La misoginia, como paradigma de la virilidad, crece como reacción a los avances de las mujeres en lo laboral, en lo social y en lo sexual. Una ac- titud comprensible en quien cree que están afilando la guillotina por él; en quien observa con preocupación cómo la mitad de la población, hasta en- tonces mantenida sojuzgada y sometida, campa por sus fueros y ocupa te- rrenos hasta entonces vedados para ella. Comprensible —aunque no compartible ni defendible— cuando algunos hombres ven cómo el mundo les niega la primacía que la cultura tradicional les había concedido sin dis- cusión ni oposición.
Para hallarse y perpetuarse en tal primacía se hizo necesario educar a esa otra parte en unos comportamientos que le fueran propios, que coad- yuvaran a su sumisión. Comportamientos y actitudes que pretenderían exclusivos de las mujeres y en los que estas fueron programadas y prepa- radas desde tiempo inmemorial. Toda actividad humana relacionada con lo sentimental, lo intuitivo, lo natural fue considerada por el patriarcado
300 H. de Balzac, Splendeurs et misères des courtisanes, ob. cit., p. 309. 301 J. Borie, Le célibataire français, ob. cit.
302 E. Bornay, ob. cit., p. 51. Sobre la influencia de Rousseau en la concepción del gé-
nero femenino en el sigloXIX, vid.: L. Posada Koubissa, Sexo y esencia, ob. cit. Y C. Amo-
rós, Hacia una crítica de la razón patriarcal, Anthropos, Barcelona, 1985.
como monopolio femenino inalienable —mientras que los hombres se arrogaban el privilegio (¡tan discutible!) de la Razón, de la Ciencia, de la Cultura. El ámbito masculino fue siempre lo público: ese salir de casa para proyectarse en foros y reuniones, en la remuneración salarial, en la construcción de imperios que significaran una extensión de su yo, en el que poder alienarse sin sonrojo. El ámbito femenino fue lo doméstico: ella es el ángel del hogar, la proveedora de alimento y de afectos, debiendo alienarse en la crianza de los niños y en el buen mantenimiento de la casa. Esa «espèce de poésie qu’une femme aimante et spirituelle peut et doit introduire dans son ménage» —como dice Balzac de Eve Séchard, la her- mana de Rubempré.300
Consideradas de importancia menor, todas las actividades relacionadas con lo doméstico son inabordables para los hombres. Incapaces tanto de freír un huevo como de coser un botón, los solteros de la novela decimo- nónica deben recurrir a personal doméstico o a la incertidumbre de la ali- mentación en restaurantes: almas en pena que vagan por entre las cartas de bares y cafés o por entre les petites annonces para encontrar sirvienta que les saque del apuro. Queda descartado que un hombre se ocupe de faenas fe- meninas, faltaba más —como queda patente en el retrato de época que hace Jean Borie del soltero francés.301También por eso, parte de la reacción mas-
culina ante los avances de las mujeres pasa por criticar esa descompensación: las mujeres ocupan poco a poco el ámbito público, mientras que el do- méstico sigue estando vedado para los hombres. Estos se ven en una ridí- cula inferioridad de condiciones con respecto a sus mujeres. Como Rousseau, quien exclamaba en su Émile:
no satisfechos con afianzar sus derechos (los del sexo femenino) también hacen que se apropien de los nuestros, pero, dejarla superior a nosotros en las cualidades propias de su sexo y hacerla igual a nosotros en todo lo demás, ¿qué otra cosa es sino conceder a la mujer la primacía que la naturaleza le da
303 H. Ibsen, Casa de muñecas en Teatro completo, vol.I, Aguilar, Madrid, 1959, pp.
1235-1282. 304 Ib., p. 1256.
305 T. Joran, Autour du féminisme, Plon, París, 1906, p. 69.
Al hombre se le escapa la primacía que estaba siendo sustentada, pre- cisamente, por la sumisión a la que las mujeres ya no entendían plegarse sin oposición. Se da en la sociedad del sigloXIXuna ruptura entre hombres y
mujeres en el sentido de que estas ya no aceptan la reclusión a que su pro- gramación como «ángeles del hogar» les obliga.
