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Appendix A: Equilibrium per unit wages in markets with non-binding minimum-wage

Dijimos antes que para la producción de dibujos y escritos hay otro método más rápido y eficaz, pero que requiere mayor conocimiento de las posibilidades del plano astral. Este modo se llama, generalmente, precipitado y consiste en que el que desea escribir o pintar toma una hoja de papel, y después de forjar la clara imagen mental del escrito o de la pintura hasta en sus más mínimos pormenores, concentra el esfuerzo de su voluntad de modo que aparezca instantáneamente en el papel lo imaginado. Desde luego se comprende que esto necesita mayor poder y más pleno dominio de recursos del que ni antes ni después de la muerte dispone el hombre vulgar; pero así como entre los vivos hay algunos cuyo prolongado ejercicio en este punto los capacitan para obtener dicho resultado mientras están en el cuerpo físico, así también hay entre los difuntos algunos que han aprendido a utilizar tales poderes.

He visto casos en que el escrito no se precipitó de un golpe, sino por sucesión de palabras, como si se hubiese empleado el procedimiento ordinario, aunque con mayor rapidez. También he visto bosquejarse lentamente una pintura de igual manera, empezando por un lado para concluir sin interrupción en el otro como si fuese un calco.

Para llevar a cabo esta tarea necesitan disponer algunos de materiales a propósito, es decir, de tinta o lápiz de color si han de escribir y de colores en polvo o en pasta si han de pintar. En este caso, el operador desintegra el material necesario y lo transfiere a la hoja de papel. Sin embargo, los operadores hábiles substraen del éter circundante los materiales necesarios, es decir, que son capaces de crearlos, y así obtienen resultados imposibles de imitar con los medios propios del plano físico.

Otro fenómeno digno de consideración es el de los “espíritus luminosos”, o sea las diversas modalidades de luz que en las sesiones espiritistas producen las entidades astrales que a ellas asisten.

Diversas modalidades de luz. - Guillermo Crookes enumera un considerable número de estas

modalidades en su ya citada obra, y dice:

“En las más estrictas condiciones de comprobación he visto un cuerpo sólido luminoso de por sí, del tamaño y forma de un huevo de tortuga, que flotaba silenciosamente por el aposento a una altura mayor de la que los circunstantes podíamos alcanzar con las manos en alto, que fue bajando suavemente hasta tocar el suelo. Estuvo visible durante más de diez minutos y antes de desvanecerse golpeó la mesa con un sonido semejante al de un cuerpo duro. Todo aquel rato permaneció el médium insensiblemente echado en una mecedora.

“He visto puntos luminosos que se posaban en la cabeza de varias personas. Y obtuve respuestas mediante una luz que frente a mi apareció determinado número de veces. He visto también chispas luminosas que se levantaban de la mesa al techo y del techo volvían a caer sobre la mesa, produciendo sonidos perfectamente audibles. He dispuesto de un alfabeto de comunicación formado por ráfagas luminosas que aparecían en el aire mientras mi mano se movía entre ellas. He visto, además, una nube luminosa que flotaba sobre un cuadro. En las más rigurosas condiciones de comprobación he tenido repetidas veces un cuerpo sólido luminoso, de aspecto cristalino, que en mi mano puso otra no perteneciente a ninguno de los circunstantes. En plena luz he visto una nube luminosa suspendida sobre un heliotropo puesto en una mesa, que arrancaba una rama de esta flor para llevársela a una señora, y en algunas ocasiones he visto otra nube análoga en forma de mano, que levantaba diversos y menudos objetos.”

Ya describí las tres modalidades luminosas que aparecieron a mi vista durante las experiencias preliminares que efectué sin auxilio de médiums profesionales, y aunque desde entonces he visto muchas otras luces, todas tuvieron el mismo carácter general. Sin embargo, algunas veces las vi algo más brillantes, al parecer de naturaleza eléctrica, lo bastante potentes para iluminar de lleno el aposento y en cierta ocasión de ofuscante resplandor. Esta última modalidad es rarísima en las sesiones espiritistas por las razones ya expuestas, pues disiparía las materializaciones parciales que fuesen necesarias para producir otros fenómenos.

También es interesante la facultad que los experimentadores del plano astral poseen de desintegrar y reintegrar, de la cual ya tratamos al hablar del precipitado. Es sencillamente el

poder de pulverizar cualquier objeto, o sea reducirlo a su etéreo y atómico estado, que puede efectuarse por medio de una vibración lo suficientemente rápida para vencer la cohesión de las moléculas del respectivo objeto. Una vibración todavía más rápida y seguramente de distinta índole, será capaz de desintegrar los átomos constitutivos de estas moléculas. Un cuerpo así reducido a su estado etéreo podrá ser transportado rápidamente de un lugar a otro, y en cuanto deje de actuar la fuerza que le puso en aquella condición, se restituirá a su estado originario.

