2.4 Discussion
3.3.2 Analysis of 1,500 patient samples
Hasta tanto no fueron descifrados los jeroglíficos, la edad de oro del país del Nilo fue un misterio para los historiadores de otros tiempos y se formularon proposiciones un tanto descabelladas. Una de ellas fue pretender descifrar los textos como si fueran acertijos y extraer verdades desconocidas.
He aquí cómo un sabio jesuita del siglo XVII interpretaba un grupo de siete, precisamente siete, jeroglifos: "El creador de toda la fecundidad y de todo crecimiento es el dios Osiris, cuya fuerza vivificadora saca la santa Mofta del cielo hacia su imperio". Hoy sabemos que estos siete jeroglíficos componen la palabra "autócrata", "dueño absoluto", uno de los títulos de los emperadores romanos.
Con semejantes bases filológicas se construyeron otras muchas hipótesis, que fueron otras tantas conclusiones fantásticas; por ejemplo, se creyó que existía estrecho parentesco entre los egipcios y los chinos. Éstos habrían sido originarios de Egipto y su escritura procedía de la jeroglífica: ¡por eso se los habría podido descifrar con ayuda de diccionarios chinos!
Semejantes suposiciones hicieron afirmar a Voltaire que los etimologistas establecen el parentesco entre las distintas lenguas "sin preocuparse de las vocales ni de las consonantes".
En la actualidad conocemos mejor el chino y los antiguos caracteres egipcios. La escritura de éstos debió nacer como la de los demás pueblos y debió ser, al principio, figurativa. Como los niños, los pueblos han "escrito" primeramente con dibujos que expresaran sus pensamientos, y algunos de ellos, como por ejemplo los indios de América, jamás han superado esta etapa. Pero los egipcios ya se mostraron mucho más avanzados en los textos más antiguos que conocemos. Todavía no se habían desembarazado por completo de la escritura ideográfica, es cierto; pero su escritura ya era en gran parte silábica y al mismo tiempo literal; es decir, que cada signo, cada je- roglífico, representaba una sílaba o un sonido aislado29.
Estos jeroglíficos, como grafía de las palabras, se encontraban todavía en una etapa de escritura puramente ideográfica.
29Para los egipcios, la imagen y el jeroglífico fueron siempre inseparables, aun cuando al
perfeccionarse la escritura jeroglífica se hiciera silábica, adquiriendo los signos un valor fonético independiente del figurativo que tuviera en un principio. Por espacio de tres mil años, los jeroglíficos, en razón de su belleza, siguieron siendo la base de la escritura monumental. Paralelamente, otras formas más flexibles de escritura, la hierática y luego la demótica, se iban perfeccionando para servir las necesidades administrativas y escribir en papiros o tablillas de madera.
casa: , arado: , toro: ,
luna: , sol: , ojo: , rostro:
Signos semejantes, podían expresar conceptos abstractos y verbos.
Así, un lirio significaba Alto Egipto, mientras que el Bajo Egipto estaba simbolizado por las ramas del papiro . Un ramo de palmera significaba año, pues se creía que en cada anualidad brotaba un nuevo ramo a la palmera. El verbo comer se expresaba con un hombre sentado llevándose la mano derecha a su boca ; oír, con una oreja de vaca ; llorar, con un ojo que llora ; correr, con dos piernas ; y el verbo envejecer, con un viejo apoyado en su bastón . Cuando un egipcio quería expresar el verbo volar, dibujaba un pájaro en vuelo ; encontrar lo simbolizaba con un ibis que picotea su alimento; reinar estaba representado por un cetro real ; combatir, con una mano sosteniendo una maza y otra blandiendo un escudo, etcétera.
