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Antti Kiiveri, 27-08-2007

In document Virtual SIM A Feasibility Study (Page 105-109)

Las primeras cuatro trompetas muestran en visión a Juan lo que ocurre sobre la tierra cuando se desencadene la guerra descripta en la sexta Trompeta.

En cambio, la quinta Trompeta presenta cuál es el motivo desencadenante de esta terrible conflagración: la acción del Diablo y de su hueste de demonios, que se dedican al ataque final a la humanidad (según los cuatro caballos descriptos en los primeros Sellos).

Apocalipsis 9, 1-12: “Tocó el quinto Ángel... Entonces vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. Se le dio la llave del pozo del Abismo. Abrió el pozo del Abismo y subió del pozo una humareda como la de un horno grande, y el sol y el aire se oscurecieron con la humareda del pozo. De la humareda salieron langostas sobre la tierra, y se les dio un poder como el que tienen los escorpiones de la tierra. Se les dijo que no causaran daño a la hierba de la tierra, ni a nada verde, ni a ningún árbol; sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios.

Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. El tormento que producen es como el del escorpión cuando pica a alguien. En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos. La apariencia de estas langostas era parecida a caballos preparados para la guerra; sobre sus cabezas tenían como coronas que parecían de oro; sus rostros eran como rostros humanos; tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león; tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas como el estrépito de carros de muchos caballos que corren al combate; tienen colas parecidas a

las de los escorpiones, con aguijones, y en sus colas, el poder de causar daño a los hombres durante cinco meses. Tienen sobre sí, como rey, al Ángel del Abismo, llamado en hebreo "Abaddón", y en griego "Apolíon".”

La estrella que es precipitada a la tierra es el mismo Satanás, el ángel del Abismo, el jefe del Infierno (“Abbadon” en hebreo, que significa exterminio o ruina).

Este hecho se describe en el Apocalipsis:

Apocalipsis 12,7-12: “Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: "Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios.

Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte. Por eso, regocijaos, cielos y los que en ellos habitáis. ¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.”

Satanás es el acusador en el cielo, el que pide permiso para tentar a los hombres que están más cerca de Dios. Pero en los tiempos finales pierde esta prerrogativa y es precipitado a tierra por Miguel y sus huestes angélicas. El sentido de este hecho lo encontramos explicado muy bien por el profeta Zacarías:

Zacarías 3, 1-7: “Me hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha estaba el Satán para acusarle. Dijo el ángel de Yahveh al Satán: «¡Yahveh te reprima, Satán, reprímate Yahveh, el que ha elegido a Jerusalén! ¿No es éste un tizón sacado del fuego?» Estaba Josué vestido de ropas sucias, en pie delante del ángel. Tomó éste la palabra y habló así a los que estaban delante de él: «¡Quitadle esas ropas sucias y ponedle vestiduras de fiesta; y colocad en su cabeza una tiara limpia!» Se le vistió de vestiduras de fiesta y se le colocó en la cabeza la tiara limpia. El ángel de Yahveh que seguía en pie le dijo: «Mira, yo he pasado por alto tu culpa». Luego el ángel de Yahveh advirtió a Josué diciendo: «Así dice Yahveh Sebaot: Si andas por mis caminos y guardas mis prescripciones, tú gobernarás mi Casa, y tú mismo guardarás mis atrios: yo te daré plaza entre estos que están aquí».”

Es muy interesante esta visión de Zacarías, donde en la persona del Sumo Sacerdote Josué (y luego en la de Zorobabel como Rey) está prefigurando el gran misterio profético de los últimos tiempos, aludido en el Capítulo 11 del Apocalipsis (los dos Testigos), que más adelante analizaremos con detalle.

Pero aquí en este pasaje encontramos al Sumo Sacerdote Josué en la corte celestial, teniendo a su derecha a Satán quien lo quiere acusar (recordemos que el contexto de este suceso es el tiempo escatológico previo inmediatamente al “Día de Yahveh”).

Un ángel está también al lado de Josué, y lo increpa a Satán: “¡Yahveh te reprima, Satán, reprímate Yahveh!”. Es decir, impide que el Diablo acuse a Josué, que se encuentra vestido con ropas sucias, es decir, arrastra una situación de pecado, como la vive el pueblo de Israel, que en los tiempos finales será el “Nuevo Israel”, es decir, la Iglesia..

