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Analysis of Vulnerability and Selection of Vulnerable Groups SEEDS, the NGO, in formulating the IRP for the STDP used outdated

Key Issues in Income Restoration in Resettlement Programs:

3. Analysis of Vulnerability and Selection of Vulnerable Groups SEEDS, the NGO, in formulating the IRP for the STDP used outdated

por Rodrigo Fresán

Envejecemos junto a Madonna como otros han envejecido junto a Frank Sinatra. Madonna Louise Verónica Ciccone, aho- ra, como el espejo de nuestros días y de nuestra de/generación: sus mutaciones radicales son el reflejo exagerado de las nuestras, más cautas e intrascendentes, pero aun así parecidas. Porque ese es el trabajo de las leyendas: parecerse a los seres anónimos y pequeños, solo que a lo grande y en las primeras planas del uni- verso. La fama no es más que la exageración de un síntoma: el tumor de una gripe o la carcajada de una risita. La comparación entre Sinatra y Madonna no es gratuita: ambos comparten la categoría de mitos del mundo del espectáculo, ambos son y han sido reveladores signos de su tiempo, ambos comparten persona- lidades del tipo volcánico y decididamente itálico, ambos se las han arreglado para permanecer en lo más alto durante demasia- dos años y, finalmente, ambos son y fueron pésimos actores. La única atendible diferencia es que Sinatra está muerto y Madonna está más viva que nunca, lo que no impide imaginarle un futuro en Las Vegas, cantando «Material Girl» con la boca torcida por un cigarrillo y con un vaso de scotch en su garra. ¿Quién sabe? Haga lo que haga, lo hará a su manera.

Life

Madonna sigue siendo Madonna y nosotros seguimos enve- jeciendo. El último relato de su vida es Madonna: An Intimate Biography, de J. Randy Taraborrelli, un especialista destructor de imágenes quien antes se había metido con Dianna Ross, Frank Sinatra, Michael Jackson y las mujeres del Clan Kennedy. Este

biógrafo cuenta la misma historia de siempre, saca a flote chis- mes de viejos amores, pero concluye con un optimista final feliz: reconciliación con su portentoso e itálico padre, bautizo de su nuevo hijo Rocco y casamiento con su nuevo esposo (Guy Rit- chie), y –otra vez, lo más importante de todo– el éxito mundial del disco «Music», bailado alegremente por encima de los hue- sos de un planeta pop dominado por bandas efímeras de nenes y nenas que aparecen y desaparecen mientras ella, la primera y la única, la imbatible y siempre victoriosa, los mira desde arriba, desde muy arriba, desde esa altura donde todos los otros parecen tan pero tan pequeños.

Editada casi como souvenir del tour, en la última biografía de Madonna se encuentra todo lo que uno quiere encontrar y sabe que va a encontrar. Y algunas cosas más, contadas con un curioso tono entre oficial y autorizado por «La Jefe» y, por momentos, como secreteando en el baño a escondidas. Así nos enteramos de que no es tan cierta esa leyenda urbana de que Madonna comía de los tachos de basura al llegar a Nueva York, que Sean Penn le exigió que se hiciera el test del sida antes de acostarse con ella por primera vez, que Jackie O se negó a recibirla a la hora de su roman- ce con John-John Kennedy (a quien se ofreció desnuda y envuelta en polietileno transparente), que la relación con Prince no funcionó porque él prefería el «sexo cósmico» y ella «los orgasmos múlti- ples», que años después de su divorcio le pidió a Sean Penn («eres el único al que he amado») que le hiciera un hijo y que Sean salió pitando, que come la ensalada con las manos, que sorprendió a Mi- chael Jackson mirándole las tetas y que le obligó a tocárselas para ver qué le parecían. Y Jackson tocó y salió, también, corriendo.

Madonna además sorprendió al entonces presidente argen- tino Carlos Saúl Menem. Pero no le pidió nada. El libro de Ta- raborrelli dedica varias páginas –de hecho las primeras de su libro, como ejemplo claro de cómo esta chica se las arregla para conseguir todo lo que se propone– al encuentro entre la can- tante y el primer mandatario a la hora de negociar el permiso para filmar «Evita» en Buenos Aires y disponer del balcón de la Casa Rosada. Taraborrelli cuenta que Madonna se informó a fondo sobre la vida y obra del presidente («divorciado y católico converso, ¿uh? Bueno, los dos tenemos algo en común: somos

pecadores, católicos divorciados», sonrió la autora de «Like a Virgin»). Cuenta que le impresionaron sus pies pequeños y su cabello teñido, que le sorprendió lo poco auténticas que parecían las antigüedades de la Quinta de Olivos. Menem no apartaba la vista de su escote, y Madonna decidió ponerle la nueva can- ción que había grabado para la película: «You Must Love Me». Menem la escuchó con los ojos cerrados, las manos detrás de la nuca, balanceándose lentamente. Al terminar la canción –cuenta Madonna– Menem estaba llorando. «Es usted muy apuesto», le dijo Madonna. Menem sonrió. Después se pusieron a conversar sobre «nuestras pasiones»: música, política, misticismo y reen- carnación. «Uno siempre debe tener fe en las cosas que no pue- den ser explicadas. Como Dios. Y la certeza de que los milagros pueden ocurrir», suspiró Menem. «De acuerdo. Por eso quiero hacer esta película y salir a ese balcón», aprovechó Madonna. Menem la besó en ambas mejillas, le deseó buena suerte en inglés y le dijo:

–Todo es posible.

