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4. THE MICRO CONTEXT: THE URCSA KWAZAKHELE

4.11 ANALYSIS OF THE INTERVIEWS

Los grandes escritores que vivieron entre el siglo IV y el siglo VII, final de la época patrística, prolongan la predicación moral de los siglos anteriores, pero, como es lógico, comienzan a estructurar el estudio sistemático de la teología moral. Lo llevan a cabo mediante comentarios a la Escritura y con la ayuda que les presta el pensamiento ético greco—romano. Más en concreto, Platón, la doctrina neoplatónica, los estoicos y Cicerón son los autores paganos a los que acuden para esclarecer sus enseñanzas. Tres grandes Padres de Occidente, San Ambrosio, San Agustín y San Gregorio Magno escriben incipientes tratados de Moral. Por su parte, San Basilio, San Cirilo de

Jerusalén y San Juan Crisóstomo, entre otros, alientan a la santidad en Oriente y aportan principios doctrinales que ayudan a estructurar la ciencia moral.

1. San Ambrosio (U 397)

Su obra De officiis, con el mismo título del libro de Cicerón, es considerada como el primer manual de teología moral que aúna la doctrina moral y la aplicación práctica. El obispo de Milán pretende señalar el recto cumplimiento del oficio, principalmente, de los clérigos de su diócesis, pero el contenido rebasa ese objetivo.

El desarrollo doctrinal tiene distintos puntos de fuerza. En primer lugar, el estudio de las virtudes naturales, que el santo Obispo eleva con la consideración doctrinal del Antiguo Testamento y sobre todo muestra esas virtudes en los grandes personajes bíblicos. Así estudia la modestia", la paciencia —por oposición a la condena de la pasión de la cólera "— y las cuatro virtudes cardinales. Estas virtudes las vivieron los grandes patriarcas, a quienes deben imitar los obispos y presbíteros.

El libro II lo dedica a consideraciones sobre la honradez y la vida moral. La bondad moral conduce a la virtud "en todo estado y momento". Y nuevamente se detiene en la consideración de las virtudes de la justicia, la generosidad, la hospitalidad, el "honor eclesiástico", y la fustigación de la avaricia, acompañado todo con consejos morales a los clérigos.

El libro III estudia las categorías de lo "bueno" y lo "útil", que constituyen la otra línea de fuerza que dirige su doctrina moral. Son cuatro los conceptos que analiza el gran obispo milanés: "decorum", "honestum", "utile" y "turpe". Pero la simple enumeración del uso de estos vocablos muestra que San Ambrosio se interesa más por el bien que por el mal. Lo testifica la frecuencia con que emplea cada uno de estos vocablos. Así, "honestum—decorum" aparece 118 veces; "utile", 53 y "turpe" se menciona en 21 ocasiones".

La moral de San Ambrosio está fundamentada en dos fuentes: la razón y la Revelación. En el desarrollo racional depende de la filosofía de Cicerón en su obra De officiis, tanto en la doctrina sobre las virtudes, como en su concepción de la ley natural, la que denomina "quaedam vox naturae". Pero todo ello lo reviste de una abundante exégesis del Antiguo Testamento. Es de destacar la importancia que adquiere la doctrina veterotestamentaria en sus escritos. Pero tal exégesis tiene la ventaja de presentar una vida moral encarnada en distintas personas del Antiguo Testamento.

Tampoco falta la fundamentación cristológica. Se ha puesto de relieve cómo la consideración moral ambrosiana se fundamenta por igual en la grandeza de Dios y en la cristología, si bien la fundamentación cristológica es la más acentuada . 93

Mención aparte merece la doctrina sobre el pecado y la praxis penitencial. San Ambrosio es un testigo de excepción acerca de la conversión y la penitencia, tal como se practicaba en su diócesis. El pecado lo define como "el abandono del hermoso y pulcro conocimiento de Dios con la intención de convertirse a lo corporal y terreno". Distingue entre pecado mortal y venial con diversos términos contrapuestos: "levia", "leviana", "humanae infirmitatis" y "gravia", "graviora", "gravissima", "maxima" o "letalia" y "mortalia".

Contra Novaciano afirma la universalidad del pecado: nadie, incluidos los niños, están inmunes del mal". El pecado se debe a la "fragilitas humana", frase tan repetida en sus escritos.

Según Marchioro, el desarrollo de la penitencia en Milán se basaba en estos supuestos y seguía un esquema muy concreto:

— La penitencia es un "misterio" equivalente a "sacramento", término que usa San Ambrosio referido a la Eucaristía;

— El ministro es sólo el "sacerdote", es decir, el obispo;

— Su objeto son los pecados graves cometidos después del bautismo; — El primer acto de la penitencia pública es la confesión de los pecados;

— A la confesión sigue la satisfacción por medio de la expiación propuesta por el obispo;

propósito de conversión.

