‘Abd al-Raḥmān I: 756-788 Hišām I: 788-796
al-Ḥakam I: 796-822
La proclamación como emir de ‘Abd al- Raḥmān creó una situación nueva, aunque la novedad era más teórica que práctica. El título de «emir» o «caudillo» había sido utilizado hasta entonces por los gobernadores provinciales designados por el califa; pero, dado que los califas ‘Abbāsíes eran responsables de la matanza de casi toda la familia Omeya, no cabía pensar en absoluto en que ‘Abd al-Raḥmān reconociera al califa. Por otra parte, tampoco tuvo nunca ‘Abd al-Raḥmān una posición que le permitiera reclamar el cargo de califa. Así, pues, por primera vez en el mundo islámico existía una entidad política que, sin estar
justificada por un dogma herético, se organizaba en forma completamente independiente del conjunto principal de los musulmanes. Ésta era la novedad teórica.
En la práctica, sin embargo, la novedad no era tan grande. Dado que las comunicaciones eran lentas y se extendían sobre vastas distancias, los gobernadores provinciales eran en gran medida independientes. Así había ocurrido sobre todo en la década anterior a la caída del califato omeya en el 750. Ciertamente, el califa había enviado una importante fuerza desde Siria para hacer frente a la revuelta beréber en el norte de África. Los
jinetes sirios, comandados por Balŷ, habían pasado a España sólo como consecuencia de un arreglo más o menos privado con el gobernador; y después de este acontecimiento los musulmanes de al-Andalus habían mantenido una independencia casi total. La principal novedad de la posición de ‘Abd al- Raḥmān consistía, por tanto, en que no existiera ningún superior que pudiera obligarle a dimitir de su cargo, y en que tuviera un cierto derecho a gobernar. Quizá también la comprobación de que al-Andalus se encontraba aislado estimulaba a los rebeldes en sus intentos de tomar el poder. La posibilidad de que los ’Abbāsíes trataran de afirmar su
autoridad sobre esta parte del imperio de sus predecesores también había de ser tenida en cuenta; pero a los Abbāsíes les costó mucho tiempo y esfuerzo el asegurar siquiera un débil control sobre el norte de África, y en ningún momento llegaron a constituir una seria amenaza para el nuevo régimen Omeya de España.
El principal problema con el que habían de enfrentarse ‘Abd al-Raḥmān y sus sucesores inmediatos, a los efectos de constituir firmemente el emirato, era la diversidad de elementos, especialmente raciales, que existía en la población. En primer lugar estaban los árabes, los cuales, aun no siendo
numerosos, ocupaban una posición dominante. Los árabes se hallaban divididos; sin embargo, la antigua oposición entre los yemeníes (o kalbíes) y, los qaysíes había ido dejando paso a otra nueva, a saber, la que existía entre los árabes de la primera oleada, denominados «antiguos colonos» (baladzyyūn) y los llegados posteriormente, a los que se llamaba sirios (ŝāmiyyūn). Dado que a los sirios, como se ha explicado anteriormente, les fueron concedidos feudos, esta distinción era en parte social y económica. Todos los árabes eran desde luego musulmanes.
musulmanes: los beréberes y los pobladores nativos convertidos. Los beréberes eran con mucho el grupo más numeroso, ya que habían constituido el grueso de las fuerzas invasoras y ocupantes. El sector más importante de los beréberes inmigrantes era el de los beréberes de origen sedentario (a los que debe diferenciarse de los de origen nómada), que en España volvieron de nuevo a la actividad agrícola. Pese a su importancia numérica, eran tratados por los árabes, como ya hemos señalado, como inferiores, y entre ellos se mantuvo siempre un rescoldo de descontento. Según parece, los pobladores nativos convertidos llegaron
a ser con el tiempo tan numerosos como los beréberes, e incluso más. El término árabe para designar al «convertido» era
musālim; sin embargo, su aplicación
parece haberse restringido en la práctica a los que efectivamente cambiaron de religión. El nombre usual entre los árabes para designar a los musulmanes españoles era el de muwalladūn (muladíes), que puede traducirse como «nacidos musulmanes». Los autores españoles suelen referirse a ellos como «renegados», término que indudablemente no se utilizó hasta que la Reconquista estaba ya en auge. El principal motivo de la aceptación del Islam por un amplio sector de la
población española fue probablemente su asociación con una civilización superior y muy atractiva, además de la desconfianza que sentían los nativos hacia los obispos cristianos por su estrecha identificación con la impopular dominación de los visigodos.
El otro elemento numéricamente importante del Estado islámico —la población cristiana que conservó su religión— recibía el nombre de mozárabes (musta’ribūn), que podría traducirse como «arabizantes», término asimismo de origen posterior, utilizado por los cristianos de la Reconquista[1]. Aunque cristianos, estos sectores se sintieron probablemente atraídos por
muchos aspectos de la civilización árabe e islámica. Indudablemente no eran hostiles a la dominación musulmana, y aprendieron el árabe (aunque hablaban también un dialecto romance)[2] y adoptaron muchas costumbres árabes. Además de los cristianos, había también en las principales ciudades muchos judíos, los cuales, perseguidos en el pasado por los visigodos, prestaron una activa ayuda a la conquista musulmana y no mostraron posteriormente tendencias a la rebelión.
