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Como de aquí en adelante habrá viajes burgueses a la Rusia soviética, la gran prensa francesa ha comenzado a elaborar algunos mitos para la asimilación de la realidad comunista. Los señores Sennep y Macaigne, de Le Fígaro, embarcados en el

Batory, intentaron una nueva coartada en su diario: la imposibilidad de juzgar un país como Rusia en algunos días. Malditas sean las conclusiones apresuradas — declara gravemente el señor Macaigne, que se burla de sus compañeros de viaje y de su manía generalizadora.

Es bastante sabroso ver un diario que hace antisovietismo durante todo el año a partir de chismes mil veces menos probables que una estadía real en la URSS, por corta que sea, atravesar una crisis de agnosticismo y embanderarse noblemente en las exigencias de la objetividad científica, en el momento mismo en que sus enviados pueden finalmente aproximarse a aquello de lo que hablan desde lejos con tanto gusto y de manera tan tajante. Lo que ocurre es que, por necesidades de la causa, el periodista divide sus funciones, como Maese Jacobo sus vestimentas. ¿A quién se dirige usted? ¿Al señor Macaigne periodista profesional que informa y que juzga, es decir, que sabe, o al señor Macaigne turista inocente que, por pura probidad, no quiere sacar ninguna conclusión de lo que ve? Esta calidad de turista es una coartada maravillosa: gracias a ella se puede mirar sin comprender, viajar sin interesarse por las realidades políticas; el turista pertenece a una subhumanidad privada de juicio por naturaleza y que, cuando intenta tener alguno, sobrepasa ridículamente su condición. Y el señor Macaigne se burla de sus compañeros de viaje, que parecen haber tenido la pretensión payasesca de reunir algunas cifras sobre el espectáculo de la calle, algunos hechos generales, los rudimentos de la profundidad posible en el conocimiento de un país desconocido: crimen de leso turismo, es decir de leso oscurantismo, que Le Fígaro no perdona.

El tema general de la URSS, objeto de crítica permanente, se ha sustituido por el tema temporal de la calle, única realidad concedida al turista. La calle se convierte de golpe en un terreno neutro donde se puede observar sin pretender sacar conclusiones. Pero uno puede adivinar de qué observaciones se trata. Porque la honesta reserva del turista Macaigne no le impide, en absoluto, señalar algunos accidentes desgraciados de la vida inmediata, excelentes para recordar la vocación bárbara de la Rusia soviética: las locomotoras hacen oír un largo mugido que en nada

se parece al silbato de las nuestras; el andén de las estaciones es de madera; los hoteles están descuidados; hay inscripciones chinas sobre los vagones (tema del peligro chino); finalmente, hecho que revela una civilización verdaderamente atrasada, no se encuentran bares en Rusia, ¡nada más que jugo de pera!

Pero, sobre todo, el mito de la calle permite desarrollar el tema fundamental de todas las mistificaciones políticas burguesas: el divorcio entre el pueblo y el régimen. Si el pueblo ruso está a salvo, lo está como reflejo de las libertades francesas. Si una anciana se pone a llorar, si un obrero del puerto (Le Fígaro es social) ofrece flores a los visitantes venidos de París, no se trata de expresiones emocionadas de hospitalidad sino de manifestaciones de nostalgia política: la burguesía francesa que viaja es el símbolo de la libertad francesa, de la felicidad francesa.

Sólo luego que fue iluminado por el sol de la civilización capitalista, el pueblo ruso puede ser reconocido como espontáneo, afable, generoso. Mostrar su gentileza desbordante no ofrece más que ventajas: siempre significa una deficiencia del régimen soviético, una plenitud de la felicidad occidental. El "indescriptible" reconocimiento de la joven guía de Inturist hacia el médico (de Passy) que le ofrece medias de nylon señala el atraso económico del régimen comunista y la prosperidad envidiable de la democracia occidental. Como siempre (acabo de señalarlo a propósito de la Guía Azul), se finge tratar como términos comparables al lujo privilegiado y al nivel popular; se adjudica a toda Francia la "elegancia" inimitable del tocador parisiense, como si todas las francesas se vistiesen en Dior o Balenciaga; y se muestra a las jóvenes soviéticas como enloquecidas ante la moda francesa, como si se tratara de una horda primitiva consternada ante el tenedor o el fonógrafo. En líneas generales, el viaje a la URSS sirve sobre todo para establecer el cuadro de honor burgués de la civilización occidental: el vestido parisiense, las locomotoras que silban y no mugen, bares, el jugo de pera superado y sobre todo el privilegio francés por excelencia: París, es decir una mixtura de grandes modistas y de Folies Bergére. Ese tesoro inaccesible que parece hace soñar a los rusos a través de los turistas del

Batory.

Frente a esto, el régimen puede permanecer fiel a su caricatura de un orden opresivo que mantiene todo con la uniformidad de las máquinas. Cuando el camarero del coche dormitorio reclama a Macaigne la cuchara de su vaso de té, Macaigne extrae la conclusión (siempre dentro de un gran movimiento de agnosticismo político) de que existe una burocracia gigantesca, papelera, cuyo único cuidado está en mantener la exactitud del inventario de las cucharitas. Nuevo pasto para la vanidad nacional, orgullosa del desorden de los franceses. La anarquía de las costumbres y de los comportamientos superficiales es una excelente coartada para el orden: el individualismo es un mito burgués que permite vacunar el orden y la tiranía de la clase, con una libertad inofensiva. El Batory llevaba a los rusos encandilados el espectáculo de una libertad prestigiosa: parlotear durante la visita a los museos y "hacerse los graciosos" en el metro.

Por supuesto que el "individualismo" es sólo un lujoso producto de exportación. En Francia, y aplicado a un objeto de importancia diferente, posee otro nombre, al menos para Le Fígaro. Cuando cuatrocientos convocados por la fuerza aerea rehusaron un domingo partir para África del Norte, Le Fígaro no habló más de anarquía simpática ni de individualismo envidiable: como no se trataba de museo ni de metro sino de fuertes intereses coloniales, el "desorden", de golpe, ya no consistía en la expresión de una gloriosa virtud gala, sino el producto artificial de algunos

"manipuladores"; el desorden ya no era prestigioso sino lamentable y la monumental

indisciplina de los franceses, alabada hacía un momento con guiñadas chacotonas y vanidosas, se volvió, en la ruta de Argelia, traición vergonzante. Le Figaró conoce bien a su burguesía: la libertad en vidriera, como decorado, pero el orden en casa, como constitutivo.

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