Un ejemplo que debió de incidir poderosamente sobre las mentalida- des de la época fue la obra de Ibsen, Casa de muñecas.303En ella, el mo-
mento de ruptura se da cuando Nora deja el hogar conyugal sin razón aparente, simplemente movida por un irrefrenable impulso de libertad: «aquí he sido tu mujer-muñeca, así como en casa de papá era hija-mu- ñeca».304Muñeca doquiera que estuviese, juguete de la voluntad y de los de-
signios masculinos, Nora huye sumiendo en el marasmo a su familia, quien no entiende los motivos de tal huida.
Una reacción típicamente misógina consiste en burlarse de esas muje- res que adoptan actitudes y ropajes poco femeninos —o, nos atreveremos a decir, masculinos. Mujeres que, revistiendo esa imagen, hacen reivindi- cación de igualdad de derechos o se niegan a llevar falda por considerarla elemento de sumisión al poder masculino. Asimismo se cortaban los largos cabellos y llevaban antiestéticas gafas, denotando con ello la práctica de ac- tividades diferentes a lo que la tradición les había acostumbrado —pero que, sobre todo, había acostumbrado a los hombres.
Los hombres de la Belle Époque —como nuestros contemporáneos, en eso las cosas no parecen haber cambiado demasiado— solían plantarse en las terrazas de los cafés para despotricar de las mujeres con aspecto de fe- ministas que por allí pasaban. Así lo comenta el francés Joran, autor de va- rios libros sobre mujeres, en su obra Autour du féminisme (1906): «blaguer des femmes laides à cheveux courts et à lunettes qui vous prennent l’air d’a- pôtres est un de ces passe-temps auxquels nous renoncerions le moins vo- lontiers».305Y aunque de estas palabras se pudiera inferir que es el humor
306 Leer, a este respecto, la interesante obra de A. Maugue, L’identité masculine en crise
au tournant du siècle, ob. cit., p. 173 y ss.
307 J. Le Rider, «Misères de la virilité à la Belle Epoque», en Le genre humain, n.º 10, París, 1984, p. 118.
308 W. Vogt, Le sexe faible, M. Rivière, París, 1908, p.V. Vid. también A. Maugue, «La
nueva Eva y el viejo Adán. Identidades sexuales en crisis», en VV.AA., Historia de las muje-
res, vol. 4, sigloXIX, Santillana, Madrid, 2000, p. 176.
309 A. Cim, L’emancipée, Flammarion, París, 1899, p. 54.
nismo, las émancipées de sus cuatro libros no son cómicas, sino más bien pe- ligrosas.306De ahí que todos los comentarios que suscitan en Joran estén
más teñidos de odio irracional que de crítica razonada.
Este odio también es netamente perceptible en la «biblia» de la miso- ginia que significó el Sexo y carácter de Weininger. En esta obra de 1903, el alemán proclama con todos los medios a su alcance las bondades del pa- triarcado en el momento en el que ve —o cree ver— cómo se impone el ma- triarcado triunfante. «Weininger ne hait la femme que parce qu’il en a peur —ou parce qu’il en conserve la nostalgie», —dice de él Jacques Le Rider.307
Con toda esa fastuosa celebración de lo masculino, Weininger no hace sino certificar la decadencia de la virilidad moderna.
Y es que la reivindicación feminista del sigloXIXprovoca una escalada
de tensiones en los hombres por poner en peligro los valores de su mascu- linidad tan querida. Como señala William Vogt en 1908,308el feminismo
a ultranza no hace sino envenenar un conflicto en el que el hombre sólo podrá triunfar mediante el recurso a la fuerza y a una represión arbitraria. Como si fuera una advertencia, Vogt y los que coinciden con él parecen prevenir a las mujeres de que, en caso de no cejar en su insidioso griterío de gallinero, sufrirán las consecuencias. La declaración de guerra está hecha, cada uno expone sus estandartes para identificación del adversario: la igual- dad solo puede engendrar la lucha que los privilegiados entienden deber hacer para mantenerse en sus privilegios. Así lo veía el escritor Albert Cim en 1899, quien advertía que «l’égalité des sexes engendrera la bataille et na- turellement la victoire sera du côté du biceps».309Como si lo realmente hu-
mano fuera la imposición del músculo. La misma fibra que moldeó la tierra para que pariera sus frutos se expone ahora como mantenedora del statu