El gobierno de todos estos elementos diversos y a menudo contradictorios era una tarea difícil. Fueron muchas las rebeliones y
levantamientos de uno u otro signo. A veces sólo participaba uno de los grupos mencionados; otras actuaban juntos dos o más grupos. El antiguo sistema según el cual todo musulmán físicamente apto estaba sujeto al servicio militar desapareció antes del 750; en todo caso hubiera tenido escasa eficacia para hacer frente a la situación de al- Andalus. Uno de los métodos que utilizó ‘Abd al-Raḥmān para resolver el problema fue la creación de un ejército profesional. Probablemente éste se componía sobre todo de esclavos, fácilmente obtenibles al norte de los Pirineos. Los sucesores de ‘Abd al- Raḥmān aumentaron el tamaño de este
ejército mercenario. Esta nueva fórmula independizó al emir de sus súbditos, pero le creó también graves problemas.
Se ha sugerido que los Omeyas lograron unificar este conjunto heterogéneo mediante la identificación de su causa con la del Islam, pero esta hipótesis no explica una serie de complejas cuestiones. Estudiaremos el problema con mayor detenimiento en un capítulo posterior; baste por ahora con hacer constar que esta identificación fue en el mejor de los casos una política a largo plazo. Por el momento, el objetivo era convertir al emir en el centro de la autoridad. Ahora bien, en un principio esta autoridad sólo podía mantenerse
por la fuerza desnuda. Un notable ejemplo es la llamada «jornada del foso» en Toledo, ocurrida probablemente en el 797 (no en el 807), poco después de que al-Ḥakam empezara a gobernar. Todos los notables de Toledo, en su mayoría musulmanes españoles, que habían dado anteriormente signos de desafección, fueron atraídos con engaño al castillo del gobernador con el pretexto de que presentaran sus respetos al heredero del trono; una vez dentro, fueron decapitados uno por uno, y sus cuerpos arrojados a una zanja o foso.
A fines del mismo reinado, probablemente en el 818, se produjo en
Córdoba una matanza aún más importante. La severidad del emir provocó un levantamiento entre los habitantes del Arrabal situado al sur del Guadalquivir. Durante un tiempo el resultado de la lucha se mantuvo incierto, pero finalmente las tropas del emir terminaron por imponerse; entraron a saco en el Arrabal, ejecutaron a tres mil de los supervivientes más destacados, y obligaron al resto de sus habitantes a abandonar Córdoba. El Arrabal quedó totalmente arrasado. La importancia que las fuentes árabes y algunos antiguos relatos europeos dan a estos acontecimientos no debe llevar al lector moderno a la conclusión de que la
autoridad central se apoyaba exclusivamente en la fuerza. En la sublevación del Arrabal estuvieron implicados uno o dos juristas musulmanes; esta aparición de una nueva clase es, al mismo tiempo, una indicación de que los Omeyas estaban tratando de crear un sistema de justicia y de derecho en su reino.
Mientras los Omeyas se ocupaban de establecer su gobierno sobre todo el territorio que había quedado bajo su poder, no se registraron acontecimientos de fundamental importancia en la frontera septentrional, aunque sí alguna actividad. Del 740 al 755, el pequeño reino de Asturias, situado en el noroeste
de la Península, logró una cierta expansión y afianzarse en una relativa seguridad frente a los ataques árabes. Y al otro lado de los Pirineos, Carlomagno (771-814) estaba ya edificando su poderoso imperio, realizando ocasionalmente incursiones en la Península, como en el 801, en que llegó a entrar en Barcelona. Su expedición del 778 contra Zaragoza se ha hecho famosa merced a la Chanson de Roland. El tema principal de este poema —la derrota de la retaguardia en Roncesvalles— tuvo escasa importancia desde el punto de vista militar; pero es probable que el aspecto más destacado de la campaña —el fracaso en el intento
de tomar Zaragoza— moviera a Carlomagno a abandonar España prácticamente a su suerte.
Al-Andalus no tenía una frontera septentrional en el sentido moderno del término. Entre el territorio donde el poder musulmán era firme y aquel otro donde se asentaban los diversos Estados cristianos, existían zonas cuyo dominio efectivo era más variable y que equivalía a una tierra de nadie. Estas zonas eran las Marcas. La defensa musulmana de Zaragoza se basaba en la Marca Superior, la de Toledo en la Marca Media, y la de Mérida en la Marca Inferior. Durante ciertos períodos, los musulmanes realizaban
expediciones al norte cada verano; sin embargo, estos períodos se alternaban con otros de aparente tregua. Una de las expediciones más importantes llegó a Narbona en el 793, y en el 841, otra alcanzó las proximidades de esta ciudad. Pero ni estas expediciones ni la del 828, dirigida contra Barcelona, lograron conquistar la ciudad de manos de los francos.
Durante el reinado de ‘Abd al- Raḥmān II (822-852), el Emirato Omeya estaba ya sólidamente establecido y el país prosperaba. Aún se producían revueltas, pero con carácter periférico; en el centro se había logrado un cierto grado de unidad. Un índice de la
prosperidad general es el amplio programa de construcciones que llevó a cabo ‘Abd al-Raḥmān II. La red de atalayas establecida después del 844 para montar la guardia contra las incursiones marítimas de los escandinavos demuestra la potencia y eficacia práctica del régimen. ‘Abd al- Raḥmān II llegó a sentirse con poderío suficiente para intervenir en la política de los diversos Estados pequeños y medios que: ocupaban la región que va de Marruecos a Túnez, y para apoyar a algunos de los más pequeños contra sus vecinos mayores. Pero será más conveniente realizar un examen detallado de la base del poder y de la
prosperidad e los Omeyas una vez que hayamos visto cómo este Estado llega su cenit en el siguiente siglo.