Retención de la forma. - Para responder a los reparos que tal vez surjan en la mente del lector,

transcribiré los siguientes párrafos de El Plano Astral:

“A menudo es de difícil comprensión para los estudiantes como se retiene y conserva en estos fenómenos la forma del objeto desintegrado. Si un objeto metálico, por ejemplo, una llave, se funde y vaporiza por la acción del calor, al cesar esta acción se solidificará la materia constitutiva de la llave, pero ya no en su primitiva forma sino en la de lingote metálico. Esta observación es muy oportuna, pero no tiene el valor que a primera vista ofrece; porque si bien el calor altera las condiciones de la esencia elemental constitutiva de la llave, queda subsistente en sí misma y pasa al depósito general de dicha esencia, de la propia suerte que tampoco el calor ni el frio afectan los principios Superiores del hombre y, sin embargo, se separan del cuerpo físico cuando el fuego lo desintegra.

“Así, pues, al volver al estado sólido la materia que formó la llave, la esencia elemental (de la clase “terrestre” o sólida) no es la misma que antes contuvo el objeto y, por lo tanto, no puede este recuperar su forma anterior. Pero el hombre que desintegrase la llave con propósito de mudarla de un sitio a otro por medio de corrientes astrales, cuidaría mucho de mantener la misma esencia elemental sin alterar su forma hasta que la transposición fuese completa, y cuando la fuerza de voluntad vuelva a mudarla, actuará como un molde en que se reintegren las moléculas. De esta suerte, a menos que fallase el poder de concentración del operador, se conservaría la forma del objeto.

Así es como en las sesiones espiritistas se aportan objetos desde lejanas distancias con rapidez instantánea, y es evidente que cuando están desintegrados pueden pasar sin dificultad a través de los cuerpos sólidos, como, por ejemplo, las paredes de un aposento o una caja cerrada, resultando que el comúnmente llamado “el paso de la materia a través de la materia” sea fenómeno tan sencillo como el paso del agua a través de un tamiz o de los gases a través de los líquidos en las manipulaciones químicas.

Puesto que alterando las vibraciones cabe mudar la materia del estado sólido al etéreo, se comprenderá que también es posible invertir el procedimiento y mudar en sólido el estado etéreo, y así como una fase del procedimiento explica los fenómenos de desintegración, la otra explica los de materialización. En el primer caso, se necesita un esfuerzo continuado de voluntad para impedir que el objeto desintegrado se restituya a su prístina condición, y el mismo esfuerzo de voluntad es preciso también para que la materia condensada no vuelva al estado etéreo.

Aportes. - El aporte de objetos de uno a otro aposento y a veces desde lejanas distancias, es

uno de los procedimientos preferidos por los difuntos para alardear de sus facultades astrales en las sesiones espiritistas de selecta concurrencia. Guillermo Crookes refiere que en una sesión en que actuaba de médium Catalina Fox, las entidades directoras anunciaron que “iban a hacer algo en demostración de sus facultades”, y a poco trajeron al salón una campanilla de la biblioteca, cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada y el mismo Crookes tenía la llave en el bolsillo.

Por mi parte diré que con frecuencia llegaron a mis manos toda clase de menudos objetos traídos desde bastante lejos, entre ellos flores y frutas de los trópicos en perfecto estado de frescura y madura. Al interrogar de dónde venían aquellos obsequios, las entidades directoras respondieron siempre asegurando que eran flores y frutos silvestres, pues no les estaba permitido merodear en propiedades ajenas. Por este medio aparecieron cierta vez sobre la mesa una extraña orquídea y un exótico helecho con tierra reciente prendida en las raíces. Planté ambos brotes en mi jardín y crecieron sin contratiempo alguno.

Los más casos curiosos de aportes que conozco, son los citados en la obra de la médium D`Espérance El país de las sombras. Dice así el primero:

“Yolanda57 atravesó la sala donde estaba sentado el señor de Reimers, conspicuo espiritista, y

le hizo seña de que pasará al gabinete inmediato para atestiguar los preparativos que trataba de hacer. Conviene advertir que en anteriores ocasiones nos había prevenido Yolanda la necesidad de disponer de mantillo y agua para el aporte de flores, y en consecuencia teníamos a punto, por si era preciso, una porción de mantillo muy limpio y conveniente cantidad de agua. Cuando acompañada del señor Reimers llegó Yolanda al centro de la sala, le indicó su deseo de tener los ingredientes, con que inmediatamente promedio el caballero una jarra, y luego de bien agitada se la entregó.

