No podíamos terminar el tramo de nuestra conversación sobre la Iglesia sin hablar de los casos de abusos sexuales a menores, cometidos por sacerdotes, y el futuro del celibato.
Los numerosos escándalos de curas pedófilos que estalla- ron, principalmente, en los Estados Unidos llevaron a la Santa Sede a disponer un cambio de temperamento frente a estas gravísimas situaciones que aventara cualquier sospecha de encubrimiento y conllevara una extrema severidad. Pero tam- bién potenciaron el debate sobre el celibato a partir de una supuesta relación entre una cosa y la otra. Un debate que suele incluir —entre los argumentos más blandidos— el problema de la creciente escasez de sacerdotes.
Por eso, creímos pertinente plantearle tres interrogantes básicos: ¿La eliminación del celibato disminuiría los casos de abusos sexuales? ¿Posibilitaría un crecimiento del número de sacerdotes? ¿A mediano o largo plazo se volverá optativo?
—Veamos… Empiezo por lo último… si la Iglesia va a revisar alguna vez el celibato… Por lo pronto, debo decir que no me gusta jugar de adivino. Pero, en el supuesto caso de que la Iglesia decidiera revisar esa norma, creo que no lo haría por la escasez de sacerdotes. Tampoco pienso que sería una disposición para todos los que quisieran abrazar el sacer- docio. Si hipotéticamente alguna vez lo hiciera, sería por una cuestión cultural, como es el caso de Oriente, donde se orde- nan hombres casados. Allí, en una época determinada y en una cultura determinada, fue así y siguió siendo así hasta hoy. Insisto: si la Iglesia llegara alguna vez a revisar esa norma, lo encararía como un problema cultural de un lugar determinado, no de una manera universal y como una opción personal. Eso es mi convicción.
—¿Pero deberá encararse alguna vez?
—En este momento sigo estando con lo que dijo Bene- dicto XVI: que el celibato se mantiene, y estoy convencido de ello. Ahora bien, ¿cómo repercute su permanencia en la cantidad de vocaciones? No estoy seguro de que su supresión vaya a provocar un aumento de las vocaciones como para paliar la escasez. Por otra parte, le escuché decir una vez a un sacerdote que la eliminación del celibato le permitiría no estar solo y tener una mujer, pero que también con ello se estaría comprando una suegra… (Risas)
—Suponemos que tendrá otras ventajas… —Fuera de broma, varias ventajas.
—¿Pero qué decirles a aquellos que piensan que puede prevenir perversiones sexuales?
—El 70 % de los casos de pedofilia se producen en el entorno familiar o vecinal. Hemos leído crónicas de chicos abusados por sus papás, sus abuelos, sus tíos, cuando no por
sus padrastros. O sea, son perversiones de tipo psicológico previas a una opción celibataria. Si hay un cura pedófilo, es porque lleva la perversión desde antes de ordenarse. Y tam- poco el celibato cura esa perversión. Se la tiene o no se la tiene. Por eso hay que tener mucho cuidado en la selección de los candidatos al sacerdocio. En el seminario metropoli- tano de Buenos Aires admitimos aproximadamente al 40% de los que se presentan. Hacemos un cuidadoso seguimien- to de su proceso madurativo. Hay muchos que no tienen vocación y abandonan, más allá de que son excelentes per- sonas que después se casan y terminan siendo unos laicos maravillosos en las parroquias.
—¿Siempre fueron exigentes o lo son desde la ola de escándalos?
—Desde hace muchos años a aquí aumentó la exigen- cia. Les hacemos un test en profundidad a todos, que determina una selección. Una persona con una psicosis de cualquier tipo puede derivar en una conducta megalóma- na, deshonesta o delictiva. Recuerdo el caso de un chico que evidenciaba muchas rarezas. Dispuse que fuese a ver a una psiquiatra, a una de las cinco más grandes intérpretes del test de Roscharch en la Argentina, que estableció estar en presencia de uno de los casos de psicosis paranoica más grave que vio. Pero la selección tiene que ser rigurosa no sólo en lo humano, sino también en lo espiritual. Debemos exigir una vida de oración seria —siempre les pregunto a los seminaristas cómo rezan— y una entrega a los demás y a Dios bien a fondo.
—Más allá del seguimiento vocacional, siguen habien- do deserciones del ministerio sacerdotal, sobre todo para formar una pareja.
—El celibato es una opción de vida como sería, por ejemplo, vivir en pobreza. Hay momentos en que se puede volver crítica si el sacerdote conoce a una mujer en la parroquia y cree que se enamoró. A los sacerdotes se les presentan situaciones, digamos, de enamoramiento, y eso es normal. Es una cruz y una nueva oportunidad para rea- firmar la opción por Dios. Pero cuidado: hay que saber distinguir entre un verdadero enamoramiento, un mero entusiasmo o una atracción sexual. Es cierto que, a veces, se produce el enamoramiento y el sacerdote tiene que revi- sar su sacerdocio y su vida. Entonces va al obispo, le infor- ma “hasta acá llegué…no sabía que iba a sentir algo tan lindo…a esta mujer realmente la amo…” y pide dejar el ministerio sacerdotal.
