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Appendices

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La producción de fibras animales y su empleo en la manufactura de prendas de abrigo en la

región de estudio, inicia a finales del siglo XVI con la colonización europea53. Fue en 1592

cuando la Corona Española distribuyó las tierras de Zongolica en mercedes reales, quedando las posesiones en manos de españoles peninsulares asentados en la ciudad de México, quienes con el tiempo las vendieron a Juan del Castillo, entonces alguacil del pueblo y provincia de Tehuacán (Rodríguez, 2003: 29).

Para 1595, Del castillo funda en la Sierra de Zongolica, la denominada “Hacienda de Cabras”, una estancia que llegó a albergar miles de cabezas de ganado menor, mulas, tierras de labor, surcos de agua, indios en condición de gleba, aperos y pastizales (Aguirre, 1987:07)

En 1655 dicha propiedad es donada a la Sagrada Compañía de Jesús, misma que da continuidad a la explotación del ganado lanar en la región y con ello, favorece la incipiente producción de textiles de lana en una zona históricamente asociada al tejido con hilos de

algodón54.

El auge de la ganadería favoreció la creación de nuevas rutas de comunicación y el empleo de los indígenas como pastores. Fueron ellos los responsables de guiar los rebaños trashumantes desde la Sierra de Zongolica hasta diversos puntos de la Sierra Norte de Puebla, algunos puntos de Oaxaca e inclusive de Guerrero (Aguirre Beltrán, 1987: 208; Mouat, 1980 en Rodríguez 2003). Desde entonces los indígenas han mantenido un papel

53 Hasta antes de la conquista, únicamente se elaboraban textiles con fibras vegetales. 54

Baste recordar que los pueblos de la zona cultivaban algodón y tributaban mantas a los integrantes de la “Trple Alianza” según consta en el Códice Mendocino.

120 relevante en la crianza y pastoreo de las ovejas, siendo las mujeres, las principales responsables de cumplir con dichas actividades.

La economía doméstica no puede entenderse sin la presencia del ganado menor, pues como en otras comunidades indígenas de México, los borregos constituyen una auténtica fuente de ahorro que denota estatus, riqueza y poder. Dependiendo de la raza y número de animales que se posean, se puede deducir el nivel socioeconómico de las familias. Es común que aquellos que han migrado o que han emprendido negocios exitosos y se han hecho de algunos recursos, adquieran ovejas de granja importadas, destacando entre ellas, las llamadas “cara negra”. Este tipo de ganado crece muy rápidamente, es delicado y proclive a las enfermedades si no se le vacuna, alimenta y atiende adecuadamente. No produce buena lana ni tampoco buena carne, sin embargo mantienen en el mercado un precio muy por

encima del ganado común de la zona serrana55.

Según las indígenas, la lana de estos animales no sirve para tejer, su carne es grasosa y su sabor muy “simple”, por lo que escasamente se le explota. Su precio alto lo convierte en inaccesible para la mayoría de los pobladores y por ello, es símbolo de solvencia y “prosperidad económica”. El que una familia posea dos o más borregos “cara negra”, suscita la idea de un estatus superior al de la mayoría, denota un acercamiento al mundo citadino y en cierta medida, un “progreso” y estado ideales aún no alcanzados por los demás. Constituyen de este modo, un elemento de distinción y “buen gusto” generalmente asociado a aquéllos que han migrado y regresado con éxito, o con aquellos que por su trabajo, han incrementado sus ingresos de forma sustancial.

El grueso de la población serrana que no puede acceder a las ovejas de “granja”, cría la “raza nativa” o criolla, aquella que fuera introducida por los encomenderos en el siglo XVI y que después de cinco siglos continúa siendo parte de la vida de todo núcleo doméstico. Los pequeños rebaños que pastan en el traspatio, proveen de lana y abono a sus propietarios, pero también los abastecen de granos, alimentos, semillas y vestido cuando éstos son dados en intercambio.

55

La carne y la lana es muy aprecida en el contexto citadino, sin embargo para los nahuas su sabor es desagradable y su lana, efectivamente no puede hilarse fácilmente.

121 P astore o en la Si err a de Z on g oli ca . F otogra fí a: Mi g ue l Án ge l S osme

122 La pobreza que agobia a la mayor parte de las familias de la región, favorece la persistencia de viejas prácticas como el trueque y el intercambio de animales “a medias”. Cuando una familia carece de ovejas, suele emplearse con otros campesinos o pequeños

ganaderos que a cambio de la fuerza de trabajo invertidaen su tierra, le paga con alguna cría

de ganado. En otros casos, cuando sólo se cuenta con un animal, se recurre a algún pariente que cuente con uno o más borregos del sexo contrario y se le pide su autorización para hacer una cruza a “medias”, es decir, el primer crío será para el dueño de la “hembra” y el segundo para el dueño del macho.

Fotografía:Belinda Contreras.

Entre los grupos domésticos de la zona, las ovejas ya sean “nativas” o de “raza”, son ante todo una fuente de ahorro y de inversión susceptible de ser intercambiada ante una emergencia, enfermedad o necesidad económica. La familia puede vender algún animal o intercambiarlo por varios sacos de maíz, de frijol o haba en una situación de escasez; puede adquirir un terreno para la siembra a cambio de un pequeño rebaño (tres o cuatro) o puede

123 vender los vellones y la carne de éstos a algunos comerciantes foráneos que esporádicamente visitan la región para comprar ganado. De este modo, la crianza de borregos y la producción textil se hallan íntimamente relacionadas, forman parte de la actividad cotidiana de los núcleos domésticos indígenas y contribuyen sistemáticamente a su reproducción. Se trata de una actividad básicamente femenina e infantil relacionada con los límites del espacio privado, espacio que de acuerdo con Mejía (2003), se circunscribe a los linderos del hogar debido a la liga que existe entre el ámbito privado y aquellas actividades consideradas propias de las mujeres.

En este sentido, los niños y niñas pequeños participan de este espacio por el nexo existente con la madre. Sin embargo, es común que desarrollen actividades diferentes, por ejemplo, mientras las niñas ayudan a la madre a separar los granos de maíz o a desenredar la lana para el tejido, los niños se encargan de dar de comer a los animales domésticos; de ahí que en los primeros años de su desarrollo, los procesos de socialización femenina tengan un fuerte anclaje con las actividades consideradas como netamente femeninas, siendo un claro ejemplo, la manufactura de textiles (Mejía, 2010:212).

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