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Fig 21 OCCUSAL VIEW

ANGULAR CHANGE OF CANINE

El tope al desciframiento

Llegado este momento de su obra, Freud introduce dos grandes cambios teóricos, que están estrechamente relacionados con la neurosis obsesiva y con las dificultades que ésta presentaba en la clínica. El primero se refiere a la división del aparto psíquico en tres instancias, cuya consecuencia es una nueva caracterización del Yo: éste contiene en sí mismo partes inconscientes. Así, el inconsciente engloba al Yo y a la personalidad del sujeto; hay algo en el Yo que se comporta como lo reprimido. El segundo gran cambio es la introducción del más allá del principio de placer, es decir la pulsión de muerte, cuyo reservorio principal es el Superyó. En la neurosis obsesiva, el Yo es particularmente severo debido a la desmezcla pulsional producida por la regresión al estadio sádico-anal.

En “El yo y el ello” (1923-1925), Freud teoriza acerca de la existencia de una instancia en el interior de Yo, una diferenciación dentro de él, que ha de llamarse Ideal del yo o Superyó, y retoma a la vez sus desarrollos acerca de lo que ocurre a partir de la pérdida del objeto en la melancolía. Plantea en este marco que cuando un objeto sexual es resignado, tiene lugar un proceso que da por resultado la alteración de Yo. Tal proceso que sitúa como muy frecuente sobre todo en fases tempranas del desarrollo, es el que da lugar a la siguiente concepción:

“el carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto resignadas, contiene la historia de estas elecciones de objeto”D

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D.

Freud al mismo tiempo formula que también es posible considerar una simultaneidad de investidura de objeto e identificación, es decir, una alteración del carácter antes que el objeto haya sido resignado. En este caso, la alteración del carácter podría sobrevivir al vínculo del objeto, y conservarlo en cierto sentido. Según los desarrollos freudianos en este momento, entonces, el carácter se constituiría a partir de la vuelta al yo de la libido que había investido al objeto; tal vuelta puede ser total (lo cual supondría la resignación del objeto), o parcial, conservando el vínculo con el objeto aunque identificándose con éste. Freud retoma aquí lo que ya señalaba en “Carácter y erotismo anal”, a saber, que la trasposición así cumplida de libido de objeto en libido narcisista supone una resignación de las metas sexuales, una desexualización y, por tanto, una suerte de sublimación. Una vez más entonces, se evidencia que el carácter supone un modo de satisfacción pulsional mediado por la identificación, y que implica el recurso a la sublimación.

En cuanto a la neurosis obsesiva en particular, Freud destaca la desmezcla de pulsiones y la importancia de la pulsión de muerte intervinientes. Conjetura en este contexto, que la esencia de la regresión de la fase genital a un momento en el que no se planteaba la oposición fálico castrado, implica consecuencias de importancia en relación al dualismo pulsional. La denominada regresión sádico-anal tiene como consecuencia una desmezcla de las pulsiones de vida y de muerte. Cabe preguntarse en este punto acerca de la relación entre el carácter en tanto como se definió, y la desmezcla pulsional que caracteriza a la neurosis obsesiva.

Por su parte, en “Inhibición síntoma y angustia” (1926), Freud reconoce en el Yo una inclinación a la síntesis que hace que éste intente cancelar la ajenidad y el aislamiento del síntoma, aprovechando toda oportunidad para ligarlo de algún modo e incorporarlo a su organización. El Yo es la sede de la formación de síntomas, es decir, Freud nos presenta el Yo en la neurosis obsesiva como constituido como un síntoma, en dependencia de los poderes del Ello y el Superyó. Si bien no señala que esto constituiría el carácter, resulta interesante pensarlo como otro modo de alteración y modificación del Yo, a la luz de la nueva conceptualización de esta instancia.

Esta incorporación del síntoma al Yo que acontece en el caso de la neurosis obsesiva se distingue de lo que Freud había abordado como "carácter anal". Esto muestra una nueva cara de los procesos implicados, diferente de la organización del carácter o de los rasgos de carácter cuando no derivan de síntomas neuróticos; en este último caso, la fuerza sublimatoria resulta una acción eficaz frente al estructural malestar en la cultura, mientras que en el primer caso se trata de un nuevo tipo de satisfacción. Esto se enlaza con la segunda novedad en la obra freudiana, formalizada a partir de la descripción de los llamados síntomas de amalgama, que reúnen la renuncia pulsional del sujeto y una satisfacción absolutamente nueva a partir de la renuncia. No se trata de un tipo diferente de síntomas, sino que lo novedoso es la formulación de que el Superyó interviene en la formación de los mismos. Así nos encontramos con la tendencia general de la formación de síntomas de la neurosis obsesiva: lograr cada vez mayor satisfacción a costa de la renuncia, cuya consecuencia manifiesta es la creciente limitación del Yo. El Yo es el escenario de la formación de síntoma, a costa de su progresiva parálisis. En esta renuncia se obtiene satisfacción: la satisfacción paradójica. Esta nueva satisfacción marca el límite del sentido sexual del síntoma como aquello descifrable que obedece a las leyes del inconsciente. Los síntomas de amalgama son considerados síntomas en los que se expresan el poderío de la pulsión desplazada que no beneficia al sujeto y deben ser considerados más allá del principio del placer.

