Antes de presentar nuestras propias observaciones y nuestro modelo del desarrollo de la interacción proge nitor-bebé, queremos repasar brevemente algunos de los importantes estudios que iniciaron la comprensión del período neonatal y dieron impulso a nuestra propia in vestigación. La observación y el análisis de las interac ciones progenitor-bebé tienen una historia bastante bre ve: de menos de cincuenta años.
LOS ESTUDIOS PSICOANALITICOS
En el campo del psicoanálisis, la observación direc- ta de. hijos y madres se ha~estado desarrollando desde fines de la década de 1940. René Spitz y Anna Freud estudiaron la conducta de mnos~eñ situaciones en las que se encontraban separados de sus padres: en insti tuciones y bajo" condiciones de guerra, respectivamen- te (Spitz, 1946, 1964; A. Freud, 1936). Sus estudios aler taron a los observadores respecto de las~operacionés de fensivas que provocaban estas situaciones angustiosas en los niños. For consiguiente, las primeras observacio- nes de la índole deDa dependencia de los niños de cier- tos adultos importantes provino de estudios en los que las madres estaban ausentes. Estos experimentos
drásticos de la naturaleza subrayaron el carácter pode- roso del vínculo entre madre e hiio. Las descripciones de la grave patología resultante de la privación del cui dado materno nos brindaron un conocimiento más pro fundo de la índole crítica de esta relación temprana. Este modelo de la privación se mantuvo fírme y fue mo- tivoj i e investigación hasta mediados de la década de 19607!Entre los estudios más influyentes se contaron los de'Sally Provence y Rose Lipton (1963), James Robert- son (1962), John Bowlby (1958) y Myriam David y Ge- nevieve Appell (1961). Heinz Hartmann (1958) se basó en este tipo de estudios para formular su concepto del desarrollo del yo en el bebé, al que consideró dependien te de la calidad del vínculo con los padres.
Margaret Mahler fue una de las primeras estudiosas de los correlatos interactivos observables de las relacio nes interpersonales en niños muy pequeños, en especial en lo que ella denominó la “fase simbiótica” (Mahler y otros, 1975). Si bien Mahler no estudió bebés menores de cuatro meses, muchas de sus descripciones se refie ren a aspectos de la interacción pertinentes a una edad más temprana. Un ejemplo típico al respecto es la noción de “reabastecimiento”. Mientras que los analistas siem pre han preferido el término relación al de interacción, su objeto de estudio era el aspecto intrapstquico de las relaciones. Spitz (1965) escribió que el proceso “de ‘amol damiento’ consiste en una serie de intercambios entre dos socios, la madre y el hijo, que se íniluyen recípro camente de-una manera circular'7. A estos intercambios algunos autores los han denominado “transaccionales”. definición que se ajusta a lo que hoy en día llamamos interacción.
El psicoanálisis también ha contribuido a revelar la enorme conmoción que les provoca a los progenitores el proceso de adaptarse a un bebé, esté catalogado como difícil o no. Como veremos en la cuarta y la quinta par
tes del libro, esta conmoción crea no sólo una necesidad de apoyo sino también una oportunidad única para el cambio y el crecimiento.
El término “interacción” fue utilizado por primera vez por Bowlbv en un famoso artículo, “La índole del vínculo del hijo con su madre”, publicado en 1958. El trabajo de Bowlbv, que ha tenido una enorme influen cia entre todos los que estudian el vínculo, condujo a un creciente empleo por parte de los investigadores del mo delo observacional o etológico en los estudios de la re lación progenitor-bebé. Bowlbv, a diferencia de los psi coanalistas anteriores, sostuvo que el intercambio con la madre no se basa únicamente en la simple gratifi cación oral y su concomitante reducción de la tensión. A su entender, existen muchas modalidades de respues ta básicas,primarias, a los socios humanos. Las denomi nó “respuestas instintivas componentes”, subrayando su carácter innato. Tomó de la etología la idea de la exis tencia de mecanismos innatos “específicos de la especie”. Según Bowlbv, succionar, aferrarse, asir, llorar y son reír son modalidades innatas y básicas de interacción y vínculo con la madre. Bowlbv vinculó su premisa del vinculo primario con los últimos trabajos de Me- lanie Klein, en los cuales, según señaló, se veía “algo más en la relación del bebé con su madre que la satis facción de las necesidades fisiológicas” (Bowlby, 1958). Ej_ trabajo de D.W. Winnicott hizo hincapié en el carácter crucial de lo que ocurre entre la madre y el bebé a los efectos de fomentar el desarrullu del rímoTAVmni- cott üsó la palabra "pecho" para referirslf a “la técnica de prodigar- cuidúdos miíTernalesr, asi conícTa ¿‘la ver dadera carne”. La alimentación, a su entender, era"sólo una entre varias esferas importantes de interacción. Subrayó la importancia de la experiencia de la mutuali dad entre el bebé y la madre (1970). También sostuvo
que los bebés deben ser estudiados con sus madres, “No me gustaría tener que describir lo que se sabe sobre el recién nacido aislado... Prefiero partir de la base de que si vemos un bebé, también vemos la previsión ambien tal, y detrás de ella vemos a la madre" ¿Winnicott, 1986). La premisa de Bowlby de que el recién nacido está pre adaptado a cumplir un rol en el intercambio social con la persona que lo cuida y el punto de vista de Winni- cott de_la madre y el hijo como una unidad única y sin cronizada han tenido una profunda influencia en los es tudios de la interacción, incluyendo el nuestro, hasta el día de hov.
