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Todo en un compañero. Básicamente su concepto de lo que la relación debería ser es correcto, pero los métodos que usa (principalmente la comunicación sin criterio) no lo son, porque los hombres no entienden las cosas como ella. Acaba muy frustrada porque su pareja no reacciona como ella esperaba o cambia por completo después del matrimonio, no cumpliendo con lo que se había acordado de novios.
Papel que asume:
El de novia cariñosa y comprometida con la relación y, a la vez, amiga abierta, justa e igualitaria, pero en el fondo ingenua por su poco conocimiento de cómo funciona la mente masculina (aunque haya conocido a muchos hombres).
Tipo de hombre que atrae:
Sumamente variable. Al principio es muy solicitada por su seguridad personal, pero con el paso del tiempo y ante los problemas que se presentan durante la relación, ella cambia para adaptarse a lo que cree que el hombre quiere, entonces pierde esa seguridad y acaba confundida, aislada emocionalmente y con gran frustración porque, en un vano intento de mejorar la relación, dejó de ser ella misma.
Tipo de familia de la que proviene:
Un tanto más moderna, donde sí se apoya a la mujer para que estudie y se desenvuelva, pero todavía con mensajes dobles y confusos sobre lo que debe ser un hogar. Llega un momento en que no sabe si lo correcto es lo que ella pensaba o lo que le dicen los demás y se deja presionar por las opiniones ajenas, renunciando a sus propios ideales.
Análisis
Existe un grupo de mujeres más jóvenes que no han caído en los errores de las Abnegadas, Pseudofeministas, Salvadoras de Hombres o Princesitas Soñadoras. Hablamos de las profesionistas o de aquellas que desempeñan una actividad bien remunerada y con cierto grado de cultura (por ejemplo, ejecutivas de alto nivel), que son independientes económicamente, tienen buena autoestima y creen que debe existir igualdad en la pareja.
Entre las metas que quiere realizar este tipo de mujer no sólo está llegar al matrimonio y tener hijos, sino que también contempla los estudios y el trabajo antes y posiblemente después de casada. Es más desenvuelta y segura de sí misma, se atreve a expresar sus ideas con toda claridad. Cuando tiene novio, lo quiere, lo respeta, lo trata como a un igual con la idea de que el chico está de acuerdo con su manera de pensar respecto de la vida y la tratará en forma recíproca; suele involucrarse con compañeros de estudio o de trabajo. En su trato cotidiano tienen mucha comunicación y hacen grandes planes conjuntos para determinar cómo va a ser su vida cuando se casen y tengan hijos, cómo van a distribuir el dinero y las obligaciones, qué espera uno del otro, etc.
Hasta aquí todo parece muy bonito, adecuado y moderno, ¿verdad?, ¿cuál podría ser el problema con esta pareja de jóvenes que aparentemente tienen todos los elementos para formar un buen matrimonio?
Veamos lo que podría suceder cuando se casen y, en especial, cómo lo van a manejar. Digamos que, como habían acordado, ambos trabajan, pero quizá ella progrese más rápido y llegue a percibir un mejor salario que él o a tener una posición de mayor prestigio. Aquí comienza la lucha de poder. El esposo, aunque no lo admita por
condicionamiento cultural o por orgullo, puede sentirse un tanto acomplejado, minimizado o resentido ante el éxito de su esposa. Erróneamente cree que ya no está llevando los pantalones en el hogar, que su mujer se siente superior; esto provoca que se muestre ofendido sin explicarle a ella la causa de su malestar, con pocos deseos de platicar y totalmente cambiado.
Lo anterior desconcierta a la esposa que no tiene la más mínima idea de lo que está pasando. Se inician las agresiones verbales, sutiles o directas por parte de él, que rápidamente encuentran en ella una reacción similar (más agresión). La esposa se cansa de intentar que él hable y diga cómo se siente realmente, porque él finge que no pasa nada; los malos entendidos aumentan y la distancia entre la pareja se hace cada vez mayor.
