Hasta aquí hemos tratado de articular la experiencia de Dios que se efectúa en la vida humana, pero aún no hemos hablado propiamente de la experiencia cristiana de Dios. ¿Existe una experiencia típicamente cristiana de Dios? O mejor: ¿cómo se mostró el Dios del Misterio en el camino de Jesucristo, fundamento del cristianismo?
Muy abstractamente, podemos decir que en el cristianismo se articuló la experiencia del Misterio como historia del Misterio. El Sentido no quedó difuso, profuso y confuso dentro de la realidad, sino que plantó su tienda entre nosotros y se llamó Jesucristo (cf. Jn 1,14). El Misterio es tan radicalmente Misterio que puede, sin perder su identidad, hacerse carne e historia. Puede subsistir totalmente en otro diferente de él. Si así no fuera, no manifestaría su omnipotencia ni su carácter de Misterio. Así pues, siendo vida, puede morir; haciéndose muerte, puede vivir. Puede, siendo impalpable, hacerse palpable; siendo invisible, hacerse visible; siendo Creador, hacerse criatura. Dice el apóstol Juan: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que nuestras manos han palpado tocando el Verbo de la Vida [...] Vida eterna que estaba con el Padre y nos fue manifestada, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos...» (1 Jn 1,1-3).
La fe cristiana, como muestra este texto joánico, testimonia la historia de Dios, que, siendo Infinito y Trascendente, se hizo finito e inmanente como una parte de nuestro mundo. Celebra la absoluta autocomunicación de Dios; canta la radical proximidad del Misterio; se alegra con la benignidad de nuestro Dios. La benignidad, la proximidad y la auto-comunicación se experimentan como amor irrestricto, bondad
sin límites, perdón pleno y presencia misericordiosa de Dios dentro de la propia realidad humana, la cual se torna diáfana, transparente. La vida del hombre Jesús es la vida de Dios; el amor del hombre de Nazaret es el perdón y la aceptación del mismo Dios. En él la trascendencia divina y la inmanencia humana se encuentran, haciéndolo transparente a Dios.
Estas afirmaciones pueden constituir un escándalo para todas las filosofías y teologías apofáticas, es decir, las que niegan cualquier valor a nuestras afirmaciones acerca de Dios. Parecen blasfemas para quien afirma la total no-objetividad del Misterio; son idolátricas para quien afirma la absoluta trascendencia del Misterio, sin posibilidad alguna de acercarse a nuestra condición inmanente. Con todo, nos preguntamos: ¿sabemos qué es el Misterio? El Misterio se da en lo comprensible y en lo incomprensible, en el más allá y en el más acá, en la historia y en la superación de la historia. Lo cual significa que es propio del Misterio hacerse totalmente otro de sí mismo. Lo Totalmente Otro del Misterio es su kénosis, es decir, su auto-negación y humillación, Y ello consiste en hacerse criatura, esclavo; y una vez esclavo, crucificado; y una vez crucificado, condenado a los infiernos. Ése fue el camino de Jesucristo, el camino del Deus inversus (cf. Flp 2,6-8). Con lo cual hizo su aparición una nueva posibilidad de lenguaje religioso: el lenguaje que narra la historia de este acontecimiento de la ternura y la jovialidad de Dios, que por amor al ser humano se humilla y llega hasta las últimas consecuencias (cf. Jn 13,1). ¿Cómo aconteció esta historia de Dios encarnado en el mundo?
Si Dios emerge del interior mismo de nuestro mundo, ¿cómo emergió del interior del mundo de Jesús de Nazaret? Es situando a Jesús dentro de su mundo como se muestra la originalidad de su expe- riencia de Dios. Ciertamente, el Dios de Jesús de Nazaret es el Dios de la experiencia de los padres de la fe abrahámica del Antiguo Testamento. Pero es también un Dios experimentado de un modo profundamente distinto, porque la encarnación de Dios no pretende sancionar lo que ya sabíamos de él, sino revelarnos definitivamente quién y cómo es realmente Dios en sí mismo. No podemos olvidar que la razón última de la condena a muerte de Jesús no fue tanto su discordancia con los fariseos en relación con la interpretación de la Ley cuanto el hecho de que Jesús hubiera presentado un Dios de amor y de perdón, un Dios Padre con características de Madre; es decir, una experiencia diferente de Dios.