OBSERVACIONES ETOLOGICAS
El punto de vista etológico nos ha llevado a apreciar la capacidad del recién nacido y su activa adaptación a la interacción. Bowlby tomó en cuenta la etología al des cribir el carácter muy activo de las conductas de víncu- lojlel niño. De la etología proviene la noción de la com petencia del bebé y su influencia sobre la personjL_que lo cuida. El pensamiento psicoanalítico anterior, en cambio, Hacía hincapié en ía dependencia del bebé con respecto a la madre, en la necesidad de gratificación a efectos~de mantener baio control la tensión instintñal . D adoque se veía a la madre como la principal fuente de gratificación, cuando había un fallo en la interacción se la consideraba debida ¡Tun tallo de la madre.
La práctica de la observación minufinca rWivgd.a_de los estudios con animales llevó a los investigadores a re conocer el rol del bebé en su v o l u n t a d de suscitar res
puestas en su madre ípor medio del llanto, etcétera). Ahora se hace hincapié en la actividad y na_en la in defensión, en la facultad de promover conductas y no en la pasividad. Desde esta perspectiva, se pasó a ver al
bebé como un participante activo en el proceso de for mación de la relación progenitor-bebé. Otras observacio nes similares condujeron~aT reconocimiento de que los bebés~¡sé crean "gratificaciones para ellos mismos, lo que incremento la percepción del niño pequeño com o'un agenttTéñ la relación con cierto grado cíe independencia!
Entre otras aportaciones de los estudios con anima les se cuentan los conceptos de Konrad Lorenz de fase
crítica, impronta y mecanismos desencadenantes inna-_ tos (Lorenz, 1957). Las fases críticas son periodos en
los que hay una energía elevada en el bebé y en el pro genitor para la receptividad de los respectivos indicios y para adaptarse uno al otro. Las horas que siguen in mediatamente al nacimiento, así como otros períodos de rápido cambio, pueden considerarse “fases críticas”. El concepto de “impronta” deriva de las observaciones que hizo Lorenz de polluelos de ganso, los que, inmediata mente después de salir del cascarón, siguen a una fi gura parental y recuerdan de forma especial todas las señales recibidas de esa figura. Los mecanismos desen cadenantes innatos son las respuestas conductuales he reditarias e incorporadas que las señales apropiadas de los progenitores provocan en el bebé. Estos términos etológicos, surgidos de los estudios de madre e hijo ani males, se han aplicado convenientemente a la primera infancia humana. Aunque el bebé y el progenitor huma nos son mucho más dúctiles y están más abiertos al cambio necesario para la adaptación, estos términos sir ven para denotar las poderosas fuerzas innatas y la energía elevada presentes en el nuevo progenitor y en el bebé que los llevan a apegarse y a aprender a cono cerse mutuamente.
El método de estudio propio de la etología tuvo tan ta influencia como los conceptos en la investigación de la relación progenitor-bebé. La observación naturalista, en ambientes naturales, con particular atención al in-
tercambio de señales, ha producido un cúmulo de cono cimientos. A partir del análisis detallado de las conduc tas observadas se formulan “etogramas”: catálogos del repertorio conductual de una especie. Estos han dado lugar a estudios humanos en los que se utilizan técni cas microanalíticas para observar y registrar conductas. Robert Hinde, una de las autoridades más destacadas en este campo, observa que “la primera etapa en el es tudio de las relaciones interactivas debe dedicarse a la descripción y la clasificación”. Este investigador subra ya que en los estudios de animales, el “entramado de objetivos” — reciprocidad y complementariedad, térmi nos pertinentes a los estudios de la interacción huma na— es fundamental )Hinde, 1976).
