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Analysis of the role of uncoupling in drought stress tolerance

2 MATERIALS AND METHODS

3.2 Analysis of the role of uncoupling in drought stress tolerance

Entendemos la flexibilidad del terapeuta como el ajuste y adecuación de sus actitudes y recursos técnicos a necesidades muy particulares de cada persona en tratamiento. Desde el primer contacto, el paciente da indicios del tipo de relación que necesita; a menudo se trata de indicios sutiles, de un pedido no consciente. Poder dar respuesta a esa demanda depende de una peculiar capacidad del terapeuta, hecha de sensibilidad para registrar aquellos indicios, y flexibilidad para seleccionar sus instrumentos en función de la estructura de aquella demanda. La intuición del terapeuta se mide por su capacidad de ajuste automático a la demanda. Las necesidades del paciente esta- rán referidas a una cantidad de funciones que debe cumplir el vínculo, necesidades de gratificación (a menudo compensatorias), necesidades de rectificación con respecto a vínculos primarios (en especial parentales); estas necesidades aludirán a aspectos tales como cercanía-distancia afectiva, intimidad-respeto de límites, fre- cuencia del contacto, monto y tipo de suministros del terapeuta (dar- recibir [información u objetos], intervenir-dejar hacer, guiar-acom- pañar, recibir-devolver, proteger-autonomizar, estimular-prescin- dir, afectivizar-neutralizar). Estas necesidades propondrán un clima especial de comunicación dado por la combinación del conjunto de parámetros. Exigirán la instalación de una estructura personificada, particularizada, del vínculo terapeuta-paciente. Esta diversidad de propuestas que realiza el paciente (a través de su estilo comunica- cional, más que mediante contenidos del relato) puede encontrar su significación dinámica general en la siguiente hipótesis: el paciente

viene a la terapia a construir un vínculo adecuado a la etapa de desarrollo en la que ciertos obstáculos entorpecieron su ulterior crecimiento (3).

Es posible agregar a esta hipótesis que además de vínculo adecua- do a una etapa del desarrollo, la demanda es de ciertas cualidades peculiares del vínculo, que no debe reforzar temores sino disiparlos (miedos a dominación, invasión, castigo) y suplir carencias, no pro- longarlas (de afectividad, continencia, discriminación). Si hay nece- sidades a satisfacer por el vínculo terapéutico, que dependen de una etapa del desarrollo cuyo cumplimiento está pendiente, será la marcha en la satisfacción y modificación de esas necesidades la que vaya dictando tareas primordiales, estos requeridos para cada fase dé este proceso evolutivo iniciado. La flexibilidad del terapeuta reside entonces en su disponibilidad de un amplio espectro de

respuestas que permita al paciente organizar su campo, ir desplegan- do sus necesidades según secuencias enteramente particulares. El

vínculo propuesto podrá entonces desenvolver en el tiempo sus exigencias con un curso relativamente autónomo.

Pienso en Cristina, una paciente de 31 años, con dificultades en varias áreas de realización vital y depresión ligada a esas dificulta- des, con importantes carencias en su infancia por ausencia de su padre y severa enfermedad caracterológica de su madre. Inició su tratamiento proponiendo un vínculo en el que el terapeuta ejerciera una activa continencia, fuera guía y fuente de abundantes suminis- tros (sugerencias, opiniones, consejos). Como terapeuta yo no enten- día inicialmente que la satisfacción de esa demanda pudiera facilitar un proceso evolutivo; esto me llevó a intentar disuadirla de estas exigencias, proponiéndole arreglarse con mis interpretaciones. Le estaba proponiendo sin saberlo un salto evolutivo; las debilidades yoicas inherentes a la etapa de desarrollo no cumplida, y tal vez la buena intuición de la paciente sobre lo que necesitaba satisfacer en esa etapa para pod er crecer, le hicieron actuar con suficiente energía como para no entnir en mi propuesta y convencerme de que siguié- ramos la de ella. No claramente convencido de que ese fuera un camino útil, pero a falta de otro viable trabajé con ella según la estructura de vínculo contenida en su demanda inicial. Luego de tres años de una psicoterapia de dos sesiones semanales pude comprobar el pasaje a otra etapa de desarrollo, en la cual la paciente dejó de requerirme en el rol inicial y adquirió una progresiva autonomía; en esta fase el estilo comunicacional de la paciente m e proponíajugar un rol acompañante, más como supervisor de sus propias elaboraciones, y consultante en ocasiones más esporádicas. Estos cambios fueron paralelos con nuevas realizaciones vitales. Puedo ver ahora que la

estrategia de la paciente era adecuada, que mis suministros iniciales no provocaron una adicción (con detención del proceso en una relación de dependencia oral) sino que fueron seguramente factores clave para el cumplimiento de una etapa y la ulterior maduración. Es factible pensar que, por el contrario, la negativa del terapeuta a ofrecer aquellos suministros, de mantenerse, hubiera consolidado la

fijación al nivel oral-dependiente.