Tenía razón: todo es posible. Pero a Madonna no le hacía falta que Menem le revelara semejante secreto porque siempre lo tuvo claro, desde el principio de su vida aparentemente im- posible pero real donde se vive y se muere por el solo placer de resucitar enseguida. La biografía y su biografía no hacen más que insistir sobre un síntoma: Madonna siempre está volviendo porque eso es lo que pueden hacer los únicos que no se han ido nunca. Mientras tanto, el suplemento «Tentaciones» de El País le dedicaba su tapa a un hipotético Museo Madonna donde se exhiben todas sus diferentes etapas: la idea era buena. Madonna tiene más estilos que Picasso y, a esta altura, poco y nada cuesta considerar a Madonna como la perfecta encarnación del sueño americano convertido en una gran novela por episodios: la his- toria clásica de una chica humilde que se convierte en dueña del mundo remezclada con la trama más rara de alguien que empie- za como chica material y muta a mujer espiritual.

Live

La crónica de la puesta en práctica de todo el «Sistema Ma- donna» amerita una nueva visita a la escena del crimen. Yo ya

la había visto at live en Buenos Aires, para la gira Blonde Am- bition: vulgar, decepcionante, mal sonido y coreografías inocu- rrentes. Esta vez la cosa prometía ser diferente, mejor. Madonna ya no era la puta feliz de serlo sino, ahora, una artista de la música electrónica. Escribí lo que sigue a propósito del concierto de nuestra heroína que abrió la gira Drowned World Tour en Barcelona. Volver a leerlo es, en realidad, como volver a escu- charlo, como meter el mismo compact de siempre en el discman para volver a verla. Porque a Madonna no se la oye: se la mira. Miremos para atrás y –conjugar el pasado en tiempo presente pasa con las mejores leyendas– ahí está ella al frente: Madonna volvió y es millones. Madonna ahora se está ganando a pulso y garganta sus millones en el escenario del Palau Sant Jordi de Barcelona que, misteriosamente, no se llenó la noche inaugural del sábado, mientras las entradas para Los Ángeles se agotaron en diecisiete minutos, la reventa en Londres ya trepó hasta los se- tecientos dólares, y el resto de la gira ya colgó el cartelito de «No hay localidades» en el site oficial de la alguna vez chica material y hoy mujer espiritual. Es el bestial arranque del Drowned World Tour 2001, su primera gira mundial desde 1993. Madonna sale vestida de punkie postapocalíptica con kilt escocés en honor a su maridito y rodeada de bailarines mutantes con máscaras de gas. Humo y láser y sonido y la locura de los que están abajo –que incluyen tanto a las hermanas del rey como a Calvin Klein– viéndola descender desde las alturas en una plataforma. Es el principio de una hora y cuarenta minutos en la que entran varios conciertos y varias Madonnas. Hay artistas a los que uno acude por sus canciones. Ya se dijo: uno va a ver a Madonna para ver a Madonna (y de paso se la oye). En los últimos días, en Barcelona, todo el mundo dice haber visto a Madonna. Súbitas manifesta- ciones de la virgen pecadora aquí y allá: comprando ropa por Paseo de Gracia, comiendo morcilla en un bar de tapas y, juran, hasta toreando una vaquilla o pescando en el Mediterráneo.

Ahora sale y saluda con un «fuck you, motherfuckers!» y todo el mundo contento de ser insultado por Lady Madge. Aho- ra, esta noche, todos los que quieren pueden verla y con ella a todas sus replicantes. Ahí está, ahí están. Varios modelos de Ma- donna vestidos por Jean Paul Gaultier para pasión y gloria de

