C.2 Experimental Method
C.2.3 Conclusion
3.24 An example of Nyquist Plot with Impedance Vector
La “dirección espiritual” (mejor sería hablar de la “pater- nidad espiritual”, como lo ha hecho la más antigua tradi- ción católica en Oriente y Occidente) requiere, para ser eficaz, una cierta frecuencia, o mejor, regularidad.
1. Hay distintas maneras de concebir la dirección espiri- tual: una de ellas, la que enseña y practica san Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, se distingue claramente del consejo o dirección propiamente dicha, por una parte y, por la otra, de la confesión sacramental (por eso la pater- nidad espiritual podría ser practicada por un laico, como de hecho sucede, en las congregaciones religiosas no sa- cerdotales, por parte del hermano o la hermana superior). Por esta razón de la distinción entre estas tres funciones en la Iglesia, en adelante reservaremos el nombre de “di- rección espiritual” a la que consiste en dar directivas o consejos y siempre que nos refiramos a la que san Ignacio enseña en sus Ejercicios, hablaremos de “paternidad espi- ritual”, reservando al sacerdote la absolución sacramental. 2. Pero ¿qué supone, del “hijo” o la “hija espiritual”, la paternidad espiritual? ¿O qué supone del padre espiritual? Lo dice san Ignacio en estos términos en la Anotación 17: el padre espiritual, “no queriendo pedir ni saber —como lo debe hacer el confesor en el sacramento— los propios pensamientos ni pecados del hijo o de la hija espiritual,
debe ser informado fielmente de las varías agitaciones que los varios espíritus le traen” (EE 17).
El padre espiritual, una vez obtenida del hijo o hija espiri- tual esta “fiel” información, debe descubrirle “las astucias del enemigo de natura humana” (EE 7) y debe “platicarle las reglas de discernir espíritus” (EE 8 ss.).
En otros términos más sencillos, el hijo o la hija espiritual abre su conciencia al padre espiritual (y “conciencia” es, para san Ignacio, no el terreno de los pecados, sino el “campo de una lucha de espíritus”); el padre espiritual puede entonces “ayudar a discernir los efectos del buen espíritu y del malo” (Directorio autógrafo, 19).
3. El tema de la conversación con el padre espiritual es lo que san Ignacio llama “los efectos del buen espíritu y del malo”. Pero ¿cómo conocerlos?
Esos “efectos” son descriptos por san Ignacio en sus reglas “para sentir y conocer las varias mociones —pensamientos, etc.— que en el ánima —o conciencia— se causan” (EE 313).
Por ejemplo, es “efecto del mal espíritu” la imaginación de “delectaciones y placeres sensuales” que tiene por objeto “conservarnos en nuestros vicios y pecados” (EE 314). O bien el “morder y tristar y poner impedimentos, inquie- tando con falsas razones, con el único objeto de que no vayamos adelante” en el seguimiento de Cristo (EE 315). Por el contrario, son “efectos del buen espíritu” el tener “ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud que facilitan y quitan todos los impedimentos para que en el bien obrar vayamos adelante” (EE 315).
Hay, por ejemplo, una “tristeza que produce la muerte” (cf. 2 Cor 7, 10) y que es efecto del mal espíritu: nos desespera, nos deprime, nos encierra en nuestro pecado y no nos lleva a pedirle perdón a Dios nuestro Señor, sino a quedarnos en nuestro pecado. Pero hay una “tristeza según Dios que produce firme arrepentimiento” (2 Cor 7, 9-13), enojo con- sigo mismo, disculpas frente a Dios… y frente a los demás, afectados por nuestro “pecado”.
Las reglas de discernir de san Ignacio nos ofrecen muchas descripciones de uno y de otro efecto (el del buen espíritu y el del malo); la vida de los santos o los apuntes espiri- tuales de personas espirituales nos ofrecen muchos ejem- plos concretos de esta variedad de espíritus, “que vienen de fuera, el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo” (EE 32). Leyendo las reglas de discernir ignacianas y estos “apuntes” y, reflexionando sobre nuestra propia experiencia, iremos cayendo cada día más en la cuenta de esta “lucha interior de espíritus” en nuestra conciencia. 4. Ahora bien, si este es el tema de nuestra conversación con el padre espiritual, ¿cómo prepararnos a ella y cuándo nos conviene conversar?
4.1. Cómo preparar la conversación con nuestro padre espiritual.
Una manera sencilla es escribir.
Hay personas que hacen oración escribiendo. Pero si la oración la hacemos leyendo la Escritura o rezando oracio- nes vocales (salmos… o la Liturgia de las Horas) nos con- viene, después de la oración, ponernos delante de un papel en blanco y escribir lo que recordamos de nuestra oración: los buenos sentimientos que hemos tenido, las “tentacio- nes” que hemos experimentado (distracciones, “broncas”
—por los ruidos que hacen los que nos rodean, etc.—, inte- rrupciones de nuestra oración para escribir algo ajeno al tema de oración o para preparar un trabajo que luego de- bemos hacer…).
