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Analysis of Correctness and Running-Time

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7.2 Treap: A Randomized Binary Search Tree

8.1.1 Analysis of Correctness and Running-Time

Hemos señalado que santo Tomás comprende el tema de la connaturalidad como una semejanza o conveniencia con la natu- raleza, la cual se da propiamente, a nivel natural, con las virtu-

des morales17

. Sin embargo, no se da la connaturalidad en las virtudes morales en tanto que morales, sino según que son virtu- des o hábitos en estricto sentido. Ahora bien, ¿podemos hablar de connaturalidad en las virtudes intelectuales por ser estas tam- bién virtudes?

Anteriormente se expresó que las virtudes intelectuales son virtudes secundum quid, en tanto que no perfeccionan al hombre absolutamente, sino que sólo a la facultad judicativa para la consecución de su objeto propio, la verdad, tal como dice el Aquinate con relación a las virtudes intelectuales especulativas: “Como toda virtud se dice en orden al bien, según se ha dicho anteriormente, se puede decir que un hábito es virtud por dos razones, como se ha dicho también anteriormente: una en cuanto que confiere facultad de obrar bien; otra, en cuanto que, además de la facultad, confiere el buen uso. Y esto, según se ha dicho anteriormente, es exclusivo de aquellos hábitos que afectan a la parte apetitiva, ya que es la parte apetitiva del alma la que hace usar de todas las potencias y de todos los hábitos. Por consi- guiente, como los hábitos intelectuales especulativos no perfec-

16 Cfr. S.Theol. I-II, q. 66, a. 3, c. 17 Cfr. Ibid, q. 49, a. 2, c.

II. 2. Connaturalidad de los hábitos intelectuales 151

cionan ni conciernen en modo alguno a la parte apetitiva, sino tan sólo a la parte intelectiva, pueden llamarse, ciertamente, virtudes en cuanto que confieren facultad para una buena opera- ción, que es el conocimiento de la verdad (pues esto es la buena obra del entendimiento); pero no son virtudes en el segundo sen-

tido, como si confiriesen usar bien de la potencia o del hábito”18

. Y también cuando se refiere a la virtud intelectual del arte, afirma que “el arte no es otra cosa que la recta razón de algunas obras que se han de hacer, cuya bondad, sin embargo, no con- siste en que el apetito humano se haya de un modo determinado,

sino en que la misma obra que se hace sea buena en sí misma”19

. Por tanto, mediante las virtudes intelectuales especulativas y el arte, no se puede alcanzar el nivel de connaturalidad al modo que lo alcanzan las virtudes morales.

No obstante, existe un cierto grado de connaturalidad alcan- zado por la virtud intelectual. Pues, en tanto que virtud, connatu- raliza al sujeto con el objeto de la potencia por el hábito de la virtud. En efecto, si comparamos el hábito de ciencia con el de la templanza, evidentemente que el primero no obtiene una con-

18 “Cum omnis virtus dicatur in ordine ad bonum, sicut supra dictum est,

duplici ratione aliquis habitus dicitur virtus, ut supra dictum est, uno modo, quia facit facultatem bene operandi; alio modo, quia cum facultate, facit etiam usum bonum. Et hoc, sicut supra dictum est, pertinet solum ad illos habitus qui respiciunt partem appetitivam, eo quod vis appetitiva animae est quae facit uti omnibus potentiis et habitibus. Cum igitur habitus intellectuales speculativi non perficiant partem appetitivam, nec aliquo modo ipsam respiciant, sed solam intellectivam; possunt quidem dici virtutes inquantum faciunt facultatem bonae operationis, quae est consideratio veri”. S.Theol. I- II, q. 57, a.1, c.

19 “Ars nihil aliud est quam ratio recta aliquorum operum faciendorum.

Quorum tamen bonum non consistit in eo quod appetitus humanus aliquo modo se habet, sed in eo quod ipsum opus quod fit, in se bonum est”. Ibid. a. 3, c.

naturalidad expresada en un tipo de conocimiento como en el caso de la templanza, pues la ciencia implica un perfecto uso de la inteligencia, no estando presente así el apetito según se dijo más arriba. Sin embargo, el sujeto igualmente logra alcanzar los objetos propios de la inteligencia que son, a la vez, convenientes a la potencia. De modo que, por más que el hábito intelectual no logra el nivel de conveniencia con la naturaleza que se alcanza mediante la virtud moral -la cual conviene y connaturaliza al hombre a tal nivel, que lo mueve al acabamiento de su natura- leza, poseyendo así, en un orden cada vez mayor, el fin último al

que está ordenado, la felicidad-20

, de igual forma obtiene una connaturalidad con el objeto de la potencia.