La influencia de la etología condujo a la realización de estudios de la interacción limitados a descripciones de la conducta manifiesta o superficial, sin extrapola ción de motivaciones o significados ocultos. Sin embar go, Hinde destacó que “también debemos recordar que los datos conductuales objetivos pueden ser engañosos si están desprovistos de significado, y que la vía más rápida — y a veces la única— de acceder al significado puede radicar en el empleo de datos introspectivos”. Tal como se pone en claro en este libro, el estudioso de las relaciones interpersonales debe avanzar sobre el filo de una navaja: los datos objetivos son esenciales a efectos de la descripción y la comunicación, pero siempre exis te el peligro de pasar por alto la complejidad y la in tersubjetividad inherentes a las relaciones. A modo de ejemplo, la observación de una conducta autogratifican- te como la de chuparse el dedo en un bebé debe ir acom pañada de la comprensión de lo que esta independen cia, este aflojamiento temprano del lazo simbiótico, sig nifica para la madre. Este es un desafío continuo en to dos los estudios de la relación progenitor-bebé.
Hinde también postuló que una descripción de inter
acciones debe incluir no sólo qué hacen los socios sino también cómo lo están haciendo, dado que las cualida
des de las interacciones humanas pueden ser más im
portantes que lo que de hecho tiene lugar. Los estudios etológicos también revelan la necesidad de describir cómo están pautadas esas interacciones en el tiempo, es decir, sus frecuencias absolutas y relativas y el modo como se afectan unas a otras.
APRENDIZAJE E INTERACCION
Algunos conceptos derivados de la teoría del apren dizaje también han contribuido a la comprensión de la interacción temprana entre progenitor e hijo. Si bien, a nuestro entender, la interacción temprana implica mucho más que lo que podría abarcar la teoría clásica del aprendizaje, ciertos conceptos como los de imitación, condicionamiento positivo y negativo, refuerzo y memo ria son sin duda aplicables.
Olga Maratos, en una tesis doctoral de 1973, y más recientemente Andrew Meltzoff y M. K. Moore, han de jado sentada la capacidad de los recién nacidos para imi
tar o seguir los movimientos faciales de un adulto con
el que están interactuando (Maratos, 1982; MeltzofT y Moore, 1977). El bebé debe estar en un estado de cal ma y- alerta; el adulto debe seguir cuidadosamente al bebé tal como el bebé lo sigue a él. Entonces se hace evidente que ambos pueden trabarse en una conducta imitativa (al sacar la lengua o hacer gestos faciales).
El condicionamiento y el refuerzo intervienen clara mente desde los primeros días. El bebé “produce” una conducta (una sonrisa, una vocalización o un movimTen- to) inieiaímente accidental: el progenitor lo refuerza con una respuesta posijjyaTTllI bebé recibe entonces la re- alimentación de que su conducta fue importante. Cuan-
do los bebés recién nacidos empiezan a reconocer el pezón o el biberón como fuente de alimento y gratifica ción, se preparan para gratificarse adoptando todas las conductas necesarias para la alimentación: postura, ac titud. atención, succión y coordinación de los patrones respiratorios. Más adelante, también desplegarán una conducta interactiva, y se prepararán para entablar una interacción positiva con la persona que los cuida como la fuente de esta gratificación.
Uno de los primeros estudios del condicionamiento en los recién nacidos fue efectuado por Anderson Aldrich (1928), quien hacía sonar una campana al tiempo que pinchaba con un alfiler la planta del pie del bebé. El bebé, por supuesto, apartaba el pie del alfiler. Tras una docena de aplicaciones de ambos estímulos en forma si multánea, el sonido solo de la campana bastaba para ha cer que el bebé retirara el pie. H. Raye (1967) utilizó el reflejo de Babkin para estudiar el condicionamiento. Este reflejo, definido como un conjunto de movimientos con los cuales los recién nacidos se llevan las manos a la boca para chuparlas, puede provocarse presionando las palmas de las manos del bebé. Raye le levantaba los brazos al bebé, desde los costados del cuerpo hacia la cabeza, justo antes de aplicar la presión en la palma. Muy pronto, este movimiento de los brazos por sí solo desencadenaba todo el patrón del reflejo, sin la habitual presión en las palmas. Kevin Connolly y Peter Stratton (1968) también condicionaron este reflejo utilizando una campana al tiempo que movían la mano del bebé llevándola hacia la boca. Pronto era posible provocar el movimiento mano-a-boca haciendo sonar la campana. Si bien estos estudios y otros posteriores demuestran la po sibilidad de producir un condicionamiento a principios de la primera infancia, no toman en cuenta las respues tas emocionales que pueden almacenarse en el bebé con cada estímulo-respuesta. En qué momento estas res-
puestas pasan a tener importancia es algo que todavía no se sabe.
La capacidad del bebé para reconocer la importancia incluso de reforzadores muy menores ya está presente en el momento del nacimiento. En diversos estudios se han inducido cambios en la conducta normal de succión del recién nacido a través del empleo de incentivos po sitivos. Por ejemplo, animando al recién nacido y cam biando el grado de presión negativa en la boca (Same- roff, 1968), o sustituyendo un líquido natural por otro dulce (Kobre y Lipsitt, 1972) se puede inducir al recién nacido a aumentar su actividad de succión.
