Durante gran parte de la historia de la humanidad, la proximidad física se traslapó con la proximidad social o, al menos, tuvo una correlación cercana. Para el yo, el mundo de lo b io ló gica m en te hu mano se dividía en dos secciones separadas de manera tajante, que rara vez se confundían: los vecinos y los forasteros. Un forastero podía entrar en el radio de proximidad física únicamente en una de tres categorías: como enemigo al que había que combatir y ex pulsar, como un invitado admitido temporalmente al que se confi naba a un espacio especial y a quien la estricta observancia del ri tual de aislamiento volvía inocuo, o como un futuro vecino, en cuyo caso se le debía hacer parecido a un vecino, esto es, se le ha cía comportarse como tal. Conforme al resumen clásico de Lewis Mumford, «durante la Edad Media, a la persona no incorporada se la condenaba al exilio o a la muerte; si vivía, de inmediato bus caba incorporarse, por lo menos a una banda de ladrones» ’ .
La familiaridad se da únicamente cuando tenemos un volu men de conocimiento satisfactorio, lo cual no necesariamente sig nificaba, ni significa ahora, amistad. Tampoco significaba confian za, ni la disposición de hacer un sacrificio altruista o de tener un sentimiento de unidad, lealtad mutua o hermandad. La ideología que representa a la comunidad como una unidad cohesionada por la co n cien cia de unidad, por un sentimiento fraternal que deter mina que sea de la familia, aun sin serlo, como un territorio de cooperación y ayuda mutua, esa ideología vino más tarde, como síntoma inequívoco de una vecindad que perdía, a grandes pasos, identidad, límites precisos y, por ende, dominio sobre las actitu des humanas y relaciones recíprocas. La realidad de la vecindad era más diversificada de lo que permitiría o aceptaría la posterior ideología de comunidad. Cabían tanto el amor como la hostilidad, la solidaridad como el conflicto. No obstante, la vecindad física ocupaba un lugar preponderante en el espacio social debido a la
ausencia de extraños; de ahí la seguridad y satisfacción plenas que proporcionaba una reglamentación normativa.
Lo que verdaderamente distinguía al vecino del resto no era un sentimiento de compasión, sino el hecho de que siempre había estado a la vista, siempre tendiendo hacia el polo de la intimidad, un posible compañero de intercambio con el que se compartían biografías. El conocimiento del vecino era amplio, con una tipifi cación residual que, en caso de aplicarse, rara vez se revisaba o era provisional. Había reglas para cada ocasión y pocas ocasiones que carecieran de reglas. Por una vez, la suposición de «reciprocidad de perspectivas» casi siempre era correcta. La simetría o la com- plementariedad de percepciones era genuina, se autorreforzaba y autorreproducía. Las sociedades que ofrecían esta vida podían prescindir de maestros profesionales que enseñaran cómo condu cirse en público. Y también de policía.
Pero no podían prescindir de los ejércitos. El espacio social terminaba en el límite del vecindario. Del otro lado se extendía un árido vacío semántico, una selva: un mundo intelectualmente aje no habitado por cuerpos sin rostro. Los cuerpos podían cruzar la barrera, pero las reglas de coexistencia se quedaban en casa y no sobrevivían la intromisión. Las sociedades que no necesitaban po licía no tenían piedad, compasión ni conmiseración con los desco nocidos. No tenían reglas para tratar con forasteros, ya que éstos rebasaban normas y reglas. Los seres humanos no se dividían en vecinos y forasteros: eran seres humanos o forasteros. En las socie dades agrícolas estables donde realizó investigaciones, Edmund Leach encontró un sorprendente traslape entre series de catego rías topográficas y de parentesco «que discriminan áreas de espa cio social en términos de distancia del ego (yo)»: las relaciones «yo-hermana-primo-vecino-extraño» eran similares a las de «yo- mascota-ganado-animal de caza-animal salvaje», y ambas eran iso- mórficas con la cadena «yo-casa-granja-campo-lejano (remoto)»6. Para extraños (forasteros), animales salvajes y «lejanos» remotos, se carecía por igual de reglas de interacción.
Es p a c io ss o c i a l e s: c o g n i t i v o s, e s t é t i c o s, m o r a l e s
Surge una situación totalmente nueva al romperse la coordi nación entre proximidad física y social/cognitiva. Los forasteros aparecen físicamente dentro de los confines del mundo en que se vive. La extrañeza de los extraños deja de ser una ruptura tempo ral de la norma y un motivo de irritación curable. Los extraños permanecen y s e n iega n a irse —aunque, en el fondo, se espera que a la larga lo hagan— mientras, tercamente, escapan a la red de reglas locales y siguen permaneciendo extraños. No son visitantes, manchas oscuras en la clara superficie de la realidad cotidiana que podemos soportar, esperando que mañana desaparezcan (aun cuando nos sentimos tentados a lavarlas de inmediato). No llevan espadas ni parecen ocultar dagas bajo el manto; aunque, en reali dad, no podemos estar seguros. No son como los forasteros, los enemigos directos que nos instan a sacar la espada (por lo menos, eso es lo que decimos). Pero tampoco son como los vecinos. Cier tamente, no podemos evitar ser conscientes de su presencia, ver los, escucharlos y olerlos, incluso hablarles o permitir que nos ha blen en alguna ocasión, mas los encuentros son demasiado breves y ocasionales para decidir en qué clasificación colocarlos, además de que hay muchos que van y vienen.
Simmel consideraba que el dinero, esa abstracción E igenschaf ten lo s de cantidad pura y neutra, carente de sustancia y diferen ciación cualitativa, era simultáneamente el producto ineludible, la condición indispensable y una metáfora iluminadora de la vida ur bana:
Considero que la relevancia del extraño en relación con la naturaleza del dinero se resume en miniatura en el consejo que alguna vez escuché: nun ca hagas tratos comerciales con dos tipos de personas, los amigos y los enemigos. En el primer caso, la indiferente objetividad que requiere una transacción monetaria es un conflicto insuperable para el carácter perso nal de la relación; en el segundo, esta misma condición admite una am plia gama de intenciones hostiles derivadas del hecho de que las formas legales en una economía monetaria nunca son lo bastante precisas para impedir el dolo. Lo deseable para una transacción financiera — donde,
Ét ic ap o s m o d e r n a
con razón, se ha dicho que negocios son negocios— es una persona que nos sea totalmente indiferente, que no tenga compromiso ni enemistad con nosotros7.
Las transacciones económicas son el epítome del intercambio urbano; esto es, un intercambio «con desnutrición cognitiva». De ben defender su carácter no sólo de la hostilidad y la malicia, sino de la amistad y la compasión. Se desempeñan adecuadamente sólo en condiciones de neutralidad emocional o, mejor dicho, en con diciones libres del efecto perturbador de los afectos. Las dos cate gorías polares de vecinos y forasteros en que se dividía el mundo premoderno eran igualmente deficientes e inhóspitas para el in tercambio de dinero. La proliferación de la economía del dinero fue posible al marginar los dos aspectos de la dicotomía que otro ra lo abarcara todo y al llenar el centro vacante con una vasta área infinitamente expansible de relaciones «ni uno/ni otro». El inter cambio que sucede dentro de esta área no puede llevarse a cabo en situaciones con una gran carga emocional. Necesita socios tan carentes de rostro como los signos de la moneda, para quienes la única guía de conducta esperada y real sea la consideración com partida de cantidad, más que valores cualitativos inevitablemente únicos y vinculados al sujeto. Libre de quedar anclada en otra per sona, la atención puede depositarse en las reglas impersonales de la propia transacción.
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