En síntesis, por la virtud intelectual es posible concebir un grado de connaturalidad, precisamente porque a través de ella la potencia alcanza el objeto que le es natural y, por tanto, también al hombre, aunque no lo perfeccione en su totalidad. Mientras la causa de la connaturalidad en el caso de la virtud moral está dada por el apetito recto que mira al bien en sí mismo, en el caso de la virtud intelectual, viene por el perfecto uso de la razón que ve el bien de la facultad, no connaturalizando por tanto al hom- bre con el bien en general.

Una comparación que explica lo anterior la podemos tomar del caso de la virtud de la valentía. En efecto, el valiente obra bien por juzgar rectamente sobre lo que debe hacer, debido al apetito recto. Así, cuando al valiente se le propone una opera- ción temeraria, se rehúsa no porque tenga razones producto de una deducción especulativa, sino porque el bien que le proponen no es el que se le presenta a su razón con apetito recto. Mientras que, por otro lado, en el caso del profesor de ética que tiene ciencia sobre lo que es la valentía, cuando le proponen un acto

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temerario, puede juzgar que no corresponde realizarla por razo- nes obtenidas por el hábito de la virtud intelectual de ciencia moral, el cual ha perfeccionado a su entendimiento para que con facilidad y prontitud vea su objeto, y así llegar a la conclusión de que la temeridad no es parte de la valentía, sino su vicio opuesto; no obstante pueda ceder y querer realizar dicho acto temerario por más que haya juzgado previamente que no está bien. Para ello, el profesor que tiene la virtud intelectual de cien- cia, requiere de la virtud moral, la cual le proporcionará un jui- cio práctico bueno por el perfeccionamiento que le entrega la posesión del apetito recto, convirtiéndose así en imperativo para

la acción21

.

En definitiva, si se observa lo fundamental del conocimiento por connaturalidad, a saber, su dimensión afectiva, entonces a la virtud intelectual no se le puede calificar como poseedora de dicho conocimiento, ya que sus objetos no son obtenidos por connaturalidad, cuestión reservada solo a la virtud moral y do- nes del Espíritu Santo. Sin embargo, si hablamos de la connaturalidad, es decir, conformidad con la naturaleza, que se alcanza mediante una y otra, entonces sí se puede establecer la existencia de una semejanza análoga al modo en que se distin- gue la virtud moral de la intelectual en tanto que virtud, pu- diendo afirmar, en consonancia a lo anterior, que mediante la virtud moral se logra una connaturalidad total, pues toda su naturaleza se ve perfeccionada, mientras que con la virtud inte- lectual, una connaturalidad secundum quid.

Con todo, al tratar el hábito intelectual de sabiduría, el tema de la connaturalidad adquiere un rol específico.

21 Para una consideración acabada sobre este tema, confróntese ENRÍQUEZ

GÓMEZ, M.T., De la decisión a la acción. Estudio sobre el Imperium en

CAPÍTULO III

HÁBITO DE LA RAZÓN TEÓRICA: SABIDURÍA

Para el objeto de esta investigación nos referiremos exclusivamente a los hábitos intelectuales de orden teórico y, específicamente, al de sabiduría. Desde el análisis de esta úl- tima, nos referiremos a las otras dos, a saber, al intellectus y a la ciencia.

Dice santo Tomás que los hombres son llamados sabios no en cuanto que son, sino en la medida que éstos poseen hábito, es

decir, una perfección adquirida1

. En efecto, siguiendo a Aristóte- les, comprende que la sabiduría, además de ser un don del Espí- ritu Santo, es un hábito que perfecciona a la inteligencia y,

específicamente, a su dimensión teórica2

.

Ahora bien, el origen del hábito de sabiduría se halla en el en-

tendimiento agente: “la sabiduría humana es la que se adquiere

al modo humano, es decir, por la luz del intelecto agente”3

. Su modo de hallarse, al igual que como ocurre con los hábitos en general, es como cualidad. Dice el Aquinate que la sabiduría en

1 Cfr. De Veritate. q. 21, a. 2, ad. 8.

2 Cfr. S.Theol. I-II q. 50, a. 4, c. También podríamos referirnos a la prudencia

como sabiduría práctica, pero tomaremos las nociones formales de sabiduría, pues a la prudencia, formalmente santo Tomás la llama prudencia,

