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2. What Are the Key Questions and which Methods Were Used to Answer Them?

2.2 Analytical framework

Carina I. Trabalón

Doctorado en Estudios Sociales de América Latina, CEA-UNC

[email protected] Introducción

El presente trabajo tiene como finalidad reflexionar sobre parte del recorrido trazado en la construcción de mi objeto de investigación. En este sentido, se presentan algunos avances que han tenido lugar como resultado de la revisión de antecedentes y una primera aproximación al trabajo de campo.

Entendido el proceso migratorio como un fenómeno pluridimensional, nuestro problema de investigación busca abordar el cruce entre juventud y migración teniendo en cuenta para ello la dimensión temporal de las trayectorias sociales de los jóvenes migrantes e hijos de migrantes bolivianos, así como la interrelación entre procesos micro y macro sociales que intervienen en éstas. De acuerdo con el carácter incipiente del campo de investigación sobre migración y juventud en la producción académica argentina, se espera contribuir al conocimiento empírico acerca de cómo se desarrollan las trayectorias vitales de los jóvenes en contextos migratorios y, al mismo tiempo, cómo se configura y reconfigura la pertenencia nacional y étnica en este proceso.

La construcción del objeto de estudio: algunos antecedentes y formas de nominación en la literatura académica

Las cuestiones relativas a la complejidad que supone reflexionar sobre las mediaciones existentes entre sujeto y objeto de conocimiento se aclaran en gran medida tomando

como punto de partida la construcción del objeto de investigación. Tal como sostiene

Bourdieu (2012), la primera condición para una sociología reflexiva es pensar la construcción de nuestro objeto científico a partir de una duda radical. Esto implica producir una ruptura con el sentido común, con todo lo preconstruido, lo cual incluye no solamente aquellas representaciones compartidas por todos, ya sea en la cotidianeidad de la vida como aquellas presentes en los relatos oficiales, sino también

las preconstrucciones del mundo académico.

especializada sobre la temática aparecen ciertos obstáculos teórico-epistémicos a tener en cuenta en la definición de nuestro objeto. Particularmente, interesa aquí reflexionar sobre cómo algunos de los usos lingüísticos empleados en su construcción

teórica tienen efectos simbólicos “negativos” que vale la pena resaltar a partir de

los elementos gramaticales y sociales que incorporan. En este sentido, se parte del

supuesto de que las representaciones tienen un efecto simbólico sobre la propia

construcción de la realidad social, pues, “al estructurar la percepción que los agentes sociales tienen del mundo social, la nominación contribuye a estructurar ese mundo, más profundamente cuanto mayor reconocimiento y autorización recibe” (Bourdieu, 2014:81).

Así, un breve repaso por la literatura existente en este campo de investigación permite observar, desde el inicio, una serie de dificultades a la hora de arribar a una construcción del objeto enteramente consensuada. Por ello, una de las particularidades de la producción académica sobre el tema es la coexistencia de diferentes clasificaciones

para nombrar al mismo objeto. Entre las formas más habituales se encuentran

“segunda generación” e “hijos de inmigrantes” (o de migrantes). Aunque también aparecen: “generación 1.5” (o, “generación 1.25”, “generación 1.75” y “generación 2.5” de acuerdo con diferentes variables), “jóvenes descendientes”, “jóvenes de origen inmigrante” (o migrante) o, según el caso, reemplazando inmigrante/migrante por la procedencia nacional, por ejemplo, “hijos de bolivianos” o “jóvenes de origen boliviano”. Lo cierto es que cada una de estas categorías presenta dificultades de distinto tipo, algunas más problemáticas que otras.

De este modo, resultan particularmente esclarecedores los argumentos

que se esbozan en las diferentes controversias sobre las categorías de “segunda generación” e “hijos de inmigrantes”. Mientras que la noción “segunda generación”

tiene un uso más generalizado en la literatura norteamericana, en España, ha tenido una recepción, en algunos casos, ambigua (ya que se la utiliza ampliamente, pero con diferentes significantes) y, en otros, crítica. García Borrego (2004), en su estudio sobre los hijos de inmigrantes en España, sostiene que el uso de la categoría “segunda generación” implica, por un lado, una operación diacrítica que unifica a los padres e hijos bajo la categoría común de inmigrantes, así como también los separa a ambos de los no-inmigrantes. Por lo que, se trata de una clasificación que al equiparar a los hijos con sus padres y oponerlos a los nativos, los obliga a ser interpelados por una categoría –inmigrantes- cuya connotación peyorativa tiene comprobados efectos de estigmatización (p.28). Según Suarez Navaz (2006), la categoría inmigrante no es una categoría neutra, sino que tiene un fuerte carácter peyorativo en el marco de sistemas y mecanismos de exclusión donde la visibilidad étnica es construida como diferencia esencial desfavorable. De tal forma, “la denominación ‘niño o joven inmigrante’ asigna

