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El problema de la referencia nos remite ineludiblemente a la noción de nombre propio (NP). Esta noción fue ignorada por la lógica aristotéli- ca; aparecida con los estoicos, es objeto, en los filósofos medievales, de una concepción particular con la suposición discreta. El NP no se com-

porta como el nombre común. Si, como lo hace notar Anselmo de Cantor- béry, en su De grammatico, "Gramático no remite a la gramática sino al hombre, y no significa el hombre sino la gramática", entonces, en el NP, la appelatio y la significatio coinciden. En el sistema de Beauzée, y en toda la lógica clásica, el NP se definía como el punto donde la extensión es mínima y la comprensión es máxima:

[15] la latitud de la amplitud de los nombres propios [...] es la más restringida que sea posible [...] en consecuencia la comprensión de estos nombres es, por el contrario, la más compleja y la más grande [...], no es posible agregarle una idea parcial .

Ahora bien, una teoría semejante es difícilmente defendible: dado que existe un número potencialmente infinito de individuos capaces de re- cibir un nombre, sería necesario que la comprensión de estos nombres sea infinita; la aserción de la existencia de una individualidad se transforma- ría, así, en la aserción de que existe un individuo único que satisface una infinidad de predicados. Se puede preferir, entonces, la concepción de J. Stuart Mill, que, en su Système de logique (1843), sostiene que los NP tie- nen una denotación pero no una connotación, entendiendo por ello que no tienen sentido o, también, que tienen un individuo por extensión, pero no comprensión. Esta es una cuestión que ha dado mucho que hablar en la tradición anglosajona contemporánea. Allí volvemos a encontrar las dos posiciones, de Beauzée y de Mill. Unos sostienen que los NP son equivalentes a descripciones o, más débilmente, a conjuntos de des- cripciones. Podríamos entonces, utilizando las descripciones, eliminar los NP de una lengua cualquiera. Esto es lo que hace Quine para empo- brecer su ontología, aunque utiliza, cuando no tiene una descripción clara a su alcance, técnicas totalmente artificiales (así Fido puede ser glosado "el x que satisface la propiedad de fidoidad"). Los otros (M. Devitt, K. Donellan, S. Kripke2, especialmente) sostienen que los NP son designadores rígidos, y tienen de ellos una concepción llamada "causalista" . En presencia de un acto de denominación ("bautismo ini- cial", según Kripke), las personas que tienen una percepción directa de

1. Si no o i) el NP no es considerado como un NP (el rico Lúculo, es decir, aquel entre los Lúculo que es rico) o ii) el agregado no incide sobre el NP (el sabio Newton, es decir,

el sabio [filósofo] Newton).

2. Naming and Necessity, 1972; 1980 ; trad. franc., La logique des noms propres. Pa

él pueden ejercer la capacidad recientemente adquirida de nombrar tal o cual objeto y transmitirla.

Ahora bien, la oposición entre "descriptivistas" y "causalistas" no es nueva. Platón la plantea en el Cratilo haciendo abstracción, por supuesto, de las diferencias1. La tesis según la cual los nombres propios tienen una significación y pueden ser reemplazados por descripciones definidas es la forma moderna de la hipótesis cratiliana, según la cual los nombres deben tener su origen en la naturaleza de las cosas y pueden ser glosados por proposiciones epónimas, que pueden ser verdaderas o falsas. En cuanto a la posición que defiende Kripke, según la cual los nombres propios son designadores rígidos, sin significación, cuyo empleo está ligado mediante cadenas causales a la primera utilización de cada uno de ellos, se vincula con la hipótesis convencionalista de Hermógenes:

Según mi opinión, el nombre que se asigna a un objeto es el nombre justo; pero se lo cambia inmediatamente por otro, abandonando aquel, y el segundo no es menos exacto que el primero; de esta forma, cambiamos los nombres de nuestros servidores, sin que el nombre sustituido sea menos exacto que el otro. Pues la Naturaleza no asigna ningún nombre propio a ningún objeto: es cuestión de uso y de costumbre en aquellos que han adquirido el hábito de asignar los nombres (Cratilo, 384 d).

