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Appendix A: InTrust for Syslog Service Events

de la favela y de los americanos». Sin esperar a mis preguntas empezó a hablar de la favela, de su situación geográfica, de los tipos de casas y de chabolas, de las ocupaciones de los residentes, etc. Era el suyo un discurso fluido, moldeado en una especie de lenguaje científico popular, que revelaba un conocimiento espe- cializado de la comunidad. Yo estaba asombrado, y seguro de que quería impre- sionarme. Él terminó su discurso con una afirmación sorprendente: «Está usted haciendo investigación en la favela, ¿no es verdad? Los americanos han escrito sus libros sobre mis hombros». No pude evitar echarme a reír. Pero mi amigo me dijo más tarde que, fuera cierto o no, se pensaba que había ganado dinero hablando con los científicos norteamericanos. Volví a encontrarme con él más tarde, pero nunca volvió a mostrar entusiasmo por hablar conmigo. La razón más probable es que no me consideraba lo bastante científico como para merecer sus servicios especializados, o que nunca le ofrecí pagarle.

Este encuentro fue muy importante para mí principalmente por dos mo- tivos. El primero es que ponía de manifiesto las deficiencias de la mayor para de los libros sobre metodología que, aunque se ocupaban de las diferentes técnicas para evitar la inducción de respuestas, dejaban fuera la fuente fundamental de esa inducción, al propio científico social como estereotipo viviente que reproducía un horizonte de expectativas. El segundo era que el informador con el que me había encontrado era un objeto de la ciencia social adiestrado y especializado que, en el curso del proceso, se había convertido en un casi sujeto (o en un sujeto «primitivo») de la ciencia social: en un objeto elevado a la categoría de sujeto. Profundizando más en el tema (¿llevándolo tal vez ad absurdum?) cabría imaginar que un ulterior desarrollo de las ciencias sociales podría llevar a un correspon- diente desarrollo de su objeto. El grupo de los objetos (informadores) adiestrados y especializados podrían, si se ponían de acuerdo, actuar sobre la ciencia como grupo de presión, negociando una participación en los beneficios de la produc- ción científica o, incluso, una participación en la configuración de los resultados de la investigación. Este escenario no es tan utópico como podría parecer. En antropología, quienes realizan trabajos de campo hace tiempo que se han visto ante problemas que apuntan en esta dirección.

Conforme progresaba mi investigación, el estereotipo acerca de los por- tugueses se iba haciendo cada vez menos determinante en mis relaciones con la gente, y mi inicial necesidad de afirmarme como científico social adquiría una importancia secundaria. Incapaz de verme a mí mismo, sin una gran dosis de hi- pocresía o de esquizofrenia, como objeto de la ciencia social, terminé por adoptar una postura de compromiso, situándome a medio camino entre el objeto y el suje- to de la ciencia (y por tanto en una posición intrínsecamente ambigua). Me sentía como una especie de muchacho de los recados que intentaba arreglar una prolon- gada disputa entre el objeto y el sujeto, una disputa que no había cesado desde los comienzos de las ciencias sociales en el siglo xix. Esta incómoda posición fue el fundamento para el desarrollo de lo que podría llamar metodología transgresora.

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sobre la metodología transgresora

La relativa libertad respecto al estereotipo científico me ayudaba a crear el personaje que mejor se adaptaba a los objetivos de mi investigación. Desarrollé un respeto menos que moderado por las reglas de la ciencia convencional, en especial por las que llenaban los gruesos manuales sobre la observación partici- pativa, a la sazón el método más de moda para la investigación empírica. Llegué a creer que era mediante la violación de las reglas como mejor entendía la realidad social: cuanto mayor era la violación tanto más profunda era la comprensión. No obstante, guardé al mismo tiempo la regla de oro de la observación participativa, y lo hice de una manera casi compulsiva: escribí acerca de mi vida cotidiana, hasta el mínimo detalle. Mantuve la distinción tradicional entre las fichas de la investigación y el diario, dejando para este último las cuestiones más íntimas, me- nos «científicas». Pero, en realidad, uno de los medios prolongaba al otro casi sin transición. Podía reproducirlo todo (incluidas las palabras) de manera tan vívida que lo que escribía era una auténtica transcripción de mi vida.

Cambié el enfoque de mi proyecto de investigación original poco después de empezar a vivir en la favela. Llegué al convencimiento de que las actitudes de los «pobres» respecto al derecho eran producto de las «actitudes» del derecho para con los pobres. Además, tal como estaba enmarcada, la pregunta de mi inves- tigación era totalmente ideológica. En primer lugar, las «actitudes» eran el disfraz subjetivo de las condiciones objetivas bajo las que funcionaba el aparato judicial del Estado capitalista. En segundo lugar, el sistema judicial se convertía en fetiche al mismo tiempo que la base de su poder, el Estado, quedaba fuera del marco ana- lítico. En tercer lugar, el tema de la investigación era un tema basado en el derecho y la pobreza y, en cuanto tal, se fundamentaba en un modelo de estratificación social de desigualdad. Por último, el proyecto se centraba en torno a la legalidad estatal, mientras que enfocar el pluralismo legal como una forma de conflicto de clases parecía más apropiado para mis intereses científicos del momento. Un es- tudio completo habría requerido, en consecuencia, un análisis de los modos de aplicar la ley en la comunidad y un análisis de las oficinas de asistencia legal de Río. Sin embargo, la falta de tiempo me obligó a centrarme en los primeros, que se basaban en gran medida en un enfoque del arreglo de las disputas.

Esta elección, por más que fuese clara, sólo la fui haciendo de manera gradual y con gran angustia, y después de pensarlo y repensarlo. De hecho, la elección nunca se cumplió del todo, ya que yo estaba básicamente (e inmode- radamente) interesado en una cobertura general del funcionamiento del sistema judicial en la sociedad brasileña, determinado por la clase. Seguí prestando mucha atención, y observando en detalle, el funcionamiento de los servicios de «Justicia Gratuita» de Río. Me impresionaba que algunos de los abogados que trabajaban en ellos, bajo estrictas limitaciones institucionales (era en tiempos de la dictadura), plenamente conscientes de que no podían cambiar el sistema de opresión de clase que el derecho reproducía, eran todo lo sensibles que resultaba posible ser, en tales circunstancias, a las necesidades de sus clientes. Mostraban un conocimiento práctico del derecho en la sociedad que era de hecho muy superior al de los am-

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