3.5 APT for Bayesian Variable Selection
3.5.3 Analysis of the Prostate Cancer Data
desastre de la modernidad había disociado. Por encima de todo,
los románticos anhelaban intensamente la unidad y la totalidad.
Como dijo Charles Taylor, «había una demanda apasionada de
unidad y de totalidad. Los [románticosl reprocharon amargamen
te a los pensadores de la Ilustración haber diseccionado al ser hu
mano y, en consecuencia, haber deformado también la auténtica
imagen de la vida humana objetivando la naturaleza humana |re
duciéndola a un objeto de la Mano Derecha]. Todas estas dicoto
mías |y disociaciones) terminaron distorsionando la verdadera
naturaleza del hombre, que tenía que ser visto como una única
Los intentos previos de integración
corriente de vida o como el modelo de una obra de arte [la di mensión estético-expresiva], donde es imposible definir una par te abstrayéndola de las demás. Todas estas distinciones eran, pues, abstracciones de la realidad, pero lo cierto es que eran más que eso, eran auténticas mutilaciones... una negación de la vida del sujeto, de su comunión con la naturaleza y de la expresión na tural de su propio ser».
El regreso a la naturaleza, el regreso a algún tipo de unión o comunión previa al colapso y fragmentación de la modernidad. Como dijo cierto historiador: «Lo que ellos [los románticos] an helaban era la unidad con el yo y la comunión con la naturaleza, el hombre en comunión con la naturaleza». Y esto sólo puede ser logrado a través de una «inserción simpática en la gran corriente de la vida de la que todos formamos parte». Alcanzar la unidad con la gran Red de la Vida.
Y este intento extraordinario de integrar el Gran Tres, de inte grar el yo, la cultura y la naturaleza e introducir así un tipo de to talidad y unidad en un modernidad enferma de soberbia, fue una de las aspiraciones más nobles que podamos concebir. Y éste es también el motivo por el cual, en mi opinión, todos estamos en deuda con los románticos. Ellos fueron los primeros en diagnos ticar la enfermedad, hace ya unos doscientos años; ellos fueron los primeros en reaccionar horrorizados; ellos fueron los prime ros en tratar de recomponer los fragmentos, sanar las heridas, en contrarse en casa en el universo y no tratar de convertirse en su dueño sino aceptar formar parte humildemente de la maravillosa Red de la Vida.
El tropiezo
Pero, en su comprensible celo por trascender la razón y alcan zar una auténtica totalidad espiritual, los románticos acabaron re comendando cualquier cosa que no fuera racional, incluyendo muchas cuestiones que eran abiertamente prerracionalesy regre
hl romanticismo: el retorno a los orígenes
sivas. egocéntricas y narcisistas. Todos ellos confundían con de masiada frecuencia impulso prerracional con conocimiento transracional; naturaleza preconvencional con espíritu postcon vencional; expresión preverbal con conciencia transverbal; liber tinaje preconvencional y egocéntrico con libertad postconven cional mundicéntrica y fusión prediferenciada con integración transdiferenciada.
Dicho en otros términos, el hecho de confundir diferenciación con disociación les llevó también a confundir lo prerracional con lo transracional y a comenzar a glorificar todos los impulsos pre- rracionales, preconvencionales, preconceptuales y “naturales” con los que se encontraban. Dicho en pocas palabras, los román ticos no tendieron a transdiferenciar sino a desdiferenciar. Ellos glorificaron inadvertidamente la fusión, no la auténtica integra ción; dejaron que la expresión de uno mismo se convirtiera en la obsesión sobre uno mismo y en el “divino egoísmo”. Y es este desliz regresivo y narcisista en lo preconvencional el que amena zó con acabar no sólo con las miserias de la modernidad, sino también con sus aspectos más positivos.
No es de extrañar que tantos críticos de la cultura -desde Ro ben Bellah hasta Colín Campbell y Jürgen Habermas- hayan considerado la obsesión actual por el yo, el sentimiento, la grati ficación impulsiva, “el aquí y ahora”, el “abandona la mente y re gresa a los sentidos”, el consumo de la clase media de las reli giones tribales nativas como “puras, inocentes y globales”, la creencia de que “uno crea su propia realidad”, la gratificación sensorial intensa, el consumismo, la glorificación del yo y la con siguiente alienación social como herederos directos del romanti cismo.
Obviamente, los románticos más sofisticados nunca recomen daron abiertamente la regresión. La idea, por el contrario, era que, de algún modo, debíamos volver a establecer contacto con “la totalidad perdida” para recuperarla, aunque ahora a un “nivel superior”, en una “forma madura”, sintetizando así lo mejor de la premodernidad con lo mejor de la modernidad. Y no cabe la me
Los intentos previos de integración
nor duda de que éste es un noble objetivo, un objetivo al que tam bién aspiran muchos otros enfoques, incluido el integral.
Pero, tanto en la práctica como en la teoría, los románticos no pudieron llevar a cabo esta integración entre lo premodemo y lo moderno (o la integración del Gran Tres) porque habían devalua do las esferas racionales, convencionales y burguesas y la pro metida “integración” de estas esferas no pasó de ser, en el mejor de los casos -como las esferas desdeñadas no tardarían en seña lar-, mera palabrería. Porque el hecho es que, al confundir dife renciación con disociación -y prerracional con transracional-, los románticos solían acabar decantándose por la desdiferencia ción, un proceso que, cuando tiene lugar en un sistema vivo, es denominado “cáncer”, una desdiferenciación regresiva de células que crecen más allá de todo control y termina ocasionando la muerte del sistema.
Y, de hecho, en este anhelo espiral regresivo, usted podría muy bien desdiferenciarse y descubrir que su ego es la fuente y el origen de toda realidad (como hace el pensamiento preoperacio- nal). El divino egoísmo seguiría empujándole hacia atrás y usted podrá terminar empantanado, con la mejor de las intenciones, en el atolladero de sus tendencias subjetivas. En tal caso, el mundo será cada vez más y más oscuro, estará cada vez más plagado de intenciones malévolas y usted será el único puro y limpio del mundo. Entonces se hallará cada vez más y más triste, enfermo por la tristeza del mundo, como algo demasiado hermoso para un mundo tan ingrato y, si usted es un verdadero romántico, no le quedará más alternativa que un hermoso suicidio. (Así fue, pre cisamente, como acababan muchas de las narraciones -y también la vida- de los grandes románticos.)
Entretanto comenzó la búsqueda del supuesto paraíso maravi lloso, prístino y puro que la modernidad había perversamente destruido. Pero, al confundir disociación con diferenciación, no se buscaba simplemente un período anterior a las disociaciones de la modernidad, sino también anterior a las diferenciaciones. Para ellos, el roble era, de algún modo, una terrible violación de
El romanticismo: el retorno a los orígenes
la bellota y a ésta, -que no el roble- atribuían “más unidad’’, una confusión, por cierto, en la que cayeron -y siguen cayendo- los retrorrománticos.
Así fue como la recuperación del Origen se convirtió en el gran tema de este período, el deseo impetuoso de encontrar, re conectar, resucitar y abrazar un Amado perdido y reencontrado, el regreso del Dios o de la Diosa que había estado gloriosamente presente en algún pasado real, pero al que la modernidad había herido, desterrado, quemado o sepultado. El proyecto de resta blecer el contacto con la bellotez de la humanidad acababa de empezar.