sociológico: el ser descendiente de padres inmigrantes” (p.19). El término resulta “abusivo” en la medida que categoriza como inmigrantes –nacen siendo inmigrantes- a aquellos que nunca han efectuado la acción de migrar. Por otra parte, el término hace referencia a un plano diacrónico, al momento en que se produce el paso de una generación a otra, es decir, a aquella línea que separa a los inmigrantes de sus hijos cuya asociación, en este caso, viene marcada por un vínculo de filiación y, en tal sentido, “caracterizar a una población a partir de su filiación supone una biologización tácita, una forma extrema de esencialización próxima al racismo, pues implica la idea

de que la condición de inmigrante se transmite de padres a hijos junto al resto de los

rasgos naturales (viejo racismo biologicista) y sociales (nuevo racismo culturalista)” (García Borrego, 2004:30). Por otro lado, con respecto a la expresión “de origen”, este autor sostiene que se trata de un término atenuante de aquello que se define como condición inmigrante, es decir, “se habla de los ‘jóvenes de origen inmigrante’

haciendo de ellos un caso particular dentro de la población inmigrante en general”

(García Borrego, 2007:160).

Como se verá a continuación, en Argentina algunos de los estudios enmarcados

en esta área temática han recuperado la crítica realizada a la categoría de “segunda

generación” y optado por el término “hijos de inmigrantes” (Gavazzo, Novaro y Beheran, 2014). Mientras que otros, desde la demografía, prefieren el uso de la nominación “segunda generación” (Cerruti y Binstock, 2012).

Nominación y recorte empírico: una primera aproximación al campo

Referido a las dificultades que surgen a la hora de recortar empíricamente el objeto, los estudios consultados muestran diferencias entre los referentes empíricos correspondientes a las categorías de uso más generalizado, es decir, “segunda generación”, “generación 1.5” e “hijos de inmigrantes”. Portes y Rumbaut en Estados Unidos, utilizan la primera categoría –“segunda generación”- para referirse no solo a los nacidos en el país, sino también los no nacidos en él, pero que han llegado antes de su escolarización “nativos, pero con al menos un padre nacido en el extranjero, o niños nacidos en el extranjero que fueron llevados a los Estados Unidos a una edad temprana y que han vivido allí desde entonces” (Portes y Hao, 2005:14). Y, “generación 1.5” para los llegados antes de su pubertad. Esta conceptualización es recuperada, por ejemplo, en España en el mismo sentido por algunos autores mientras

que otros le otorgan un sentido distinto: utilizan “segunda generación” para referirse

exclusivamente a los nacidos en el país y “generación 1.5” para los que llegan antes de comenzar la escolarización (García Borrego, 2008).

En el primer caso, se obvia el lugar de nacimiento equiparando a los nacidos en el país de destino con los llegados antes de 5 ó 6 años dándole mayor relevancia

al lugar de la escolarización primaria. En cambio, en el segundo caso, se utiliza el lugar de nacimiento como criterio de demarcación. Como se mencionó, en Argentina,

varios autores coinciden en señalar críticamente el uso de la categoría “segundas

generaciones” al considerar los sesgos discriminatorios que la misma supone y proponen, en su lugar, el uso de la categoría “hijos de migrantes”. En estos estudios,

la categoría “hijos de migrantes” es utilizada para referirse a aquellos “que emigraron

desde temprana edad, pero fueron criados y crecieron en la sociedad de destino, como los nacidos en otro territorio nacional” (Gavazzo, Novaro y Beheran, 2014:193). Tal como propone parte de la producción académica local, aquí se considera sociológicamente más relevante el lugar de escolarización, así como también los

diversos grados de asentamiento2. Lo cual no implica restarle importancia al lugar de nacimiento como factor fundamental para comprender tanto la situación legal de los

jóvenes como su relación simbólica con los países de origen y destino involucrados en el proceso migratorio. En este sentido, se opta por el término “hijos de inmigrantes” frente al de “segundas generaciones” y su recorte empírico de acuerdo con los criterios de escolarización y grados de asentamiento.

Por otra parte, la realización de entrevistas exploratorias y observación participante en espacios asociativos y de tipo comunitario condujo a la ponderación de un tercer criterio de demarcación, así como también de una distinción al interior del

grupo social a considerar en la construcción de nuestro objeto de estudio. El tercer

criterio surge, entonces, al observar que, si bien las trayectorias migratorias remiten en muchos casos a una configuración familiar de origen migratorio, también hay casos en que la migración es realizada por los jóvenes -de manera individual o con la “familia propia”- y fuera ya de la “edad escolar”. Así, aunque el uso de la categoría “hijos de

migrantes bolivianos” resulta adecuada para pensar la problemática con relación a los

jóvenes que han nacido, han sido criados o, en parte, socializados en Argentina, se propone la categoría de “jóvenes migrantes” con la finalidad de poder incluir, además a los jóvenes que han realizado trayectos migratorios en los que la decisión de migrar

es propia3 y no de los padres.