Una oposición tan constante no puede sino tener un fundamento filo- sófico profundo. Uno de los méritos de Kripke es haberlo descubierto. Su- pongamos que adoptamos la tesis descriptivista y que reemplazamos el nombre Aristóteles por el de Preceptor de Alejandro. Desde este momento, se hace necesario que el individuo que designamos como Preceptor de

Alejandro lo sea, dado que si él no fuera el preceptor de Alejandro no po-

dríamos utilizar la descripción para designarlo. Ahora bien, admitimos, por otra parte, que es totalmente contingente que Aristóteles haya sido el preceptor de Alejandro. Más aun, estamos dispuestos a admitir que Aristó- teles hubiera podido morir antes de encontrar a Alejandro, sin dejar de ser Aristóteles. Estamos delante de dos actitudes profundamente diferentes. Para los descriptivistas, si Aristóteles no hubiera sido el preceptor de Alejandro, no sería Aristóteles; para los causalistas, Aristóteles es Aris- tóteles, lo imaginemos o no preceptor de Alejandro. Cuando el descrip-

1. El problema de Platón es determinar en qué condiciones existe congruencia entre la nominación y la verdad.

tivista habla de mundos posibles, admite que los NP pueden designar indi- viduos diferentes en mundos diferentes, dado que no dispone más que de propiedades constantes que, en cada uno de los mundos, pueden ser satis- fechas por individuos diferentes; el causalista admite que los NP designan rígidamente al mismo individuo en todos los mundos posibles, indivi- duo al cual pueden caer en suerte propiedades diferentes. Metafísica- mente, podemos decir que el descriptivismo reconoce la existencia de esencias eternas.

No puede esperarse ninguna solución del análisis de las lenguas na- turales: en nuestro uso cotidiano, nos referimos a los individuos tanto por las descripciones identificatorias como por los nombres propios. La cues- tión no ha interesado a los lingüistas1más que en forma marginal y los NP no figuran, generalmente, en los diccionarios de una lengua. Sin embargo, los NP poseen una sintaxis (por ejemplo, en sus relaciones con el sistema de los determinantes) y una semántica (por ejemplo, en sus relaciones con la calificación) particulares. Manifiestamente, los nombres propios de nuestras lenguas tienen un sentido (cf. Kleiber, 1981: 357-363) y no sólo una denotación, si no no podríamos emplearlos en forma predicativa ("¡deja de hacerte el Napoleón!"). Otro argumento consiste en subrayar que si los NP no tuviesen sentido, no se explicaría por qué ciertas perso- nas realizan acciones para cambiar su estado civil2. El interés de este últi- mo argumento es que nos coloca en un terreno, el de la sociedad, que es el verdadero lugar de funcionamiento de los NP.

Como Lévi-Strauss señaló (La pensée sauvage, 1962), toda sociedad posee un sistema antropológico-lingüístico para asignar nombres a sus miembros. Este sistema puede también servir de base a formas de comu- nicación agregadas, como entre los Kasina del Alto Volta, en los que la asignación de nombres a los individuos y a los perros es, algunas veces, oportunidad de verdaderos pequeños diálogos3. Nombrar, dar un nombre,

1. Nos remitimos a Kleiber, 1981, que es el único estudio de envergadura sobre la cuestión; señalemos que su punto de partida está frecuentemente constituido por los dis cursos de los lógicos y de los filósofos.

2. Existen, no obstante, circunstancias en las que encontramos nombres propios que fun cionan como lo sugieren los causalistas, por un acto de bautismo arbitrario. Ocurre, por ejem plo, cuando atribuimos números anónimos a las copias en un certamen o a los miembros de una población en la que efectuamos pruebas médicas. Pero esto es para ocultar las referencias. 3. Por ejemplo, un hombre se instaló en la villa, y allí es considerado como un intruso; tiene un hijo; para ayudar al padre, el jefe del barrio, conforme a sus prerrogativas, da al niño un nombre que significa "yo no he pedido lugar"; un inconforme le replica bautizan do un perro con una expresión que significa "¿dónde tendrán lugar sus ritos funerarios?". El intercambio puede continuar según este principio. Este ejemplo proviene de los trabajos de E. Bombini (investigador del CNRS).