Uno de los estudios más concluyentes que ilustran la capacidad de aprendizaje rápido del recién nacido fue realizado por Ernest Siqueland y Lewis Lipsitt (1966). En el primer día posterior al nacimiento, los recién na cidos aprendían a volver la cabeza hacia un lado el 83 por ciento de las veces cuando se les ofrecía agua azu carada después de haber vuelto la cabeza. Una vez que dominaban la acción de volver la cabeza, se les enseñaba a volverla hacia la izquierda al oír el sonido de una cam pana o a la derecha al oír un timbre, dándoles el refuer zo del agua azucarada sólo en respuesta a los movimien tos efectuados en la dirección “correcta”. La tarea se hacía luego más compleja por vía de invertir todo: se tro caban la campana y el timbre y se concedía el refuer zo sólo cuando el bebé hacía los movimientos opuestos a los anteriores. Esta tarea era todo un desafío, pues exigía discriminar los sonidos, volver la cabeza hacia la izquierda y la derecha y aprender una nueva disposi ción para obtener el refuerzo del agua azucarada. Los bebés que habían aprendido la pauta campana-izquier da y timbre-derecha ahora tenían que olvidarla y apren der la pauta campana-derecha y timbre-izquierda. To dos los bebés pudieron hacerlo en poco tiempo: en unos treinta minutos. Este contundente estudio demuestra el
poder del condicionamiento positivo para reforzar con ductas aprendidas en las primeras semanas de la pri mera infancia.
Para los padres, a su vez, las respuestas inmediata mente accesibles del bebé actúan como reforzadores. Las pruebas de que el bebé los reconoce son profunda mente gratiticantes. Los progenitores aprenden a basar- se en éstas respuestas "del bebé — ün cambio de estado de laTTomnolencia a la animación, una expresión vivaz en el rostro, un aplacamiento de los gestos én respues ta '«~Ta_ respuesta~de~los~'padres=:: como~güTas paraTsu propia conducta. "Cuando las respuestas del bebé son negativas o no están presentes, la ansiedad de los~pa- dres tiende a aumentai\~Si entonces el progenitor sobre carga al bebé con estímulos, la posibilidad de reíbrzár la taita de respuesta se acrecienta rápidamente. Aun- que e l fracaso resultante de la interacción deriva d é l a avidez^ de los~padres por trabar "contacto con el bebé, para un observador (y para el bebé) aparecerá como el res\ritádb^d^una~serie de intentos insensibles elirsrpro- piados.
T ia fá cu lta d de la memoria está implícita en todas las actividades en las que los recién nacidos aprenden por experiencia. Cuando expresan sus preferencias, o cuan do se habitúan a un estímulo, están dando pruebas de una especie de memoria primitiva. Con el fin de veri ficar la memoria de los recién nacidos en relación con determinadas palabras, Peter Eimas, Ernest Siqueland y otros (1971) les pidieron a las madres que repitieran ciertas palabras poco familiares (como ‘oferta o frau de”) diez veces seguidas en seis momentos distintos del día durante dos semanas, a partir de los catorce días de vida del bebé. Tras una demora de 42 horas al final del período de entrenamiento, los bebés mostraban cla ros signos de reconocer estas palabras, según lo demos traban su movimiento ocular y el gesto de volver la ca-
beza y levantar las cejas. Dado que reconocían y res pondían a estas palabras (y no a sus propios nombres durante este mismo período), se piensa que la exposi ción frecuente y regular a las palabras fue el factor de cisivo para codificar y almacenar la información.
4]j?unos experimentos con bebés de pocos meses han reveladlo la capacidad del niño para la memoria tanto de corto como de largo plazo (Cohén y Salapatek, 1975). Los iñtentos de interferir de forma deliberada enla me- moria por la vía de insertar material no pertinente mos traron que (1) la memoria del bebé es relativamente vi- gorosa e insensible a un cúmulo de estímulos interfe- rentes; (2) la memoria puede retenerse ^durante ün período prolongado, v id) los bebés tienden aTeteñer por más tiempo aquellas características de los ohjet.np qnp son las más salientes e importantes para ellos.
Ninguno de estos estudios de laboratorio puede ser tan eficaz para reforzar la memoria de un bebé como lo son las ocasiones en que el progenitor y el hijo en tablan una interacción espontánea y recíproca, dando y recibiendo cada uno de ellos indicios gratificantes.
Cuando la madre emite una señal gratificante, como una vocalización vivaz, que ha dado buen resultado con anterioridad, ya tiene la expectativa de que esto hará que la carita del bebé se ilumine, que sus movimientos