llene el resto, dándonos así una rápida y relativamente exacta evaluación de lo que vemos. Nuestros ojos no prestan mucha atención a los detalles; nada más notan patrones. Nuestros procesos mentales, siguiendo el modelo de la percepción visual, se sirven de una taquigrafía similar. Cuando algo sucede o conocemos a una persona, no nos detenemos a considerar todos los aspectos o detalles, sino que vemos un perfil o patrón que encaja con nuestras expectativas y experiencias. Hacemos caber el hecho o persona en categorías. Lo mismo que en el caso de la visión, pensar a fondo cada nuevo suceso u objeto percibido agotaría nuestro cerebro. Por desgracia, transferimos a casi todo esta taquigrafía mental; ésta es la característica principal de la mente
convencional. Cabría imaginar que cuando nos enfrascamos en la resolución de un problema o en la
realización de una idea, somos sumamente racionales y considerados, pero lo mismo que nuestros ojos, no estamos al tanto del grado en que nuestras ideas incurren en las mismas muescas estrechas y la misma taquigrafía de clasificación.
Las personas creativas son aquellas que tienen la capacidad de resistirse a esta taquigrafía. Pueden examinar un fenómeno desde diferentes ángulos, advirtiendo algo que nosotros no vemos porque sólo lo miramos de frente. A veces, luego de que ellas hacen público uno de sus descubrimientos o inventos, nos sorprende lo obvio que éste parece y nos preguntamos por qué a nadie se le había ocurrido antes. Esto se debe a que las personas creativas en realidad examinan lo oculto a primera vista y no se apresuran a generalizar y catalogar. Que esas facultades sean naturales o aprendidas es lo de menos; la mente puede ser educada para relajarse y salir de esas muescas. Para hacer esto, debes tomar conciencia de los patrones que tu mente suele adoptar y la forma en que puedes salir de ellos y alterar tu perspectiva mediante un esfuerzo consciente. Una vez que apliques este proceso, las ideas y facultades creativas que desencadenará no dejarán de asombrarte. A continuación se detallan algunos de los patrones o taquigrafías más comunes y el modo en que puedes subvertirlos.
Ver el “qué” en lugar del “cómo”
Supongamos que algo marcha mal en un proyecto. Nuestra tendencia convencional es buscar una causa o explicación simple, que nos indique cómo remediar el problema después. Si el libro que estamos creando no va por buen camino, dirigimos nuestra atención a una redacción poco inspirada o el errado concepto de base. O si la compañía en la que trabajamos no está obteniendo buenos resultados, examinamos los productos que diseñamos y comercializamos. Aunque creamos ser racionales al pensar de esa manera, los problemas suelen ser más complicados y holísticos; nosotros los simplificamos, con base en la ley de que la mente siempre busca una taquigrafía.
Ver el “cómo” en lugar del “qué” significa centrarse en la estructura: cómo se relacionan las partes con el todo. En el caso del libro, quizá no vaya por buen camino porque está mal organizado, y esta mala organización es un reflejo de ideas no suficientemente meditadas. Nuestra mente es un caos y esto se refleja en el trabajo. Pensando de esta manera, nos obligamos a llegar más hondo en las partes y su relación con el concepto general; mejorar la estructura mejorará la redacción. En el caso de la compañía, deberíamos examinar con más detalle la organización: lo bien que la gente se comunica entre sí, la rapidez y fluidez con que circula la información. Si la gente no se comunica, si no está en la misma página, ni siquiera todos los cambios imaginables en el producto o la comercialización mejorarán el desempeño.
Todo en la naturaleza tiene una estructura, una manera en que las partes se relacionan unas con otras, la cual suele ser fluida y no tan fácil de conceptualizar. Por naturaleza, nuestra mente tiende a separar las cosas, a pensar en términos de nombres más que de verbos. En general, presta más atención a las relaciones entre las cosas, porque eso te dará más sensibilidad para el panorama en su conjunto. Fue examinando la relación entre electricidad y magnetismo y la relatividad de sus efectos que los científicos crearon una revolución en el pensamiento científico, de Michael Faraday a Albert Einstein y la elaboración de las teorías de campos. Una revolución igual está a la espera de ocurrir en un nivel más ordinario, en nuestro pensamiento de todos los días.
Apresurarse a generalizar e ignorar los detalles
Nuestra mente siempre se precipita a generalizar sobre las cosas, a menudo con base en cantidades mínimas de información. Producimos opiniones rápidamente, de conformidad con nuestras opiniones previas, y no prestamos mucha atención a los detalles. Para combatir este patrón, a veces debemos desplazar nuestra atención de lo macro a lo micro, haciendo mucho más énfasis en los detalles, el panorama particular. Cuando Darwin tuvo que cerciorarse de que su teoría era acertada, dedicó ocho largos años de su vida al estudio exclusivo de los percebes. Analizando ese microscópico destello de la naturaleza obtuvo una corroboración perfecta de su teoría general.