3 “Habetur Luc. II, quod Iesus proficiebat sapientia et aetate et gratia, apud

Deum et homines. Et Ambrosius dicit quod proficiebat secundum sapientiam humanam. Humana autem sapientia est quae humano modo acquiritur,

las creaturas intelectuales es una cualidad y, por ello, pertene-

ciente a la categoría de accidente4

, distinguiéndose así realmente del ser del ente intelectual. “Por esto es que santo Tomás duda de que sea correcto decir que Dios posee esta cualidad, porque la sabiduría indica cierta receptividad a lo sabido, es decir, es un

método relativo a un tema, mientras que el ser divino no es rela-

tivo a nada, sino subsistente, idéntico. Con todo, ello no indica

que Dios no sea sabio. Dios es la sabiduría, no la tiene”5

. En efecto, el problema no está en la sabiduría misma atri- buida a Dios, sino al modo de referirse a ella como algo ageno a su ser: “cuando le damos al hombre el nombre de sabio, estamos expresando una perfección distinta de la esencia del hombre, de su capacidad, de su mismo ser y de todo lo demás. Pero cuando este nombre se lo damos a Dios, no pretendemos expresar algo

distinto de su esencia, de su capacidad o de su ser”6

. Dios no

4 “Praeterea, secundum accidens non potest esse aliquid simile substantiae.

Sed sapientia in creatura est accidens, in Deo autem est substantia. Ergo homo non potest divinae sapientiae similari per suam sapientiam”. De

Potentia. q.7, a.7, sc.5; “quidquid praedicatur de aliquibus secundum idem

nomen et non secundum eandem rationem, praedicatur de eis aequivoce. Sed nullum nomen convenit Deo secundum illam rationem, secundum quam dicitur de creatura, nam sapientia in creaturis est qualitas, non autem in Deo; genus autem variatum mutat rationem, cum sit pars definitionis. Et eadem ratio est in aliis”. S.Theol. I q. 13, a. 5, sc.

5 SELLÉS, J.F., Los hábitos intelectuales según Tomás de Aquino, ed. cit., p.

564-565.; Cfr. S.Theol. I q. 28, a. 2, ad. 3., De Potentia. q. 8, a. 4, ad. 6., In I

Sent., dist.2, q. 12, sc.1 y c.

6 “Cum hoc nomen sapiens de homine dicitur, significamus aliquam

perfectionem distinctam ab essentia hominis, et a potentia et ab esse ipsius, et ab omnibus huiusmodi. Sed cum hoc nomen de Deo dicimus, non intendimus significare aliquid distinctum ab essentia vel potentia vel esse ipsius.”.

II. 3. Hábito de la razón teórica: sabiduría 157 tiene la sabiduría, como si hubiese obtenido una virtud, sino que es sabiduría, pues es el supremo entendimiento7

.

Santo Tomás se refiere en varias ocasiones a la sabiduría como ciencia, más no como una más dentro de la diversidad que podemos hallar según se distinguen por su objeto, sino que la

comprende como la más alta8

, identificándola así con la filosofía

primera o metafísica9

. Así, siendo ciencia de lo más alto, su cre- cimiento se manifiesta en la medida que cuanto más crece tanto

más verdad conoce10

. De este modo, santo Tomás, uniendo todo lo anterior, define a la sabiduría como ciencia y entendimiento

de lo que por naturaleza es más perfecto11

. Pero no es nous y

episteme por yuxtaposición ni por identidad, sino por elevación

o eminencia, pues el hábito de sabiduría supera la perfección del intelecto y de la ciencia, pues permite que se conozcan los principios y conclusiones con un nivel de profundidad mayor

debido a su objeto12

. Por eso el Aquinate afirma: “la sabiduría, en cuanto dice la verdad sobre los principios, es intelecto; pero en cuanto conoce lo que se concluye a partir de los principios, es

ciencia”13

.

7 Cfr. S.Contra Gentes. I, L. 1, c. 1, n. 4.

8 Cfr. S.Contra Gentes. I, L. 94, n. 2. Este tópico lo desarrollaremos más

adelante en el capítulo sobre la eminencia de la sabiduría.

9 Cfr. In Metaph. I, l. 3, n. 2.

10 SELLÉS, J.F., Los hábitos intelectuales según Tomás de Aquino, EUNSA,

Pamplona, 2008, p. 566.

11 “Scilicet quod sapientia sit scientia et intellectus, ut prius dictum est, non

circa quaecumque, sed circa honorabilísima”. S. L. Ethic. L.6, l. 6, n. 7

12 MOYA C., P., El principio del conocimiento en Tomás de Aquino, EUNSA,

Pamplona, 1994, p. 206.

13 “Sapientia, inquantum dicit verum circa principia, est intellectus;

inquantum autem scit ea quae ex principiis concluduntur, est scientia”. S. L.

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