En esta reprensión se ve el principio de la expulsión del cielo de Satanás, según la descripción vista en Apocalipsis 12, 7-9. Librado del acusador y tentador, Josué es perdonado de su culpa y es vestido de fiesta, y se le hace entonces una gran promesa: si en adelante sigue los caminos y preceptos de Dios, también gobernará (con Zorobabel) la Casa de Dios (el Templo y todo el pueblo de Dios).

Antes de analizar en qué consiste esta caída del cielo de Satanás, vamos a recordar cuál es la acción primordial del Diablo, la tentación. Nos ayudará un texto del Antiguo Testamento:

Job 2, 1-10: “El día en que los Hijos de Dios venían a presentarse ante Yahveh, vino también entre ellos el Satán. Yahveh dijo al Satán: «¿De dónde vienes?» El Satán respondió a Yahveh: «De recorrer la tierra y pasearme por ella.» Y Yahveh dijo al Satán: «¿Te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra: es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal! Aún persevera en su entereza, y bien sin razón me has incitado contra él para perderle.» Respondió el Satán a Yahveh: «¡Piel por piel! ¡Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!»

Y Yahveh dijo al Satán: «Ahí le tienes en tus manos; pero respeta su vida.» El Satán salió de la presencia de Yahveh, e hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Job tomó una tejoleta para rascarse, y fue a sentarse entre la basura. Entonces su mujer le dijo: «¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!» Pero él le dijo: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» En todo esto no pecó Job con sus labios.”

El Diablo necesita la permisión divina para actuar sobre los hombres tentándolos. ¿Cómo actúa la tentación? Mediante la imaginación Satanás intenta que la mentira penetre en la inteligencia del hombre, llevándolo a aceptar falsas verdades o interpretaciones erróneas de los acontecimientos de su vida, de modo que le fomenten ideas que lo alejen de Dios e incluso lo hagan rechazarlo por completo.

También el engañador busca que los hombres dejen de lado los frenos sobre sus pasiones, impulsadas por la triple concupiscencia que mora en su interior, hundiéndolos en lo carnal y material, asegurándose así que no se elevarán en la vida espiritual, o quizás ni la lleguen a conocer. Generalmente sus logros los obtiene a través de personas que consciente o inconscientemente se transforman en instrumentos suyos, que son los que bíblicamente son denominados “el mundo”, los que viven alejados de Dios. En este caso Job, un hombre justo y recto, de por sí acepta los males que recibe, pero Satanás utiliza a su esposa como instrumento para tentarlo a rechazar a Dios, y pidiendo que lo maldiga por su sufrimiento.

El fin de la tentación por parte de Satanás, ángel caído y alejado irremisiblemente de Dios por su voluntad, es el de separar lo más que puede a los hombres del camino que los llevará a convertirse en hijos adoptivos de Dios en su Reino, es decir, los quiere apartar para siempre de Dios, así como él lo está (lo que significa el infierno).

A pesar que Dios ha provisto al hombre de todos los auxilios sobrenaturales para que pueda derrotar la tentación del Demonio (gracia santificante, sacramentos, etc.), también le ha concedido un atributo propio de Él, que es la libertad, para elegir y decidir por sí mismo.

Esa libertad le deja al Diablo y a su corte de demonios abierta la posibilidad de atacar al hombre tratando de desviarlo del cumplimiento del propósito de Dios, buscando que no se salve, es decir, que no llegue a formar parte del Reino de Dios.

Esta ha sido desde siempre la acción del tentador, y a pesar que está vencido por Cristo, y que todos los que siguen a Cristo también lo pueden vencer, estos dos mil años que llevamos desde que el Señor dio su Redención y Salvación a la humanidad, muestran sin duda que cada vez es mayor el dominio del Diablo sobre la humanidad, y que su objetivo de apartar a los hombres de su Creador está teniendo un éxito creciente.

El Libro del Apocalipsis nos muestra el resultado de la estrategia y acción del Diablo cuando ya están cerca los tiempos finales, mediante el surgimiento de “Babilonia la Grande”, la “Gran Ramera”. Podemos decir que el marco en el cual están descriptos los acontecimientos del fin del tiempo en el Apocalipsis corresponden a la vigencia de esta dominadora del mundo futuro, descripta de esta manera:

Apocalipsis 17, 1-9: “Entonces vino uno de los siete Ángeles que llevaban las siete copas y me habló: «Ven, que te voy a mostrar el juicio de la célebre Ramera, que se sienta sobre grandes aguas, con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución.» Me trasladó en espíritu al desierto. Y vi una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su

prostitución, y en su frente un nombre escrito - un misterio -: "La Gran Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra."

