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SEXO Y SEXUALIDAD

El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial, se neutralizan, se suprimen el uno al otro. ARTHUR SCHOPENHAUER

SEXO Y GÉNERO

odos somos hijos del sexo. Todos fuimos engendrados a partir de un encuentro sexual. Desde que existe lenguaje escrito sabemos que el sexo y el envejecimiento son obsesiones universales de los humanos, más aún en las sociedades desarrolladas donde se han resuelto otros problemas más acuciantes. Ejemplo de la universalidad de la preocupación sobre el sexo es la gran cantidad de literatura dedicada al intercambio sexual, al amor y al desamor, que la humanidad ha producido desde el origen de la escritura. También es ejemplo la facilidad con que a lo largo de la historia se han expandido las enfermedades de transmisión sexual, sin fronteras geográficas ni límites religiosos. Como ejemplo podemos citar los problemas, documentos y narraciones que surgen acerca de la identidad sexual y la homosexualidad. Y cómo no la generalizada preocupación por la fecundidad o la esterilidad, por la potencia sexual y por el orgasmo. Nos interesa el sexo como antídoto a la angustia que nos produce la idea de la muerte, la procreación es el resultado que persiguen las leyes de la naturaleza. Cierto es que estas leyes naturales no son conscientes en nuestra voluntad, al igual que comemos porque nos gusta, nos da placer, sin pensar que lo hacemos para no morir. De forma parecida copulamos para gozar del sexo, sin pensar en la perpetuación de la especie, ni tener consciencia explícita de que así estamos conjurando la muerte.

La sexualidad humana tiene grandes similitudes con la conducta sexual de los demás mamíferos, en especial con la de los primates, en cuyo grupo nos incluimos junto a los gorilas, chimpancés, bonobos, orangutanes y otros monos más pequeños. Nuestra sexualidad también tiene rasgos peculiares que la distinguen, algunos de los cuales se observan ya en los primates, como es la práctica recreativa de la actividad sexual, independientemente de la procreación. En general practicamos el sexo para pasarlo bien, aunque en ocasiones también sea fuente de conflictos y pesares. Otras características humanas son la práctica del sexo en intimidad, la ocultación de la ovulación femenina, que no se muestra externamente con señales de celo, el crecimiento de las mamas en las mujeres, sin relación biológica con la lactancia, la menopausia, que se comenta en el capítulo 5, y las funciones diferenciadas entre mujer y varón, que ya se observan en otros animales.

Existen más de 4000 especies de mamíferos, de las que muy pocas practican la vida en pareja como los humanos. Normalmente llevan una vida solitaria y se juntan

tan solo para procrear, con lo que la mayoría de los mamíferos machos no coopera en la crianza de los hijos. La conducta sexual recreativa, andar erguido, la complejidad cerebral que ha hecho posible el habla y la consecución de un largo envejecimiento, son características propias de los humanos, aunque todas ellas encierran trazos que pueden observarse de forma incipiente en otros mamíferos.

Actualmente casi todos los animales se reproducen mediante un encuentro sexual con intercambio genético entre los progenitores, pero no siempre fue así. Los primeros seres vivos que existieron en la Tierra fueron microorganismos que se reproducían sin necesidad de intercambio sexual. Hace unos 3000 millones de años las bacterias descubrieron las ventajas de la reproducción sexual, tal como se expuso en el capítulo 1. Aún quedan algunos seres que se reproducen de forma primitiva, por partición, como las anémonas marinas y las amebas en las que no hay intercambio sexual entre progenitores. No obstante, siempre hubo errores en la transcripción del DNA, lo que hizo posible la variabilidad genética primigenia que originó los primeros eslabones de la evolución. Si el método sexual de reproducción se ha impuesto de forma tan generalizada es porque contiene algunas ventajas importantes. Cuando la reproducción es por partición, sin intercambio sexual de los progenitores, los hijos resultantes son exactos a los padres, son clónicos, son parte del organismo progenitor que se ha desgajado y se desarrolla por su cuenta. Por lo tanto tiene la misma estructura interna que el organismo padre, las mismas proteínas y la misma capacidad de defensa inmunitaria. Tras varias generaciones todos los individuos serán idénticos, de forma que todos serán vulnerables a la acción de un agente agresor, a una infección, ya que al ser idéntico el aparato de defensa inmunitario todos los individuos sucumbirán ante la agresión de un germen patógeno.

La reproducción mediante intercambio sexual, en cambio, consigue una combinación genética mixta de padre y madre que da lugar al patrimonio genético del hijo, que se parece a los padres pero no es exacto, es fruto de la mezcla, del mestizaje. Esto permite que los nuevos individuos sean más resistentes y se adapten mejor a los cambios del entorno. El sexo hace posible las ventajas de la diversidad biológica y el intercambio sexual es un buen mecanismo para depurar la especie de mutaciones nocivas. Cuando hay alguna enfermedad hereditaria la combinación al azar de los genes de los progenitores podrá producir un hijo sin taras genéticas, que al ser más apto para adaptarse, sobrevivir y reproducirse se convertirá en el ancestro de muchos descendientes, mientras que sus hermanos menos aptos serán menos competitivos para la supervivencia y no tendrán descendencia. El intercambio genético mediante el acoplamiento sexual tiene muchas ventajas: mejor resistencia de los hijos a los gérmenes, mayor diversidad biológica, depuración de mutaciones nocivas, y además resulta que el acoplamiento sexual nos produce placer, con lo que insistimos reiteradamente durante media vida.

En biología es habitual la utilización del término sexo para referirse tanto al género de los individuos y sus funciones, como al aparato reproductivo. Mientras que

en ciencias sociales se mantiene la diferencia entre género y sexo, reservando este último término únicamente para el aparato reproductivo.

En los años setenta se introdujo la acepción «sistema de género» para referirse al conjunto sociocultural de los humanos que contribuye a perpetuar una relación asimétrica entre hombres y mujeres, con dominación de los primeros y sumisión de las segundas. En aquellos años se restó importancia a lo biológico, subvalorando la importancia de las diferencias sexuales y hormonales en la conducta de cada género. Tal como se expone más adelante, el aparato sexual influye en la construcción de la arquitectura cerebral y por tanto tiene trascendencia en el diseño de algunos aspectos de la conducta humana, los cuales serán distintos en el hombre y en la mujer. A estas diferencias se añadieron a lo largo de la historia las derivadas de los distintos roles reproductivos, tan dispares entre mujeres y hombres. Estos hechos no quitan importancia a las políticas dirigidas a resolver la discriminación de las mujeres. Es cierto que la dominación masculina tiene raíces socioeconómicas en la historia de los últimos milenios, pero también es posible que esta tendencia haya surgido a partir de funciones primigenias ya diversas. En cualquier caso, la polémica sobre la mayor o menor influencia de los factores socioculturales, o de las características hormonales en la historia de las relaciones humanas, no se pretende cerrar en este texto, pero sí cabe aportar los conocimientos actuales que dan mayor amplitud al debate.

Por lo que se refiere a la terminología, en este texto se usa predominantemente la expresión sexo, que se considera sinónimo de género.

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