De la escritura ideográfica a la silábica
De la escritura ideográfica (o sea, con dibujos) se originó la escritura silábica. A este propósito señalaremos que, al principio, tanto en la lengua egipcia como en las lenguas semíticas, sólo se escribían las consonantes; más tarde aparecieron las vocales, quizá por influencia griega, pero en los comienzos sólo figuraban en los nombres extranjeros. Así, pues, como en el origen no existían vocales, el signo utilizado, por ejemplo, para rostro , que en egipcio se pronunciaba hor, podía tener varias significaciones, como hor: levantar (la tienda); hir, que es la preposición sobre; hri: el más alto, el mayor, y aún otras cosas más, con tal que la base consonántica de la palabra fuera h + r. Algo parecido ocurría con la voz rata para el signo que representa este animal; este ideograma podía significar igualmente rot, rit y rut.
El signo , que era ideograma, se convirtió en signo silábico. De la misma manera, el signo casa , que se pronunciaba en egipcio peri, se convirtió en el signo silábico p + r; el espantamoscas , que se debió pronunciar mas, se convirtió en el signo m + s, etcétera.
Pero muchas palabras egipcias no tenían más que una consonante y una vocal, como por ejemplo ke, la altura; ro, la boca; sche, más, y ta, el pan. Como las vocales no se escribían, el jeroglifo de cada una de estas palabras se convirtió en un signo fonético; o sea, indicaba un sonido. El jeroglifo de altura se convirtió en el signo del sonido k (luego, la letra k); el de boca en el signo del sonido r; el sonido sch se originó del jeroglifo de más y el sonido t, del jeroglifo de pan . De esta manera y
otras parecidas se desarrolló el alfabeto jeroglífico completo, compuesto de veinticuatro signos consonánticos.
Si creyésemos que, una vez en posesión de estos signos, los egipcios se desembarazaron de su escritura ideográfica y silábica para escribir solamente con letras, se desconocería a los habitantes del país del Nilo.
No lo hicieron, por dos motivos: porque este pueblo se apegaba a sus tradiciones con obstinación extraordinaria y porque era más fácil representar una palabra o una sílaba entera con un solo signo. Así, pues, la escritura jeroglífica se convirtió en una mezcla de escritura ideográfica, signos silábicos y letras. He ahí una de tantas razones por las que ha sido tan difícil de descifrar. La escritura jeroglífica comprende en total algo así como quinientos signos diferentes.
Cuando los egipcios cesaron de grabar la piedra para servirse de la pluma y del papiro y utilizaron la escritura para las cartas, contratos, etcétera, los jeroglíficos se simplificaron progresivamente y de manera notoria; la escritura llegó a ser continua. Esta escritura cursiva se llamó más tarde escritura demótica; es decir, escritura del pueblo.
Un enigma: la piedra de Roseta
La expedición de Napoleón a Egipto fue lo que impulsó el estudio científico del pasado egipcio y la interpretación de los jeroglíficos. Con Bonaparte comienza la egiptología.
Desde el punto de vista político, la expedición a Egipto no dio ningún resultado durable, pero tuvo una profunda repercusión científica. El ejército francés no llevó solamente militares al país del Nilo, sino también todo un equipo de sabios, de investigadores y de artistas.
En El Cairo se fundó un instituto egipcio, en donde, todavía hoy, se puede admirar la riqueza de las colecciones formadas por los sabios franceses durante los meses de la campaña. Los principales resultados de sus investigaciones están consignados en una obra de treinta y dos volúmenes titulada Descripción de Egipto. La mayor parte de los descubrimientos franceses cayó en manos de los ingleses después de la capitulación del ejército napoleónico y ahora forma la base de las colecciones de antigüedades egipcias del British Museum, de Londres.