Como pastor de almas, San Ambrosio dedicó también su solicitud pastoral a la situación socio— política de su tiempo. En sus escritos se encuentra abundante doctrina moral referida a los diversos problemas de la sociedad de aquella época".

2. San Agustín (354—430)

Al igual que en todo el campo de la teología, también en la doctrina moral la influencia de San Agustín fue decisiva, en especial en la Iglesia de Occidente. Su aportación al estudio de la ética teológica ha sido estudiada en diversas monografías.

Ante la imposibilidad de exponer aquí su doctrina en el ámbito de la teología moral, procederemos a enunciar de modo sintético algunas aportaciones más destacadas:

a) S. Agustín no ha elaborado lo que hoy denominamos un Manual de Teología Moral. Pero sí ha escrito tratados enteros sobre capítulos muy específicos de esta disciplina. Por ejemplo, Enchiridion sive de fide spe et charitate; Contra mendatium; De mendacio; De patientia; De continencia; De bono coniugali; De bono viduitatis; De sancta virginitate; De agone christiano; Speculum, etc.

De modo semejante, la ausencia de un escrito específico de Moral Fundamental se suple con tratados relacionados con esta materia: De libero arbitrio; De fide et operibus; De cathechizandis rudibus; De moribus ecclesiae catholicae, etc. Asimismo, su extensa sección de Cartas contiene una moral casuística, como respuesta a las más diversas cuestiones que se le proponen.

b) No es difícil encontrar en Agustín una idea central de su teología moral. Como es obvio, no se planteó el tema de modo expreso, tal como se delineará en época posterior; pero cabe situar su punto focal en el amor. En efecto, en la caridad cristiana parece concluir la acción moral del creyente. Incluso en el tratado de las virtudes morales, tal como se estudiaban en el trasvase de la moral aristotélica a la cristiana, San Agustín considera las cuatro virtudes bajo el prisma de la caridad:

"De modo que la templanza es amor, pues guarda el yo entero e incorrupto para el Amado. La fortaleza es amor y lo soporta todo con alegría para obtener al Amado. La justicia es amor y sirve únicamente al Amado. La prudencia es amor y discierne sabiamente lo que ayuda al amor y lo que le obstaculiza".

c) Ese amor cristiano abarca por igual a Dios y al prójimo. A este respecto, los textos son tan numerosos como matizados. El amor a Dios representa la cima de las virtudes, lo expresa así: "La virtud no es otra cosa que el más alto amor a Dios". Y el amor al prójimo parece ser la norma suprema del actuar, expresado en la repetida sentencia "Ama y haz lo que quieras", que alcanza la síntesis de ese amor, en sí uno, pero dirigido a un doble objeto [104. "Se le impone un solo breve precepto: ama y haz lo que quieras, pues si callas, callas por amor; si corriges, lo haces por amor; si perdonas lo haces por amor; la raíz de todo es el amor". In Epist Io, 1,15,25. PL 32, 1332. Si bien ha de entenderse, tal como ha sido formulado por el Santo. El término que emplea es "dilige". Se trata, pues, de un amor "elegido" y, en consecuencia, un amor con discernimiento de "qué" y a "quién" se ama. Como escribe Häring: "No es el amor desestructurado o agnóstico que Joseph Fletcher y otros extremistas de la moral de situación tienen en su cabeza". B. HAERING, Libertad y fidelidad en Cristo, o.c., 1, 58.].

d) Los finos análisis psicológicos, en los que sobresale toda su obra, se repiten con especial riqueza en el campo del actuar moral del hombre. El rigor y, al mismo tiempo, la consideración con que juzga sus experiencias personales en las Confesiones, sirven de criterio para juzgar la conciencia del hombre pecador. En este sentido, S. Agustín advierte especialmente acerca del cuidado del interior del hombre, que es el lugar donde se combaten los grandes conflictos morales. Como escribe Mausbach, en el acto moral, tal como lo estudia San Agustín, "lo más importante no son los actos exteriores, sino la disposición moral del corazón". Las grandes aspiraciones morales encerradas en el interior del hombre han sido subrayadas por este santo, experto en el conocimiento del corazón humano.

e) Pero, como es lógico, San Agustín contiene una doctrina acabada sobre la importancia de la norma y la obligación de cumplirla. En este sentido, es decisiva su teoría acerca de la ley eterna. La teología moral agustiniana tiene más en cuenta la ley eterna que la ley natural. En esto se deja sentir

la influencia griega (platónico), por encima de la ley natural del derecho romano. La ley eterna significa el querer de Dios. De aquí que su planteamiento cabe formulario del modo siguiente: ¿Cómo conformar lo vivido por el hombre con lo pensado por Dios?