quo. Dónde quedó la Razón tantas veces expuesta para distinguir a los ló-
310 H. de Balzac, Splendeurs et misères des courtisanes, ob. cit., p. 544.
311 D. D. Gilmore, Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad, trad. de Patrick Ducher, Paidós Básica, Barcelona, 1994, p. 38.
312 H. de Balzac, Splendeurs et misères des courtisanes, ob. cit., p. 629. Así habla Trompe- la-Mort cuando acude al lecho de Mme. de Sérisy para cerciorarle del amor que le profesaba Lucien de Rubempré antes de morir. La noble señora languidecía pensando en que su que- rido Lucien no le habría perdonado antes de quitarse la vida en un calabozo.
passant, quien no puede evitar hacer subir a un improvisado orador a la tri- buna de un mitin feminista en su relato «Les Dimanches d’un bourgeois de París»:
comme nous sommes incontestablement les plus vigoureux et les mieux doués pour les sciences et les arts, votre infériorité apparaìtra et vous deviendrez véri- tablement des opprimées.
La misoginia —ya no por las feministas en particular, sino por las mu- jeres en general— de Balzac es bien conocida de los estudiosos de la litera- tura decimonónica. Las peroratas de Trompe-la-Mort en Splendeurs... son antológicas. Esta fiera del presidio solo entiende el mundo como un ali- mento para su avidez; es un bulímico vital que, a pesar de su fuerza y su in- teligencia, sería capaz de conseguir todo lo que se propusiera; pero no entiende que alguien tan lúcido como Théodore, su compañero corso, se haya dejado capturar por la justicia a causa de la influencia de una mujer:
les hommes assez bêtes pour aimer une femme périssent toujours par là!... C’est des tigres en liberté, des tigres qui babillent et qui se regardent dans des miroirs...
[...] Elles nous ôtent notre intelligence!...310
Él entiende el sometimiento a una mujer como una tiranía infantil, como una revisión del vínculo con la madre, al que el hombre debe sus- traerse so pena de caer de nuevo en la dependencia. Se trata, como señala David Gilmore, del eterno miedo a la regresión: la masculinidad entendida como una batalla contra estos deseos y fantasías regresivos, una difícil re- nuncia a los anhelos del idilio infantil.311La mujer es la pérdida del hom-
bre, porque es pasional, cándida pero perversa, salvaje e intrigante.312Un ser
que fagocita al hombre cuando se hace dependiente de él; inferior cuando solo obedece a su fisiología. Ahora bien, Vautrin, este ange déchu del rea- lismo romántico, gusta de las mujeres independientes y autónomas, dota- das de sus mismas fuerza e inteligencia: «pour moi la femme n’est belle que
313 Ib., p. 591.
314 C. Baudelaire, Mon cœur mis à nu, Éditions Arcadia, París, 1996 (III), p. 9. 315 C. Baudelaire, Fusées, Éditions Arcadia, París, 1996 (XV), p. 65.
quand elle ressemble à un homme!» dice con seguridad.313Igualdad en las
cualidades y en las posibilidades de cada uno, dice Jacques Collin necesitar para admirar a una mujer. Una mujer dandi como él, en quien la astucia y la agilidad sean connaturales. Su tía, tan pronto transformada en vieja ven- dedora ambulante como en rica boutiquière de bulevar, como en opulenta señora, Jacqueline Collin, es una dandi con las mismas capacidades que su sobrino —si exceptuamos el vigor físico.
Y es que la mujer también puede ser un dandi, siempre y cuando se ob- serve en ella esa pose anti-convencional, esa inteligencia y ese cinismo que el mejor Baudelaire supo destilar. La dandi baudelairiana es sutil y sofisti- cada como su antecedente del sigloXVII, la Précieuse; pero a su carácter hay
que añadirle la frialdad inteligente, el decoro y la nobleza diríamos satánica del ángel caído. La mujer es lo contrario del dandi cuando —como dice el poeta en Mon cœur mis à nu—:
(elle) a faim et elle veut manger. Soif, elle veut boire. Elle est en rut et elle veut être foutue.