Los soldados franceses realizaron el descubrimiento más importante, efectuando obras de fortificación cerca de la pequeña ciudad portuaria de Roseta, al este de Alejandría: desenterraron una piedra de basalto pulido de color negro. La piedra de Roseta30 es de importancia excepcional, por tener tres inscripciones diferentes: un texto
jeroglífico, un texto en otros caracteres egipcios en escritura cursiva como los que se encuentran ordinariamente en los rollos de papiro y, bajo estos dos textos, una inscripción en griego. Los sabios no tuvieron ningún trabajo en descifrar esta última. Se 30La llamada "piedra de Roseta" fue un elemento de capital importancia para que Champollion
pudiera descifrar los jeroglíficos egipcios. Esta lápida, descubierta en 1799, lleva el texto de un decreto relativo a los honores que debían rendirse en los templos al rey y figura en tres versiones: en la parte superior, catorce líneas de jeroglíficos; en el centro, treinta y dos renglones en escritura demótica popular o corriente; en la parte inferior, cincuenta y cuatro renglones en griego, idioma de la corte de Alejandría. En la sexta línea de la parte superior fue donde se descubrió el nombre de Tolomeo, vocablo clave para su interpretación.
trata de una decisión tomada por una asamblea de sacerdotes de Menfis en 196 antes de Cristo, durante el reinado de Tolomeo V. Según la inscripción, este rey eximió a sus súbditos de ciertos impuestos, desgravación que aumentó su bienestar. Para agradecer este noble rasgo, los sacerdotes habían decidido erigir una estatua al rey en cada templo y organizar cada año festejos en su honor; y perpetuaban esta decisión haciéndola grabar en piedra y ordenando fuese colocada una copia en todos los templos importantes. Un ejemplar de estas placas conmemorativas fue lo encontrado por los soldados de Napoleón, aunque por desgracia la piedra estaba muy deteriorada.
La piedra de Roseta proporcionaba a los egiptólogos la traducción griega de un texto jeroglífico bien delimitado y un texto escrito en la antigua escritura popular de los egipcios. Se había encontrado, pues, la clave de los jeroglíficos, pero ¿cómo emplearla?, ¿cómo identificar los signos de esta escritura desconocida que pertenecía a una lengua ignorada y desaparecida, sin tener la menor idea de su pronunciación? En aquel texto se citaba una importante cantidad de nombres propios y éstos siempre se parecen un poco en todas las lenguas. Solamente estos nombres propios podían servir de ayuda a los investigadores.
El primer sabio que estudió la piedra de Roseta se declaró vencido. Y, sin embargo, era uno de los mejores orientalistas franceses. El también orientalista y diplomático sueco Johan David Akerblad tuvo más éxito Y fue el primero que alcanzó resultados de verdad positivos, lo que le proporcionó el calificativo de "Primer egiptólogo”.
Examinó primero el segundo texto de la piedra de Roseta y desentrañó sucesivamente los nombres de Tolomeo, Alejandro, Arsinoe, Berenice y seis más. Muy pronto, Akerblad conoció lo suficientemente la antigua lengua popular de Egipto como para deducir su alfabeto a grandes rasgos, lo que fue muy útil para la interpretación de jeroglíficos. En 1802, Akerblad publicó un libro sobre la piedra de Roseta, que preparó en gran parte el estudio del desciframiento de los mismos. Si Akerblad hubiera sido menos modesto y, sobre todo, hubiera gozado de independencia económica, hubiera llegado a resolver por completo el enigma de la piedra de Roseta. El médico y naturalis- ta inglés Thomas Young continuó la tarea de Akerblad y, ayudándose de sus resultados, utilizó su extraordinaria perspicacia en interpretar ciertos jeroglíficos muy particulares que en el texto aparecían rodeados de una línea oval. Y como un sabio danés, Zoëga, ya había demostrado antes que aquello se trataba de nombres de reyes y reinas, Young pudo descifrar dos letras del nombre Tolomeo y traducir otros tres jeroglíficos. Pero a partir de aquí, no hizo más que tantear y vacilar.