es, siempre, situar a un individuo en un sistema previo. Esta preexistencia se ve claramente en las sociedades en que los nombres son limitados: "Entre los Yurok de California, un niño puede permanecer sin nombre du- rante seis o siete años, hasta que el nombre de un pariente quede vacante por el deceso del portador" (Lévi-Strauss, loc. cit.: 227). El sistema puede extenderse o no a las cosas del mundo (cf. nuestra toponimia). La actitud de los Yurok testimonia dos cosas: i) su sistema de denominación es relati- vamente limitado en relación con lo real; ii) cuando existe un problema, se esfuerzan por adaptar su visión de la realidad a su sistema de denomi- nación. El primer punto corresponde a una práctica clasificatoria total- mente corriente; desde los griegos, los geómetras tienen la costumbre de escapar a la limitación mediante una convención absolutamente fundado- ra: "Sea A el centro de un círculo G". Pero la convención sólo puede tener lugar en el seno del lenguaje cotidiano, no podría explicar este último. Hemos inventado también sistemas de denominación potencialmente no finitos (los números de nuestros documentos de identidad, por ejemplo), disponibles desde que lo está la aritmética1. El segundo punto corresponde a una actitud metafísicamente profunda; esta actitud fue teorizada en Chi- na por el confucianismo. Contrariamente a la concepción cratiliana de la etimología, no se apunta a la verdad de los nombres, es decir, a su adecua- ción a lo real, sino que los nombres correctos corresponderían a una "rec- tificación de los nombres" (zhenming), al hecho de que cada uno debe conformarse con su nombre. Allí donde el nomoteta platónico debe tener los ojos fijos en el mundo de las Ideas (las esencias eternas) para imponer los nombres correctos, el Príncipe confuciano debe hacer coincidir los pa- peles y las funciones de cada uno con el sistema de nombres. Zhenming designaba, en la época de los Han, el sistema de control y de organización de los funcionarios. Frente al zhenming, el taoísmo no tiene otro recurso

1. Este punto sobrepasa la certeza práctica de que, contrariamente a los Yurok, sere- mos capaces de asignar un número de identificación a cualquier cantidad de individuos. Esto concierne a la doctrina de la verdad. Cuando tenemos una frase como "todos los x tie- nen la propiedad F", podemos dar una interpretación puramente referencial de la variable, ella toma sus valores en un dominio de objetos. Podemos también dar una interpretación sustitutiva: es el lugar que puede ocupar un nombre de objeto disponible en nuestra len- gua. A primera vista, la interpretación referencial y la interpretación sustitutiva parecen no coincidir, dado que en el segundo caso la verdad de la frase parece depender de la cantidad de nombres a nuestra disposición. Ahora bien, esta limitación desaparece cuando utiliza- mos la aritmética elemental: el teorema de Lowenheim-Skolem (véase el apéndice 2) nos garantiza que toda teoría válida en un universo no vacío cualquiera es verdadera para el universo de los enteros positivos. Para una defensa de la interpretación sustitutiva (ontoló- gicamente más pobre), véase especialmente, la Logique élémentaire de Quine (1965 , trad. franc., París, Colin, 1972).

que lo "innombrado" (wuming) y la escuela del misterio (Xanxue) de re- chazar toda denominación1, lo que termina por significar que la base de lo real es innombrable, como lo enseñará Wang Bi (226-249). "Contentémo- nos con admitir de común acuerdo que no hay que partir de los nombres, sino que hay que aprender a investigar las cosas partiendo de ellas mis- mas, más que de los nombres", propone Sócrates, por el contrario, en el

Cratilo (439b). La disputa del descriptivismo y del causalismo nos infor-

ma más sobre la naturaleza de nuestra metafísica que sobre la naturaleza de los nombres propios, tal como existen en nuestras lenguas y en nues- tras sociedades2.

1. La escuela del misterio abrigaba entre sus miembros a los opositores del sistema social que se negaban a ser "nombrados", es decir, rechazaban todo servicio activo en la burocracia imperial.

2. Con esto no queremos decir en absoluto que Kripke, por ejemplo, no haya aclarado nuestra categoría de nombre propio sino, más bien, que sería totalmente superficial ver allí una teoría de lo que es un NP en una lengua natural. Regresaremos sobre esta importante cuestión de las limitaciones intrínsecas de la filosofía analítica del lenguaje en nuestro ca pítulo 9.

Lenguaje y ontología II.

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