CHAPTER 7: ANALYSIS OF RESULTS
7.3 Analysis in frequency-time domain
7.3.2 Analysing using Short Time Fast Fourier Transform (ST FFT) Analysis
usan expresiones lingüísticas que sirven para dirigirse la palabra entre sí, para iniciar la conversación o para insinuar cambios de turno, entre otras finalidades. A esas formas lingüísticas se les clasifica como fórmulas de tratamiento y, entre ellas, se encuentran unas de carácter fijo y otras que pueden variar de acuerdo con diversas circunstancias pragmáticas.
Para Líbano (1991), las fórmulas de tratamiento se entienden como:
(…) los distintos procedimientos que emplea la primera persona, llamada también persona locutiva, para dirigirse a la segunda, su interlocutor o persona alocutiva. Dichos procedimientos toman la forma de un pronombre o sintagma nominal, simple o compuesto, y a su vez estos cumplen la función sintáctica de sujeto, por lo que se habrá de considerar su relación con la persona verbal, o de complemento. (p. 107)
En el mundo actual, el lenguaje de los jóvenes se ha caracterizado por sus manifestaciones que tratan de alejarse de las normas tradicionales y establecer su propia jerga. Por lo tanto, es natural que las fórmulas de tratamiento de los adultos, las cuales se originaron como muestras de respeto, cordialidad y buen trato, coherentes con las normas de urbanidad, no sean las preferidas por los adolescentes.
Las variaciones en las estrategias de comunicación de los jóvenes son el reflejo de las profundas transformaciones en las relaciones sociales y familiares de la actualidad, por lo tanto, deben interpretarse teniendo en cuenta factores sociales como la edad, el género, la
clase social, la formación académica y el origen rural o urbano y otros de tipo pragmático como la relación de cercanía-alejamiento, las formas de cortesía o el nivel de formalidad de la conversación.
Es importante recalcar, sin embargo, que los adolescentes se adaptan en sus fórmulas de tratamiento a las circunstancias de cada intercambio verbal. Es así que, en sus conversaciones formales, por ejemplo con docentes, su manera de expresarse es más cercana a la lengua estándar y tratan de evitar el uso de lenguaje jergal. Rodríguez (citado por Rundblom, 2013), sostiene que:
(…) el uso de las diferentes expresiones tiene que ver, entre otras cosas, con la lealtad con el propio grupo. De hecho, los jóvenes elijen diferentes palabras, dependiendo de la situación. De esta manera, se puede mostrar la pertenencia a un cierto grupo, y con la esperanza de identificarse y de diferenciarse de otros, eligen una expresión determinada (p.7).
Es claro, entonces, que los hábitos lingüísticos sufren cambios a medida que se desarrollan las sociedades y que, al interior de los grupos que conforman a cada una de ellas, es esperable que se puedan encontrar algunas variaciones, especialmente en lo relacionado con las fórmulas de tratamiento.
Expresiones fijas. En la mayoría de lenguas, el manejo lexicográfico es la principal
herramienta de comunicación en la creación y adaptación de términos. Y entre ese repertorio de palabras con las que juegan los hablantes, existen algunas que se establecen como unidades lingüísticas fijas. Este fenómeno ha sido propio de cada época histórica, es una situación que se inscribe en el carácter diacrónico de las lenguas.
Entre las expresiones fijas más comunes están los saludos y los apelativos, los cuales también hacen eco de la mutabilidad propia del lenguaje, mostrándose como elementos que son adoptados por los hablantes durante períodos de tiempo más o menos cambiantes,
dependiendo de las variables sociales. Además, los usuarios de cada lengua les van dando un lugar de importancia para sus intercambios comunicativos en razón a causas como la pertenencia grupal, la moda, la necesidad de diferenciarse de otros grupos y la clase de intercambio que se desarrolle en una situación determinada.
Pues bien, en muchas ocasiones esas expresiones fijas son transformadas en su significado, dependiendo de su integración con las intenciones que los hablantes quieran adaptarle a esas palabras o frases. Esta transformación se puede incluir en lo que se denominaría la resemantización de términos, entendida esta como la asignación de nuevos significados y usos que determinado grupo de hablantes le asigna a algunas palabras. Esta resemantización se ve fortalecida por la repetición constante de los nuevos significados en las conversaciones coloquiales. Generalmente ese tipo de cambios semánticos se dan al interior de grupos de jóvenes, ya que ellos son los que en cada época tratan de darle un giro propio al lenguaje que les otorgue el reconocimiento como un grupo delimitado dentro de la sociedad.
Apelativos. En relación con las funciones propias del lenguaje, diversos autores han
propuesto algunas clasificaciones de los actos de habla. Entre ellos, los apelativos se cuentan como los mecanismos que sirven a la función conativa del lenguaje y su objetivo consiste en llamar al otro o captar la atención de alguien. En este ámbito lingüístico se pueden incluir términos que van desde las muletillas y palabras sueltas hasta los insultos y las palabras tabú. La finalidad de estos elementos es la de mantener la relación comunicativa y crear lazos de acercamiento entre los hablantes. Incluso se puede decir que en ocasiones se comportan como manifestaciones de afecto.