Le beau mérite!
La femme est naturelle, c’est-à-dire abominable.
Aussi est-elle toujours vulgaire ...314
Sin embargo, cuando se halla en ella esa nobleza maldita, esa tristeza fría que no le permite la exposición de ningún sentimiento, entonces la mujer es dandi. Como en este pasaje de Fusées en el que el poeta parece es- bozar el guión de una pieza; un hombre llora desconsoladamente cerca de su amante:
il se mit à pleurer; et ses larmes chaudes coulèrent dans les ténèbres sur l’épaule nue de sa chère et toujours atirante maîtresse. Elle tressaillit; elle se sentit, elle aussi, attendrie et remuée. Les ténèbres rassuraient sa vanité et son dandysme de femme froide. Ces deux êtres déchus, mais souffrant encore de leur reste de
noblesse, s’enlacèrent spontanément.315
Seres destronados, nobles en una tristeza sin atisbo de pusilanimidad: seres demoníacos por situarse al margen de una sociedad que quiere la con- frontación, que odia al miserable y lo hunde todavía más en su miseria. El
316 Monique Wittig abogará en su Corps lesbien por la abolición de los grilletes de la de- nominación en base al género para entrar en un nuevo tipo de humanismo: un humanismo de la persona. M. Wittig, Le corps lesbien, Minuit, París, 1973, p. 238.
dandi es un proyecto vital que entiende separarse de la tediosa sociedad burguesa, marginándose por arriba. La batalla de los sexos termina con el dandi, quien entiende que la equiparación de los seres se hace en función de su inteligencia y no en función de su posición social.
Al igual de los hombres delXVII, los Précieux nacidos de las exigencias
de las Précieuses, los dandis delXIXcrearon un mecanismo de repliegue y de-
fensa que, lejos de explotar la virilidad tradicional, la ponían en tela de jui- cio. Cómo podían avalar una masculinidad insensible y maquinadora. El dandi Baudelaire, visto en las barricadas de la Comuna gritar contra su pa- drastro el general Aupick, no entendía un régimen masculino en que el po- deroso cargase sobre el pobre haciéndole sentir todo el peso de su poder. El proyecto del dandi pretende romper con la masculinidad primaria, barrio- bajera y procaz para proclamar un nuevo humanismo.316
2.5. El dandismo
El dandismo quizá sea la más original construcción de la masculinidad del sigloXIX. Producto original del refinamiento de la sociedad precapita-
lista y de sus salones, el dandi es un ser excesivo que revoluciona la virili- dad. Propone, en primer lugar, una definición original de qué puede ser también el hombre, sin por ello renunciar completamente a algunas de las constantes viriles. En segundo lugar, ofrece un nuevo marco actitudinal a partir del que la masculinidad puede evolucionar. Por último, toda esta puesta en cuestión de la masculinidad tradicional permite replantearse los hábitos sexuales, convirtiendo la práctica de la sexualidad más en una bús- queda de sí mismo que en simple extensión de la virilidad.
La genealogía del concepto ‘dandi’ es incierta. En inglés, la lengua en que se acuñó el término, ‘dandi’ viene a significar ‘lechuguino, petimetre’. Por extensión, se fue aplicando a los jóvenes urbanos que esmeraban al má- ximo su atuendo y sus maneras, que mostraban un exagerado afán por me- drar en la sociedad elegante. El dandi, en su acepción paradigmática, es
sinónimo de elegancia excéntrica y singular, cuyo buen gusto para la inno- vación vestimentaria le convierte en un Petronio moderno, árbitro de la elegancia.
Sin embargo, y en paralelo a este fenómeno meramente estetizante, el dandi abraza actitudes románticas. Nos hallaríamos, en este caso, frente a la corriente byroniana del dandismo —que es la que más nos va a interesar por su relación con la literatura y con el dandismo netamente francés.