Que el carácter devenga síntoma en el sentido de la interferencia que causa una demanda de análisis se vuelve una dirección de la cura que pone a la satisfacción paradójica de través, pero Freud no deja de señalar las dificultades

a veces insalvables para la intervención sobre esta satisfacción muda que desafía los poderes de la palabra.

Aun así, el carácter resta como un concepto que es necesario sostener en su distinción del síntoma, para entender su impacto en la teoría. En este mismo texto, junto a la regresión y a la represión, Freud admite como un nuevo mecanismo de defensa a las formaciones reactivas. A la vez, sitúa que en tales formaciones reactivas, que se producen dentro del Yo del neurótico obsesivo, es posible discernir exageraciones normales del carácter. Ahora bien, ¿por qué las incluye dentro de los mecanismos de defensa? Justamente porque contribuyen a que la lucha contra la sexualidad continúe en lo sucesivo bajo banderas éticas. Es decir, la naturaleza continuada de la pulsión exige al Yo asegurar su acción defensiva mediante un gasto permanente. En la neurosis obsesiva, las formaciones reactivas vienen entonces al lugar de contrainvestidura, en tanto fuerza que contrarresta a la moción pulsional del Ello.

Según Freud, esta acción en resguardo de la represión es lo que en el empeño terapéutico registramos como resistencia.

En “El Malestar en la cultura” (1930) hablando del desarrollo cultural, dice que en el caso del carácter se trata de alteraciones que se emprenden sobre las disposiciones pulsionales, cuya satisfacción es la tarea económica de nuestras vidas.

“Algunas de esas pulsiones son consumidas del siguiente modos: en su reemplazo emerge algo que en el individuo describiríamos como una propiedad de carácter. Ejemplo más notable: el erotismo anal. Su originario interés por la función excretoria, por sus órganos y productos, se transmuda en el curso del crecimiento en el grupo de propiedades que nos son familiares: parsimonia, sentido de la limpieza y del orden, que son valiosas, incrementándose hasta alcanzar un llamativo predominio y por lo tanto configurándose en carácter anal. El orden y la limpieza son exigencias de la cultura, aunque su necesidad

vital no es evidente, así como su aptitud para ser fuentes de goce”D

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D.

Allí establece una semejanza entre el proceso cultural y el desarrollo libidinal del individuo.

En 1931 se tendrá una sistematización de los tipos libidinales: el erótico, el compulsivo, el narcisista. Existe además una variedad mixta: el erótico-

compulsivo. Freud habla de otro tipo, teóricamente posible, el erótico- compulsivo-narcisista. Pero ese tipo ya no sería un tipo, sino que significaría la norma absoluta, la armonía ideal. Se advierte que el fenómeno del tipo nace precisamente del hecho de que, de las tres utilizaciones principales de la libido en la economía psíquica, una o dos han sido favorecidas a expensas de las otras. En cuanto a la relación de esta caracterología con la patología, parece fácil conjeturar que los tipos eróticos, en caso de enfermedad, evolucionan hacia la histeria, y los tipos compulsivos hacia neurosis obsesivas, pero todo esto sigue sometido a la incertidumbre que acabamos de subrayar.

En la “Conferencia 32” (1933), Freud puede sintetizar “…eso difícil de definir

que es el carácter”D

lix

D, señalando que es atribuible por entero al Yo. Reafirma la

articulación del carácter con la sublimación de pulsiones inaplicables en la cultura. ¿Cuál sería entonces la novedad? ¿Qué diferencia estos desarrollos de los aportados antes del giro de los ‘20? Es necesario subrayar aquí la importancia que le atribuye al Yo, y fundamentalmente a la incorporación de la instancia parental en calidad de Superyó así como a las identificaciones posteriores. Se evidencia de este modo la ya mencionada caracterización del Yo como una instancia psíquica con aspectos inconscientes y la consecuente difusión de los límites entre esta instancia y lo propio del síntoma, o dicho de otro modo, entre una forma de ser y lo sintomático.

Sin embargo, si bien la frontera entre síntoma y carácter se ha vuelto difusa, sorprende encontrar que en “Análisis terminable e interminable” (1937), Freud diferencie entre análisis didáctico, terapéutico y de carácter. A lo largo del texto, no logra sin embargo, transmitir una teorización clara de lo que sería este último tipo de análisis.

Lo que sí queda delineado es una perspectiva que define al carácter en torno a un grado de eficacia de la defensa que hace pensar en él como un arreglo, diferente al arreglo que supone el síntoma, ya que la economía libidinal a partir de ese compuesto de sublimaciones, pulsiones preedípicas fijadas y formaciones reactivas que es el carácter alcanza un equilibrio más logrado con las aspiraciones de la cultura, a costa de la fijación de un modo de satisfacción que se enquista como manera de ser.