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Appendix: recommendations and proposals for action

SUIZA, 1947

Diseñad

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Pero ella seguía insistiendo. Sólo un año después de haber ocupado su cargo, consiguió arrestar y llevar a juicio a Slobodan Milosevic. Fue la prime- ra vez en la historia que un Jefe de Estado fue acusado y juzgado por crímenes de guerra. Este juicio, dijo Del Ponte, es la demostración de que nadie está por encima de la ley o más allá del alcance de la justicia. “Quizá sea la primera vez que realmente siento que estoy haciendo algo constructivo por la sociedad. Podría llegar a ser posible acabar con la impunidad de los podero- sos”. Carla está comprometida, además de con la justicia, con las víctimas. “Es una de mis mayores motivaciones”. Quería que se supiera la verdad para poder reparar en parte el daño que estas habían sufrido.

En sus ocho años al frente de la fiscalía del Tribu- nal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia arrestó a 91 fugitivos y procesó y condenó a 48 de ellos. Pero no terminó satisfecha. De su lista no pudo tachar los nombres de los dos criminales más sangrientos, Karadzic y Mladic, y el tercero, Milosevic, murió antes de oír su sentencia. Ahora vive como embajadora suiza en el país de las Madres de la Plaza de Mayo, que, como ella, han luchado por la verdad y por que se hiciera justicia. Pero, como ya dijo cuando abandonó La Haya: “Me voy a tomar una pausa de tres años para estar de nuevo lista y volver a la justicia in- ternacional”.

su conciencia, pero en cuanto pasó a ser fiscal encontró su vocación y ya no paró.

En su persecución de la delincuencia se ha ga- nado todo tipo de apelativos. Ha sido “la nueva Gestapo” para los serbios, “la puta” para la mafia y un “misil sin guía” para los financieros suizos. Unos apelativos que explican hasta qué punto esta mujer ha irritado a los criminales que ha perseguido.

Su amigo y mentor, el juez italiano Giovanni Fal- cone, la definió como la “personificación de la testarudez”. Sólo una vez estuvo tentada de abandonarlo todo: precisamente cuando la mafia mató a Falcone, con quien había pasado muchas horas de trabajo para desentrañar las relaciones entre los traficantes de droga italianos y los ban- cos suizos que blanqueaban su dinero. “En aquel momento me di cuenta de la suerte que podían correr los que se atreviesen a luchar contra la impunidad de que gozan poderosos criminales y políticos y me dio miedo por mi hijo”, cuenta Carla Del Ponte. Falcone no se había rendido y ella decidió seguir investigando las cuentas de los mafiosos.

Desde su puesto de Fiscal General de Suiza se dedicó a combatir el blanqueo de dinero del cri- men organizado y de los grandes delincuentes en los bancos suizos. Consiguió que el Parlamento aprobara una ley que convertía en delito el blan- queo de dinero y que castigaba a los banqueros que hicieran la vista gorda. Y con esa ley en la mano congeló las cuentas de personajes pode- rosos como Raúl Salinas, hermano del ex presi- dente de México Carlos Salinas de Gortari, que guardaba dinero procedente de la droga, o de la que fuera primera ministra de Pakistán, Benazir Bhutto, acusada en su país de corrupción. Carla dejó claro que no se casaba con los poderosos y que llevaba sus investigaciones hasta el final porque para ella la ley y la justicia eran una prio- ridad.

En una ocasión le había contado a un periodis- ta que le gustaría ser fiscal jefe del Tribunal Pe- nal Internacional, pero cuando en el verano de 1999 recibió la llamada del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, para que fuera a Nueva York, Carla Del Ponte no interrumpió sus vacaciones. No confiaba en que fuera a ser la ele- gida cuando su país no pertenecía ni a Naciones Unidas, ni a la OTAN, ni a la Unión Europea. Pero se equivocó y poco después se convertía en la fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, para lo que sólo puso una condición: la independencia absoluta de la Fis- calía.

Su objetivo era “atrapar” a los responsables de las más terribles operaciones de limpieza étnica durante las guerras en la ex Yugoslavia, Sarajevo, Kosovo y, sobre todo, Srebrenica, donde los ser- bobosnios asesinaron a 7.500 musulmanes en lo que constituye la mayor matanza cometida en Europa tras la II Guerra Mundial. Y en lo alto de la pirámide, se encontraban tres nombres: Slobo- dan Milosevic, Radovan Karadzic y Ratko Mladic. Sabía que no era una tarea fácil porque por me- dio estaban los intereses políticos. De hecho, Mi- losevic seguía en el poder en Serbia. “No había ninguna voluntad política ni en la comunidad in- ternacional ni en el ámbito nacional de arrestar a Mladic y a Karadizic. Además hay que conside- rar que una parte de la sociedad les considera héroes y a los héroes no se les arresta”. Incluso llegó a criticar en público al Secretario General de la OTAN, George Roberston, por permitir que algu- nos personajes camparan a sus anchas por las zonas que controlaba la Alianza. Cuando al prin- cipio Del Ponte pedía la colaboración de la OTAN todo eran buenas palabras pero en realidad se encontraba con lo que ella llamaba “il muro di gomma”: los responsables de la Alianza no iban a hacer nada pero no lo parecía.

CARLA DEL PONTE

Activista, trabajadora social y toda una heroína para muchos, Irena Sendler salvó la vida de 2.500 niños del gueto de Varsovia. El Tercer Reich no pudo contra el coraje de esta polaca católica que se salvó de ser ejecutada y que pasó a la clan- destinidad. Aunque tarde, ha recibido numerosos reconocimientos y fue nominada al Premio Nobel de la Paz 2007. Un año después, murió.

Hasta 1999 nada se sabía de Irena Sendler. Después de la II Guerra Mundial esta mujer, tra- bajadora social, activista y católica, vivió en el absoluto anonimato, asistiendo a la gente más desposeída, cargando el luto de su hijo Adam y actuando siempre con sigilo, como si permanen- temente guardara un secreto.

lRENA

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