Un joven sabio, víctima de la política
El gran investigador Jean-François Champollion nació en el año 1790, en una pequeña ciudad del sur de Francia. Hijo de un librero que gozaba de buena posición, la infancia de Jean-Francois tuvo como trasfondo la Francia revolucionaria: el Terror estaba entonces en su apogeo. A los nueve años, el muchacho ingresó en una escuela de Grenoble y muy pronto tuvo trato íntimo y familiar con el prefecto del departamento, hombre muy culto que había formado parte del estado mayor científico de Napoleón durante la expedición a Egipto. El joven Champollion se complacía en contemplar los objetos históricos que su amigo había traído del país de los faraones. Su tierna edad no era obstáculo para demostrar un dominio prodigioso en el estudio de las lenguas. A los dieciséis años comenzó la publicación de una obra de gran envergadura sobre el Egipto
de los faraones. Estaba ya familiarizado, por propia iniciativa y sin ayuda de nadie, con numerosas lenguas orientales: hebreo, árabe, sirio, caldeo, sánscrito, diversos dialectos persas e incluso lenguajes de China y de México. Sus largas veladas de estudio le consumían la vista, pero Jean-François no cejaba. Antes de cumplir los diecinueve años fue nombrado profesor de historia en Grenoble.
Champollion.
Champollion había empezado a trabajar en el Collège de France con los manuscritos coptos y redactado un estudio sobre Los gigantes de la Biblia; luego, hacia 1808, se había apasionado por la inscripción jeroglífica trilingüe de Roseta, cotejándola con un papiro demótico y con los textos de Plutarco. En 1814, el año de la abdicación de Napoleón, editáronse en Grenoble los dos primeros tomos de su obra Egipto bajo los faraones, que le situaron en primera línea de los orientalistas y egiptólogos de su tiempo.
Durante toda su vida, Champollion siguió siendo acérrimo partidario de Napoleón y nunca trató de ocultar sus opiniones. Algunos intrigantes llevaron sus quejas a la corte de Luis XVIII y, por orden del rey, Champollion tuvo que cesar en sus actividades de profesor.
Privado de su cátedra, se retiró a Figeac, su población natal, en el departamento de Lot, y siguió sus estudios sobre gramática y diccionario coptos. Hasta pasados seis años, no recibió autorización para regresar a París, y entonces (1821) pudo seguir dedicándose a sus trabajos para la interpretación de documentos jeroglíficos; publicó entonces en Grenoble un estudio sobre la escritura hierática. Al año siguiente, leyó en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras su famosa Carta a M. Dacier sobre los jeroglíficos fonéticos, sentando ya bases ciertas para la lectura de varios nombres de faraones y altos funcionarios; al mismo tiempo confirmó, a la sazón, el origen grecorromamo del zodiaco de Denderah. En 1823 publicó su Panteón
egipcio, reproducción documentada de las divinidades de aquel antiguo imperio oriental, y, al
siguiente año, un ensayo del sistema jeroglífico de los egipcios, confirmando sus métodos de descifrar. Su reputación como egiptólogo era ya enorme en todo el mundo erudito.
Aún con la salud muy quebrantada por el prolongado trabajo y su innata inquietud, había descubierto el camino de un nuevo mundo, en donde la paz de su alma estaría al abrigo de todas las tempestades de la política: se entregó al dominio infinito de la egiptología, ciencia que aún estaba en pañales.
La piedra de Roseta.
Champollion descifra los jeroglíficos
Su primera tarea fue explicar los siete jeroglifos que componían el nombre del rey Tolomeo o —en griego— Ptolemaios. Después de muchas, muchísimas horas de búsqueda y decepciones, descubrió que en el texto jeroglífico el nombre aparecía en esta forma: Ptolmais.
1=p, 2=t, 3=o, 4=l, 5=m, 6=ai, 7=s
Se ayudó también con el nombre de Cleopatra que aparece en la inscripción jeroglífica de un obelisco de la isla Filé, al sur de la primera catarata. Se tenía una traducción griega del texto y Champollion se procuró una copia de la inscripción. El nombre de Cleopatra, rodeado en el texto jeroglífico con la habitual línea oval, aparecía de la siguiente manera:
1=k, 2=1, 3=e, 4=o, 5=p, 6=a, 7=t, 8=r, 9=a; 10 y 11 son signos que indican que es nombre femenino.