una puesta elegantemente esquizofrénica donde se recorrió más el presente de la cantante que su pasado. Madonna que arranca como heroína de un mundo devastado. Madonna que se con- vierte primero en delicada geisha enfundada en un kimono de mangas infinitas y después, enseguida, en furiosa samurai a lo película Tigre y dragón flotando y dando patadas por encima del escenario convertido en tatami. Madonna que muta a cowgirl de establo con Gibson Les Paul en bandolera sobre un toro mecáni- co con asiento especialmente diseñado para acomodar sus bendi- tas posaderas mientras dispara y derriba a uno de sus bailarines. Madonna que desaparece mientras un instrumental «Don’t Cry For Me, Argentina» sirve de fondo fantasmal a parejas tangueras y masculinas (guiño al sesenta y cinco por ciento de seguidores gays, dicen las encuestas, que bailaron hasta moler sus huesos). Madonna que vuelve psicodélica para «Beautiful Stranger», bien mex-flamenca para «La Isla Bonita», y la ahora en castellano «What It Feels Like For a Girl». Madonna disco-diva para el gran final con las festivas «Holiday» y «Music» mientras las pan- tallas bombardeaban con el efecto especial más barato y, sin em- bargo, más alucinante: miles de imágenes de la estrella brillante a lo largo de los largos años, todas las Madonnas juntas en un vér- tigo estroboscópico que te perfora las pupilas mientras el estadio es arrasado por una tormenta de papel picado dorado. Después, como suelen hacerlo las diosas, se va para no volver con bises. Porque todavía le quedan cuarenta y siete conciertos y tres meses de gira y, la verdad, no hace falta nada más. Uno sale de The Drowned World Tour como de las tripas de un dibujo animado o de un sueño húmedo de Andy Warhol, y después resulta que volviste a tu casa caminando varios kilómetros sin darte cuenta.

A la mañana siguiente, la prensa local –y los quinientos pe- riodistas extranjeros que vinieron a presenciar la quinta reencar- nación de Madonna para la carretera– coinciden en que se trata de su mejor show, calculado al milímetro, las mejores canciones nuevas («Frozen», «Don’t Tell Me») con poco y justo de lo viejo y trajinado, todo muy lejos del tufo prostibulario y kitsch de es- pectáculos anteriores y más cercano a uno de esos circos deluxe última generación. The Drowned World Tour –una representa- ción teatral de mi música, definió Madonna– es un gran efec-

to especial electrificado por hits que se las han arreglado para formar parte del soundtrack de la cultura popular de las dos últimas décadas y que pasa por nuestras cabezas con potencia de locomotora y gracia de ultraliviano.

Ahora es casi la medianoche de sábado y una chica sale del Palau Sant Jordi y camina colina abajo y se saca la camiseta de Madonna y en tetas y en cueros, le pregunta a su amiga, con los ojos bien abiertos por el síndrome de abstinencia: «Dime, desgraciada, ¿cuánto falta para que llegue U2, por Dios?». «En agosto, linda, en agosto», le responde su amiga mientras le aca- ricia el pelo. Y las dos pegan un grito de reinas del rodeo y salen corriendo en busca de un cajero automático de esos que venden entradas para repetir el concierto de Madonna este domingo, misma hora y mismo lugar. En 2003, parece, habrá nuevo álbum de Madonna. Para entonces las dos chicas serán dos años más viejas. Y Madonna será dos años más grande.

Pop

Pensar, si tienen ganas, en la historia del pop como un lugar donde los años cincuenta fueron la Prehistoria. Los sesenta el Egipto faraónico y el estallido humanista de Grecia. Los setenta como la Roma decadente y la Edad Media. Los ochenta como el Renacimiento, y los noventa que todavía se estiran sobre los primeros 2000 como, ah, los noventa como los setenta en serio: luces y flashes y coreografías de mercadotecnia. El encandilan- te horror en el corazón de las tinieblas. Ahora, que pareciera que flotáramos en el punto más ingrato de nuestras historias musicales, no se puede no considerar a Madonna como una perfecta hija de los Borgia-Medicis & Co., una Venus de Bot- ticelli flotando como una virgen por encima del ruido blanco y pasajero de todas las modas y de todos los huesos amarillos de las muchas, muchísimas, que quisieron ser como ella y ya no son ni serán.

La primera aparición de «Santa Madonna» tuvo lugar du- rante los tempranos ochenta –rodeada por la mejor música pop en muchos, muchos años– como un producto en principio bas- tardo y al que se suponía efímero como canción de discoteca estival. Cindy Lauper era mucho mejor y más freak y arty, y

Madonna, en principio, fue conocida como opción saludable y gordita para chicas desesperadas en un planeta gobernado por las curvas perfectas de las supermodels. Madonna era una chica que bailaba en una discoteca, y que –luego de haber sido chica de coro en París para Patrick «Born to Be Alive» Hernández– gra- ba un single independiente titulado «Everybody» y que, como mucho, iba a tener trece minutos de fama en lugar de los quince de rigor. Alguien por reemplazar por la siguiente reemplazable. Siguen «Holiday» y «Lucky Star» y sale Madonna –opus I– y Madonna vende bastante. La canción y el álbum «Like a Virgin» –primera piedra arrojada contra el cristal del establishment con Madonna revolcándose por el suelo con un vestido de novia– cambiaron las cosas para siempre y ya ponen en claro la diferen- cia que hay entre una moda y un fenómeno.

