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APPENDIX 1: MEASUREMENT OF VARIABLES Table 3 Measurement and Data Sources of Variables,

LA PRIMERA INTIMIDAD DEL AMOR.

¡Oh, si alguna Potencia nos otorgara el don de vernos a nosotros mismos como los demás nos ven!

¿Quién no ha dicho esto alguna vez, o al menos ha tenido ganas de decirlo? Pero ¿qué cuenta realmente la imagen reflejada dentro de los ojos o en el pensamiento de los demás cuando el fin se halla en la balanza? Prácticamente, lo único que debería preocuparnos es cómo aparecemos a los ojos de Dios. Para vernos como Él nos ve, no precisamos que des- cienda desde arriba alguna gracia sobre nosotros. Lo que nos exige es una gran sinceridad desde abajo, absolutamente nuestra. Si hacemos acopio de toda la humildad posible—sinónimo de sinceridad—, averiguaremos cómo aparecemos a los ojos de Dios. Sobre todo en la Misa.

Dios nos ve como somos, por ser Él el Dios que todo lo ve. Nos mira y nos encuentra muy dignos de amor.

Espero que esto te escandalice. Espero que te produzca una reacción tan violenta que te haga prorrumpir en un torrente de preguntas centradas todas en ésta: ¿Por qué ha de amarme Dios?

Te lo voy a decir. Te lo voy a decir con exactitud. Te lo voy a decir con rigor de verdad. En el fondo, porque Dios se ama a Sí mismo. Más aproximado resultaría decir que porque Dios ama a su Unigénito. Y más todavía que porque Dios está agradecido a ti.

Haz el favor de reservar tu juicio hasta que hayamos meditado esto juntos. Cuando estás en Misa sólo te puedes encontrar en uno de dos esta- dos, pues no existe una tercera posibilidad. O te encuentras en estado de gracia o estás en pecado. Dios te ve tal y como eres. Sabe infaliblemente

en el estado que te encuentras, Y sea cual sea ese estado, Él te mira con

amor. No sólo porque eres digno de amor, sino porque prácticamente has

sido y seguirás siendo mientras estés en la tierra el especial objeto de su amor y de su amar.

Tú eres la corona de la creación visible de Dios; el resultado final de su amor difusivo. Y Él, que es Amor, te hizo a su propia imagen y semejanza. Contemplándote con ojos que todo lo ven, ¿cómo puede encontrarte sino digno de amor? Shakespeare tenía razón y era realista al hacer exclamar a Hamlet: «¡Qué obra tan magnífica representa el hombre! ¡Qué noble en su razón! ¡Qué infinito en sus facultades! ¡Qué expresivo y admirable en sus formas y movimientos! ¡Qué semejante al ángel en acción! ¡En la aprehensión, como un dios!» Tal vez quieras recordarme que Hamlet terminó este soliloquio con el grito: «Y, sin embargo... ¿cuál es la quintaesencia del polvo?» Si lo hicieras, yo te recordaría uno de los versos más verídicos que se hayan escrito en este desquiciado siglo nuestro: «¡Recuerda, polvo, que tú eres el esplendor!» Esto se dice sin referencia alguna a la gloria futura. Esto se dice del hombre, tal y como está en el tiempo presente, pues es un esplendor suficiente para ser la imagen y semejanza de Dios, Pero después del Bautismo, y cuando estás en Misa, Dios te ve con un esplendor todavía mayor, pues entonces te ve «en aquel» que es llamado Splendor Paternae Gloriae (Esplendor de la gloria del Padre). Si fuiste digno de ser amado por la creación, aún más digno eres de serlo por la re-creación.