—¿Y usted que hace frente a esos casos?
—Soy el primero en acompañar a un sacerdote en ese momento de su vida; no lo dejo solo, lo acompaño en todo el camino; en la elaboración espiritual de lo que está vivien- do. Si está seguro de su decisión, incluso lo ayudo a conse- guir trabajo. Eso sí, lo que no permito es la doble vida. Si no puede llevar su ministerio, le pido que se quede en su casa, que solicitemos lo que llamamos “la dispensa”, el per- miso a Roma y así pueda estar en condiciones de recibir el sacramento del matrimonio. Pero no debe escandalizarse a una comunidad, no puede maltratarse el alma de un feli- grés. La misericordia de Dios tiene lugar para todos.
—Pero hay psicólogos que dicen que la Iglesia juega mucho con la culpa y, sacerdotes, a su vez, que advierten sobre la pérdida del sentido del pecado.
—Para mí el sentirse pecador es una de las cosas más lindas que le puede suceder a una persona, si la lleva hasta
las últimas consecuencias. Me explico: San Agustín, hablando de la redención, viendo el pecado de Adán y Eva y viendo la pasión y resurrección de Jesús, comenta: Feliz pecado que nos mereció tal redención. Esto lo cantamos en la noche de Pascua: ‘Feliz culpa, feliz pecado’. Cuando una persona toma conciencia de que es pecador y que es salvado por Jesús, se confiesa esta verdad a sí misma y des- cubre la perla escondida, el tesoro enterrado. Descubre lo grande de la vida: que hay alguien que lo ama profunda- mente, que dio su vida por él.
—¿O sea que, según su razonamiento, la pérdida del sentido del pecado dificulta el encuentro con Dios?
—Hay gente que se cree justa, que de alguna manera acepta la catequesis, la fe cristiana, pero no tiene la expe- riencia de haber sido salvada. Una cosa es que a uno le cuenten que se estaba ahogando un chico en el río y que una persona se tiró a salvarlo, otra es que uno lo vea y otra cuestión es que sea yo el que me esté ahogando y otro se tire para salvarme. Hay gente a la que le contaron, que no vio, no quiso ver o no quiso saber qué le pasaba a ese niño y siempre tuvo tangenciales escapatorias a la situación de ahogo y carece, entonces, de la experiencia de saber qué es. Creo que solamente los grandes pecadores tenemos esa gra- cia. Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores.
—Al final, termina siendo una ventaja para el creyente… (Risas)
—Bueno, no nos olvidemos que el no creyente también puede beneficiarse de sus fallos. Si un agnóstico o un ateo es consciente de la debilidad de su existencia y sabe que actuó mal, siente dolor por ello y quiere superar esa situación, se
engrandece. Por tanto, esa falla le sirve como trampolín para su crecimiento. El alcalde de una gran ciudad europea contaba, una vez, que todas las noches terminaba su jorna- da con un examen de conciencia. Si bien era agnóstico, sabía que su vida tenía un sentido y se esforzaba por corre- gir su conducta. Lo malo le servía para ser mejor.
—Esta perspectiva, cuanto menos, permite afrontar de otra manera el tema de “la culpa” en el catolicismo.
—Ciertamente. Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar. Lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme, no ir a la tintorería del japonés de la vuelta de mi casa. En todo caso, debo ir a encontrarme con Jesús que dio su vida por mí. Es una concepción bien distinta del pecado. Dicho de otra manera: el pecado asu- mido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro per- sonal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del pro- fundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado.
—Para cerrar esta temática, recurrimos a una cita de Juan Pablo II, quien observaba en la sociedad una situación paradójica: una creciente indiferencia religiosa, por un lado, y una muy fuerte búsqueda religiosa, no siempre por cami- nos ortodoxos, por el otro. ¿Qué opina?
—Efectivamente. Hay negación de Dios a través de los procesos secularizantes, de las malas autonomías humanas. Y hay búsqueda de Dios de mil maneras que exige poner cuidado para no caer en una experiencia consumista o, a lo sumo, en una “trascendencia inmanente”, que no termi- na de plasmarse en una verdadera religiosidad. Lo que pasa es que es más difícil entrar en contacto personal con Dios; un Dios que me espera y me ama; no con algo difuso. El
panteísmo en el aire, tipo spray, no se sostiene. A la larga, necesita plasmarse en un ídolo y se termina así adorando a un árbol o viendo a Dios en un árbol.
—También es cierto que mucha gente dice que cree en Dios, pero no en los curas.
—Y… está bien. Muchos curas no merecemos que crean en nosotros.