El desarrollo endógeno está estrechamente ligado a las capacidades y dinámicas del territorio, donde se encuentran los recursos y el potencial del desarrollo, se construyen las
relaciones sociales, institucionales y se pueden apropiar los mecanismos y las acciones necesarias para reproducir la integridad cultural, tecnológica y productiva. Para Boisier (2001, p.14): “Todo proceso de desarrollo endógeno se vincula al desarrollo local de una manera asimétrica: el
41 El país paso de contribuir con el 4% en 1980 al 38.6 % en 2013 en las exportaciones de vestuario a nivel global, de
acuerdo con datos de la OMC
desarrollo local es siempre un desarrollo endógeno, pero éste puede encontrarse en escalas supra locales, como la escala regional por ejemplo”.
Vázquez Barquero (2002) define el desarrollo local como:
(…) Un proceso de crecimiento y cambio estructural, que se produce como consecuencia de la transferencia de recursos de las actividades tradicionales a las modernas, mediante la utilización de economías externas y de la introducción de innovaciones; que genera el aumento del bienestar de la población de una ciudad, de una comarca o de una región. Cuando la
comunidad local es capaz de utilizar el potencial de desarrollo y de liderar el proceso de cambio estructural, la forma de desarrollo se puede denominar Desarrollo Endógeno (citado en Madoery, 2007, p. 134)
Pese a que la economía neoclásica no comprendió la importancia del territorio, dándole un papel pasivo y limitándose a una concepción espacial en términos eminentemente físicos del mismo (Coq, 2004; Moncayo, 2003; Sforzi, 1999, 2007), durante las últimas décadas del siglo XX diferentes enfoques teóricos del pensamiento económico y disciplinas cercanas a este, han contribuido a explicar las razones por las cuales el desarrollo económico y la competitividad tienen un carácter localizado. Una buena parte de estas conceptualizaciones ha partido del estudio de realidades territoriales concretas que lograron desempeños exitosos y de la explicación de las dinámicas sociales, institucionales, tecnológicas y económicas que los caracterizaron, las cuales no era posible explicar con los elementos teóricos que había brindado la economía neoclásica, ni con los agregados posteriormente por la teoría de la localización (Coq, 2004, Vázquez Barquero, 2005)
El territorio ha pasado a ser una variable crucial que permite explicar las oportunidades que se aprovechan en algunas áreas y regiones y dar cuenta de las limitaciones que se imponen en los procesos de desarrollo. Las diferencias en las condiciones históricas, culturales y las
características socioeconómicas de las regiones, permiten explicar en gran medida las diversas vías de desarrollo emprendidas en distintas circunstancias históricas y geográficas. El espacio ha pasado de ser comprendido únicamente como una fuente de costos para las empresas, y asume el papel de un entorno que puede ser favorable (o desfavorable), en el cual se producen "economías externas" (o deseconomías externas). El espacio se transforma en el territorio y representa: el punto de encuentro entre los actores del desarrollo, el lugar de las formas de cooperación entre las empresas, el lugar donde se deciden la división social del trabajo, las iniciativas económicas, donde se efectúan las inversiones, donde se pueden resolver los problemas de las empresas, identificar perspectivas para el desarrollo económico y aprovechar las oportunidades que están más allá de la capacidad de intervención de cada empresa (especialmente de pequeña dimensión) (Garofoli, 2003a, p. 11).
En su revisión teórica sobre economía y territorio, Daniel Coq, argumenta que las nuevas concepciones que surgen sobre el papel del territorio en la economía, a partir de la crisis de mediados de 1970, aunque distintas entre sí, comparten la visión de que existe una secuencia (causa- efecto), que parte de los cambios en los procesos de acumulación a escala global
generados por la reestructuración, los cuales producen importantes transformaciones tanto en los sistemas de organización industrial, como individualmente en las empresas que los conforman; estas transformaciones a su vez, producen efectos sobre la articulación espacial de las actividades productivas a lo largo del territorio. En esta visión dinámica, el territorio adquiere un papel diferente al que se otorgaba hasta entonces, pasando de ser considerado simplemente como un espacio físico o campo de maniobra, para constituirse en un actor del desarrollo43, en la medida
que las actuaciones de las empresas individuales no son suficientes para impulsar la
competitividad y las relaciones económicas y sociales que se requieren para proporcionar una respuesta coherente frente a las exigencias de la globalización, son cada vez más complejas y dependen de los mecanismos de regulación social, territorialmente arraigados (Coq, 2004).
Pese a la heterogeneidad de los diferentes aportes de las nuevas teorías que reconocen la importancia de las relaciones entre la economía y el territorio, algunos autores coinciden en proponer una clasificación de estos aportes, estableciendo dos aproximaciones a la explicación del papel del territorio en la globalización. De acuerdo con Boisier (2005) y Coq (2004), de una parte se encuentran aquéllos enfoques que creen que el capital transnacional y las grandes corporaciones explican las nuevas dinámicas espaciales a nivel global, debido a la concentración del poder y a las capacidades de las grandes organizaciones para condicionar la distribución de la producción alrededor del mundo, que les permite decidir sobre la inclusión de regiones y países en las redes globales, de acuerdo a sus intereses (Coq, 2004). De otra parte, están los enfoques que coinciden en que la reestructuración se convierte en una oportunidad que puede aprovechar el territorio para valorizarse, a partir de los recursos endógenos, las nuevas demandas diferenciadas que resultan de los mayores “estándares de vida”, así como la capacidad de las pequeñas y medianas empresas para dar respuestas con escalas de producción cortas, a través de la estrategia de “especialización flexible”, que utiliza la innovación y el “aprendizaje colectivo” para
adaptarse al cambio (Boisier, 2005, p.49).
Entre los aportantes del primer grupo, es decir el que considera que el capital y las empresas transnacionales tienen en el marco actual de la globalización, el poder para determinar qué tipo de actividades productivas e innovadoras se van a ubicar en los diferentes territorios, se clasifica a la Escuela estructuralista (de la Nueva División Espacial del Trabajo) y la Escuela Institucionalista Inglesa. En la tendencia más optimista que argumenta la oportunidad de que bajo
ciertas condiciones, los territorios pueden usar su capacidad endógena para beneficiarse del proceso de reestructuración, se ubican los enfoques de la Acumulación flexible y la Escuela Californiana (Coq, 2004).
La importancia de la aglomeración espacial de las actividades productivas innovadoras puede deducirse de la observación de que ambos grupos, pese a las marcadas diferencias conceptuales entre los enfoques teóricos sobre las consecuencias de la reestructuración en los territorios, tienen interés en el análisis de los factores que la originan (Simmies, 1997, citado en Boisier, 2005).
En los siguientes apartados se reflexiona sobre las aglomeraciones territoriales y el papel de las relaciones que establecen tanto con los actores de las cadenas de valor global, como internamente en el sistema local, para incentivar el upgrading y la competitividad