Claro es que puedes aducir que todo esto podría ser cierto sobre tu persona si hubieras conservado la inocencia bautismal y hubieras ido adelantando en virtudes, pero que tal y corno están las cosas, tú has sentido a veces—y con razón—que «de todos los puñados de barro amasados por el hombre» el más sucio eres tú. Bueno, aceptemos que Dios, al mirarte en Misa, te encontrará, en efecto, así. ¿Qué harías entonces? Tendrías razones más firmes aún para ofrecer la Misa con todas las fuerzas de tu ser, y, al hacer ese ofrecimiento, Dios te encontraría más digno de amor, pues estarías realizando plenamente el propósito fundamental del Cenáculo, de la Cruz y del Sepulcro vacío, ya que Cristo, como sabemos, murió por los pecadores. La Misa es el recuerdo vivo de aquella muerte; un recuerdo convertido en presente para dar vida, la vida gloriosa ganada para los pecadores por el Hijo de Dios.

Con frecuencia decimos que el Dios-Hombre murió para glorificar a Dios. Estamos en lo cierto. Pero también lo estamos cuando decimos que el Dios-Hombre murió para glorificar al hombre. De hecho, no hay otro

camino de glorificación para nosotros salvo el del Dios-Hombre que se ofreció y es ofrecido en la Misa. San Pablo lo expresa de manera muy concisa cuando dice: «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en Él fuéramos justicia de Dios» (2 Cor 5, 21). Fíjate bien en esas dos palabras «por nosotros». ¿Qué pueden significar sino que Dios nos encontró a ti y a mí dignos de amor aun antes de tener su gracia en nosotros; lo bastante amables, a pesar de nuestros pecados, como para enviarnos a su Hijo único para que viniésemos a ser «justicia de Dios»? Por todo ello, en la Misa, aunque estés en pecado, Dios te encuentra digno de su amor. Y tú deberías encontrarles tan dignos de amor a Él y a su Hijo que el mismo estado de pecado en que te encuentras te espoleará a ofrecer su sacrificio y el tuyo—la Misa— de manera mucho más íntima, más agradecida.

Con toda sinceridad, son demasiadas las personas buenas que se consideran «indignas» de ofrecer la Misa. Pero ¿qué ser humano, qué ángel o qué arcángel, qué querubín o serafín podría ser lo bastante digno para ofrecer Dios a Dios? Ningún hombre lo es. Ningún hombre lo será y ningún hombre necesita serlo. Porque el Unico que es y será siempre digno, es el principal oferente de cada Misa. Cristo ofrece a Cristo; le ofrece en expiación. Esa es la verdad que nos reconforta a todos. Ofrecemos la Misa «a través de Cristo, con Cristo y en Cristo», no porque seamos dignos, sino precisamente porque no lo somos. Ofrecemos al «Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo», y, como nos enseñó el Concilio de Trento, «el Señor, aplacado por esta oblación, y concediendo el don y la gracia de la penitencia, perdona incluso los delitos y los pecados más odiosos» (Ses. XXII, cap. 2). Esto no quiere decir que en la Misa se perdonen directamente nuestros pecados mortales. Quiere decir sólo que en la Misa, Dios nos encuentra lo bastante amables para concedernos, a causa del ofrecimiento de la Misa, la gracia necesaria que conduzca a nuestros sentidos sobrenaturales y nos empuje al sacramento de la Penitencia en la disposición adecuada.

La Misa no sólo es la Pasión; es asimismo la Resurrección. Dios, al poner sus ojos en un pecador, lo hace con amor, pues ve en su alma a Cristo dispuesto para la gloria de la Resurrección. Puede muy bien ocurrir que Dios esté esperando este acto de amor—esta Misa—para convertir tu alma en una Pascua.

Cuando Jesucristo se dirigió a la orilla del río Jordán e insistió en que Juan el Bautista le bautizara, los cielos se abrieron, el Espíritu Santo des- cendió en forma de paloma, y se escuchó la voz de Dios Padre, que

exclamaba: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias» (Mat 3, 17). A ese Hijo, que es el amado de Dios, te incorporaste en tu Bautismo. Pero la Cabeza y los miembros de este Cuerpo Místico forman, solamente una Persona mística, el Cristo completo. Por tanto, es «en Cristo Jesús»—a quien el Padre ama:— como el Padre te ve en Misa. ¿Cómo podría verte, si no, digno de amor?

