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APPENDIX B – NOISE MITIGATING MEASURES FOR PILE DRIVING Selection of the appropriate hammer size (weight and diameter)

La política, ya se ha dicho varias veces, no es una realidad físi- ca o material (aunque también lo sea) sino relacional. La acción política implica la interrelación entre personas en un contexto de conflicto, esto es, de lucha por el poder, desde la participación en las elecciones, acciones políticas de diverso carácter, hasta la mi- litancia en los partidos y asociaciones y la participación en muy distintos tipos de movilizaciones, como marchas, manifestaciones de uno u otro signo, ocupaciones, etc.

La acción política es básicamente comunicativa. Tanto que de- dicamos un capítulo a la comunicación. Esta, por supuesto, se re- fiere a su forma verbal y no verbal. ¿Cuáles son los límites de la comunicación política? Los da el carácter del conflicto. Todos los incruentos son políticos. Respecto a los cruentos es preciso ha- cer una observación. Cuando el conflicto es bélico, se interrumpen todas las relaciones entre los contendientes, empezando por las diplomáticas. La política se acaba; entra la guerra. Los políticos ceden el puesto a los militares. Ahora bien, la célebre frase de Clau- sewitz de que la guerra es la continuación la política por otros medios, no puede entenderse en sentido excluyente. Los medios bélicos no anulan por entero los políticos, que generalmente pro- siguen por vías secretas. La misma propaganda de guerra es polí- tica siempre, apunta a las razones morales de nuestro bando y las sinrazones del enemigo. Por no mencionar la figura de los espías, elementos esenciales en todo esfuerzo de guerra que generalmente actúan políticamente.

Del mismo modo, cuando Foucault hace el ingenioso retrué- cano con la fórmula de Clausewitz que hemos citado y sostiene que la política es la continuación de la guerra por otros medios, tampoco debe entenderse de modo excluyente. Predominan con- flictos incruentos, sin duda. Pero hay una presencia permanente de elementos bélicos. Casi todos los sistemas políticos cuentan con ejércitos y tienen en vigor legislación de excepción para casos de conflictos armados. Hay incluso quien dice que el Estado de excep- ción es, en realidad, la forma ordinaria de funcionamiento de los sistemas políticos occidentales (Agamben, 2003).

En algunos países, como España, hay una tradición de tratar los asuntos de orden público con un enfoque militar. No hace fal- ta mencionar la célebre Ley de Jurisdicciones de 1909. La mera existencia de la Guardia Civil, un cuerpo tradicionalmente depen- diente del ministerio del Interior y del de Defensa ya lo dice todo. Pero en otros países es similar: la última razón en todo conflicto político es el ejército, garante del monopolio estatal de la violencia. En los Estados Unidos, por ejemplo, si la policía de un Estado no da cuenta de un conflicto, un tumulto o disturbio, interviene la Guardia Nacional y, tras esta puede llegar el ejército.

Pero la intervención del espíritu militar en la política no se li- mita a las situaciones excepcionales en que es preciso oponer la violencia a la violencia, sino a la permanencia de un código moral bélico en el que, por naturaleza, todo vale. Cierto que existen los convenios de Ginebra, pero no suelen respetarse y las consecuen- cias, en todo caso, se pagan, si se pagan, después de la guerra. Esa inmoralidad radical de la guerra trasladada a la política es destruc- tiva. Suelen decir los políticos que en política no vale todo, pero actúan como si valiera. Y esa es la razón de la creciente desafección popular hacia la política de que se hablará en el capítulo V. Lo que hace que la gente se interese poco por ella y sea reticente a la par- ticipación, la acción política.

Decir en público que se está en la acción política no es elegante. La propia política está desprestigiada. Identificarse como militan- te, cargo de un partido, político, es ser etiquetado de inmediato como alguien poco seguro, de escasos escrúpulos y a quien pueden pedirse favores pero no fiarse de él. La política aparece como el ámbito de la doblez y la falsedad y lo mejor que pueden hacer los ciudadanos sensatos es no mezclarse en la acción política, ocupar- se de sus asuntos y prosperar en su círculo íntimo, en donde sabe a qué atenerse.

Pero esto no ha sido siempre así. En sus orígenes la acción po- lítica estuvo rodeada de una aureola de mérito. El ciudadano, el polites Aristotélico es la realización plena del individuo que vive en armonía con su ciudad y conoce sus derechos y deberes hacia ella. Sale de aquí una concepción normativa de la ciudadanía en cuan- to titularidad de derechos que alimenta buena parte de la teoría política democrática del siglo XX, en la democracia participativa, por ejemplo.

Esta concepción normativa daría paso a la polémica sobre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos (Constant, 1989). En esencia, era una réplica de los debates habituales acerca de los antiguos y los modernos en otras ramas de las artes y las letras. Para los antiguos, la libertad consistía en el cumplimiento de los deberes del ciudadano y en su participación en los asuntos de la polis. Para los modernos, la libertad solo se entiende si el

ciudadano puede renunciar a su interés por los asuntos colectivos, por la ciudad y aun así mantener su condición de ciudadano.

El argumento a favor de los modernos es que la acción política, la participación política, no puede imponerse y la abstención es una opción legítima. Algunos países tienen o han tenido sistemas de elección con voto obligatorio, pero la conversión de un derecho en un deber no es muy convincente cuando es el derecho el que explica la condición de ciudadano libre y el deber apunta a otra condición.

En todo caso, la acción y participación políticas que tradicio- nalmente se fraguaban en los procesos de socialización política en la familia, el barrio y el lugar de trabajo, están experimentando enormes cambios con la implantación de internet en todos los ám- bitos de la política pero muy especialmente en el de la participa- ción. La comunicación se da cada vez más en el ciberespacio y los partidos se adaptan a ello y van convirtiéndose en ciberpartidos o partidos que tienen una amplia actividad en el ciberespacio.