"La originalidad de semejante construcción consiste en haber colocado el problema ético, el problema del obrar rectamente, en el marco de la relación entre lo pensado (ley) y lo vivido, entre el bien y la historia tanto personal como universal. La estructura neoplatónica de su pensamiento lo arrastraba a esta formulación del problema ético como "problema" de "elevación, por encima de las cuestiones que se ventilan en los días de trabajo" (lo cotidiano), como esfuerzo por adecuar lo vivido con lo pensado, el obrar con la ley ideal".

f) A partir de San Agustín, el problema moral se dilucida entre la conciencia personal y la ley eterna, o sea, el querer de Dios. Aquí enlaza con el núcleo neotestamentario del "cumplimiento de la voluntad del Padre". Así entendida, la ley eterna agustiniana juega con ventaja a favor de la sensibilidad actual en el estudio de la moral, dado que esa ley no es sólo la ley escrita en la naturaleza del hombre (ley natural), sino y sobre todo el querer de Dios revelado en la Ley Antigua y concretado en la Ley de la Nueva Alianza. Ley de Dios y voluntad divina se identifican en la doctrina de San Agustín. A ello cabe añadir el aliento bíblico de sus exposiciones, tan alejado de la racionalización de algunas filosofías éticas posteriores.

g) Tema central en su doctrina moral es la relación entre "gracia y libertad", que mereció tanta atención en sus escritos. Agustín vuelve, reiteradamente, sobre este tema, bien sea suscitado por planteamientos dogmáticos, como motivado por exigencias morales. En este punto la síntesis alcanzada por San Agustín se ha considerado como una verdad permanente para la teología moral. Por eso, la realidad del pecado es un hecho concreto que se ventila en el actuar del hombre en oposición a la gracia que Dios le concede. Con la teología agustiniana, los excesos mantenidos desde posturas extremas: maniqueos y pelagianos, quedan eliminados. Por el contrario, la realidad del pecado, la ayuda de la gracia, la conversión y la condenación tienen una explicación coherente.

h) Referencia especial merece la consideración cristocéntrica de la existencia cristiana en orden a la vida moral. La calificación cristológica, tan expresa en la teología agustiniana, no decrece en la fundamentación de la vida moral. La conducta del hombre tiene un punto de referencia claro: la vida de Jesús. El cristiano es un seguidor de Jesucristo. Es un tema reiterado en sus sermones: "Cristo ha venido para cambiar nuestro amor, para hacer de nuestro amor terreno un amor de amigo y de vida celestial... Dios ha creado al hombre para hacer divinizar a los hombres". El cristocentrismo moral deriva a su vez de sus consideraciones sobre la "Ley nueva".

i) También el tema del fin último del hombre y de su existencia posmortal aparece subrayado en la consideración ética. Aquí se inicia uno de sus temas centrales: el orden, que le ha preocupado toda su vida.

Como escribimos en el Capítulo XII, la idea central de la moral agustiniana es la tensión entre el "usar" y el "disfrutar". San Agustín escribe: "Toda perversión humana consiste en pretender usar aquello que hay que gozar, y en gozar aquello que se debe usar". Por este motivo, la moralidad de las acciones humanas en la doctrina de San Agustín se ventila en la orientación finalista de la existencia. Cuando el hombre se separa del fin y "goza" de las cosas que sólo ha de "usar", se inicia la pendiente hacia el camino de la "perversión" moral.

En resumen, en la doctrina agustiniana la teología moral alcanza a intercalar todos los saberes que en ella concurren. Como escribe Mausbach:

"San Agustín es en la Moral cristiana la figura de mayor importancia (de este tiempo), y no sólo por el número de sus notables escritos.... sino porque estudió de manera profundísima la naturaleza filosófica de la moralidad, la esencia de la Moral cristiana sobrenatural, y la realidad psicológica y ascética de los ideales morales. Ofrece además luminosas sugerencias tanto para la mística como para la casuística".

3. San Gregorio Magno (540—604)

Cabe cerrar este período en Occidente con el gran Papa S. Gregorio Magno. La doctrina moral del Papa Gregorio es tanto teórica como práctica, si bien ni la doctrina se convierte en especulación ni la práctica se agota en la casuística. 112

En sus escritos abundan las exhortaciones, pero no faltan tampoco las definiciones. Es generoso en el uso de las sentencias y en el juego de palabras que expresan un alto valor moral, pero también es rico en conceptos. Hace uso de los argumentos de razón, pero apela con más frecuencia a los datos y pruebas de la Escritura.

