La cantidad de energía que posee un cerebro particular, sus hábitos mentales heredados o adquiridos, y el oscuro placer sensorial de experimentar una y otra vez una organización mental específica dan lugar a lo que podemos llamar el horizonte mental de un organismo determinado. Ese horizonte, psíquica y
somáticamente organizado, define los estados de energía que puede tolerar
un cerebro. Cada estado de energía permite o inhibe la sintonía con los distintos ríos/árboles/serpientes, las fuentes, los manantiales o el Océano. En los niveles más simples, cada uno de nuestros cerebros particulares es un receptáculo más de los incesantes y repetitivos tintineos de las serpientes metálicas. Los discursos absolutamente mecánicos se repiten ciegamente en nosotros, a una velocidad tal que es imposible aprender de ellos, revisar sus supuestos, discernir en qué contextos son verdaderos y en cuáles falsos. Cada cerebro responde en forma ciega al ruido ensordecedor de los millones de cerebros que repetimos mecánicamente la misma conversación. Ese ruido mental resuena como las maracas de un hechicero que hubiera capturado a millones de mentes con sus encantamientos.
Cada vez que la explosión creativa o el fluir de un manantial se ha convertido en una identidad permanente, ésta debe ser defendida: nos hemos alejado de lo que es instante a instante y estamos siendo arrastrados por el torrente del deseo y sus reflejos caleidoscópicos. Apenas la belleza fluida del Origen toma la forma de una identidad/entidad separada, la mente entra en otro campo de juego. Se mueve sólo entre las cosas y sus nombres.
Como en un damero de ajedrez, emerge una entera estructura de formas aparentemente completas. La trama global de la que surgen temporalmente se hace cada vez más difícil de percibir, y cada una de las formas parece tener permanencia y autonomía. La fascinación por las formas supuestamente perfectas desemboca inevitablemente en la producción y reproducción de ídolos—y los ídolos exigen adoración.
Cualquier sensación de identidad permanente en el interior de la psiquis es el resultado de la excesiva estabilización de una diferenciación transitoria. Como toda estabilización en el flujo del ser, es necesariamente frágil, debe ser confirmada y reforzada de un modo continuo. Y esta actividad incesante reduce el nivel de energía en el que puede operar el cerebro.
entidades externas suficientemente estables (objetivas) con las cuales retroalimentarse. El deseo de ser una diferencia permanente y exclusiva se proyecta hacia al exterior y destruye la textura fluida y creativa de las ideas para convertirlas en ideales e ídolos. Los adoradores cargamos al ídolo psíquicamente con nuestras proyecciones hasta que éste irradia el poder del cual nos alimentamos. Cada adorador se adora a sí mismo reflejado en ellos. Entre lo adorado y sus adoradores, se construye interactivamente un palacio de reflejos en el que ambos lados quedan capturados.
Cada vez que eso sucede, nos hemos condenado a habitar ese palacio/cárcel, hasta tanto advirtamos que no podemos salir del juego en el que creíamos ser los amos, pero en el que en realidad sólo damos vida con nuestros cuerpos y energía a una serpiente mental (metálica, cristalina, luminosa, etc.). Esta es la textura real de la mayoría de los juegos de la mente humana.
Los humanos entregamos nuestros cuerpos–vida–energía a una cadena que nos atraviesa y se repite al infinito. Somos hablados, pensados, dichos, no por
La Belleza
Más allá de los Manantiales donde habitaron los humanos en los que se exteriorizaron las conversaciones originales, se abre el espacio que sólo pueden explorar los verdaderos artistas (ver Nosotros, los Biomecas).
Ellos no pueden evitar arriesgarse a morir en el Océano para traer alguna de sus joyas a la superficie. Son los que dan espacio para la aparición de los nuevos mitos. Sus visiones, imágenes, ideas, narraciones, que emergen discontinuamente de la profundidad atemporal del Océano, pueden tomar muchas y distintas formas en cualquiera de los ámbitos de nuestra existencia. El verdadero “artista” es aquel que está psíquicamente obligado a responder
al magnetismo de la belleza—la belleza es la esencia misma de la Matriz de la
Mente. Ella toma al “artista” con una fuerza tal que no puede hacer otra cosa que dejarse arrastrar hasta al nivel del Océano al que esa belleza pertenece. Quienes son capaces de resistir regresan con una muestra de aquello que los demás seres humanos no habíamos podido entrever aún. La Belleza del Océano se muestra bajo los distintos rostros con los que se vela a sí misma. Los buceadores regresan a la superficie con los dones que cada uno de sus velos regala. Pero, en el fondo del Abismo, quizás reine una belleza aún más esencial. Cuando se remontan los ríos de la Mente, se produce la confluencia de todos los haces en los que ésta ha encarnado. Los distintos discursos y las posiciones se confrontan mutuamente sin opción, las tendencias mentales más profundas e, incluso, las más preciadas, se encuentran necesariamente con sus opuestos y revelan las falsas incertidumbres que sostienen la trama completa de la experiencia humana. Las opciones aparentes se anulan entre sí y ya no es necesario descansar en ninguna conclusión: las nuevas conexiones se tejen y destejen momento a momento.
Es posible que el “artista” pueda ir más allá de sí mismo y que se convierta en un navegante de la Mente. En este caso el sistema nervioso ha sido plenamente habitado por la naturaleza misma de la Mente y por esa razón ya no necesita apoyarse en la ilusión de separarse de ella y salir a su superficie como un sujeto.