Desde entonces, lleva la etiqueta de femme fatale, su nom- bre como sinónimo de disolución, escándalos, mal ejemplo, blasfemias y blanco móvil del «I Hate Madonna Handbook»: manual de campaña para los odiadores de la chica material y de los corpiños indecentes puestos encima de la ropa. Para 1985, Madonna ya forma parte del inconsciente colectivo universal –Madonna como perfecto símbolo del espíritu yuppie: triunfar como sea y seguir triunfando como sea– y ocupa demasiadas páginas de los diarios de Andy Warhol, donde el inventor de la fama-pop no duda en canonizarla y en comparar los helicópte- ros volando sobre la boda de la cantante y del actor Sean Penn con los de la película «Apocalypse Now». Si a la hora de la Fama como libro sagrado Warhol es profeta del Antiguo Tes- tamento, entonces Madonna es protagonista indiscutible del Nuevo, pero con una diferencia: pueden crucificarla todas las veces que quieran, que ella aguanta y aguanta y ni piensa en ir a sentarse a la derecha de su Madre, Marilyn Monroe. Madonna es Famonna.

Así, a casi veinte años después de su llegada a nuestras vidas –Michael Jackson se volvió perturbadoramente loco, y Prince se convirtió en algo tediosamente previsible– resulta difícil pen- sar en un mundo sin Madonna. Todo parece indicar que –para bien o para mal– a Madonna también le resulta difícil pensar en eso.

Star

Marilyn Monroe –como Elvis Presley o Kurt Cobain– era una estrella, pero una estrella nova, autodestructiva, de alta in- tensidad y breve permanencia. La luz que emite es la luz de una estrella todavía brillante pero definitivamente muerta. La luz fría de películas y pósters y grabaciones. Madonna ha buscado al principio de su carrera cierta complicidad con el look Monroe, pero –al mismo tiempo– no ha dejado de aclarar que «Marilyn fue una víctima y yo no», por eso no hay comparación posible. A Madonna le interesa la Marilyn personaje y no la Marilyn per- sona. Lo mismo vale para Evita, otro de sus arquetipos/disfraces en los que entra por un rato para después salir más Madonna que nunca. Pensar en Madonna como una especie de talento- so parásito dispuesto a absorber todo lo que valga la pena ser absorbido. Un vampiro siempre sediento de lo cool y de lo hip. Un David Bowie con tetas que se prueba vidas como otros se prueban ropa.

Si algo ha sido Madonna es victimaria antes de víctima, no es presa y sí animal de caza. Sus momentos de perseguida o don- cella en llamas han sido orquestados cuidadosamente por ella y, después de todo, ¿hay algo mejor que despertar las iras del Vaticano y conseguir todo ese centimetraje gratis de publicidad en la primera plana de los diarios? Madonna parece nutrirse del sudor y la saliva de sus perseguidores. La verdadera irreconcilia- ble diferencia entre Madonna y Marilyn es, sin embargo, otra: Madonna –a diferencia de la otra rubia teñida– cree mucho en sí misma, porque lo suyo es un milagro. Y las víctimas somos, siempre, nosotros: las personas que jamás podrán creer tanto en sí mismas porque siempre nos dijeron que eso era peligroso, que no estaba bien, que te vas a caer si subes tanto. Madonna toda- vía no entiende qué es eso de la ley de gravedad.

Off

A pesar de sus múltiples cambios y reencarnaciones, Madon- na resulta verosímil y buena parte del respeto o la admiración que despierta viene de su habilidad para permanecer. Madonna es verosímil en su imposibilidad: compró el único número de una

rifa y, por lo tanto, ganó. No es fácil hacerlo en un mundo donde todo dura poco y está bien que así sea. Madonna habla, canta y se mueve desde hace dos décadas con la seguridad de los que se sienten iluminados y carne de reflector. De ahí que no sea fácil entrevistar a Madonna porque da la impresión de que todas las preguntas que le hacen han sido transmitidas telepáticamente por ella al cerebro intimidado de los entrevistadores muñecos de ventrílocuo. Una exclusiva publicada por el mensuario «The Face» es un perfecto ejemplo de ventriloquía periodística. Ma- donna –más cerca de la complacencia de Hola! que del análisis a fondo de Mojo o Uncut– responde solícita y vagamente sarcásti- ca a las preguntas que ve venir desde lejos.

Allí Madonna ofrece –entre palabras para su marinovio, su hija, su hijo, recién, su historia– un momento de sabiduría más o menos sincera: «Creo que al final, cuando eres famoso, a la gen- te le gusta reducirte a unos pocos rasgos de personalidad. Creo que por eso me he vuelto así de ambiciosa, digo lo que me pasa por la cabeza, soy una persona que intimida». Algo de eso sintió