En Esteban, un paciente de 22 años, el estilo de su comunicación de entrada traía la propuesta que en Cristina fue recién necesidad de vínculo de la segunda fase. No había en su infancia las situaciones de carencia de Cristina. Sus dificultades comenzaron en la pubertad y se acentuaron con el avance de la adolescencia (conflictos en la relación familiar, inestabilidad de pareja, incertidumbre vocacional). Lo que Esteban requiere es un terapeuta afectuoso pero discreto, que le permita ensayar su autonomía, que no lo retenga demasiado cerca (baja frecuencia de sesiones), que le permita a él construir primero sus interpretaciones, jugando el terapeuta un rol verificador. Se detectan elementos de rivalidad en la transferencia, pero hay que mirar qué no es transferencia, además. En la relación con su padre, éste también.rivaliza con él, se opone a que nazca. Lo que el paciente viene a encontrar es un terapeuta que actúe un rol diferencial, que lo acompañe en lugar de obstruirlo en su crecimiento. También en Cristina mi presencia en un rol paternal instalaba la diferenciación- rectificación de la experiencia de padre ausente. En ambos pacientes hay una propuesta que condensa necesidades en una estructura nueva de vínculo transferencial-diferencial.

La estrategia implícita de la demanda es la de repetir-diferen-

ciando para dejar de repetir.

La necesidad de adecuarse a la dialéctica de esta estrategia, que requiere del vínculo funciones muy específicas, es la que fundamenta dinámicamente la flexibilidad técnica del terapeuta.2

La personificación del vínculo en la relación de trabajo debe entenderse entonces en sus dos vertientes: adecuación del vínculo a necesidades específicas de cada paciente, y puesta en juego de capacidades y actitudes reales del terapeuta al servicio del proceso. Se apunta a terminar con las disociaciones tradicionales entre “la técnica” por un lado y las influencias de “la personalidad del terapeu- ta”, por el otro; aquí la inclusión selectiva de rasgos personales del

terapeuta es parte de la técnica. Un equipo de la clínica Menninger (4) 2 Otro aspecto complementario en cuanto a exigencias de flexibilidad del terapeu-

ta, viene dado por la necesidad de que éste adecúe su rol y tipo de intervenciones según la particular movilidad y oscilaciones propias de las capacidades yoicas del paciente, aspecto que se discute en el capítulo siguiente.

evaluá exhaustivamente la problemática de una paciente depresiva de 40 años y discutió la estrategia psicoterapéutica. En su depresión culminaban muchos años de una pareja conflictiva, con una separa- ción reciente, y de un prolongado estancamiento en su creatividad. Dado que su marido había sido un personaje frío, castrador, desvalo- rizante de los intereses artísticos de la paciente, se propuso al terapeuta que fuera cálido, que le estimulara sus intereses y le evidenciara confianza en sus capacidades (que la evaluación mostra- ba existían latentes en ella). Era la indicación estratégica que para

cumplirse exigía el compromiso personal del terapeuta. Éste pudo

asumirlo. A los dos años los resultados eran muy positivos, y se consideró que la oferta del terapeuta fue decisiva. En el proceso

terapéutico se van entretejiendo entonces dos tareas. Una, la que se

concentra en la activación yoica del trabajo en un foco (y que encuentra sus logros más fácilmente registrables en el esclareci- miento y el insight). Otra, la realización de un vínculo en el cual simbólicamente se proveen gratificaciones y estímulos rectificadores de ciertas condiciones vinculares del desarrollo, que actuaron preci- samente como obstáculos para un mejor crecimiento previo del potencial yoico. Esta segunda tarea suele ser menos percibida (por estar aún menos conceptualizada en cuanto a todos los dinamismos que en ella operan). Actúa en la práctica terapéutica corriente más silenciosamente, mientras la atención de ambos participantes tiende a concentrarse en el esclarecimiento de la problemática focalizada. Pero hay que verla en toda su importancia, ya que es la realización simbólica que se va operando a través de ese vínculo real, personifi- cado, la que provee el sustento dinámico para el proceso de activación yoica en la elaboración del foco, y para toda otra serie de cambios que se encadenan en el proceso terapéutico.

Bibliografía

1. Truax, Charles y otros, “Therapist Empathy, Genuineness and Warmth and Patient Therapeutic Outcome”, J. Consult. Psychol., vol. 30,395- 491, 1966.

2. Tarachov, Sidney, Introducción a la psicoterapia, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1969.

3. Chassell, Josph, “The Growth Facilitating Experience in Psychotherapy”,

Int. J. Psychoanal. Psychother., 1, pp. 78-102, 1972.

4. Sargent, Helen y otros, Prediction in Psychotherapy Research. A Method

for the Transformation ofClinical Judgements into Testable Hypothe- sis, Nueva York, Int. Univ. Press., 1968.

Capitulo 8