Pero Dios no te ve sólo como miembro; te ve también como sacerdote. Por eso, te ve como alguien de quien su Hijo necesita. Por extraño que esto pueda parecer, es una verdad indiscutible. Dios te necesita. Si ha de elevarse desde esta tierra nuestra el único Sacrificio que ha de glorificar a Dios, Dios te necesita. Entonces, puesto que sirves a una necesidad de su Unigénito, Dios te mira con un amor agradecido. '

Esta verdad puede cambiar toda tu vida, demostrarte cómo has de sacar más fruto de la Misa y cómo santificarte cada vez más a través del santo Sacrificio, pues te precisa, en términos exactos, cuán importante eres para Dios. El Calvario ha terminado. Cristo sufrió la Pasión y murió con esta exclamación en los labios: «Todo está acabado» (Juan 19, 30). «Padre, en tus manos entrego el espíritu» (Luc 23, 46). Pero el Calvario es para siempre. Pues aquel Cristo que exclamó: «Todo está acabado», es el mismo que había ordenado a los que estaban en el Cenáculo: «Haced esto en memoria mía» (Luc 22, 20). En otras palabras, aquel único Sacerdote del Nuevo Testamento deseaba que este único sacrificio del Nuevo Testamento fuera ofrecido «desde el orto del sol hasta el ocaso» (Mal 1, 11). Pero ¿cómo Sería posible esto si no fuera por ti, por mí, por los miembros de su Cuerpo Místico? ¡Con qué nitidez nos hace ver esto a cada uno de nosotros la verdad sobre la Misa! Cristo no padece de nuevo. Pero Cristo hace que su Sufrimiento, su Muerte y Resurrección—su Sacrificio —estén presentes de nuevo en la Misa. Aquí es Sacerdote, como lo fue allí. Aquí es Víctima, como lo fue allí. Pero aquí, la manera de hacer su ofrecimiento es distinta de cómo fue allí. Allí se ofreció con sus propias manos. Aquí se ofrece a través de tus manos, a través de las manos de todos los sacerdotes.

Esto es un misterio, profundo desde luego, pero en manera alguna oscuro. Lo envuelve el reflejo de la gloria de Dios, que hace más clara la gloria resplandeciente del hombre. Quizá falten palabras para describir esta maravilla, pero podemos decir con exactitud que Cristo nos dio su Sacrificio para ser presentado en forma sacramental; El Calvario del pasado se convierte en realidad bajo los signos que efectúan lo que significan. El Cuerpo y la Sangre del vencedor del Calvario—el Cristo

glorificado—se hacen presente en nuestros altares bajo los signos sacramentales del Pan y el. Vino. Pero, para que aquel glorificado vencedor pueda estar presente, es preciso que un hombre como yo, or- denado por un obispo, se ponga a disposición de Cristo, le entregue su respiración, sus manos, su pensamiento, su corazón, su voluntad y todo su ser, a fin de que el propio Cristo pueda utilizarle como instrumento, y, a través de él, vuelva a decir y a hacer lo que dijo y lo que hizo en el Cenáculo: tomar el pan, bendecirlo, partirlo y darlo diciendo: «Tomad y comed. Este es mi Cuerpo.» Luego, después de bendecir el vino, dijo: «Bebed. Esta es mi Sangre.» Con ello convierte Cristo el Calvario, y todo cuanto el Calvario supone y abarca, en una realidad presente. Con ello se hace presente a nosotros como sacrificio y como sacramento. Pero in- sistamos de nuevo en que, para realizar esta maravilla y este misterio,

necesita sacerdotes.

El Concilio de Trento aclaró el misterio en cuanto pudo ser aclarado con tres importantísimas palabras: La Misa es una conmemoración, una re-

presentación y una aplicación: Es conmemoración puesto que el Calvario

terminó en el año 33 «del Señor». Es re-presentación por cuanto Jesucristo, víctima y vencedor del Calvario, vuelve a hacerse presente mediante la transubstanciación en cada uno de los lugares en que Un sacerdote ordenado consagra el pan y el vino. Es aplicación, puesto que los méritos ganados por Jesucristo en el Calvario se derraman a través de la Misa.