Con la explicación de este nombre, Champollion encontró tres jeroglíficos que eran comunes a ambos nombres; es decir, p, o y l; además, descubrió otros dos signos que traducían las variantes del sonido t y otros siete jeroglíficos. Animado por el éxito, continuó por el camino ya trazado y comenzó el examen comparativo de todos los nombres y títulos reales que cayeron en sus manos. Debemos tener en cuenta que la escritura jeroglífica no es esencialmente literal; el mismo jeroglífico puede representar una palabra entera. Y ésa no es la única dificultad; un mismo jeroglífico puede, en distintos casos, indicar sonidos diferentes, según el sonido que le siga. Por otra parte, la interpretación de los jeroglíficos estaba obstaculizada por una "graciosa" invención de los egipcios de la XVIII dinastía: la introducción de acertijos en la escritura. Por ejemplo, a veces se encuentra en el texto un dibujo representando a un hombre que agarra a un cerdo por el rabo: . En egipcio, seguir se decía khes, y cerdo, teb. Por lo tanto, el acertijo significaba khesteb, que quiere decir lapislázuli. Por otra parte, algunos de los más célebres pasajes de la literatura egipcia han llegado hasta nosotros en copias debidas a los niños de la escuela, a quienes se daba esta tarea como ejercicios de caligrafía. ¡Imaginemos en qué estado se encontraban estos textos! Como es natural, las manos infantiles dibujaron ciertos pasajes muy torpemente. Adivinar algunos fragmentos debe considerarse como una gran suerte.
La arqueología romántica
Pero la intuición genial de Champollion le permitió vencer las mayores dificultades. Veamos cómo interpretó estos jeroglifos de Nubia:
Reconoció en seguida los dos últimos. Pero ¿y los dos primeros signos? En el primero vio una representación del disco solar, y gracias a su profundo conocimiento del copio, lengua religiosa de los cristianos de Egipto, supo que el Sol se llamaba Ra; luego, su genial inspiración intuyó que el segundo significaba nacimiento, que en copto se dice mas. Y obtuvo así la palabra Ramases; es decir, Ramsés. En otro recuadro halló un nombre que terminaba de igual manera, pero el primer signo representaba un ibis.
El ibis era el pájaro consagrado al dios Tot. Tutmés, se dijo Champollion, con infalible certeza.
Seguro entonces de su empresa y rebosando alegría, recogió sus notas, corrió a casa de su hermano —profesor de la universidad de Grenoble— y arrojó el paquete de manuscritos sobre la mesa, exclamando: "¡Ahí está!" Y cayó en redondo al suelo, presa de una crisis nerviosa, más que justificada después de quince años de penoso y agotador trabajo intelectual.
El gran investigador permaneció cinco días en una especie de letargo. Es de imaginar con qué angustia el hermano, su fiel protector de siempre, siguió el curso de la crisis y con qué alegría le vio abrir los ojos y recobrar el conocimiento. En lo sucesivo, Champollion pudo continuar sus investigaciones con la ayuda de amigos leales y realizó viajes de estudio a los museos de Turín, Roma, Nápoles y demás ciudades italianas donde había restos antiguos de Egipto. Más tarde fue nombrado director de la sección de Egiptología del Louvre, y en 1828 pudo, al fin, realizar un viaje al país de los faraones por cuenta del mismo museo. Conseguía lo que desde su juventud había soñado: pisar aquel suelo tan rico en recuerdos. Para viajar por Egipto sin contratiempos, en aquella época era conveniente adoptar en lo posible las costumbres de los indígenas. Champollion se dejó crecer la barba y vivió tan a la usanza de los egipcios, que llegó a parecer un auténtico musulmán. Radiante de felicidad, realizó largos viajes en barco por el Nilo, contempló los altos alminares, los obeliscos y las