creador, sino que, haciendo uso del estilo y del lenguaje, ha bus- cado sumergirse en las aguas densas de la historia, pare emer- ger de ellas dueño de una for- ma de codificación que demues- tra eso que parece nítido desde el origen de la escritura: debajo de todo filosofía se esconde una prosa poética.
Con este trabajo, la cartogra- fía poética de Ernesto Carrión, se consolida como una de las más profundas y ricas de lo que se viene realizando en las latitu- des del idioma castellano, para- dójicamente, siendo este un río al que el poeta siempre remonta contracorriente. R
IDEAS
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El libro es el hombre
El libro «protagonista» queabrió los ojos sobre la realidad del fanatismo fundamentalis- ta del siglo XXI fue una nove- la de Salman Rushdie, Los ver-
sos satánicos, publicada a fines
del siglo XX. Ahí ya nos habla- ba Rushdie de atentados en avio- nes y de hombres que caían des- de el cielo, y tuvimos que esperar algunos años para ver que ocu- rriera eso en las torres gemelas de Nueva York. Apenas salió el li- bro fue prohibido en India, Sud- áfrica, Pakistán, Arabia Saudi- ta, Egipto, Somalia, Bangladesh, Sudán, Malasia, Indonesia e Irán. Irán no se quedó allí. Cin- co meses después de la publica- ción de la novela, el 14 de febrero de 1989, se leyó por Radio Tehe- rán un edicto religioso o fatwa del ayatolá Jomeiní que senten- ciaba a muerte a Rushdie conmi- nando a los practicantes musul- manes a que lo asesinen, incluso ofreciendo una recompensa de tres millones de dólares. El go- bierno británico dio protección –literalmente escondió a Rush- die– durante varios años. No tu- vieron la misma suerte otras per- sonas que defendieron este libro: el traductor japonés de Los ver-
sos satánicos, Hitoshi Igarashi,
murió apuñalado y a punto estu-
n Leonardo Valencia
vieron de morir el traductor ita- liano Ettore Caprioli, el editor sueco William Nygaard y el tra- ductor turco Azis Nesin. El caso del traductor turco tuvo secuela, porque la multitud que quiso ma- tarlo incendió el Hotel Madimak, donde se hospedaba y murieron 37 personas en la conocida como la masacre de Sivas.
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Los libros no son solo esa reu- nión debidamente cortada e im- presa de papel. Los libros son hombres y mujeres. Extremaría la conclusión: son lo mejor de hombres y mujeres. Bradbury, en Farenheit 451, dio con la ima- gen más extrema todavía: en un mundo futuro donde se destrui-
Leonardo Valencia rán los libros, habrá un hombre
encargado de memorizar un li- bro entero. Un solo libro. Cada hombre representaría a un libro de Platón, de Montaigne, de Bal- zac, como una sociedad secreta. Aunque no lleguemos a esos ex- tremos, nos aproximamos noso- tros mismos como lectores: esos autores a los que volvemos una y otra vez, que recomendamos, que prestamos, que regalamos, son nuestros protegidos. Ellos sobreviven por nosotros, y a tra- vés de ellos sobreviven lo mejor (o peor) que ha pensado o ima- ginado la humanidad. Y cuando digo lo peor quiero decir también la advertencia de los extremos a los que podemos llegar las perso- nas. La novela quizá sea el recin- to donde cabe lo peor y lo mejor de la humanidad, un territorio de piedad que abre nuestra mi- rada.
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Quienes quisieron matar al autor de un libro viene de una cultura que idolatra un único li- bro, o el libro único. Estos nos enfrenta a un dilema para noso- tros como lectores. La cultura de libro viene de las grandes reli- giones del libro, como la judía, la cristiana y la musulmana. Yo to- mo distancia de esa idolatría del libro. No los idolatro. Recurro a ellos, los necesito, los aprecio, pero no son intocables. Me gusta
subrayar libros, me gusta apun- tar en sus márgenes, desbordar- se sus límites. El libro que no se toca es un libro cerrado y muer- to, y es un libro que se expande. Porque esto es a lo que quisiera llegar: a esa diferencia entre un libro cerrado y un libro abierto y potencial. Casi podríamos decir que el libro busca siempre que lo abran. A los libros que no se abren los envuelve el polvo. Blu- menberg decía: «y entonces, de repente, se hace visible el polvo que cubre los libros«. El filósofo alemán se refiere a que la con- sideración del libro como posee- dor del saber de la naturaleza llega un momento en que se es- tanca porque la naturaleza sigue siempre cambiante. Viene una nueva juventud que no encuen- tra su naturaleza en los libros y los rechaza, hasta que su natura- leza pasa a los libros.
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El libro como protagonista es el libro que no se quiere sacrali-
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zar sino que está abierto a mu- taciones. El libro que abre nue- vos libros, el libro que dialoga, incluso el libro que se inmola a sí mismo para poder seguir dan- do vida a nuevos libros. La mi- sión del libro se cumple en el úl- timo instante, sea al final de una lectura o en el instante previo a su destrucción. ¿A dónde van a parar esas viejas ediciones, esos aparentes mensajeros inmóviles, que llevan corriendo desde años o siglos atrás hasta un futuro in- cierto en el que siguen creyen- do y que los rescatará y les dará un nuevo ropaje? Los libros que se consideran intocables son los que quieren imponerse a la vida de los hombres. Los libros que quiere acompañarnos en la vida son aquellos que quieres ser to- cados. Son aquellos que están es- critos hasta la mitad y esperan ser completados por el lector. De- trás, o adelante, o al lado de un
libro, siempre hay personas: au- tores, lectores, editores, libreros, profesores, interpretes, traducto- res. El libro es el hombre.
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Las personas necesitan ser to- cadas. Igual que los libros. Pro- bablemente los libros, y aquí pienso concretamente en la li- teratura, esa forma troncal que recurre a los libros, y que al pa- recer es indisociable de su for- ma en el caso de las novela (que abren nuestras bibliotecas y li- brerías), probablemente los li- bros, y las novelas, son las que nos permiten acercarnos de me- jor manera a la experiencia. No quieren ser respetados de mane- ra sacra, quiere ser leídos, quie- ren ponernos en movimiento, a veces advirtiéndonos, pero siem- pre llevándonos a otro sitio y dándonos nuevas perspectivas para acercarnos a esa indetermi- nación caótica de la experiencia.
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Quizá el polvo que se asien- te sobre los libros no se deba a que ellos han envejecido, sino a que nosotros no nos acercamos a darles vida. Somos nosotros los que debemos quitarle el pol- vo. Siempre devolverán aventu- ras inesperadas. R