a) Un mundo oprimido interior y exteriormente
El mundo en el que vivió Jesús de Nazaret se hallaba profundamente oprimido bajo un régimen general de dependencia, heredada de mucho tiempo atrás2. Palestina llevaba viviendo en la dependencia y en la periferia de los grandes imperios prácticamente desde el año 587 a.C. Desde esa fecha hasta el 538 a.C. dependió de Babilonia; hasta el 331 a.C., de Persia; hasta el 323 a.C., de la Macedonia de Alejandro; hasta el 197 a.C., del Egipto de los Ptolomeos; hasta el 166 a.C., de la Siria de los Seléucidas. En el año 64 a.C., cae bajo la esfera del imperialismo romano. Y en el año 40 de nuestra era, Herodes, hijo del ministro idumeo de Hircano, Antípater, es proclamado rey de los judíos por un decreto del Senado romano. Se trataba de un rey pagano, sustentado por el poder de Roma, la
metrópoli. Esta dependencia exterior era objeto de un proceso de internalización debido a la presencia de las fuerzas de ocupación, de los cobradores de impuestos y del partido de los saduceos, que le hacían el juego a la política romana. Pero también por causa de la cultura romano-helenística, que hacía la opresión aún más odiosa e ignominiosa, dado el carácter religioso y segregacionista de los judíos. Después de la muerte de Herodes, el reino fue dividido entre sus hijos (cf. Le 3,1-2), y más tarde la Judea pasaría a ser gobernada por un pro- curador romano.
Desde el punto de vista socioeconómico, Galilea, la tierra donde nació Jesús y donde éste realizó su actividad de predicador itinerante, es una región casi exclusivamente agrícola. La profesión dominante en la familia de Jesús, sin embargo, era la de teknon, que podía significar tanto «carpintero» como «tejedor» o cubridor de tejados. Es verdad que había trabajo para todos, pero el bienestar no era excesivo. El ahorro era algo absolutamente desconocido, de suerte que una carestía o una mala cosecha hacían que se produjeran verdaderos éxodos rurales en busca de trabajo. Los jornaleros se amontonaban entonces en las plazas de las ciudades (cf. Mt 20,1-15) o se ponían al servicio de un gran propietario hasta saldar sus deudas3. La ley mosaica, por la que el primogénito recibía doble herencia que los demás hermanos, ocasionaba indirectamente el aumento del número de asalariados que, al no encontrar empleo, se convertían en un verdadero proletariado, compuesto de mendigos, vagabundos y ladrones. Estaban, además, los ricos terratenientes, que expoliaban a los campesinos a base de hipotecas y expropiaciones por impago de deudas. El sistema tributario, por lo demás, era sumamente exigente y minucioso: había que pagar impuestos por casi todo (por cada miembro de la familia, por las tierras,
por el ganado, por los árboles frutales, por el agua, por la carne, por la sal, por los caminos...). Y, por si fuera poco, Herodes, con sus construcciones faraónicas, empobreció extraordinariamente al pueblo.
La dominación extranjera constituía para este pueblo una verdadera tentación en relación con la fe en las promesas y en el señorío de Dios sobre el mundo a partir de Jerusalén. Los diversos movimientos de liberación, en especial el de los zelotas, pretendían preparar o incluso provocar, mediante la violencia, la intervención salvadora de Dios. Cuanto mayor era la dependencia y la opresión, tanto más intensa y ardiente era la esperanza y la expectativa de una intervención inminente de Dios (cf. Le 3,15), exacerbada por la excéntrica fantasía de los apocalípticos, que en todas las cosas veían fácilmente señales que preanunciaban la instauración del reinado de Dios y la liquidación de todos los enemigos del pueblo.
La verdadera opresión, con todo, no se debía a la presencia del poder romano, sino a la interpretación legalista de la religión y de la voluntad de Dios, corroborada especialmente por los fariseos. La ley, que debía ayudar a encontrar el camino hacia Dios, había degenerado - con el peso de las tradiciones, de las interpretaciones cicateras y de las mezquinas minucias- en una terrible esclavitud impuesta en nombre de Dios (cf. Mt 23,4; Le 11,46). Jesús llegará incluso a decir: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios para conservar vuestra tradición!» (Me 7,9). Todo -quién es prójimo y quién no lo es; quién es puro y quién es impuro; cuáles son las profesiones desacreditadas y cuáles no lo eran...- se medía en términos de ley, generando toda clase de discriminaciones sociales. Los fariseos lo observaban todo al pie de la letra y aterrorizaban al pueblo obligándolo también a practicar una estrictísima observancia. Llegaban a decir: «¡Maldito quien no conoce la
ley!» (cf. Jn 7,49). A pesar de toda su «perfección», adolecían de una deformación fundamental que Jesús se encarga de denunciar: «Descuidáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mt 23,23). La ley, en lugar de servir de ayuda, se había convertido en una prisión; dorada, si se quiere, pero prisión en definitiva. Pretendiendo auto-asegurarse la salvación, el ser humano se había cerrado sobre sí mismo frente a los demás y, finalmente, frente al Dios vivo. Para el fariseo, lo vivo era la Ley, no Dios, de quien transmitía un concepto de lo más fúnebre, pues no se hacía presente, sino que era como si estuviese muerto y hubiese dejado como testamento un montón de leyes y normas que garantizaran la otra vida en el seno de Abraham. A quienes vivían al margen de esta comprensión legalista se les consideraba perdidos, desesperados y abandonados por Dios, además de socialmente desacreditados. A los enfermos se les instaba a interpretar sus enfermedades como fruto de su pecado e incluso del pecado de sus antepasados. La condición humana, pues, era triste y verdaderamente oprimida cuando Jesús dio comienzo a su actividad pública.