“Después de examinarla cuidadosamente, la puso Yolanda en el suelo, tapándola con su misma maleta y en seguida se retiró al gabinete, del que volvió dos o tres veces en poco rato, como si fuera a ver como andaba la cosa.

“Entretanto, el señor Armstrong se había llevado el agua y mantillo sobrantes, dejando la jarra en medio del suelo tapada con el delgado lienzo, que no ocultaba sin embargo la configuración del recipiente, cuyo borde quedó al descubierto.

“Varios golpes dados en el suelo nos advirtieron que habíamos de cantar a coro para poner en armonía nuestros pensamientos y aminorar la curiosidad que todos sentíamos.

“Mientras cantábamos el himno, vimos todos con perfecta claridad que se levantaba el lienzo por cerca del borde de la jarra.

“Yolanda salió de nuevo del gabinete y miró ansiosamente la jarra, como si la examinase con cuidado, y levantó poquito a poco el lienzo, como si temiera estropear algo delicado que estuviese debajo. Por fin lo levantó del todo y quedamos todos atónitos al ver una planta de lozana perfección que parecía un laurel. Yolanda alzó del suelo la jarra, a través de cuyas cristalinas paredes se veían las raíces fuertemente prendidas en el mantillo, contemplando la planta con evidentes muestras de satisfacción, y cruzó la sala con la jarra en las manos para enseñársela de cerca al señor Oxley, uno de los extranjeros allí presentes, celebrado autor de interesantes obras espiritualistas y de notables monografías de las pirámides de Egipto.

“Recibió Oxley la jarra con la planta y se retiró Yolanda, como si con ello hubiese terminado su tarea. Después de examinar el extranjero la maravillosa planta, colocó la jarra en el suelo, pues no había mesa ni velador donde ponerla. El fenómeno motivó infinidad de preguntas y avivó en sumo grado la curiosidad de los circunstantes. La planta tenía el aspecto de un frondoso laurel de anchas y lustrosas hojas, pero sin flor alguna, y nadie de los presentes supo decir a que familia botánica pertenecía.

“Diversos golpes nos llamaron al orden mandándonos que no discutiéramos más el asunto y que volviéramos a cantar para sosegarnos. Obedecimos el mandato y, después del himno, nuevos golpes nos ordenaron que examinásemos otra vez la planta y vimos con reduplicada sorpresa que mientras estuvo la jarra en el suelo, donde el señor Oxley ante sí la pusiera, se había abierto una hermosísima y redonda flor de seis centímetros de diámetro, de precioso color de rosa anaranjado tirando a salmón, aunque resulta difícil describir los matices con palabras. Estaba la flor compuesta de unas ciento cincuenta corolas de cuatro puntas, que se proyectaban considerablemente del peciolo, y medía cincuenta y cinco centímetros de altura con tallo leñoso que ocupaba todo el cuello de la jarra. Los pétalos eran veintinueve dispuestos de dos en dos, con anchura de cinco centímetros y unos diez y ocho de longitud máxima, linos y lustrosos, con parecido a las hojas de laurel, según supusimos desde un principio. Las libras de las raíces arrancaban del mantillo con toda apariencia de naturalidad.

“Fotografiamos la planta en su misma jarra, de la cual no fue posible removerla, pues el cuello era demasiado estrecho para dar paso a las raíces y el tallo ocupaba toda la boca.

“Supimos después que la planta era la Ixora Crocata, originaria de la india. ¿Cómo llego hasta allí? ¿Créelo en la misma jarra? ¿Fué traída de la India en estado de desintegración para reintegrarla en nuestra presencia? Esto nos preguntamos unos a otros sin respuesta satisfactoria, pues Yolanda no supo o no quiso dárnosla. Según pudimos colegir nosotros y así lo corroboró un jardinero de profesión, la planta tenía ya algunos años de vida.

“En efecto, advertimos señales de hojas caídas y de cicatrices anejas, pero la prueba evidente era que la planta había germinado y crecido en el mantillo puesto en la jarra, según corroboraban las libras intactas y la disposición de las raíces. De seguro que no la habían

introducido a viva fuerza en la jarra, por la sencilla razón de que ni las raíces ni la parte interior del tallo pasaban por el cuello del recipiente, que hubiera sido necesario romper para sacar la planta.”