Tal parece que se hubieran casado sin conocerse y, al ver que sus expectativas no se cumplen, surge la desilusión, acompañada de la terrible sensación de que quizá cometieron un error al unirse. Si las agresiones continúan (y aquí puede también presentarse la infidelidad de una o ambas partes), es posible que se desencadene un divorcio rápido e inadecuado, con una enorme sensación de fracaso, vacío y soledad. El otro camino igualmente equivocado es que la mujer, al ver al marido molesto, cambie de inmediato creyendo que debe adaptarse a su nuevo papel de casada, de acuerdo con lo que la sociedad dicta o lo que él sutilmente insinúa. Bajo esta creencia, la joven renuncia a sus inquietudes profesionales o personales y, aparentemente, le asigna prioridad al hogar y al marido, pensando que ambos roles no son compatibles (aunque cuando estaba soltera pensara lo contrario).
Si comete este grave error, analicemos los posibles problemas futuros. Cuando el joven conoció a la chica y quedó impactado por ella, básicamente se sentía atraído por este tipo de mujer, por su personalidad, su manera de pensar y su seguridad. Sin embargo, pese a que él parecía un joven moderno y sin prejuicios, tarde o temprano pueden ejercer una enorme influencia las ideas tradicionales de cómo debe comportarse una mujer casada.
Esto le crea al hombre una gran confusión interna y llega el momento en que se conduce en forma totalmente diferente de cómo lo hacía en su noviazgo. Empieza a presionar o a manipular, directa o indirectamente, a su esposa para que cambie, recurriendo algunas veces a frases como éstas: “Yo quiero llegar a mi hogar y encontrar una mujer que me
atienda; aquí parece que vivimos dos hombres”, “Realmente no tenemos tanta necesidad económica, ¿por qué no dejas de trabajar y te dedicas a mí?”, “Si tu trabajo te importa más que yo, voy a buscar a otra que sí me comprenda”, lo cual pone en
Si la chica no trabaja y sigue estudiando después del matrimonio, él puede insinuar que no tiene caso que continúe porque ya es una mujer casada o hacerle escenas de celos por los amigos y compañeros de escuela.
Cuanto más inseguro sea el marido, más la manipulará con culpa acerca de su manera de vestir, de maquillarse y peinarse, insistiendo en que lo moderno es provocativo. Asimismo, criticará su manera abierta y desenvuelta de tratar a la gente argumentando que no es correcto ni apropiado que una señora casada se comporte así.
Ella, que todavía ama a su marido y desea un hogar feliz, no duda en acceder a sus peticiones o exigencias creyendo que con esto él quedará satisfecho y se conservará la armonía familiar. ¿Dónde quedó la chica moderna y segura de la que hablamos al principio?, ¿realmente dejando de ser ella misma va a tener un marido contento y un hogar feliz?
La situación se agrava cuando empiezan a llegar los hijos. La manipulación continúa generando culpa y más culpa: “¿Cómo vas a dejar al bebé en una guardería o con la
sirvienta?”, “El papel de una ‘buena’ madre está junto a su hijo”, “¿No has pensado que por estar trabajando vas a desatender las prioridades de tu hogar?”, “Después no te quejes de las consecuencias”.
Si a una mujer se le presiona para que piense que su única relación legítima es consagrarse totalmente al hogar, sacrificando sus propias necesidades, nuestro producto terminado será un ser humano muy resentido, inseguro y dependiente. No dudo que muchas mujeres se sientan totalmente felices dedicadas al hogar y si tienen buenos maridos que las apoyan y las valoran, las felicito. Pero lo que es adecuado para algunas, no necesariamente lo es para todas y debemos respetar nuestra individualidad.
Si la mujer se sostiene firme en sus ideas y continúa trabajando, también se topará con un cúmulo de dificultades, sobre todo cuando ya es madre. Algunas tratan de ser súper mujeres, se sobrecargan de estrés corriendo de un lado a otro para cumplir en casa y en el trabajo. La angustia puede llegar a tal grado que les impide funcionar adecuadamente en la oficina, se afecta su salud y sus nervios. Al llegar al hogar cansadas y preocupadas, en lugar de encontrar reposo y tranquilidad, se embarcan en una segunda jornada, a veces sin el apoyo del marido o de los hijos, cuya falta de cooperación las vuelve irritables.