Cuando Leonardo da Vinci quiso crear un estilo pictórico totalmente nuevo, más natural y emotivo, se enfrascó en un obsesivo estudio de los detalles. Dedicó horas interminables a experimentar con formas de luz sobre diversos sólidos geométricos, para probar cómo podía la luz alterar la apariencia de los objetos. Consagró cientos de páginas de sus cuadernos a explorar las diversas gradaciones de sombras en todas las combinaciones posibles. Prestaba esa misma atención a los dobleces de un vestido, las formas del cabello, los minuciosos cambios en la expresión de un rostro humano. Cuando contemplamos su obra, no estamos conscientes de esos esfuerzos de su parte, pero sentimos que sus cuadros son mucho más vivos, como si él hubiera capturado la realidad.
En general, trata de abordar un problema o idea con una mente más abierta. Que tu estudio de los detalles guíe tu pensamiento y determine tus teorías. Concibe todo en la naturaleza, o en el mundo, como un holograma: la parte más pequeña que refleja algo esencial del conjunto. Tu inmersión en los detalles combatirá las tendencias generalizadoras del cerebro y te acercará más a la realidad. Asegúrate, sin embargo, de no perderte en los detalles y perder de vista la forma en que reflejan el todo y encajan en una idea global. Esto es simplemente el otro lado de la misma enfermedad.
Confirmar paradigmas e ignorar anomalías
En todo campo hay paradigmas inevitables, maneras aceptadas de explicar la realidad. Esto es necesario; sin ellos, no podríamos dotar de sentido al mundo. Pero a veces los paradigmas terminan dominando nuestro modo de pensar. Rutinariamente buscamos patrones en el mundo que confirmen los paradigmas en los que ya creemos. Las cosas que no caben en el paradigma –las anomalías– tienden a ser ignoradas o dejarse sin explicación. Pero lo cierto es que las anomalías son lo que contiene la más rica información. Suelen revelarnos las deficiencias de nuestros paradigmas y abrir nuevas maneras de ver el mundo. Conviértete en detective, descubriendo y examinando en forma deliberada justo las anomalías que la gente tiende a descartar.
A fines del siglo XIX, varios científicos percibieron el extraño fenómeno de metales raros que, como el uranio, emitían rayos luminiscentes de naturaleza desconocida, sin estar expuestos a la luz. Pero nadie prestó mucha atención a esto. Se daba por supuesto que algún día aparecería una explicación racional de este fenómeno, la cual armonizaría con las teorías generales de la materia. Pero para la científica Marie Curie, esa anomalía era precisamente el tema que debía investigarse. Ella intuyó que eso contenía la posibilidad de ampliar nuestro concepto de la materia. Durante cuatro largos años Curie, con la ayuda de su esposo, Pierre, dedicó su vida a estudiar ese fenómeno, que más tarde llamó radiactividad. Al final, su descubrimiento alteró por completo la visión misma de los científicos sobre la materia, hasta entonces entendida como recipiente de elementos estáticos y fijos, pero que entonces reveló ser mucho más volátil y compleja.
Cuando Larry Page y Sergey Brin, los fundadores de Google, analizaron los buscadores existentes a mediados de la década de 1990, se concentraron exclusivamente en los aparentes errores triviales de sistemas como AltaVista, las anomalías. Esos buscadores, las nuevas empresas más populares del momento, clasificaban los resultados de sus búsquedas con base principalmente en el número de veces que el tema se había mencionado en un artículo dado. Aunque este método producía a veces resultados inútiles o irrelevantes, eso se consideraba un mero defecto del sistema que a la larga desaparecería o sería simplemente aceptado. Fijándose en esa sola anomalía, Page y Brin fueron capaces de detectar una flagrante debilidad en todo el concepto y de desarrollar un algoritmo de clasificación completamente diferente, basado en el número de veces en que se habían hecho ligas con un artículo, lo que transformó por entero la eficacia y uso del buscador.
En cuanto a Charles Darwin, el quid de su teoría fue examinar las mutaciones. Ésta es la variación extraña y aleatoria en la naturaleza que a menudo lanza a una especie en una nueva dirección evolutiva. Concibe las anomalías como la forma creativa de esas mutaciones. Suelen representar el futuro, pero a nuestros ojos parecen extrañas. Estudiándolas, puedes iluminar el futuro antes que nadie.