. Estudiando esas tres importantísimas palabras, se comprende cómo podemos atrevernos a decir que, mientras el Cristo físico redimió, el Cristo

místico es el que salva. La Redención se llevó a cabo cuando Cristo

exclamó: «Todo está acabado.» Pero la salvación, en cuanto a nosotros concierne Como individuos, no ha hecho más que comenzar. El manantial de toda santificación y de toda salvación es Jesucristo, que es el mismo en la Misa que en el Calvario. Santo Tomás de Aquino dice que «a través de su triunfo en la Cruz alcanzó Jesús el poder y el dominio sobre los gentiles». Y Pío XII añade: «Con esa misma victoria aumentó ese inmenso tesoro de gracias, que, al reinar glorioso en el cielo, derrama generosamente de continuo sobre sus miembros mortales»; principalmente a través de la Misa (cf. Mystici Corporis, núm. 37).

Aquí tienes, pues, por qué el Dios Padre, el Dios Hijo y el Dios Espíritu Santo te contemplan con especial amor; a través de ti, contigo y en ti, Cristo, el único Sacerdote de la nueva Ley, puede ofrecer hoy su Sacrificio por el mismo motivo que se ofreciera a Sí mismo en el Calvario

hace tanto, tanto tiempo, por la gloria del Padre y la salvación del mundo. Te necesita como coadjutor; y en el Bautismo te ofreciste como tal. Esto es un misterio profundo. Pero no creas que es una doctrina personal. Esta verdad maravillosa y alentadora fue enseñada pública, oficial y universalmente por Pío XII en su magnífica encíclica sobre el Cuerpo Místico. Dijo: «Porque Cristo, la Cabeza, ocupe un puesto tan eminente, no debemos pensar que no lo requiera, ayuda del Cuerpo.» Lo que San Pablo dijo sobre el organismo humano puede aplicarse igualmente a ese Cuerpo Místico: «la cabeza no puede decir a los pies: no os necesito». Por muy maravilloso que parezca, Cristo precisa de sus miembros. El sabio y santo Pontífice añadía: «Esto no ocurre porque Cristo sea indigente o débil, sino más bien porque así lo ha querido para mayor gloria de su Iglesia inmaculada. Muriendo en la Cruz legó a su Iglesia el tesoro inmenso de su Redención; a lo cual ella en nada contribuyó. Pero cuando llega a la distribución de gracias no se limita a compartir con su Iglesia esta obra de la santificación, sino que quiere que, en cierto modo, sea debida a la actuación de ésta» (Mystici Corporis, núms. 54 y 55).

Tú sabes bien cuál es esa actuación en su más alto grado: el acto de amor llamado Misa. La vida misma tendrá mayor significado cuando despiertes a la verdad de que de ti y de tu manera de ejercer tu poder sacerdotal depende tu propia salvación y la de otros muchos. Los hombres son salvados por los hombres, especialmente por el ofrecimiento de la Misa. Y, más aún, la eficacia misma de este todopoderoso sacrificio depende, hasta cierto punto, de tu santidad personal. ¡Cómo desafía esto a la vida y cómo incita a vivir santamente!

La Misa, en cuanto ofrecimiento de Cristo, no sólo es siempre perfectamente aceptable para Dios, sino que, al mismo tiempo, tiene un valor infinito. Pero en cuanto ofrecimiento tuyo, mío y de todos los demás miembros del Cuerpo Místico, no siempre resulta completamente aceptable, ni en consonancia tan valiosa y efectiva como debiera. Este hecho puede y debe humillarnos. También debería servirnos de acicate. Podemos limitar esta efectividad al gran acto de amor de Dios; nosotros, seres finitos, podemos poner límites al verdadero torrente de vida de Dios que el Hijo infinito del Padre infinito hizo posible. Pues la efectividad de todas y de cada una de las Misas depende, no sólo de la santidad de toda la Iglesia, que se la ofrece a Cristo, sino de la santidad individual del sacerdote que consagra, así cómo de la santidad de los fieles presentes que participan en el sacerdocio de Cristo y se encuentran allí para ofrecer Dios a Dios.