b) Dios experimentado como liberación y sentido absoluto Sobre ese deprimente y opresivo telón de fondo emerge la figura de Jesús de Nazaret, que es capaz de vivir y experimentar a Dios en esa situación. Pero ¿cómo se le aparece concretamente Dios en su vida? Dios nace en su experiencia como el Liberador de tales opresiones. Sus primeras palabras son de liberación: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un
año de gracia del Señor» (Le 4,18-19)5. Y grita para que todos puedan oírlo: «¡El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca! ¡Convertios y creed en la Buena Nueva!» (Me 1,15).
Frente a una situación global de opresión interior y exterior, Jesús encuentra en Dios la liberación total, y «Reino de Dios» es el concepto clave que expresa su experiencia: Dios había decidido intervenir y poner fin a este mundo siniestro dominado por fuerzas enemigas del hombre y del propio Dios. «Reino de Dios» significa el sentido radical para este mundo, libre del pecado, del odio, del sufrimiento y de la muerte. La utopía, objeto de anhelo de todos los siglos, se realiza ahora como acontecimiento gozoso, porque las enfermedades ya están siendo curadas (cf. Mt 8,16-17), el luto se transforma en alegría (cf. Lc 7,11-17), los elementos de la naturaleza han dejado de ser enemigos (cf. Mt 8,27), los pecados son perdonados (cf. Me 2,5), los demonios son exorcizados (cf. Mt 12,28) y la muerte está siendo desterrada para siempre (cf. Mc 5,39). Dios, el sentido del mundo, reconciliado y transfigurado: he ahí lo que la expresión Reino de Dios pretende significar. Por eso, «dichosos vosotros, los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios; dichosos vosotros, los que pasáis hambre, porque quedaréis saciados; dichosos vosotros, los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6,20-21).
No se trata ya de liberaciones parciales, ya sean políticas o religiosas. Es la creación entera la que será liberada en todas sus dimensiones. Lo cual no constituye tan sólo un anuncio profético y utópico. Es cierto que profetas judíos y paganos de todos los tiempos habían soñado y preanunciado el advenimiento de un nuevo mundo, y en este nivel del anuncio Jesús se encuadra en la lista de los grandes profetas de la humanidad. Pero no es ahí donde reside su originalidad,
sino que además Jesús realiza la utopía. No dice: «El Reino va a venir», sino «El Reino ha llegado» (Mt 4,17) y «está ya en medio de vosotros» (Lc 17,21). Jesús experimenta a Dios presente y actuante y consumando su victoria definitiva a través de su proclamación y su acción de profeta, curador y taumaturgo: «Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Lc 11,20). Y se experimenta a sí mismo actuando en nombre de Dios, porque se siente el más fuerte que vence al fuerte (cf. Mc 3,27). Aquí radica la novedad perenne de Jesús. Con él, Dios está en medio de nosotros.
c) Dios experimentado como Padre y Madre de infinita bondad Esta presencia del Reino exige una adhesión total. Hay que estar abierto al Dios presente. Pero ¿qué rostro tiene ese Dios? ¿Sigue siendo el Dios de la Ley que exige la observancia irrestricta y minuciosa que propugnan los fariseos? Los evangelios nos muestran dos dimensiones de Jesús totalmente paradójicas: la una extremadamente rigorista, y la otra liberal. Por un lado, presentan a Jesús planteando en nombre de Dios unas exigencias más duras que las de los fariseos. En este sentido, es un rigorista: no sólo el matar, sino incluso el irritarse contra el hermano le hace a uno reo de juicio (Mt 5,21-22); no sólo el adulterio consumado, sino incluso la simple mirada codiciosa le convierte a uno en adúltero (cf. Mt 5,27-28); «si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna» (Mt 5,29). Todo el tenor del sermón de la montaña radicaliza las exigencias de la Ley, llevando la observancia al nivel de lo imposible para el simple hombre mortal. Por otro lado, los evangelios muestran a
un Jesús soberano frente a la ley, hasta el punto de ser considerado «laxo» por los piadosos de su tiempo, que mostraban abiertamente su escándalo (cf. Mt 13,53-58). No le preocupaba la observancia rigurosa del sábado, porque más importante que el sábado era para él el ser humano (cf. Mc 2,23-26; Lc 6,6-10; 13,10-17; 14,1-6; Mc 2,27). Ni él ni sus discípulos eran ascetas al estilo de los discípulos de Juan (cf. Me 2,18); es acusado de glotón y bebedor (cf. Lc 7,34; Mt 11,19); critica la distinción entre prójimo y no-prójimo (cf. Lc 10,29), porque «prójimo es todo aquel a quien me aproximo, tanto si es judío como si es pagano, tanto si es santo como si es malvado»; fulmina, haciendo gala de su autoridad, las leyes referentes a la purificación: no es lo que entra, sino lo que sale del ser humano, lo que hace a éste impuro; lo que entra no pasa por el corazón, sino por el estómago, para ir a parar al excusado (cf. Mc 7,19). Acoge a todo el mundo, especialmente a los que eran considerados pecadores públicos, como es el caso de los recaudadores de impuestos, con quienes come abiertamente (cf. Lc 15,2; Mt 9,10-11), los enfermos y los leprosos (cf. Mc 1,41), o una hereje samaritana (cf. Jn 4,7). Prefiere a los publicanos, las prostitutas y los pecadores antes que a los piadosos y a los teólogos (cf. Mt 21,31). En el Evangelio de Juan encontramos estas liberadoras palabras de Jesús: «Al que venga a mí no lo echaré fuera» (Jn 6,37).