Fijarse en lo presente, ignorar lo ausente
En el cuento “Silver Blaze” (“Fuego plateado”), de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes resuelve un crimen prestando atención a lo que no ocurrió: el perro de la familia no había ladrado. Esto quería decir que el asesino era alguien que el perro conocía. Esta historia ilustra el hecho de que la persona promedio no suele prestar atención a lo que llamaremos pistas negativas, lo que debería haber ocurrido pero no sucedió. Tendemos por naturaleza a fijarnos en la información positiva, a notar sólo lo que podemos ver y oír. Hace falta un tipo creativo como Holmes para pensar más amplia y rigurosamente, ponderando la información faltante en el suceso, visualizando su ausencia con la misma facilidad con que advertimos la presencia de algo.
Durante siglos, los médicos consideraron las enfermedades exclusivamente como algo que se derivaba del exterior del cuerpo, atacándolo: un germen contagioso, una ráfaga de aire frío, vapores miasmáticos, etcétera. El tratamiento dependía de encontrar medicinas que contratacaran los dañinos efectos de esos agentes ambientales de enfermedades. Pero a principios del siglo XX, el bioquímico Frederick Gowland Hopkins, al estudiar los efectos del escorbuto, tuvo la idea de invertir esa perspectiva. La causa del problema en esta dolencia particular, especuló, no era lo que atacaba desde fuera, sino lo que faltaba dentro del cuerpo, en este caso lo que terminaría por conocerse como vitamina C. Pensando creativamente, no examinó lo presente, sino justo lo ausente, para resolver el problema. Esto desembocó en su trabajo seminal sobre las vitaminas y alteró por completo nuestro concepto de la salud. En los negocios, la tendencia natural es analizar lo que ya existe en el mercado y pensar en cómo podemos mejorarlo o reducir sus costos. El verdadero truco –equivalente a ver la pista negativa– es dirigir nuestra atención a una necesidad aún insatisfecha, a lo ausente. Esto exige pensar más y es más difícil de conceptualizar, pero las recompensas pueden ser inmensas si damos con la necesidad aún por satisfacer. Una manera interesante de poner en marcha este proceso mental es examinar una tecnología nueva y ya disponible en el mundo e imaginar cómo aplicarla de un modo muy distinto, resolviendo una necesidad que creemos que existe pero que no es explícita. Si la necesidad es demasiado obvia, seguramente otros ya trabajan en ella.
En definitiva, nuestra capacidad para alterar nuestra perspectiva depende de nuestra imaginación. Debemos aprender a imaginar más posibilidades de las que por lo general consideramos, siendo con este proceso lo más laxos y radicales que podamos. Esto se aplica a inventores y personas de negocios tanto como a artistas. Tómese el caso de Henry Ford, pensador sumamente creativo. En las etapas iniciales de la manufactura de automóviles, Ford imaginó un tipo de empresa muy diferente de la que existía entonces. Quería producir autos en serie, contribuyendo así a crear la cultura de consumo que sentía llegar. Pero los trabajadores en sus fábricas tardarían un promedio de doce horas y media en fabricar un coche, ritmo al cual él nunca cumpliría su meta.
Un día, tratando de deducir maneras de acelerar la producción, vio a sus trabajadores moverse a toda prisa mientras armaban un auto quieto en una plataforma. No se concentró en las herramientas por mejorar, ni en cómo hacer que los obreros se movieran más rápido, ni en la necesidad de contratar más trabajadores, los tipos de cambios menores que no habrían alterado la dinámica para la producción en serie. Imaginó en cambio algo completamente distinto. De repente vio en su cabeza que los autos se movían y que eran los obreros los que permanecían quietos, haciendo cada uno de ellos una pequeña parte del trabajo mientras el coche pasaba de una posición a otra. Días después hizo la prueba y se dio cuenta de lo que perseguía. Al instituirse formalmente en 1914, la fábrica de Ford era capaz de producir un automóvil cada noventa minutos. Al paso de los años, él incrementaría más
todavía este milagroso ahorro de tiempo.
Mientras te esfuerzas por liberar tu mente y darle la fuerza que necesita para alterar su perspectiva, recuerda lo siguiente: las emociones que experimentamos en cualquier momento tienen una influencia extraordinaria en el modo en que percibimos el mundo. Si sentimos miedo, tendemos a ver más peligros posibles en una acción. Si nos sentimos particularmente intrépidos, tendemos a ignorar los riesgos posibles. Así, no sólo alteres tu perspectiva mental; también revierte tu perspectiva emocional. Por ejemplo, si experimentas gran resistencia y muchos reveses en tu trabajo, intenta ver eso como algo muy positivo y productivo. Estas dificultades te harán más fuerte y más consciente de las fallas que debes corregir. En el ejercicio físico, la resistencia es una vía para fortalecer el cuerpo, y lo mismo ocurre con la mente. Aplica una inversión similar a la buena suerte, viendo los posibles peligros de ablandarte, volverte adicto a la atención de los demás, etcétera. Estas inversiones liberarán tu imaginación para ver más posibilidades, lo que influirá en lo que haces. Si ves los reveses como oportunidades, es más probable que vuelvas esto una realidad.