La orientación sexual se define por el predominio de los sentimientos, los pensamientos y las fantasías eróticas de uno respecto a un sexo determinado, a ambos sexos, o a ninguno de los dos. Si la orientación sexual nace de factores genéticos, está presente desde el momento de la concepción. Si su causa está en factores biológicos o medioambientales intrauterinos que actúan en el desa- rrollo del feto, empieza antes del nacimiento. Si se debe a factores psicogénicos o sociales, data de la primera infancia. No estamos seguros de cuál es la verdad, aunque son más sólidas las pruebas respecto al primero y el segundo casosi13.
Generalmente se considera que la orientación sexual es inmutable, estable en el tiempo, y resistente al control consciente. Por mucho que la persona quiera que las cosas sean de otro modo, ni las oraciones ni la terapia reparadora (ni las malas investigaciones) pueden cambiar la orientación sexual hacia un polo o el otroi14. Son más bien la identidad y la conducta sexuales, no la orientación, las
35 ¿Quién es gay, lesbiana o bisexual?
12nS
ANDFORT, 1997, pág. 261. 13nCOHEN, 1999; ELLIS, 1996a, 1996b. 14nZUCKER, 2003. Se puede elegir Estable en el tiempo Conciencia Excepcionalmente adolescente Categórica Orientación sexual No Sí Sí/no No No Conducta sexual Sí Sí/no Sí No Sí/no Identidad sexual Sí Sí/no Sí Sí/no Sí
que se pueden someter a la elección consciente y, por consiguiente, se mantie- nen fluidas a lo largo del tiempo.
La orientación sexual influye en la conducta y la identidad sexuales, pero sue- le ser independiente de ellas. Al igual que ocurre con quienes tienen una orienta- ción sexual hacia el sexo opuesto que no se identifican como heterosexuales, muchos de los que tienen una orientación sexual hacia el mismo sexo nunca se identifican como gays. Los estudiosos evolutivos han señalado la inconexión entre la orientación sexual y la conducta sexual. El psicólogo Harry Snack Sulli- van observaba hace muchos años que algunos amigos preadolescentes practi- can el sexo entre sí de forma rutinaria, y que tal hecho tuvo poca incidencia en su futuro estatus sexual. A algunos psicólogos les gusta pensar que los amigos que tienen algún tipo de relación sexual ocasional entre ellos no hacen sino “experi- mentar”, y “realmente” son heterosexuales. En efecto, la eminente Eleonor MAC- COBY afirmaba recientemente que “un número considerable de personas, en algún momento de su vida, experimentan la relación sexual con personas de su mismo sexo, y sólo una reducida minoría de ellas mantienen un patrón de homo- sexualidad durante toda la vida”i15. La incapacidad de asumir un modo de vida
gay no se interpreta como una consecuencia del heterosexismo societal. Ocurre más bien que la experimentación natural de los jóvenes se acaba, y se da por supuesta su heterosexualidad inherente.
Es verdad que la mayoría de los jóvenes que participan en actividades sexua- les gays son heterosexuales —al menos según la definición que hacen de sí mis- mos—, según un estudio sobre los centros de enseñanza no universitaria de Massachussettss y Minnesota. En este estudio, poco más de la mitad de todos los alumnos que hablaban de una conducta sexual con personas del mismo sexo se identificaban como heterosexualesi16. Además, muchos chicos varones de
enseñanza media postobligatoria que se identificaban como gays y con una con- ducta pre-adulta orientada hacia personas del mismo sexo, creían “probable” que sus parejas fueran heterosexualesi17. No cabe más que conjeturar si esos ado-
lescentes que habían tenido contactos con personas de su mismo sexo eran totalmente heterosexuales, si mentían, al negarlo, o si se les interpretaba mal. No lo sabemos porque nunca nos preocupamos de preguntar a los heterosexuales sobre la incidencia o el significado de su conducta sexual con personas del mis- mo sexo. Lo que sí sabemos es que uno de los mejores indicadores para prever la orientación sexual adulta es la conducta sexual durante la adolescencia y la infancia. Hay más probabilidades de que la persona que se identifica como gay hable de experiencias con personas del mismo sexo, de que lo haga el joven he- terosexuali18. Sin embargo, la relación está lejos de ser algo absoluto. Los datos
de la tesis doctoral de Kenneth COHENdesvelan que, aunque el 90% de los chi- cos heterosexuales de centros de secundaria postobligatoria hablaban de unos deseos constantes y exclusivos, actitudes y fantasías (incluyendo aquellas que terminaban en orgasmo) hacia las chicas, no llegaron al cien por cieni19.
36 La nueva adolescencia homosexual
15nMACCOBY, 1998, pág. 191.
16nGAROFALOy cols., 1999; REMAFEDIy cols., 1992. 17nS
AVIN-WILLIAMS, 1998a.
18nBELL, WEINBERGy HAMMERSMITH, 1981. 19nCOHEN, 1999, 2002.
Los estudios actuales, además de mezclar la orientación sexual con la con- ducta y la identidad sexuales, están plagados de otros problemas. La mayoría de los biólogos y expertos en ciencias sociales dan por supuesta una orientación sexual categórica, que les permite contrastar a los heterosexuales con los homo- sexuales. Lo habitual es que se ignore por completo la categoría de bisexual, o que se incluya en la de gay. Se dice que los bisexuales son personas confusas, en estado de transición, que simplemente no han decidido aún lo que son. De ahí que los investigadores decidan por ellos. Realmente son gays. O, sin son “bise- xuales tendiendo a gays”, son gays. Si “tienden hacia la heterosexualidad”, son heterosexualesi20.
Tal resolución académica del problema de quién es gay raras veces coincide con la forma de ver las cosas de los jóvenes. Los miembros de la generación más joven dudan de que su orientación sexual se pueda reducir a ser homosexual o bisexual o heterosexual. En todos los estudios realizados hasta hoy en los que se deja a los jóvenes que decidan, éstos hablan de diversos grados de atracción homoerótica y heteroerótica. Para ellos, el hecho de sentirse atraído por un sexo y el de sentirse atraído por el otro no se excluyen mutuamente, y es muy posible que el sentirse atraído por los chicos o por las chicas se sitúe a la vez en dos con- tinuos distintos. Una misma persona puede ser de cero a cien por cien heterose- xual y de cero a cien por cien gay. Si las categorías de la orientación sexual que emplean los investigadores no se ajustan a la realidad de los adolescentes, ¿quién debería cambiar?
Otra pesadilla de los investigadores son los jóvenes que se niegan a situarse bajo alguno de los epígrafes sobre orientación sexual que hemos creado para ellos. No responden la pregunta. Señalan “no lo sé” o “no estoy seguro”. Utillizan palabras como “ninguno” o “todo lo anterior”. La cantidad de entrevistados que se comportan así puede resultar asombrosa. En un estudio sobre alumnos indios nativos estadounidenses, casi una cuarta parte de ellos no respondió a la pre- gunta sobre la atracción sexual y las intenciones sexuales. Los investigadores normalmente excluyen de sus estudios a quienes adoptan este tipo de conducta en las encuestasi21, aunque es posible que, si hay los suficientes participantes
gays para poder realizar análisis estadísticos, estos jóvenes de difícil clasifica- ción (y los bisexuales) se cuenten como gays. En un estudio, había más res- puestas “no estoy seguro” que gays, lesbianas o bisexuales. De ahí que los investigadores crearan la orientación “GLBN”: gays, lesbianas, bisexuales, “no estoy seguro”i22.