El señor Oxley dice en su relato, publicado algún tiempo después:

“A la mañana siguiente fotografié la planta y luego me la llevé a casa para colocarla en la estufa, al cuidado del jardinero, donde al cabo de tres meses comenzó a marchitarse; pero conservé la flor y tres hojas que cortó el jardinero al hacerse cargo de la planta, sin que hasta ahora hayan dado indicios de desmaterialización. Antes de aportar esta planta me había traído Yolanda una rosa con peciolo de unos veinte milímetros de largo que me prendí en la pechera; pero al poco rato noté que había nacido otra y al concluir la sesión me sorprendió ver alargado el peciolo hasta siete centímetros, con tres rosas abiertas, un capullo y varias espinas se las llevé a casa hasta que se marchitaron los pétalos y se secó el peciolo en prueba de su genuina materialización.”

Informes posteriores me enteraron de que el señor Oxley recibió las rosas en cumplimiento de una promesa, pues parece que él estaba coleccionando plantas a fin de demostrar una teoría botánica, para lo cual necesitaba un ejemplar de aquella variedad que en vano había buscado por todas partes.

Lo más notable en el fenómeno antes descrito es la aparición gradual de la planta, que no llega aportada de repente y puesta desde luego sobre la mesa como ocurrió con mi helecho, sino que va formándose lentamente bajo el lienzo, como si rapidísimamente creciera, y aun después de haberla recibido Oxley prosiguió creciendo hasta dar flor mientras cantábamos nosotros.

Sin embargo, parece que este crecimiento debió de ser ilusorio, pues del examen técnico de la planta dedujo el jardinero que ya contaba algunos años de vida, y por lo tanto, hemos de convenir en que la planta fue aportada, por decirlo así, porción tras porción y reintegrada gradualmente. Porque si una planta puede desintegrarse y reintegrarse de nuevo sin menoscabo de su ser, también será posible disgregarla en porciones sucesivas mediante un esfuerzo más poderoso de voluntad, pues el primer procedimiento no requiere tanto dispendio de energía. Tal vez los que asistían a Yolanda no fueron capaces de aportar de una vez toda la planta y les fue preciso hacer varios viajes, pues parece que primero prendieron las raíces en el mantillo, como si en el hubiesen crecido naturalmente, y luego añadieron el resto de la planta con dramático efectismo que coronase la gloria del experimento.

Acaso se deba a la misma operación el rápido desarrollo del famoso árbol índico llamado mango, en vez de efectuarse como generalmente se cree por aceleramiento del proceso ordinario de autoconcepción. Así se comprende que la planta de Yolanda fuese introducida partícula por partícula en la jarra, y como la operación era en extremo delicada y difícil, no es raro que la misma Yolanda se maravillase del resultado.

Oxley creyó que la planta sería tan solo una materialización temporal y que como tal no tardaría en desintegrarse: pero, lejos de ello, aun vivió la planta bastante tiempo en prueba de que fue realmente aportada de la India, y sin duda alguna aceleró su muerte el trasplante delas cálidas regiones nativas a las inclementes latitudes de Inglaterra. La fotografía de la planta ilustra la obra de que entresacamos esta referencia.

Por otra parte, la rama de rosal regalada a Oxley sería aportada asimismo en porciones, pues resulta imposible que una flor cortada crezca del modo referido.

De la citada obra de Oxley copiaremos el relato de otra experiencia acaso más sorprendente realizada por Yolanda. Dice como sigue:

“Ayudada por el señor Aksakof, había mezclado Yolanda mantillo y marga en el florero que cubrió después con su propia manteleta, como hiciera con la jarra en el caso de la Ixora Crocata. El blanco lienzo fue levantándose poco a poco y extendiéndose a medida que se levantaba, hasta que al llegar sobre la cabeza de Yolanda, siempre atenta a la manipulación, descubrió una planta arqueada bajo el peso de sus flores, cuyo suavísimo aroma nos embriagó el sentido.

“Examinamos la flor y vimos que medía dos metros de raíz a brote, de modo que, aun arqueada por el gravamen de sus once enormes llores, todavía me aventajaba en altura. Las flores eran de perfecta configuración, de veinte centímetros de diámetro y había cinco del todo abiertas, tres a medio abrir y otras tres en capullo, pero todas sin la más leve mancha y humedecidas por el rocío.

“Yolanda se mostró muy complacida del éxito y nos dijo que fotografiáramos la planta si queríamos, pues le era preciso restituirla a su origen. El señor Boutlerof fotografió la planta, junto a la cual aparecía también el retrato de Yolanda.”

La planta era un ejemplar del Lilium auratum del Japón, y ocurrió este interesante fenómeno

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