Digamos que un día el hijo de una madre que trabaja fuera del hogar se enferma (recordemos que los niños de madres que no trabajan también se enferman). No faltará quien la haga sentir culpable de que el niño se enfermó porque ella no estaba en casa para atenderlo. Si el chico tiene problemas en la escuela, automáticamente se insinuará que es culpa de la madre por no ayudarlo en sus tareas (también hay niños con bajo
rendimiento escolar cuyas madres no trabajan). No es una regla general que los hijos salgan bien porque sus abnegadas madrecitas se quedaron en casa cuidándolos.
La mayoría de las mujeres somos muy sensibles en lo que respecta a nuestros hijos y no dudamos en sacrificarlo todo creyendo que es por su bien. Desafortunadamente, muchas veces el tiempo demuestra que nuestra decisión no fue la más adecuada. Por supuesto, cada caso debe evaluarse individualmente. No propongo que todas las madres trabajen o que, si deciden hacerlo, lo hagan de tiempo completo. Hay infinidad de variantes y opciones según las circunstancias (dejar de trabajar una temporada mientras los hijos van al jardín de niños, trabajar medio turno, trabajar en casa, vender diversos artículos con horario flexible, estudiar unas horas cuando los hijos están pequeños para no volverse obsoleta cuando desee o necesite regresar a trabajar, etc.).
A continuación presentaré un ejemplo que he visto repetido infinidad de veces de lo que puede sucederle a una chica moderna que renuncia a todo por el bien del hogar.
Llegó a verme una señora, a quien llamaremos Paty, de 48 años de edad (se veía mayor), con un enorme sufrimiento reflejado en el rostro, la voz angustiada, figura y aspecto algo descuidados. Había descubierto la infidelidad del esposo con una mujer más joven. Estaban a punto de divorciarse y se sentía totalmente destrozada porque no sabía cuál había sido su error. Veía su matrimonio desmoronarse después de veinticinco años, con cuatro hijos y todas sus ilusiones hechas añicos.
Al preguntarle su historia personal indicó que se casó a los 23 años. En el momento del matrimonio tenía un magnífico empleo como contadora pública, vestía bien, iba a fiestas, viajaba, tenía muchas amistades, estudiaba inglés, practicaba aerobics y se consideraba una chica segura y desenvuelta.
Sin embargo, cayó en la trampa descrita anteriormente. Cediendo a presiones y culpas provocadas por el marido (que en su noviazgo parecía aceptarla plenamente), dejó trabajo, estudios, amistades, modificó su manera de ser y de vestir, todo lo que ella era, y se encerró en un pequeño círculo dedicándose en cuerpo y alma al hogar y a los hijos. Estaba segura de que a través de su sacrificio personal lograría un hogar estable, duradero y feliz.
Si se dedicó a complacer al marido en todo, a adaptarse por completo a lo que él indicaba, ¿cómo era posible que ahora la cambiara por otra?
Al hablar con el esposo (el mismo que años antes prácticamente la había obligado a dejar de trabajar), le dijo: “Oye, yo no pienso darte la pensión alimenticia tan alta que
me pides. Estoy harto de mantenerte tantos años. Ya es tiempo de que tú trabajes. Todo lo que hay en esta casa es mío porque yo soy el que me he tallado el lomo para
comprarlo”. Desde luego que ahora quería destinar sus ingresos a divertirse con la
amante y se mostraba resentido de tener que seguir manteniendo a su mujer. Con cara perpleja, la esposa le contestó: “Pero, mi amor, si eras tú el que no quería que yo
trabajara, insistías en que me dedicara a ti y a los niños. ¿Cómo quieres ahora que trabaje? No es lo mismo conseguir empleo a los 23 que a los 48, ya me consideran vieja. Además no estoy actualizada y me siento insegura y con poca experiencia”.