Al escribir lo que ha pasado por nuestro interior, nos obje- tivamos y nos vemos a nosotros mismos con más claridad. Lo mismo debemos hacer en nuestros exámenes de con- ciencia, en nuestros retiros mensuales o semanales, etc. Luego, cuando llega el momento de visitar a nuestro padre espiritual, basta tomarse un momento para ver qué, de todo lo que hemos escrito desde la última visita, hemos de decirle en esta nueva visita.
Lo mismo hemos de hacer cada vez que debemos tomar una decisión: en estos casos se debe escribir en un papel las dos alternativas u opciones, entre las cuales debemos decidir (voy… o no voy; acepto tal trabajo que se me ofre- ce… o no lo acepto; hablo con mi superior o superiora, para representar lo que siento… o no lo hago…). Luego, se sub- dividen ambas alternativas u opciones contradicto- rias, de un lado se escribe las razones o mociones a favor y de la otra, en contra. Así:
Voy a… a favor en contra me lo han temo que… pedido… se hace no sabría…
mucho… me capacita para…
No voy a… a favor en contra la otra vez… no desperdicio mi…
Es necesario, antes de escribir, sentir verdaderamente la indiferencia o mejor, la preferencia, a toda costa y cueste lo que costare, por la voluntad del Señor, sea cual fuere mi repugnancia (o inclinación) en contra (o a favor) de cual- quiera de las alternativas: sin esta (mal llamada) “indife- rencia” (porque en realidad se trata de preferir la voluntad de Dios a cualquier sentimiento —positivo o negativo— personal), no conviene escribir nada, porque sería “sospe- choso”.
Luego de haber escrito, hay que tratar de descubrir dónde se manifiesta, más evidentemente, una “tentación”: como se suman las razones a favor de una opción o alternativa y las que están en contra de la otra (y viceversa), no importa dónde se escribe (si a favor de una alternativa u opción o en contra de la otra), sino que todo lo que se nos ocurre quede escrito en una de las dos columnas que se suman. El papel, tal cual se lo ha escrito, hay que llevarlo al padre espiritual, para que controle nuestra decisión. Si la deci- sión es muy importante, conviene, antes de realizarla, consultarla; pero si su realización urge, conviene luego consultarla, para aprender para la próxima vez.
Dicho esto, podemos ya pasar al tema siguiente.
4.2. Cuándo consultar o conversar con el padre espiritual. a. No hay un tiempo matemático (después de dos semanas o de tres, después de un mes o de dos meses) para conver- sar con el padre espiritual: más que la frecuencia, interesa salvar la periodicidad.
b. La periodicidad: al terminar de conversar con el padre espiritual, conviene fijar cuándo se va a tener la próxima
entrevista o conversación. Como en el caso de las “reglas para ordenarse en el comer” (ahora se trata de ordenarse en la periodicidad de la conversación o entrevista espiri- tual), “después de (conversar con el padre espiritual), de- termine (con el padre espiritual la entrevista) por venir y, así, consiguientemente (después de cada entrevista o con- versación); en la cual (fecha por ninguna razón —a no ser que se trate de fuerza mayor— deje de venir”, EE 217). Y “…si es tentado (de diferir la fecha de venir, adelántela)…”: sólo así se acostumbrará a vencer de raíz las “tentaciones” que suelen sobrevenir y que tienden a alargar, más de lo conveniente, los períodos sin conversación o entrevista con su padre espiritual.
c. A veces conviene venir con más frecuencia (o sea, acor- tar el período interpuesto entre una y otra conversación o entrevista espiritual).
Por ejemplo, cuando se ha planteado la necesidad de to- mar una decisión importante, que compromete mucho para el futuro.
O cuando uno no logra echar de sí una tentación dema- siado persistente o se está en período de desolación en cualquiera de sus formas (EE 317)…
Hay que tener muy en cuenta que “el enemigo de natura humana […] se hace como vano enamorado y quiere ser secreto y no descubierto”.
“Cuando el enemigo de natura humana trae sus suasiones y astucias a la ánima justa, quiere y desea que sean recibi- das y tenidas en secreto; mas, cuando las descubre a otra persona espiritual que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa, porque colige que no podrá salir con su malicia comenzada al ser descubiertos —en cuenta de con- ciencia— sus engaños” (EE 326).
En período de desolación, el solo abrir su conciencia ayu- da: el padre espiritual puede ser que no tenga nada que decir que la misma persona desolada ya no sepa de ante- mano, pero el sólo abrirse a otro nos objetiva.
d. Es evidente que la frecuencia de entrevista o conversa- ción espiritual depende mucho de la distancia que separa al padre espiritual de su hijo o hija espiritual, de la facili- dad en combinar una entrevista o conversación de un día para otro, de la facilidad en concretarla. No es lo mismo vivir en la misma casa que vivir a cincuenta kilómetros de distancia.
Pero nunca hay que pensar que se molesta, que se hace perder tiempo, que no vale la pena: suelen ser “razones” de mal espíritu y mejor es que el mismo padre espiritual las dé y no su hijo o hija espiritual. ¡A quien más le interesa diferir la entrevista es al mal espíritu y no al padre espiri- tual!