Por último, la decisión incluir a jóvenes tanto migrantes como hijos de migrantes

en un mismo objeto de estudio se fundamenta en tanto que la entrada al campo permitió

observar un espacio compartido (los espacios asociativos) en cual se advierten diferenciaciones en términos jurídicos (algunos de nacionalidad argentina adquirida mediante la nacionalización o naturalización, otros de nacionalidad boliviana, ¿otros quizás de doble ciudadanía?), sociales (distintas trayectorias, procesos de movilidad social y diferenciaciones de clase), de género, edad, y grados de asentamiento, entre

otras variables en juego. En este marco surge el interrogante sobre qué procesos

sociales están interviniendo y cuáles son los sentidos que se entretejen en la formación

Reflexiones finales: la “condición migrante” como punto de partida

Sobre los interrogantes y obstáculos epistémicos expuestos se ensaya una posible respuesta (o supuesto) en términos teóricos. Esto es, si bien se trata de un grupo social heterogéneo se estima que sociológicamente tiene algo en común –una condición social- que hace significativa su consideración como grupo social a nivel analítico. Esto es, por su condición migratoria (resultado de un proyecto migratorio propio, para el caso de los jóvenes migrantes o, de un proyecto familiar, para el caso de los jóvenes hijos de migrantes) se encuentra atravesado por diferentes lógicas sociales que se supone condicionan el desarrollo de las diferentes trayectorias vitales. Interesan dos lógicas en particular: por un lado, la lógica del Estado-nación, no sólo a través de la separación entre nacionales y extranjeros que supone una jerarquía en la atribución de derechos (García Borrego, 2008) sino también por medio de la performatividad de su discurso que, junto con su normativa, instituye una determinada visión de la migración y de los inmigrantes como problema social (Domenech, 2015).

En segundo lugar, la lógica étnico-cultural que establece un sistema de jerarquías sociales en función de la pertenencia étnico-cultural (Grimson, 2006). Se sobreañaden a estas determinaciones otras como la clase, el género y la edad que se supone se articularán y/o complementarán de manera compleja (y diversa) según los diferentes espacios y sujetos sociales de análisis. Si se entiende al espacio social como un espacio de existencia teórica que construye el científico a partir de las posiciones que los agentes ocupan (Bourdieu, 1990), queda establecido que cada una de estas lógicas sociales implican relaciones de poder específicas dadas por la desigual distribución de recursos materiales y simbólicos. García Borrego (2008), siguiendo el planteo de Pedreño, sostiene que existe una sobredeterminación estructural que, producto de este reforzamiento reciproco, configura un status social subordinado que define la condición inmigrante. En este sentido, el desafío consiste en que, una vez consideradas las prácticas definidas fundamentalmente por relaciones de dominación, sea posible transcender la naturaleza legitimista que plantea la apelación al contexto para poder dar cuenta de aquellas prácticas (y, la puesta en juego de otros capitales) que habilitan formas de representación y acción basadas en principios de resistencia y autonomía.

Notas

1 Entre los textos consultados se encuentran: Beherán (2007); Cerruti y Binstock (2012); Domenech (2013); Gavazzo (2013); Gavazzo, Beheran, y Novaro (2014); Miranda, Cravino y Martí Garro, (2012); Novaro y Diez (2011); Pacecca (2014); Aparicio (2007); García Borrego (2004, 2008); Pedone (2010); Feixa (2008); Portes y Hao (2005); Sayad (2010).

2 Teniendo en cuenta este argumento, aunque sin tener evidencia empírica al respecto, resulta por lo menos dudoso aquellas otras nominaciones que utilizan decimales para categorizar a los hijos

de inmigrantes como generación 1.25, 1.75 y 2.5. Es el caso, por ejemplo, de Feixa quien distingue entre “los hijos de los migrantes nacidos en el lugar de destino (la segunda generación propiamente dicha); los nacidos en la sociedad de origen pero socializados en la sociedad de acogida (la llamada generación 1.5), ya sea porque llegaron durante su infancia, después de la socialización primaria (la llamada generación 1.75) o bien porque llegaron durante la adolescencia y por tanto después de la socialización secundaria (la llamada generación 1.25)” (Feixa, 2008:115).

3 Sin perder de vista la articulación de procesos macro y micro que intervienen en la “decisión” de migrar y la incidencia que la red familiar, entendida en un sentido amplio, tiene en esta decisión que se supone “individual” o “propia”.

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