Tras la muerte del Profeta, el Corán continuó siendo la norma del comportamiento y la fuente de la ley. Pero no siempre responde directamente a todas las cuestiones circunstanciadas que se plantean a los creyentes. Se busca entonces en las palabras y en los actos del Profeta modelos que constituyen una especie de «jurisprudencia». Esos «dichos del Profeta» (hadit, pl. ahadit, [hadiz, hadices]) transmitidos por vía oral durante más de un siglo, se reunieron y pusieron por escrito entonces: esos actos y palabras de Mahoma forman la «Sunna del Profeta», y fueron autoridad en adelante. En efecto, con el tiempo, la estatura legendaria del Profeta se acrecentó para los fieles: algunos llegaron entonces a considerar que fue infalible tanto en sus actos como en sus palabras.
La colación, la recepción, y la puesta por escrito de dichas tradiciones orales un siglo después de la muerte del Profeta plantean, no obstante, numerosos problemas: había que expurgar, separar las relaciones auténticas de las relaciones «apócrifas», de las fábulas, leyendas o falsificaciones suscitadas por el creciente fervor y la autoridad de los relatos que referían las palabras de Mahoma. Era necesario establecer, por tanto, un sistema riguroso de identificación de las tradiciones y de control de su transmisión. El criterio era el siguiente: para ser seleccionado, el hadit debía provenir directamente de un compañero del Profeta y haber sido transmitido por una cadena ininterrumpida de testigos. El corpus seguía siendo oral hasta el siglo IX. Su puesta por escrito, en diversos lugares del mundo islámico, recogió decenas de millares de relatos, reunidos en numerosas colecciones.
4. N. de/ T.: traducción de Julio Cortés: «Cuando sostengáis, pues, un encuentro con los infieles,
devolvedles la libertad, de gracia o mediante rescate, para que cese la guerra. Es así como debéis hacer. Si Dios quisiera, se defendería de ellos, pero quiere probaros a unos por medio de otros. No dejará que se pierdan las obras de los que hayan caído por Dios» (Corán XVL VII, 4). Traducción de Juan Vernet: «Cuando encontréis a quienes no creen, golpead sus cuellos hasta que los dejéis inertes; luego concluid los pactos». / «Después les concedéis favor o los libertáis cuando la guerra haya depuesto sus cargas. Así obraréis. Si Dios quisiera les vencería sin combatir pero os prueba a unos con otros. Las obras de quienes sean matados en la senda de Dios no se perderán» (Corán XVL VII, 4-5).
Tras la depuración, se seleccionaron seis colecciones. Dos de ellas se impusieron de manera particular: la de alBujari (muerto en 869) y la de al-Hayyay (muerto en 873). Los musulmanes le conceden una gran confianza. Ello constituye, evidentemente, un acto de fe porque es imposible estar seguro sobre qué falsas tradiciones no se mezclaron con los relatos auténticos, así como tampoco sobre los relatos que no hayan sido enriquecidos con añadidos embellecedores o legendarios.
La cuestión de la guerra se aborda ciertamente en dichos relatos. Por lo demás, fueron reunidos en una época en la que se impuso la doctrina del yihad, en conformidad con la tendencia belicosa que entonces triunfó. Así se aprecia a través del capítulo titulado «El Libro del yihad». El libro se abre mediante una pregunta de un fiel que interroga al Profeta cuál es el mayor bien. Éste responde que hay tres aspectos: el primero consiste en rezar en los tiempos prescritos; el segundo en observar la piedad filial; el tercero en llevar a cabo el yihad. Otros relatos enfatizan aún sobre el valor que tiene a los ojos de Dios. Así, a una pregunta de un fiel que interroga a Mahoma para que le cite un acto superior al yihad, éste responde que no puede encontrar ninguno. Además, afirma que el yihad vale más que todo el mundo y todo lo que él encierra. El conjunto del libro exalta el combate en la senda de Dios y los méritos que están vinculados a él. Subrayemos de nuevo que el término yihad se contempla aquí en su sentido más genérico, pero también que incluye claramente su dimensión guerrera.
Los relatos concernientes a las modalidades y reglas del combate y al estado de ánimo y a los méritos de los combatientes lo muestran de manera inequívoca. Ello se aprecia a través de los textos que condenan a quienes rehúsan combatir (Dios los castigará con calamidades súbitas), o a quienes combaten por motivos demasiado materiales (<<quien combate en la senda de Dios sólo por recompensas materiales no recibirá ninguna recompensa»), y, mejor aún, a través de las recompensas prometidas en el Más Allá a quienes combaten y mueren por la causa de Alá.
Así, los combatientes del yihad tienen asegurada la admisión en el paraíso, incluso si no son matados directamente en el campo de batalla. Su acción guerrera se considera como meritoria en sí misma. Por su parte, quien muere en el combate entra directamente en el paraíso. Más aún: convertido en mártir, su intercesión es poderosa y eficaz; puede hacer entrar en el paraíso a setenta miembros de su familia que, de no mediar la misma, serían condenados al infierno. Un hadit afirma así la dignidad supereminente del martirio en el com- bate: el Profeta habría dicho, en efecto, que ningún creyente, si
llegaba a morir y a ser admitido en el paraíso cerca de Dios, querría regresar a la tierra para resucitar, aunque se le prometiera el mundo entero. Nadie... salvo el mártir del yihad, porque después de haber visto la grandeza, el valor meritorio del martirio y sus privilegios, deseará regresar al mundo para combatir y ser matado de nuevo.
Estos rasgos subrayan los méritos del yihad y las recompensas celestes que procura a quienes combaten reflejan los caracteres específicos de una guerra santa. No sólo es justa, sino también santa, puesto que se emprende por la causa de Dios, bajo su orden, y goza de los privilegios y de las recompensas infinitas que sólo Dios puede conceder. El paraíso, por tanto, puede ganarse empuñando las armas. En los relatos coleccionados en el siglo IX apenas se encuentra ya la huella de una doctrina relativamente pacifista. La tesis del yihad guerrero había triunfado definitivamente.