Por otro lado, y con la intención de ver si podía aún retenerlo, Paty le preguntó al marido: “¿Qué tiene esa mujer que no tenga yo?”; él, con toda crueldad, le respondió:
“Ella es muy culta y desenvuelta, una mujer interesante, tiene muchos temas de conversación, mientras que tú eres aburrida y quejumbrosa, no te has superado”.
Nuevamente Paty replicó: “¿Pero cómo es posible que me digas eso, si tú me dijiste que
no siguiera estudiando porque desatendía el hogar y a los niños?, ¿y ahora te quejas de que no me he superado?”. El calló y luego agregó: “Ella es joven y atractiva, tú ya estás acabada, no te arreglas bien, has subido de peso, ya no te encuentro atractiva”.
Con infinita tristeza Paty añadió: “Pero yo cumplí tus deseos de no arreglarme, me
adapté a lo que tú opinabas que debía ser el vestido y comportamiento de una mujer decente, ¡y ahora me sales con que no te gusta!”. Ya con desesperación y llanto, le
reclamó: “Tú me alejaste de mis amistades, me convertiste en lo que ahora soy y ve lo
que he cosechado”.
Qué irónico es el destino. Él la dejaba por una mujer muy parecida a como era ella antes de cambiar para darle gusto.
Es obvio que la infidelidad o el divorcio duelen muchísimo a una mujer. En el caso de Paty, al enfrentarse a estos problemas está partiendo de cero. Depende totalmente del marido y le va a costar mucho trabajo encontrar empleo por su edad, su falta de experiencia y por no haber continuado preparándose; se tendrá que enfrentar a graves problemas económicos porque sus hijos aún viven en el hogar paterno y el marido ya no quiere seguir manteniéndolos. Como mujer se siente vieja, fea, no deseable porque la cambian por otra aparentemente mejor. Se queda sin cariño, sin apoyo, sin familia integrada, sin recursos económicos ni morales para salir adelante. Como una planta a la que no le proporcionan agua, luz, aire y abono, ella se siente marchita sin estímulos ni satisfacciones.
¿Qué hubiera pasado si antes de tomar la decisión de cambiar su manera de ser y de pensar creyendo mantener contento al marido, ella hubiera calculado las consecuencias? Digamos que de todos modos a los 25 años de casados él tiene una amante y le pide el divorcio; no dudo que le dolería muchísimo, pero no está tan desvalida como en el primer caso. Se sentiría más segura y con puntos de apoyo porque tiene trabajo, dinero, preparación, está integrada al mundo con un amplio círculo de amistades, tiene
estímulos externos, pasatiempos y actividades satisfactorias, ha cuidado su figura y su vestuario, sus hijos son más responsables e independientes y, por lo tanto, tiene muchas más oportunidades de salir adelante y rehacer su vida.
Valga la comparación. Si nos roban o desmantelan un automóvil, aunque no es algo que deseemos o provoquemos, definitivamente el asunto no tendrá el mismo impacto y consecuencias si está asegurado en comparación a si no lo está.
¿La lección? Indiscutiblemente el papel de la mujer en el hogar y como guía de los hijos es sumamente importante y de ninguna manera sugiero que los abandone o los descuide. Lo que propongo es que aprenda a equilibrar trabajo y familia, no cayendo en una posición extrema de dependencia total, pues nada le garantiza que el marido se quedará con ella para siempre y le responderá en todos los aspectos. Si la mujer es suficientemente inteligente y se siente segura de sí misma, puede tener un hogar armonioso y algún tipo de actividad remunerada y satisfactoria, combinándolos para poder sentirse realizada como persona y, en consecuencia, como esposa y como madre. Antes de tomar estas decisiones, la mujer ha de reflexionar profundamente y, sobre todo, pensar a futuro, pues lo que está en juego es su porvenir. Yo sugiero que la mujer piense por sí misma antes de decidir, y no sólo haga caso de las opiniones ajenas, como una hoja movida por el viento.