El sabio y santo Mauricio de la Taille, S. J., profesor de Teología en la Universidad Pontificia Gregoriana, autoridad reconocida mundialmente sobre el santo Sacrificio, autor del brillante y profundo libro Mysterium

Fidei, escribía: «Es, pues, de la mayor importancia que en la Iglesia haya

muchas, muchas personas muy santas. Las gentes devotas, hombres y mujeres, deberían ser apremiadas por todos los medios a una mayor santidad para que a través de ellos aumente el valor de nuestras Misas, y la voz incansable de la Sangre de Cristo, clamando desde la tierra, pueda resonar con mayor claridad e insistencia en los oídos de Dios. Su Sangre clama en los altares de la fierra, pero, como clama a través de nosotros, se desprende que, mientras más ardiente sea el corazón y más puros los labios, con más claridad será escuchado este clamor desde el Trono de Dios. ¿Quieres saber por qué durante tantos años después de Pentecostés se propagó tan maravillosamente el Evangelio? Por la gran santidad del pueblo cristiano; porque existía la pureza de corazón y de mente y la caridad, que resume todas las perfecciones. Encontrarás la respuesta si recuerdas que en aquellos tiempos la Madre de Dios vivía aún en la tierra prestando su preciosa ayuda en todas las Misas celebradas por la Iglesia, y dejará de asombrarte el que después nunca haya tenido la cristiandad una expansión tal ni un progreso espiritual semejante. Porque, aparte de la primera gracia, que con respecto a la Iglesia correspondió a la venida del Espíritu Santo, todas las demás gracias, por decirlo así, tienen que obtenerse de Dios mediante su ayuda. Esas gracias las conseguía entonces la Iglesia, y las consigue actualmente, en menor medida, desde luego, pero siempre en una medida digna de Dios y suficiente para los elegidos. Nuestro empeñó más sincero debería ser su aumento diario de eficiencia y de valor. Que el ofrecimiento de la Iglesia aumente de día en día en valor y en eficiencia mediante el aumento de la santidad en sus miembros» (4).

Dios te mira con amor. Esto no tiene vuelta de hoja. Pero ahora ya comprendes por qué la amorosa mirada de Dios puede estar llena de ansiedad. Su único Hijo te necesita como miembro místico y sacerdote oferente. Y lo que es más: la eficacia de este acto de amor—la. Misa— depende de tu grado de santidad. Dios te mira con amor y con ojos casi suplicantes... Su orden es ésta: «Sed santos...» Y más que una orden, esto es un ruego.

Francisco Suárez, el virtuoso y tal vez el más sabio de todos los teólogos jesuitas, enseñaba que «cuanto más santos son los sacerdotes, más

4 M. de la Taille: Mysterium Fidei; lito. 2, De sacrificio ecclesiástico, París, 1921, pág. 299.

beneficiosos para los fieles resultan sus sacrificios». Cierto que se refería a los sacerdotes que consagran; pero lo que de ellos decía puede decirse de ti con igual verdad. Cuanto más santo seas más beneficiosa será la Misa para Dios, para su único Hijo, para ti mismo, para el Cuerpo Místico y para la humanidad entera. Pongo en ese orden a los beneficiarios, pues quisiera hacerte comprender que de cada Misa resulta un verdadero torrente de gra- cia que cae, en primer lugar, sobre el sacerdote celebrante, e inmediatamente, sobre los acólitos, seglares o no. Luego se extiende para inundar de amor a todos cuantos estáis presentes y habéis ofrecido la Misa, para dividirse después y bañar en su corriente benéfica a todos los miembros del Cuerpo Místico, y, por último, a toda la humanidad. ¿Quién, teniendo este hecho presente, no se afanaría día tras día, hora tras hora, para que Dios y la humanidad fuesen más ricos? ¿Quién no se esforzaría

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