¿Cómo ha de entenderse esta paradoja de que sea por un lado tan rigorista, y por otro tan liberal?
Si tomamos la Ley como medida de juicio, no conseguiremos entender tal paradoja, porque un elemento excluye el otro. Ambos aspectos opuestos sólo son comprensibles y revelan su unidad interior si consideramos la experiencia típica que Jesús tiene de Dios. En realidad, su rigorismo no es el rigorismo de la Ley, sino un rigorismo
que ayuda a abandonar la absolutización de la Ley y a confiarse a un Dios que está por encima y más allá de la Ley. Jesús tiene la experiencia de Dios, no como juez vigilante de la Ley, sino como Padre de infinita bondad. Abba es la ipsissima vox Jesu (palabra que viene directamente de labios de Jesús) y significa «papaíto», expresión propia de un lenguaje familiar e íntimo que expresa toda la intensidad afectiva de la experiencia de Jesús. «Jesús habló con Dios como un niño habla con su padre, lleno de confianza y seguridad, a la vez que de respeto y sentido de la obediencia». Con ese Dios Padre nos relacionamos con amor incondicional y entrega absoluta. No basta con cumplir la Ley. El amor no conoce límites, sino que va más allá de las leyes, volviendo éstas absurdas, porque el amor no es objeto de legislación alguna. De ahí que nunca podamos estar satisfechos de nuestro amor a Dios y al prójimo, pues siempre estaremos en deuda. Jesús eliminó de una vez por todas la conciencia satisfecha de quien pretende haber cumplido todos sus deberes para con Dios; la conciencia de estar en paz con Dios y poder reclamar de él el cumplimiento de la promesa que hizo a su pueblo y a todos cuantos lo aman. Jesús decía: «Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer"» (Lc 17,10). Eliminó además toda pretensión de arrogarse gloria o mérito alguno delante de Dios cuando, tras descalificar al fariseo que se gloriaba de sus buenas obras, elogió al publicano que se daba golpes de pecho diciendo: «¡Ten compasión de mí, oh Dios, que soy un pecador!» (Lc 18,13). Por más que hagamos, siempre seremos deudores delante de Dios. El rigorismo de Jesús se entiende, no a partir de la observancia de la Ley, sino a partir de las exigencias del amor, que no soporta, so pena de morir, ninguna clase de límites.
El fariseo es rechazado por considerarse justo por el simple hecho de realizar buenas obras, dar limosnas y practicar el ayuno. Nadie, a excepción de Dios, debe considerarse justo y bueno (cf. Lc 18,19). Delante de Dios, todos somos publicanos, es decir, pobres pecadores. Reconocernos pecadores nos vuelve justos; reconocernos justos nos hace pecadores, corno nos enseña la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14). El rigorismo de Jesús no es, pues, el de la ley, sino el del amor.
A la luz de Dios como Padre amoroso se entiende el liberalismo de Jesús. No se trata de desobediencia a la ley y de anarquía moral, sino de esa forma del amor que ha superado las divisiones que la ley había introducido entre puros e impuros, entre prójimos y no-prójimos, entre buenos y malos. El amor es irrestricto: ama todo y a todos, porque es así como Dios ama: «Él es bueno con los ingratos y los perversos» (Lc 6,35) y ama indistintamente a todos, pues «hace salir su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). Para el amor ya no hay puros e impuros, prójimos y no-prójimos, buenos y malos. Todos son dignos de amor, porque Dios les ha hecho dignos de su