Y vi que la mujer se embriagaba con la sangre de los santos y con la sangre de los mártires de Jesús. Y me asombré grandemente al verla; pero el Ángel me dijo: «¿Por qué te asombras? Voy a explicarte el misterio de la mujer y de la Bestia que la lleva, la que tiene siete cabezas y diez cuernos. "La Bestia que has visto, era y ya no es; y va a subir del Abismo pero camina hacia su destrucción. Los habitantes de la tierra, cuyo nombre no fue inscrito desde la creación del mundo en el libro de la vida, se maravillarán al ver que la Bestia era y ya no es, pero que reaparecerá. Aquí es donde se requiere inteligencia, tener sabiduría. Las siete cabezas son siete colinas sobre las que se asienta la mujer. "Son también siete reyes:”

Esta figura de Babilonia, como la gran enemiga del pueblo de Dios, reconoce profundas raíces bíblicas, donde se constituyó en el tipo o figura de los perseguidores de Israel, que arrasaron la ciudad de Jerusalén y deportaron al pueblo hebreo. El Apocalipsis asigna este nombre a la gran metrópoli anticristiana que tiene el poder sobre la tierra en los últimos tiempos. Veamos los elementos de esta descripción:

La mujer es denominada “célebre Ramera”, explicando que su acción alcanzó a los reyes y habitantes de la tierra, quienes fornican con ella y se contaminan con su prostitución. Lleva en la mano una copa de oro llena de abominaciones. Esta palabra griega (“bdelygma”) significa “ídolo”, que es la acepción que le da el Nuevo Testamento:

Mateo 24,15: “Cuando véais, pues, la abominación de la desolación anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo.”

Esta “abominación” es el ídolo sacrílego que ocupará el lugar de Dios en el Santuario. Por lo tanto Babilonia es prostituta en cuanto los que se relacionan con ella aceptan su idolatría y se contaminan con ella.

También hay claridad en identificar a esta Babilonia escatológica con su tipo o figura, que es la Roma imperial:

Apoc. 17,9: “Las siete cabezas son siete colinas donde se asienta la mujer.”

Es esta, sin duda, una alusión a Roma, conocida como “la ciudad de las siete colinas”, que forman la geografía donde se encuentra edificada. De esa manera las peores características de la Roma pagana se proyectan a la Roma escatológica: su espíritu conquistador, su ambición de riquezas, su religión pagana e idolátrica que desembocará en la adoración del mismo Emperador, su desprecio y dureza para con los pueblos que somete.

Pero la característica esencial de esta gran ramera, “la madre de las rameras”, está dada por quien la ha suscitado y la sostiene vencedora: Satanás. La visión es muy clara: la mujer está sentada sobre una bestia, cuya descripción corresponde exactamente a la del “Dragón” hecha en 12,3: Dragón Bestia

Color Rojo Escarlata Cabezas Siete con diademas Siete Cuernos Diez Diez

Se cumple así lo que acotábamos antes: el surgimiento de la “Gran Ramera” es resultado de la estrategia y acción del Diablo, que ha ido llevando al mundo, de quien es el amo y señor, hacia el dominio pagano y anticristiano personificado por esta terrible mujer.

Esta “Gran Babilonia” ejerce su influencia sobre el mundo en general, y sobre los cristianos en particular, mediante la fornicación”. ¿Qué significa exactamente este término aplicado aquí? En la sagrada Escritura la fornicación se refiere siempre al culto de los ídolos por el Pueblo de Dios, que cuando ocurre se tilda de prostitución o adulterio.

Quiere decir que Babilonia es fuente de tentación a la fornicación, como lo hace una prostituta, buscando apartar a los cristianos de la fe, y manteniendo alejados de la misma a los pueblos

paganos, impidiendo su conversión. En la actitud de esta ramera subyace el odio a Dios, que le es transmitido e inculcado por quien la ha suscitado, Satanás, por lo que se la presenta embriagada con la sangre de los santos y mártires, a los que persigue de diferentes maneras.