La moral de San Gregorio no es tampoco una exposición casuística, sino una enseñanza personal: es el magisterio de pastor que guía a sus fieles, muy pegado al hombre concreto de su tiempo. Por eso, en sus escritos abundan las respuestas a cuestiones muy precisas que le proponían los obispos u otras personas de la época.

Cabe aún añadir que la obra moral del Papa Gregorio sobresale tanto por la síntesis entre la exposición racional y la exégesis científica, como por proponer modelos concretos de conducta ética. En este sentido, deben ser consideradas sus dos obras de marcado carácter moral: Moralia in Job y De cura pastorali.

Moralia in Job pretende realzar la figura de este personaje bíblico; pero no se queda en la exaltación de Job, sino que trasciende el modelo, y, con ocasión de los ejemplos de su vida, expone la síntesis de la existencia cristiana. Pues como repite con ocasión de interpretar la Escritura, no es suficiente escuchar y conocer la palabra de Dios, más bien es preciso llevarla a la vida, dado que la lectura de la Escritura no es sólo para conocerla, sino para practicarla:

"Escondemos la palabra en el centro del corazón, cuando sus mandatos los cumplimos en las obras". Y pone por ejemplo a la Virgen que "consideraba los acontecimientos en su corazón", y comenta: "si estas palabras pasan a los actos, se cumplen de verdad y el alma no sólo se eleva interiormente, sino también en el exterior".

Como pastor experimentado incita siempre a actuar, contraponiendo el "scire" y el "facere". Como escribe Dagens, "el término "moralia" indica que es necesario meditar la Escritura para encontrar en ella los modelos de la vida cristiana, con el fin de que esta meditación ayude a la conversión y santificación personal". O como afirma Gillet, "Moralia es una meditación sobre el ejemplo de Job que, a lo largo. de sus tres libros, intenta proponer los debates de la vida cristiana".

Una tesis fundamental que subyace a su doctrina moral es la vocación especial a la que el hombre ha sido llamado y su condición de ser hecho a imagen de Dios. Esa imagen se desdibuja por el pecado: es como la dracma perdida por la mujer.

En el comentario al Cantar de los Cantares distingue tres formas de vida: la vida moral, la vida natural y la vida contemplativo, que quiere descubrir como tesis fundamental de tres libros del Antiguo Testamento: los Proverbios, el Eclesiástico y el Cantar de los Cantares. Esos tres órdenes de vida lo habían apuntado ya los griegos, pero la Revelación los aventaja, prueba de ello son los tres Patriarcas que logran encamarlas: Abraham, Isaac y Jacob. En la exposición de la moral cristiana esos tres modelos quedan superados por la vida de la gracia, de la cual están adornados los bautizados.

Por esta condición de cristianos, las mismas virtudes cardinales tienen un aliento especial. San Gregorio habla de cierta "infusión en el corazón" del cristiano de esas cuatro virtudes. En otro texto comenta en sentido alegórico los siete hijos de Job y compara las virtudes teologales con las tres hijas y las cardinales se corresponderían con los cuatro hijos. Al tratar de las virtudes, el Papa Gregorio las sitúa como fruto de los dones del Espíritu Santo.

La vida cristiana es una reciprocidad entre la libertad y la gracia. El hombre ha de cooperar con el ejercicio de su libertad, de forma que pueda decir como San Pablo: "En mí la gracia no ha sido inútil". Son frecuentes y alentadoras las llamadas a la lucha contra las pasiones:

"La fortaleza de los justos es vencer la carne, oponerse a las propias voluptuosidades, extinguir la delectación de la presente vida, amar las asperezas de este mundo en favor del premio, superar las adversidades".

Capítulo importante de su moral es el tratado sobre el pecado. El pecado tiene un origen común: la rebelión original a instancias del demonio. Pero, más en concreto, las pasiones humanas nacen de la soberbia, que da origen a los siete pecados capitales: "la vanagloria, la envidia, la ira, la tristeza, la avaricia, la gula y la lujuria" "6. A continuación, el papa Gregorio cataloga los pecados que se originan en cada una de esas pasiones:

"De la vanagloria nacen la desobediencia, la jactancia, la hipocresía, los líos, la pertinacia, la discordia, la presunción; de la envidia, el odio, la murmuración, la delectación, la alegría en el mal ajeno, la aflicción en la propia prueba; de la ira, las riñas, la soberbia intelectual (tumor mentis), las contumelias, la indignación, la blasfemia; de la tristeza, la malicia, el rencor, la pusilanimidad, el desaprecio, la torpeza para los preceptos, la divagación de la mente; de la avaricia, el fraude, la falacia, el perjurio, la inquietud, la violencia, la dureza de corazón; de la gula, la loca alegría, la