De este modo, se puede concluir que los jóvenes juegan con el lenguaje en sus conversaciones, porque logran atribuirle a sus enunciados funciones linguísticas paralelas a las que maneja la teoría de la comunicación, siempre con el fin de hacer más llamativo y original su lenguaje. Para ellos prima lo práctico y directo, las formas linguísticas que les diferencien de los adultos y refuercen su afiliación grupal. Hernández, C. (1995), en su manual de sintáxis, explica respecto a las funciones del lenguaje que:
La conativa viene a coincidir con la impresiva de García Calvo y es algo más extensa que la apelativa de Bülher, por ella tratamos de ganar la atención, el interés del interlocutor, de impresionarle, y aun de condicionarle. Implica, además, la función mágica o de encantamiento. Ejs.: Pedro ¿Sería usted tan amable de ayudarme?. (p.32)
Adicionalmente, es importante reconocer que los apelativos son elementos lingüísticos adyacentes a la oración gramatical, esto es, no son esenciales para el significado del enunciado. Funcionan como vocativos que sirven para iniciar los intercambios comunicativos o para llamar la atención del interlocutor y, en palabras de Camacho (2011), “se caracterizan por evidenciar comportamientos sociales (como ser cortés, adecuado, apropiado, oportuno y sus contrapartes), por lo cual son distintos en las diferentes culturas” (p. 4).
Es de anotar que las formas lingüísticas usadas como apelativos varían de una cultura a otra y de un grupo social a otro, gracias a la diversidad de recursos que se pueden aplicar de acuerdo con las condiciones de cada interacción comunicativa.
Apodos. Los motes o apodos son formas lexicales que se encuentran en todas las
culturas. Hacen referencia a palabras que pueden reemplazar el nombre de las personas, ya sea por relaciones semánticas entre los vocablos, haciendo alusión a cualidades o defectos físicos
o comportamentales sobresalientes, por el uso de hipocorísticos y diminutivos, por analogías con los oficios o trabajos desempeñados por el apodado o sus padres y por la procedencia geográfica de las personas, entre otras razones.
A pesar de tratarse de un fenómeno universal, este hábito lingüístico es más frecuente en grupos humanos que mantienen relaciones de convivencia como por ejemplo en pueblos pequeños, lugares de trabajo, colegios y escuelas, tal vez gracias al conocimiento entre las personas que se puede generar al compartir una ocupación durante la mayoría del tiempo. Por lo tanto, el surguimiento de los apodos es impulsado por necesidades y condiciones sociales que promueven su aparición.
En cuanto a los efectos a que dan lugar los sobrenombres, Suárez (2009) reconoce que:
El apodo puede ser aceptado o rechazado por el designado; depende de la buena o mala intención de su creador y de sus multiplicadores, ya que puede hacerlo sentir halagado o ridiculizado ante un grupo social. El grado de aceptación o rechazo depende de sus valores y de los de la comunidad a que pertenece, teñido de cierta coloración emotiva, humorística, sarcástica o grosera que el hablante le imprime. (pp. 53-54)
Los motes son usados en diversos ambientes, incluyendo las relaciones familiares, amistosas, deportivas, educativas, laborales o vecinales. La atribución del sobrenombre no está regulada por ningún tipo de norma social, es así que todo tipo de personas, sin importar su rango, nivel de respeto o posición, es susceptible de ser apodado. Un ejemplo claro de esta circunstancia se encuentra en los medios masivos de comunicación en donde salen a la luz pública los motes de personas importantes o famosas. Una de las características de este mecanismo sociopragmático es que, generalmente, cuando son rechazados abiertamente por el afectado, suelen consolidarse con mayor fuerza y acompañar a su “propietario” por siempre.
Por todo lo anteriormente expuesto, establecer una tipificación del apodo sería una tarea muy compleja, porque además de las motivaciones expuestas hasta aquí para la creación de los sobrenombres, pueden darse muchas otras difícilmente clasificables, debido a la riqueza de la lengua y la flexibilidad morfológica propia de la mayoría de lenguas. Es posible, por ejemplo, que una situación social o lingüística momentánea dé lugar a la creación de un apodo que no atienda a una motivación lógica.
En cuanto a los jóvenes, es común en sus conversaciones espontáneas el uso de sobrenombres, originados por motivaciones diversas y que no hacen distinción entre vocablos con connotaciones que van desde la descripción física o comportamental del oyente hasta alusiones ofensivas en relación con defectos, oficios subvalorados o equivocaciones en situaciones específicas. En su propuesta de taxonomía de la cortesía, Bernal (2007) incluye la cortesía de grupo, relativa a actividades conjuntas que fortalecen la unión. Como subdivisión, la autora plantea la descortesía no autentica:
Una subdivisión es la que hemos denominado descortesía no auténtica ya que la apariencia de descortesía al usar palabras soeces, insultos, apodos denigratorios, dirigidos al interlocutor no tienen en esa situación efecto negativo, sino que se orienta a fomentar la afinidad y solidaridad entre los participantes. Su uso descansa en una relación de confianza y en un alto grado de cercanía interpersonal. (p.202).