Pero hay otro elemento sumamente importante que debemos tomar en cuenta: en las Cartas a las siete Iglesias, que examinaremos en detalle en el próximo Capítulo, a la Iglesia de Tiátira Jesús le reprocha lo siguiente:

Apoc. 2,20: “Pero tengo contra ti que toleras a esa mujer Jezabel que dice ser profetisa y que enseña a mis siervos y los seduce para que cometan fornicación y coman lo sacrificado a los ídolos.” Esta Jezabel se encuentra dentro de la Iglesia, y busca que los cristianos transijan con el mundo pagano, dejándose penetrar por sus costumbres, por sus ídolos falsos, lo que va desnaturalizando y desviando su verdadera fe (ver Capítulo 4, Carta a Pérgamo). Está claro que la acción de la gran Ramera Babilonia también ha penetrado en la misma Iglesia, parte de la cual caerá en la apostasía (“fornicación con los ídolos”) en los últimos tiempos.

Una descripción de la realidad de ese espíritu mundano y materialista alejado de Dios la tenemos en los lamentos de quienes lucraban con Babilonia, cuando a la Gran Ciudad le llega la hora de su destrucción:

Apocalipsis 18, 9-19: “Llorarán, harán duelo por ella los reyes de la tierra, los que con ella fornicaron y se dieron al lujo, cuando vean la humareda de sus llamas; se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, y dirán: «¡Ay, ay, la Gran Ciudad! ¡Babilonia, ciudad poderosa, que en una hora ha llegado tu juicio!» Lloran y se lamentan por ella los mercaderes de la tierra, porque nadie compra ya sus cargamentos: cargamentos de oro y plata, piedras preciosas y perlas, lino y púrpura, seda y escarlata, toda clase de maderas olorosas y toda clase de objetos de marfil, toda clase de objetos de madera preciosa, de bronce, de hierro y de mármol; cinamomo, amomo, perfumes, mirra, incienso, vino, aceite, harina, trigo, bestias de carga, ovejas, caballos y carros; esclavos y mercancía humana. Y los frutos en sazón que codiciaba tu alma, se han alejado de ti; y toda magnificencia y esplendor se han terminado para ti, y nunca jamás aparecerán.

Los mercaderes de estas cosas, los que a costa de ella se habían enriquecido, se quedarán a distancia horrorizados ante su suplicio, llorando y lamentándose: «¡Ay, ay, la Gran Ciudad, vestida de lino, púrpura y escarlata, resplandeciente de oro, piedras preciosas y perlas, que en una hora ha sido arruinada tanta riqueza!» Todos los capitanes, oficiales de barco y los marineros, y cuantos se ocupan en trabajos del mar, se quedaron a distancia y gritaban al ver la humareda de sus llamas: «¿Quién como la Gran Ciudad?» Y echando polvo sobre sus cabezas, gritaban llorando y lamentándose: «¡Ay, ay, la Gran Ciudad, con cuya opulencia se enriquecieron cuantos tenían las naves en el mar; que en una hora ha sido asolada!»”

Los reyes de la tierra, que aceptaron la idolatría propuesta por Babilonia porque obtenían ventajas y ganancias que les permitían una vida de lujo, se lamentan al igual que los mercaderes que realizaban grandes negocios en el comercio con la opulenta ciudad.

Vemos que se describe un inventario de todo tipo de valiosos objetos y materiales, metales preciosos y joyas, así como perfumes y manjares, que muestran claramente el lujo desenfrenado de los poderosos, en detrimento de los pueblos conquistados que eran expoliados.

Es tremenda la mención en este elenco del tráfico de “esclavos y mercancía humana”, denominados en el original griego “cuerpos” (“soma”) y “almas (“psyche”) de hombres, lo que muestra un desprecio total por el ser humano en su integridad.

Tenemos así una descripción bastante clara de esta “Babilonia”, ciudad tipo de la humanidad materialista y alejada de Dios, atrapada por la seducción de Satanás que la hunde en el egoísmo que lleva al poder y la riqueza de pocos y la pobreza y esclavitud de muchos.

Pero lo peor es el aspecto moral, lo que aflora en el hombre cuando su naturaleza caída y pecadora no posee el freno y la guía de la gracia divina, y las pasiones se desordenan, y el error y el alejamiento de la verdad pasan a ser lo que indica los caminos que se recorren.

San Pablo describe con gran realismo la pavorosa realidad de los hombres que no reconocen a

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