universal a lo singular, de lo especulativo-práctico a lo práctico- práctico o eficaz, y no ver desbaratada toda su obra por el capricho de un instante de debilidad o indecisión de la voluntad, la
inteligencia necesita crearse can el ejercicio los hábitos o virtudes
del arte [339] y de la prudencia [340], encargadas ambas de aplicar
de un modo eficaz y permanente el juicio o norma de la inteligencia práctica a cada acto individual de la voluntad y facultades
subordinadas, y de acabar así la obra de perfeccionamiento de la inteligencia, conduciendo habitualmente las conclusiones de la ciencia práctica hasta el acto y acción concreta, impidiendo que elementos irracionales (pasiones, atracción sensible, debilidad de la voluntad se interpongan e impidan el ajuste entre la norma recta de la inteligencia y la elección de la voluntad buena. El arte y la
prudencia son los dos hábitos, que con asiento en la inteligencia -en el dominio del hacer y del obrar, respectivamente- ajustan la acción concreta de la voluntad a las exigencias del saber práctico y
aseguran eficazmente el descenso de la norma universal hasta el
acto individual de la voluntad sometida a ella [341]. Gracias a estos
hábitos y virtudes, el arte y la prudencia, la inteligencia no sólo posee la capacidad, sino la inclinación y la facilidad para ajustar la norma universal al acto práctico individual de la voluntad y someter
así habitualmiente todo el ejercicio de la práctica a las exigencias de
la razón [342], que no son sino las exigencias normativas, el deber
ser, derivado e impuesto por el último fin (del hacer o del obrar, según el caso) a la actividad de los medios, como es la práctica. Claro que estas virtudes intelectuales del arte y la prudencia, a más de los principios y ciencia práctica en que asientan sus raíces,
suponen y se apoyan en el término de su acción, en una voluntad (y facultades subordinadas a ella) habitualmente bien dispuesta,
inclinada de un modo permanente a su último fin [343]. Porque, lo
acabamos de advertir (n. 7), la eficacia de su juicio para un acto concreto, implica siempre, a la vez la decisión de la voluntad por él. El arte y la prudencia no hacen sino poner razón y ajustar de un modo permanente, habitual, a las exigencias del fin y en la precisa medida exigida por éste los actos de la voluntad -y facultades a ellas subordinadas- como otros tantos medios para alcanzarlo. Suponen una voluntad habitualmente inclinada al último fin, que de sí ciega, espera ser iluminada por la inteligencia con la luz del fin y ser
ajustada en su acción concreta por ésta a las precisas exigencias de
aquél [344], función que a su vez la inteligencia no puede realizar de
un modo habitual y fácil si no es por las virtudes del arte y la
prudencia [345].
Sin éstas la inteligencia no posee la capacidad habitual para regular los actos de la actividad práctica y poiética de la voluntad, el "rectus
ordo factibilium" [346] y el "rectus ordo agibilium" [347], y entonces
éstas quedan informes, medios no adaptados al fin, y la inclinación habitual de la voluntad al fin o acto deja ipso facto de ser virtud
[348]. Las virtudes morales y poiéticas de la voluntad -y facultades
subordinadas- no se constituyen formalmente tales, por eso, si no es conjuntamente y bajo la dirección y regularización de la
prudencia y del arte, que les dan el carácter de tales al otorgarles la canalización previa de acuerdo a las exigencias racionales de su bien específico, y constituir sus actos como otros tantos medios adaptados a su fin.
Y a su vez tampoco pueden existir las virtudes de la prudencia y del
arte sin las virtudes morales y poiéticas [349], pues sin tal voluntad
inclinada habitualmente al fin, aquellas virtudes intelectuales no tienen buena voluntad que ajustar al fin, medios que regular para la consecución de aquél. "La verdad del entendimiento práctico, dice S. Tomás, no se da sino por su conformidad con el apetito
recto" [350], la conclusión certera de la inteligencia prudente sólo es posible donde hay una voluntad buena que ajustar al fin en el
empleo justo de los medios; así como la inteligencia artística sólo puede emitir su juicio práctico recto cuando existen en la voluntad y facultades ejecutivas las virtudes artístico-técnicas
correspondientes.
Como el acto práctico, pues, que se constituye por la acción
convergente de inteligencia y voluntad (Cfr.. n. 4 y 7 de este cap.), no de otra suerte las virtudes intelectuales de la prudencia y del arte y las morales y poiéticas dirigidas a inclinar habitualmente las dos facultades a la realización del juicio práctico, bueno y recto,
respectivamente, se suponen y sostienen mutuamente, como forma
y materia [351].
Y como la forma sobre la materia y la inteligencia sobre la voluntad, así las virtudes del arte y la prudencia poseen el predominio sobre las virtudes morales y ejercen una función de organización
arquitectónica sobre ellas y toda la actividad práctica [352]. Y
también como el hacer, aunque autónomo, se subordina al obrar en razón del fin de aquél ordenado jerárquicamente al de éste, también la virtud intelectual del arte -no en su dominio propio, dentro de la actividad dirigida a su fin, sitio dentro de la totalidad jerárqulca de las actividades y virtudes humanas y de sus fines-.se halla sometida y regulada por la prudencia.
El arte y la prudencia más que virtudes, son dos especies o tipos de virtudes intelectuales prácticas, que luego se contraen, se dividen en virtudes más determinadas: la prudencia en la prudencia
individual o monástica, económica o doméstica y política [353],
correspondientes a la organización de los actos humanos
individuales, domésticos y civiles; y el arte comprende una multitud de hábitos, tantos como los tipos específicos de actividad artística y técnica.
9. También la inteligencia especulativa tiene sus virtudes propias,